Catalina de Erauso:
El camino sin regreso
El olvido tiene caminos de polvo
México, entre 1635 y 1640. Una figura solitaria conduce una recua de mulas por el Camino Real que conecta la Ciudad de México con Veracruz. Viste calzones, jubón, sombrero de ala ancha. Monta como hombre, maldice como soldado, transporta mercancías de un lado a otro del virreinato. Los arrieros la llaman Antonio. Algunos, simplemente, el Alférez. Nadie pregunta demasiado. En la América española, hay miles de tipos así: hombres curtidos que sobreviven en los márgenes del imperio, haciendo trabajos que nadie más quiere hacer.
Esta mujer fue, veinte años antes, recibida por el Rey de España y bendecida por el Papa. Tuvo una pensión real, un nombre en las crónicas, una historia que contar. Ahora conduce mulas. Nadie sabe exactamente cuándo murió, ni dónde. Los registros coloniales la pierden de vista. Simplemente desaparece del papel, como tantos otros engranajes del imperio cuando dejan de ser útiles.
Se llamaba Catalina de Erauso. Nació mujer, vivió como hombre, mató como soldado, confesó como católica, mintió como superviviente. Escribió una autobiografía que es parte crónica militar, parte justificación legal, parte fanfarronada de taberna. Nunca explicó realmente por qué hizo lo que hizo. O quizás lo explicó todo, y nosotros seguimos sin entender.
Esta es su historia. O al menos, la historia que ella decidió contar.
Donostia, 1592-1600: Cuando el convento era una tumba
Catalina tiene cuatro años cuando sus padres la entregan al convento de San Sebastián el Antiguo, en Donostia. No es crueldad. Es pragmatismo. Las familias vascas con demasiadas hijas y poco dinero tienen opciones limitadas: casarlas bien, mal, o encerrarlas. El convento es un destino respetable. Catalina es la segunda hija. Su hermano Miguel heredará. Ella heredará a Cristo.
Pasan once años. Once años de claustro, disciplina, latines, silencios. Su tía es la priora. Las reglas son claras: las novicias no salen, no hablan con hombres, no poseen nada, no deciden nada. El convento es un útero al revés: no se nace, se muere lentamente hacia la santidad.
En 1600, Catalina tiene quince años y debe profesar. Tomar los votos perpetuos. Casarse con Dios para siempre.
No lo hace.
Una noche —la autobiografía es imprecisa en las fechas, precisa en el dramatismo— pelea con su tía. Hay golpes. Catalina se encierra en una celda, descose su hábito, se corta el pelo con unas tijeras, se hace con aguja e hilo unos calzones, una camisa. No es épico. Es tosco, improvisado, desesperado.
Escapa. Roba las llaves, abre puertas, sale al mundo.
No hay evidencia de que tuviera un plan. No soñaba con América, con batallas, con gloria. Simplemente no podía quedarse. El convento no era metáfora: era una cárcel real con muros reales y una vida que terminaría allí dentro.
Durante tres años, Catalina vaga por el norte de España. Se viste de hombre porque las mujeres solas no vagan. Trabaja como paje, como sirviente. Aprende. Aprende que los hombres caminan diferente, que ocupan espacio diferente, que su palabra vale diferente. Aprende que el disfraz no es solo ropa: es voz, gesto, violencia contenida y liberada en el momento justo.
En 1603, embarca hacia América. No huye de España: huye hacia adelante. El Nuevo Mundo es perfecto para quien necesita reinventarse porque allí nadie sabe quién eras. Catalina no busca la transgresión. Busca la invisibilidad. Quiere desaparecer en la masa de soldados, comerciantes, aventureros que cruzan el Atlántico buscando lo mismo que ella: otra vida.
El disfraz deja de serlo en algún momento que ella nunca especifica. Se convierte en Alonso, en Francisco, en Antonio. Se convierte en soldado. Y descubre algo: se le da bien.
América, 1603-1624: La performance tiene filo de espada
Catalina llega a Panamá, pasa a Perú, termina en Chile. Las guerras contra los mapuches necesitan soldados. El imperio necesita carne para sus batallas. No pregunta demasiado. Si sabes usar una espada, sirves.
Y Catalina sabe. Mata en Purén, en Paicaví, en Valdivia. Su autobiografía enumera batallas, heridas, muertes como quien hace inventario. «Maté a dos», escribe. «Herí a cinco.» No hay culpa, no hay duda. Escribe como escriben todos los cronistas de conquista: la violencia es el paisaje natural de América, y los cuerpos indígenas son obstáculos sin nombre.
Aquí está la primera contradicción irresoluble: Catalina transgrede el género adoptando su versión más brutal. No performa una masculinidad sensible o alternativa. Performa la masculinidad del conquistador: violenta, rapaz, vanidosa. Para ser creíble como hombre en el contexto colonial, debe ser capaz de matar sin pestañear. Y lo es.
- Concepción, Chile. Pelea a cuchilladas con un hombre en una calle oscura. Solo cuando lo ha matado descubre que era su hermano Miguel. El que heredó la casa vasca. El que tuvo la vida que ella no pudo tener.
No hay redención en este episodio. Catalina lo cuenta con frialdad escalofriante: «No lo reconocí.» Punto. Nada más. La ceguera del disfraz es total: ha olvidado hasta las caras de su sangre.
Pero la performance no es solo violencia. También es placer. Catalina apuesta, bebe, pelea por honor, seduce mujeres. En Guamanga, Perú, la hija de su patrona se enamora de ella. Planean casarse. Catalina acepta el juego hasta que la cosa se pone seria. Entonces huye. Siempre huye.
El episodio más revelador ocurre cuando una monja —otra Catalina— la mira demasiado tiempo en la iglesia. Hay algo en esa mirada que la incomoda. ¿Reconocimiento? ¿Deseo? La autobiografía no lo dice. Solo dice que Catalina de Erauso sintió peligro y se marchó de inmediato.
Las mujeres son su punto ciego. Puede engañar a soldados, capitanes, virreyes. Pero las mujeres miran diferente. Ven lo que los hombres no ven porque no necesitan verlo.
Durante veinte años, Catalina juega el personaje hasta que el personaje la devora. No hay vuelta atrás posible. Si confiesa, la ejecutan por impostora, por sodomía, por sacrilegio. Si calla, debe morir como hombre: sola, sin confesión verdadera, sin nombre real.
- Guamanga. La atrapan. Ha matado a un hombre importante. Busca asilo en la catedral. El obispo la protege, pero exige confesión. Catalina tiene dos opciones: morir o jugarse el todo por el todo.
Confiesa. Soy mujer. Soy virgen. Fui monja. Llevo veinte años disfrazada.
Las matronas la examinan. Confirman la virginidad. Confirman el cuerpo de mujer. El obispo, fascinado y horrorizado, la envía a un convento. Otra vez.
Catalina tiene treinta años y ha matado más hombres que la mayoría de soldados del imperio. Y está de vuelta en una celda de monja.
Dura seis meses. Luego embarca hacia España.
Madrid y Roma, 1624-1626: Cuando el imperio bendice lo que necesitó
Catalina llega a España convertida en fenómeno. Su historia ha corrido: la monja soldado, la virgen guerrera, la mujer que engañó a todo un continente. Es espectáculo y escándalo a partes iguales.
Felipe IV la recibe. Le concede una pensión: 800 pesos anuales por sus servicios militares en Chile. No le importa que sea mujer. Le importa que fue útil. Mató mapuches. Defendió plazas. Sirvió al imperio cuando el imperio necesitó soldados. El rey cobra sus impuestos en muerte y obediencia, no en genitales.
Catalina va a Roma. El Papa Urbano VIII la recibe en 1626. También la bendice. También le permite seguir vistiendo de hombre. La Iglesia, que quema brujas y sodomitas con entusiasmo, bendice a Catalina de Erauso.
¿Por qué?
Porque es virgen. Porque nunca usó su disfraz para el placer sexual (o eso dice). Porque sirvió a la expansión de la fe católica. Porque confesó. Porque, en última instancia, confirmó las categorías que supuestamente transgredió: las mujeres buenas no tienen sexo, las mujeres malas sí. Catalina fue buena. Violenta, pero buena.
La legitimación del poder no es progresismo. Es pragmatismo. El imperio acepta lo que le fue útil. Nada más.
Catalina regresa a América. México, esta vez. La pensión no alcanza. Nunca alcanza. Trabaja como arriero. Transporta mercancías. Usa el nombre Antonio de Erauso. Tiene permiso papal para hacerlo, pero igual algunos la miran raro.
Envejece sola. Sin familia, sin amigos cercanos, sin nada que no quepa en una mochila de arriero. La pensión llega tarde o no llega. Los documentos oficiales la pierden de vista. Una mención aquí, otra allá. Luego nada.
Muere en algún momento entre 1635 y 1650. No hay tumba. No hay registro de muerte. Simplemente deja de aparecer en los papeles del virreinato.
El imperio usó a Catalina mientras la necesitó. Luego la olvidó. Como a todos.
El camino que no termina
Volvamos al Camino Real. México, 1638. Catalina conduce mulas bajo el sol implacable. Tiene cuarenta y seis años. Su cuerpo está destruido: heridas de batalla, años de alcohol, trabajo físico extenuante. Ya nadie la reconoce. Ya no importa quién fue.
¿Qué queda de Catalina de Erauso cuando su historia deja de importarle al poder?
Queda un cuerpo en tránsito perpetuo. Siempre en camino, nunca llegando. Ni España ni América. Ni convento ni ejército. Ni hombre ni mujer, o ambos, o ninguno. Las categorías nunca le quedaron bien.
Ryszard Kapuściński diría: Catalina fue un engranaje del colonialismo español que sobrevivió más tiempo del previsto. Su transgresión fue funcional al sistema hasta que dejó de serlo. Entonces fue descartada. Como todos los engranajes.
Janet Flanner diría: Catalina habitó la frontera sin mapa. Vivió en el umbral donde las palabras se vuelven insuficientes: ¿deseo, necesidad, supervivencia, libertad? Nunca tuvo lenguaje para nombrarse porque el lenguaje también es colonial. También excluye.
Manu Leguineche diría: Catalina hizo lo que pudo con lo que tenía. Como todos. Sobrevivió. Mintió. Mató. Amó quizás. Bebió demasiado. Apostó mal. Se rió cuando pudo. Murió sola y pobre. Como casi todos los corresponsales de guerra que conoció. Como casi todos nosotros.
Las tres cosas son ciertas. Las tres son insuficientes.
Catalina de Erauso no cabe en nuestras categorías porque no cabía en las suyas. No fue heroína ni víctima. Fue pragmática. Cruel. Posiblemente incapaz de intimidad real. Definitivamente sola. Absolutamente irrepetible.
Murió conduciendo mulas por un camino sin nombre. El imperio que la usó siguió adelante. Las categorías que desafió siguieron intactas. El convento de Donostia sigue en pie.
Pero algo queda. Una grieta pequeña en el relato oficial. Una pregunta sin respuesta: ¿Qué se siente siendo quien nadie esperaba que fueras?
Catalina nunca lo dijo. Solo lo vivió.
Y luego desapareció en el polvo del camino, como corresponde a quien nunca perteneció realmente a ningún lugar.