EL CAMINO SIN REGRESO
Catalina de Erauso
Catalina de Erauso nació en Donostia en 1592 y murió en algún lugar de México entre 1635 y 1650. Pasó cuarenta años viviendo como hombre, mató en las guerras de Chile, confesó ser mujer ante el obispo de Guamanga, fue recibida por el Rey de España y bendecida por el Papa, regresó a América con permiso papal para seguir vistiendo de hombre, y murió sola conduciendo una recua de mulas por el Camino Real. Escribió una autobiografía que es parte crónica militar, parte justificación legal, parte fanfarronada de taberna. Nunca explicó realmente por qué hizo lo que hizo.
Esta entrevista es imposible porque Catalina está muerta hace casi cuatrocientos años. Es necesaria porque su vida sigue siendo citada, malinterpretada, mitificada. El feminismo la reclama como precursora. Los movimientos trans la reclaman como antepasado. Los historiadores discuten si fue heroína o villana. Nadie le ha preguntado qué fue ella para sí misma.
La entrevistamos en tres momentos de su vida: cuando mata, cuando confiesa, cuando envejece. Le preguntamos lo que nadie le preguntó: si disfrutaba matar, si realmente fue virgen toda su vida, si se arrepiente de algo. Le preguntamos también sobre cosas que no vivió pero que la implican: feminismo, movimientos trans, monumentos coloniales. Y al final le hacemos las once preguntas que hacemos a todos los entrevistados de RE:LIFE, las mismas que a cualquier otro, porque los mitos también fueron personas.
Esto es lo que respondió.
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“Fui útil. Luego fui nadie”
Esta entrevista responde a una necesidad específica: Catalina de Erauso ha sido citada, analizada, apropiada y mitificada durante cuatro siglos, pero nadie le ha preguntado directamente sobre las contradicciones que definieron su vida. Las lecturas académicas la diseccionan, las apropiaciones políticas la simplifican, las narrativas populares la romantizan o la demonizan. Esta conversación imposible la obliga a responder sin filtros sobre la violencia que ejerció, el deseo que nunca nombró, la soledad que eligió o que la eligió, y el precio real de haber vivido cuarenta años en la frontera de todas las categorías disponibles.
La estructura en tres momentos vitales (Chile, España-Roma, México) revela la transformación progresiva: del soldado fanfarrón que disfruta la violencia, a la negociadora estratégica que vende su historia al poder, hasta la arriera olvidada que conduce mulas esperando la muerte. Esta progresión desmonta el mito de la «transgresora valiente» mostrando el deterioro material y psicológico de una vida vivida como impostura sostenida. La sección de preguntas atemporales confronta a Erauso con los usos contemporáneos de su figura, permitiéndole opinar sobre movimientos feministas y trans que la reclaman sin conocer realmente quién fue.
El equipo de cinco periodistas (Fallaci, Chaves Nogales, Londres, Thompson, Guerin) garantiza multiplicidad de perspectivas: confrontación brutal sobre violencia colonial, análisis de ambigüedad moral sin presentismo, cuestionamiento sobre adicción y autodestrucción, examen de performance de género como supervivencia. Ninguno domina la conversación; sus voces se entretejen para construir interrogatorio coral que replica la complejidad contradictoria de Erauso. Las once preguntas finales —idénticas para todos los entrevistados de RE:LIFE— la obligan a responder como persona, no como símbolo, despojándola temporalmente del mito para acceder a la experiencia humana fundamental: qué se siente haber vivido una vida que nadie más podría haber vivido y que casi nadie comprende cuatrocientos años después.
I. Chile. Los años de sangre (1603-1620)
Cuando matar era el lenguaje
y el disfraz era la piel
La espada
y el vino
Taberna en Concepción, Chile, octubre de 1618. Catalina de Erauso tiene veintiséis años y acaba de regresar de una batalla contra mapuches en la frontera del Biobío. Tiene una herida reciente en el brazo izquierdo, mal vendada. Bebe vino tinto en una mesa del fondo, juega a los naipes con otros soldados, lleva el pelo corto bajo un sombrero de ala ancha y responde al nombre de Alonso Díaz Ramírez de Guzmán. Tiene fama de pendenciero, de buen espadachín y de mal perdedor.
La entrevistamos aquí porque es cuando Catalina está en su performance más completa: soldado exitoso, hombre entre hombres, sin necesidad aún de justificarse ante nadie. No ha confesado, no ha negociado con el poder, no ha escrito su autobiografía. Es simplemente quien dice ser. Si queremos entender la violencia que construyó su identidad, debemos hablar con ella cuando aún tiene sangre fresca en las manos.
La taberna huele a vino derramado, tabaco y sudor. Catalina cuenta monedas sobre la mesa, las apila con manos callosas. Tiene las uñas sucias de tierra y sangre seca. Cuando nos ve llegar, no se levanta. Señala las sillas vacías con un gesto de barbilla.
«Siéntense si quieren. Pero no me hagan perder tiempo.»
¿Por qué huiste del convento?
Porque era una tumba. Me metieron ahí a los cuatro años. Once años encerrada. No salía, no veía hombres, no poseía nada, no decidía nada. Mi tía era la priora. Pegaba. Un día pegó de más y yo decidí que prefería morir fuera que pudrirme dentro.
¿Cómo fueron los primeros días vestida de hombre?
Aterrados. Me corté el pelo con tijeras, me hice calzones con mi hábito. Salí por la noche. No tenía plan. Los primeros meses trabajé como paje, como sirviente. Aprendí rápido que las mujeres solas no andan por ahí. Los hombres sí. Así que me convertí en hombre.
¿Cuándo el disfraz dejó de ser disfraz?
No lo recuerdo exactamente. Quizás cuando maté por primera vez. Quizás cuando un hombre me llamó «hermano» y yo respondí sin pensar. En algún momento dejé de actuar y simplemente era quien decía ser. El cuerpo aprende.
Se sirve más vino. Bebe sin prisa. La venda del brazo tiene una mancha oscura que se extiende.
¿Mataste mapuches? ¿Cuántos? Descríbelo.
Sí. No los conté. Decenas, supongo. Los mataba como matábamos todos: en batallas, en escaramuzas, en emboscadas. Ellos nos mataban también. Era la guerra.
¿Cómo era exactamente?
Espada, arcabuz a veces. Prefería la espada. Es más directo. Metes el filo entre las costillas, giras, sacas. El cuerpo cae. A veces gritaban, a veces no. Dependía de dónde los alcanzaras.
¿Qué se siente físicamente cuando matas a alguien?
Calor. Sudor. El brazo tiembla después del impacto. Huele a sangre, a mierda si le das en el vientre. Las manos se resbalan con la sangre en la empuñadura. Después, cuando termina, frío. Mucho frío aunque haga calor.
Un soldado en la mesa de al lado la mira. Catalina le sostiene la mirada hasta que el otro vuelve a sus naipes.
¿Disfrutabas la violencia o era solo supervivencia?
Las dos cosas. Al principio era supervivencia. Si no mataba, me mataban. Pero después… sí, lo disfruté. Te hace sentir vivo. Te hace sentir poderoso. Cuando ganas una pelea, cuando el otro cae y tú sigues en pie, hay algo que… no sé cómo decirlo. Placer no es la palabra exacta. Pero algo parecido.
¿Y después? ¿Cómo dormías?
Mal. Bebía para dormir. Sigo bebiendo para dormir.
En tu autobiografía cuentas que mataste a tu hermano sin reconocerlo. ¿Es verdad?
Guarda silencio. Bebe. Se pasa la mano por la cara.
Sí, es verdad. Concepción, 1615. Pelea en la calle, de noche. Un tipo me insultó, saqué el cuchillo, lo maté. Después alguien me dijo que era Miguel de Erauso, de Donostia. Mi hermano. No lo había visto desde que tenía cuatro años. No lo reconocí.
¿Sentiste algo cuando te enteraste?
Silencio largo. Mira el vino como si ahí estuviera la respuesta.
Sí. Sentí que había matado la única posibilidad de volver a casa. Aunque nunca iba a volver de todas formas.
¿Sentiste deseo sexual alguna vez? ¿Por quién?
Ríe. Es una risa seca, sin humor.
Claro que sentí. Por mujeres, siempre por mujeres. Pero no podía hacer nada. Si cogía como hombre, me descubrían. Si confesaba ser mujer, me mataban por sodomía. Así que nada. Nunca nada.
¿Nunca?
Nunca. El Papa puede confirmarlo. Me examinaron matronas. Virgen a los treinta años, virgen a los cuarenta, virgen hasta que me muera. No por santidad. Por supervivencia.
Pero viviste entre soldados, prostitutas, tabernas. ¿Cómo lo soportabas?
Con vino. Y con violencia. La violencia es erótica cuando no puedes tener otra cosa. Cada pelea era… no sé. Contacto. Cuerpo contra cuerpo. Lo más cercano que tuve a tocar a alguien de verdad.
Se toca la herida del brazo distraídamente. Hace una mueca de dolor.
¿Por qué bebías?
Al principio para ser uno más. Los soldados beben, así que yo bebía. Después para olvidar. Después porque no podía parar.
¿Olvidar qué?
Los mapuches que maté. Mi hermano. El convento. A mí misma. Todo.
¿Alguna vez pensaste en dejar de fingir?
Todos los días. Y ninguno. Porque ya no era fingir. Era vivir. Si dejaba de ser hombre, ¿qué era? ¿Volver al convento? ¿Casarme? Esas no eran opciones. Eran muertes diferentes.
Apura el vino. Se levanta. La conversación ha terminado.
«Tengo que volver. Hay otra batalla la semana que viene. Siempre hay otra batalla.»
Sale de la taberna cojeando ligeramente. Un soldado entre muchos. Invisible en su performance perfecta.
"No me arrepiento de nada de lo que hice en Chile. Me arrepiento de lo que hice después: confesar."
- Catalina de Erauso
II. España y Roma: la legitimación (1624-1626)
Cuando confesar es negociar
y el perdón tiene precio político
El rey y
el Papa
Palacio Real, Madrid, abril de 1624. Catalina tiene treinta y dos años y acaba de regresar a España después de confesar ser mujer ante el obispo de Guamanga. Viste ropa de hombre, lleva cartas de recomendación del obispo y del virrey del Perú, y espera audiencia con Felipe IV. Está delgada, tensa, calcula cada palabra. Ya no es el soldado fanfarrón de Chile. Es una negociadora que juega su última carta.
La entrevistamos aquí porque es cuando Catalina se enfrenta al poder y negocia los términos de su existencia. No es la confesión ante el obispo (eso fue desesperación), es la audiencia con el Rey y el Papa (eso es estrategia). Si queremos entender cómo sobrevivió a su propia transgresión, debemos hablar con ella cuando está vendiendo su historia al mejor postor.
Catalina está de pie junto a una ventana del palacio. No se sienta aunque le ofrecemos una silla. Mira hacia la calle con los brazos cruzados. Su ropa es de mejor calidad que en Chile —jubón de paño fino, calzones negros— pero está incómoda, como si la tela le apretara.
«Hablen rápido. La audiencia es mañana y necesito prepararme.»
¿Por qué confesaste ser mujer después de veinte años de silencio?
Porque me iban a ejecutar. Maté a un hombre importante en Guamanga, me refugié en la catedral. El obispo me protegió pero exigió confesión. Tenía dos opciones: confesar o morir. Elegí vivir.
¿Fue solo cálculo o había algo de arrepentimiento?
Cálculo. No me arrepentía de nada. Me arrepiento ahora de haber confesado, pero en ese momento parecía la única salida.
¿Qué le dirás exactamente al Rey mañana?
La verdad que le conviene: que serví al imperio español durante veinte años, que luché contra los mapuches, que defendí plazas en Chile. Que merezco recompensa como cualquier soldado. No mencionaré que soy mujer a menos que él lo mencione.
¿Y si lo menciona?
Diré que la virginidad me preservó. Que nunca usé mi disfraz para pecar. Que el obispo lo confirmó. Que fui soldado de Cristo además de soldado del Rey.
Se gira hacia nosotros por primera vez. Sus ojos están calculando, midiendo.
¿Eso es verdad? ¿Eras soldado de Cristo?
No. Era soldado del Rey porque me pagaba. Pero el Rey necesita creer que también serví a Dios. Así la historia es aceptable.
¿La audiencia papal será redención espiritual o transacción política?
Transacción. El Papa necesita una historia edificante: mujer que renuncia al mundo, permanece virgen, sirve a la fe católica en América. Yo necesito permiso para seguir viviendo como hombre. Intercambio: yo le doy propaganda, él me da permiso.
¿Y si el Papa te dice que vuelvas a ser mujer?
No lo hará. Sería admitir que una mujer puede ser soldado exitoso. Eso cuestionaría el orden natural. Es más fácil darme permiso de «excepción» y olvidarse.
¿El Rey te perdonará o te usará?
Me usará. No hay nada que perdonar desde su perspectiva. Maté enemigos del imperio, defendí territorios. El hecho de que sea mujer es… incómodo, sí, pero útil. Una buena historia. Pensión pequeña, olvido rápido.
¿Te arrepientes de algo de lo que hiciste?
No responde inmediatamente. Vuelve a mirar por la ventana.
Me arrepiento de haber confiado en el obispo. Debí seguir huyendo.
¿De los mapuches que mataste no te arrepientes?
Eran enemigos. Esa es la única categoría que conozco. Enemigos del Rey, enemigos míos. No sé cómo arrepentirme de eso. No tengo lenguaje para ello.
El Papa te dará permiso para seguir vistiendo de hombre. ¿Eso es victoria o condena?
Victoria porque puedo seguir viva. Condena porque nunca podré dejar de ser impostura. El permiso papal confirma que soy excepción, anormalidad tolerada. No libertad real.
¿Volverás a América como la misma persona o cambiaste?
Volveré diferente. Ahora todo el mundo sabe. Ya no puedo ser soldado anónimo. Seré «la monja alférez», el espectáculo. Eso me ha quitado algo que no sé nombrar. La invisibilidad, quizás. La posibilidad de ser simplemente quien era.
Se aleja de la ventana. La conversación la agota visiblemente.
¿Qué le dirás al Rey si te pregunta si valió la pena?
Que serví bien. Que merecí la pensión. Que fui útil.
¿Y si te pregunta la verdad?
Silencio.
No me preguntará la verdad. Los reyes nunca preguntan la verdad.
Sale de la habitación sin despedirse. Al día siguiente conseguirá su pensión: ochocientos pesos anuales por servicios militares en Chile. Dos años después, el Papa Urbano VIII la recibirá y le dará permiso escrito para seguir vistiendo de hombre. Catalina volverá a América convertida en leyenda. Y en prisionera de esa leyenda.
"El Rey me dio pensión por haber matado salvajes. El Papa me dio permiso por haber sido virgen. Ninguno me preguntó si me arrepentía. Solo querían confirmar que les había sido útil."
- Catalina de Erauso
III. México: El olvido (1635-1650)
Cuando ya nadie recuerda y
el cuerpo se rompe lentamente
El camino y
las mulas
Camino Real entre Puebla y Veracruz, México, julio de 1640. Catalina tiene cuarenta y ocho años y conduce una recua de seis mulas cargadas con mercancías. Viste ropa tosca de arriero, tiene el rostro curtido por el sol, las manos artríticas, la espalda doblada. Nadie en este camino sabe quién fue. Es Antonio de Erauso, arriero, uno entre cientos. La pensión real llega tarde o no llega. Sobrevive con trabajos manuales.
La entrevistamos aquí porque es cuando Catalina ha perdido todo menos la vida: fama, dinero, fuerza, identidad pública. Si queremos entender qué queda de una persona cuando el mito se desvanece, debemos hablar con ella cuando solo queda el cuerpo trabajando bajo el sol, esperando la muerte sin fecha. Este es el Catalina que nadie cita, que nadie reclama, que nadie recuerda.
Catalina está sentada a la sombra de un árbol, junto al camino. Las mulas pastan cerca. Tiene una botella de aguardiente barato, medio vacía. Cuando nos acercamos, no se sorprende. Es como si esperara que alguien viniera eventualmente a preguntar.
«Siéntense. Pero no esperen mucho. Estoy cansada.»
¿Tuviste amor real alguna vez?
No. Tuve deseo. Tuve admiración por algunas mujeres. Pero amor… no. El amor requiere verdad. Yo nunca fui verdad para nadie. ¿Cómo amar sin nombre real?
¿Nunca quisiste intentarlo? ¿Confesarle a alguien quién eras realmente?
Bebe del aguardiente. Se limpia la boca con el dorso de la mano.
Una vez estuve cerca. Había una mujer en Guamanga. Me miraba de cierta manera. Creo que sabía. O sospechaba. Pero entonces tuve que huir porque maté a ese hombre y… se acabó. Siempre se acaba antes de empezar.
¿La soledad fue elección o condena?
Las dos cosas. Elegí huir del convento, eso trajo soledad. Pero después la soledad me eligió a mí. No podía tener amigos reales, familia real, amor real. Todo era performance. Y la performance no permite intimidad.
¿No tuviste ningún amigo verdadero en cuarenta años?
Define verdadero. Tuve compañeros de batalla. Tuve gente con la que bebía. Pero nadie que me conociera realmente. Nadie puede conocerte si estás mintiendo sobre lo más básico de quien eres.
¿Y ahora? ¿Aquí en el camino?
Ahora es peor. Al menos antes tenía la excusa de la guerra, de la aventura. Ahora solo tengo las mulas. Hablo más con ellas que con personas. Ellas no preguntan, no juzgan.
Se ríe, pero es una risa amarga.
¿Qué viste en el espejo cuando envejeciste?
No me miro en espejos. Pero sé lo que vería: un hombre viejo, feo, roto. El cuerpo finalmente cumplió lo que la ropa prometía. La masculinización es completa. Irónico, ¿no? Pasé veinte años fingiendo ser hombre, y ahora que podría dejar de fingir, el cuerpo ya no me dejaría volver.
¿Alguna vez pensaste en volver a ser mujer?
¿Cómo? ¿Ponerme un vestido a los cuarenta y ocho años? ¿Decir «sorpresa, siempre fui mujer»? ¿Y luego qué? ¿Casarme? ¿Entrar en un convento? Esas opciones murieron hace treinta años.
Entonces, ¿morirás como Antonio?
Moriré como nadie. Antonio es un nombre que uso, no quien soy. Catalina es un nombre que dejé atrás. No sé quién soy realmente. Quizás nunca lo supe.
Bebe otra vez. El aguardiente se está acabando.
¿El alcohol es para celebrar o para olvidar?
Olvidar. Siempre fue para olvidar. Al principio olvidaba los cuerpos. Ahora olvido que sigo viva. Es más difícil.
¿Tienes miedo a la muerte?
No. La muerte será un alivio. Cansancio sin fin. Poder dejar de fingir. Poder dejar de ser.
¿Valió la pena?
Silencio muy largo. Mira las mulas, el camino, el horizonte.
No lo sé. Elegí libertad y conseguí otra cárcel. Huí del convento para terminar en este camino, sola, vieja, olvidada. ¿Eso es victoria? No lo sé. Pero tampoco sé qué habría pasado si me hubiera quedado. Quizás peor. Quizás la diferencia es que al menos elegí mi propia miseria.
¿Qué quedó de aquella niña que huyó del convento?
Nada. La maté yo misma cuando me corté el pelo la primera noche. O la mató el primer hombre que maté. O se murió de hambre en algún camino entre Donostia y América. No queda nada de ella.
Se levanta con dificultad. La espalda cruje. Las manos tiemblan ligeramente.
Una última pregunta: ¿volverías a hacer lo mismo?
Mira el camino que tiene por delante. Mira el camino que dejó atrás. Son idénticos: polvo, piedras, sol.
Sí. Volvería a hacer lo mismo. Porque la alternativa era peor. El convento era muerte lenta. Esto al menos fue vida. Dolorosa, solitaria, violenta. Pero vida.
Vuelve a las mulas. Las carga en silencio. No se despide. Simplemente retoma el camino, una figura pequeña contra el horizonte infinito. Antonio de Erauso. Catalina de Erauso. Nadie de Erauso.
El polvo la cubre lentamente hasta que desaparece.
"Pasé cuarenta años huyendo del convento. Moriré en un camino sin nombre. Supongo que es justicia de algún tipo."
- Catalina de Erauso
IV. Preguntas atemporales
Cuando los muertos miran el futuro
que construyeron sin saberlo
Fuera del
tiempo
Catalina existe ahora en un espacio sin coordenadas temporales. No es 1618, no es 1624, no es 1640. Es un lugar blanco, vacío, donde pasado y futuro colapsan. Aquí le mostramos imágenes, textos, debates que sucedieron siglos después de su muerte: manifestaciones del orgullo LGBTQ+ con pancartas que llevan su nombre, libros académicos que la analizan, debates en redes sociales sobre si fue hombre trans o mujer lesbiana, monumentos cuestionados, apropiaciones políticas. Catalina los mira con la distancia de quien observa un mundo que no reconoce pero en el que sigue existiendo como símbolo.
La entrevistamos aquí porque necesitamos confrontar el mito con la persona, el uso contemporáneo de su vida con lo que ella realmente vivió y pensó. Catalina no puede ser responsable de cómo la interpretan cuatro siglos después, pero merece opinar sobre ello. Esta sección revela hasta qué punto cualquier lectura histórica es apropiación: tomamos vidas del pasado y las hacemos significar lo que necesitamos que signifiquen. Darle voz a Catalina sobre su propio mito es reconocer esa violencia hermenéutica.
Catalina existe ahora fuera del tiempo, en un espacio donde pasado y futuro se encuentran. Le mostramos cosas que pasaron después de su muerte. Le preguntamos sobre usos de su vida que nunca imaginó. No tiene que ser coherente con lo que dijo antes. El tiempo ha pasado, las categorías han cambiado, ella puede mirar su propia vida desde fuera.
El feminismo del siglo XX te cita como precursora de la liberación femenina. ¿Te reconoces en eso?
No. Yo no quería liberar a las mujeres. Quería escapar de ser mujer. Es lo opuesto. Las feministas luchan para que las mujeres puedan hacer lo que yo hice sin dejar de ser mujeres. Yo huí de ser mujer porque no veía otra opción. No las entiendo, pero las respeto. Su lucha es más valiente que la mía.
Los movimientos trans también te reclaman como antepasado. ¿Qué opinas?
No sé qué es «trans». Me lo explican y… quizás. Quizás sí era eso. O quizás era simplemente supervivencia y ustedes le ponen nombre moderno. No lo sé. Pero si mi vida les sirve para vivir las suyas, que la usen. Los muertos no tenemos copyright.
En Chile hay debate sobre monumentos coloniales. Si hubiera uno dedicado a ti, ¿debería derribarse?
Ríe con amargura.
¿Un monumento a mí? ¿Por qué? ¿Por haber matado mapuches? Entonces sí, derrumben todos los monumentos a conquistadores. Incluido el mío si existe. No soy heroína. Fui herramienta del imperio. Las herramientas no merecen bronce.
Tu autobiografía se ha interpretado de muchas maneras: confesión, propaganda, ficción. ¿Qué es?
Propaganda. La escribí para justificar la pensión. Para que el Rey siguiera pagando, para que el Papa no se arrepintiera. Cada palabra calculada. No es mentira exactamente, pero tampoco es verdad completa. Es la verdad que convenía.
¿Qué verdades omitiste?
El placer en la violencia. El deseo por mujeres. El odio hacia mí misma. Lo que realmente sentí cuando maté a mi hermano. Todo lo que no servía para la narrativa de «soldado cristiano excepcional».
¿Te molesta que tu vida se use para causas políticas que no conociste?
No. Los muertos somos propiedad pública. Hagan lo que quieran con mi historia. Solo les pido que no me conviertan en algo simple. Ni heroína ni víctima. Fui las dos cosas y ninguna.
Si pudieras elegir cómo te recuerdan, ¿qué elegirías?
Con honestidad. Que digan: fue complicada. Mató gente. Sobrevivió como pudo. No fue buena ni mala. Fue humana. Eso es suficiente.
"Me usan para causas que no entiendo con palabras que no conozco. Está bien. Los muertos no tenemos derecho a controlar nuestra memoria. Pero si van a citarme, que no olviden: también maté. También fui cómplice. No solo fui víctima ni solo fui heroína. Fui todo eso y nada de eso. Si me simplifican, me matan otra vez."
- Catalina de Erauso
LAS 11 PREGUNTAS UNIVERSALES
Si pudieras volver a vivir un solo día de tu vida, ¿cuál elegirías y por qué?
El día que salí del convento. La noche del 18 de marzo de 1600. Porque esa noche todavía todo era posible. No había matado a nadie, no había mentido todavía, no sabía lo que vendría. Solo había puerta abierta y oscuridad afuera. Esa noche fui libre de verdad. Después solo fui libre de mentira.
¿Qué te habría gustado entender antes de morir?
Que no hay vuelta atrás. Que cada elección mata otras vidas posibles. Que la libertad es cara y la pagas con soledad. Si lo hubiera sabido… no sé. Quizás habría elegido igual. Pero al menos habría sabido que el precio era ese.
¿Qué palabra crees que te define mejor?
Frontera. Siempre estuve entre cosas: hombre y mujer, España y América, convento y mundo, soldado y impostora. Nunca completamente en ningún lado. Siempre en el borde.
¿A quién le darías las gracias y a quién le pedirías perdón?
Gracias no tengo a quién darlas. Todo lo que conseguí lo conseguí yo sola. Perdón… a mi hermano Miguel. No por haberlo matado sin reconocerlo, eso fue accidente. Perdón por haberlo olvidado tan completamente que ni su cara recordaba. Eso sí fue culpa mía.
¿Qué crees que queda de ti en la memoria del mundo?
Un nombre mal entendido. Una historia simplificada. «La monja que se hizo soldado.» Como si fuera tan simple. Como si hubiera sido elección clara y no desesperación tras desesperación.
Si el tiempo no existiera, ¿a qué momento volverías siempre?
No volvería a ninguno. Cada momento de mi vida fue huida del anterior. Si pudiera estar en cualquier momento, elegiría estar en ninguno. Descanso, finalmente.
¿Cuál fue tu mayor error y tu mayor verdad?
Mi mayor error fue confesar. Debí seguir huyendo. Mi mayor verdad fue esa primera noche fuera del convento, cuando me di cuenta de que prefería morir libre que vivir encerrada. Eso fue lo único verdadero que tuve. El resto fue consecuencia.
¿Qué le dirías a tu yo de veinte años si pudieras?
Bebe menos. No porque el alcohol sea malo, sino porque vas a necesitarlo más adelante y es mejor no gastarlo tan pronto. Y cuando mates a alguien, mírale la cara antes. Quizás sea alguien que conoces.
¿Qué te sigue sorprendiendo de los seres humanos?
Que necesitan categorías tan desesperadamente. Hombre o mujer. Bueno o malo. Heroína o villana. No pueden soportar la ambigüedad. Yo viví toda mi vida en ambigüedad y ellos siguen sin poder aceptarlo. Cuatrocientos años después todavía preguntan: «¿Pero qué eras realmente?» Como si hubiera respuesta simple.
¿Qué palabra te gustaría que se recordara de ti?
Sobreviví. Esa es la única palabra que importa. No triunfé, no liberé nada, no cambié el mundo. Solo sobreviví en un mundo que no tenía lugar para mí. Y eso, en su pequeñez, fue todo.
¿Qué crees que queda de un ser humano cuando ya no queda nada?
Silencio largo. Mira algo que no podemos ver.
Las preguntas sin respuesta. Eso es lo que queda. Yo morí sin saber quién era realmente. Sin saber si valió la pena. Sin saber si había otra manera. Esas preguntas sobreviven aunque yo no. Y quizás eso es lo único que realmente sobrevive de cualquiera: las preguntas que dejamos sin contestar.
Catalina de Erauso murió en algún momento entre 1635 y 1650 en territorio mexicano. No hay registro exacto de su muerte. No hay tumba. El último documento que la menciona es de 1645, donde aparece como Antonio de Erauso, arriero, transportando mercancías entre Ciudad de México y Veracruz.
Su autobiografía sobrevivió. Se publicó por primera vez en 1829, casi doscientos años después de su muerte. Desde entonces ha sido interpretada como confesión, como propaganda, como ficción, como manifiesto feminista, como testimonio trans, como documento colonial.
Catalina nunca dijo qué quiso que fuera. Quizás porque ella misma no lo sabía.
Esta entrevista es imposible porque los muertos no hablan. Pero las preguntas que dejó siguen hablando. Y seguirán hablando mientras haya personas que no encajen en las categorías disponibles, que elijan el camino aunque no sepan adónde lleva, que prefieran la libertad incierta a la cárcel segura.
Catalina de Erauso fue muchas cosas: monja fugada, soldado, asesina, impostora, sobreviviente, mentirosa, víctima, victimaria. Fue ninguna de esas cosas. Fue todas.
Fue, sobre todo, frontera. Y las fronteras nunca se pueden mapear completamente.
Solo se pueden cruzar.
