El guardián del laberinto
Umberto Eco
Entrevistar a Umberto Eco (1932-2016) es enfrentarse al hombre que leyó 50.000 libros y advirtió que la mayoría de nosotros vive en la ignorancia feliz. El semiólogo que legitimó a Superman mientras traducía a Santo Tomás, que vendió cincuenta millones de copias de una novela sobre monjes medievales, que ganó un premio fascista a los diez años y pasó el resto de su vida desenmascarando el fascismo eterno.
De aproximadamente 60 años de vida intelectual pública, sobreviven su erudición enciclopédica (biblioteca de dos casas con decenas de miles de volúmenes), su tránsito del catolicismo militante al agnosticismo riguroso, su capacidad de habitar contradicciones sin resolverlas, y su última columna sobre pintura romántica escrita tres semanas antes de morir.
Sus palabras, recogidas en cinco momentos que abarcan toda su vida, revelan a un hombre dividido entre la urgencia de clasificar todo el conocimiento humano y la certeza de que tal clasificación es imposible, entre la fe en los sistemas y la conciencia de que todo sistema es provisional, entre acumular 50.000 libros y admitir que los no leídos pesan más que los leídos.
Lo confrontamos consigo mismo: el niño que mintió por Mussolini, el joven que perdió a Dios estudiando teología, el profesor que se convirtió en bestseller sin quererlo, el guardián de una biblioteca imposible, y finalmente el anciano que escribió sobre belleza romántica mientras esperaba la muerte. La respuesta admite múltiples interpretaciones. Ninguna completamente satisfactoria.
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“Leí todo para entender
que no se puede entender todo”
Esta entrevista nunca ocurrió. Umberto Eco murió en Milán el 19 de febrero de 2016, rodeado de treinta mil libros que nunca terminaría de leer. Sus respuestas fueron especuladas por cinco periodistas – Oriana Fallaci, Roland Barthes, Ryszard Kapuściński, Amos Tutuola, Sei Shōnagon – basándose en todo lo que escribió durante ochenta y cuatro años, en las entrevistas que concedió a lo largo de décadas, en los testimonios de quienes lo conocieron, en sus columnas semanales escritas hasta tres semanas antes de morir, y en la evidencia material de su biblioteca imposible.
Lo que es real: los 50,000 volúmenes acumulados obsesivamente en dos casas, el premio fascista ganado a los diez años escribiendo «debemos morir por Mussolini», la crisis de fe que lo convirtió de católico militante en agnóstico riguroso, los cincuenta millones de copias vendidas de una novela sobre monjes medievales que empezaba con cien páginas deliberadamente inaccesibles, la advertencia sobre el Ur-Fascismo que se volvió profética, la última columna sobre pintura romántica del siglo XIX.
Ofrecemos esta entrevista imposible como acto de justicia imaginativa: darle voz sobre su propia historia, su erudición convertida en performance pública, sus contradicciones productivas nunca resueltas. Sabemos que hablamos con proyección de nuestros propios valores, con construcción basada en fragmentos y silencios.
Pero hay verdad en el ejercicio: nos obliga a confrontar qué perdimos cuando lo redujeron a «el profesor que vendió millones» en los obituarios apresurados, qué ganamos en los análisis académicos que ignoran al hombre que fumaba nerviosamente mientras escribía, y por qué su voz todavía importa en 2026 cuando el fascismo que diagnosticó regresa con nuevos disfraces digitales.
Las once preguntas universales fueron respondidas no por Eco histórico sino por Eco como lo necesitamos: testigo de su propia destrucción, consciente de su propia complicidad, capaz de articular lo que significa acumular conocimiento sabiendo que todo conocimiento es insuficiente, provisional, condenado a la incompletud.
Si él pudiera leer esta entrevista, probablemente se reiría de nuestra presunción. Luego, quizás, reconocería el impulso que la motivó: el mismo que lo hizo coleccionar libros sobre alquimia sin creer en transmutación de metales, escribir novelas después de décadas de teoría pura, dedicar treinta años a columnas periodísticas sobre trivialidades culturales que contenían filosofía disfrazada.
El deseo de capturar algo verdadero sobre estar vivo dentro de una jaula dorada de signos, sobre convertir el cuerpo en campo de batalla entre sistemas contradictorios, sobre persistir cuando la única certeza es que el patrón nunca se completará.
Ese patrón sigue vibrando en cada biblioteca que visitamos, en cada libro que compramos sin leer, en cada sistema que construimos sabiendo que es insuficiente.
«Los libros no leídos pesan más que los leídos. Esa fue mi cárcel y mi libertad.»
Tenía razón.
I. El niño fascista
Alessandria, 1942: cuando un niño
inteligente ganó un premio por mentir
La medalla
envenenada
Eco tiene diez años. Estamos en el salón municipal de Alessandria, un edificio de piedra que huele a cera de piso y a madera vieja. La luz de la tarde de otoño se filtra por ventanas altas con cristales emplomados. Sobre la mesa frente a nosotros descansa la medalla del Primer Premio Provincial de los Ludi Juveniles. Eco la mira sin tocarla.
Este es el trauma fundacional. El niño que escribió «debemos morir por la gloria de Mussolini» se convirtió en el hombre que advirtió contra el Ur-Fascismo. No se puede entender a Eco sin entender que participó—aunque fuera inconscientemente—en el mal que después pasó décadas denunciando. Este momento contiene toda su contradicción: la inteligencia al servicio de la mentira.
¿Recuerdas el momento exacto cuando escribiste «debemos morir por la gloria de Mussolini«?
Lo recuerdo con una claridad que me gustaría no tener. Estaba sentado en la mesa de la cocina. Mi madre preparaba polenta. El olor a harina de maíz hirviendo. Escribí con una estilográfica que me había regalado mi padre—él nunca tuvo dinero para libros, pero me compró esa pluma. La ironía me persigue. Escribí rápido, sin pensar demasiado. Era un ejercicio escolar. Pensé: «¿Qué quieren escuchar los adultos?». Y lo escribí.
¿Creías en lo que escribías?
[Largo silencio. Eco toma la medalla de la mesa, la sostiene sin mirarla]
A los diez años no se «cree» en el sentido adulto. Se repite. Los niños son loros brillantes. Yo era un loro particularmente elocuente. ¿Creía? Probablemente sí, en la medida en que un niño cree en Papá Noel. El fascismo era el aire que respirábamos. No puedes no creer en el aire.
Cuando subiste al estrado y los adultos fascistas te aplaudieron, ¿qué viste en sus caras?
Satisfacción. Orgullo. Como si yo fuera la prueba viviente de que el régimen funcionaba, de que estaban produciendo generaciones de jóvenes convencidos. Uno de ellos—un oficial con bigote engominado—me palmeó la cabeza. Me dijo: «Bravo, ragazzo. Italia necesita mentes como la tuya». Sonreí. Me sentí importante. Ese es el veneno del totalitarismo: te hace sentir parte de algo grande, te da identidad. Los niños son especialmente vulnerables a eso.
¿Conservaste la medalla?
No. La perdí durante la guerra, durante los traslados. O tal vez la tiré deliberadamente y mentí a mí mismo diciendo que la perdí. No estoy seguro. La memoria es una mentirosa compulsiva.
¿En qué momento exacto comprendiste que habías sido parte de una mentira?
[Toca su barba nerviosamente]
Abril de 1945. Tenía trece años. Alessandria fue liberada. Vi los primeros periódicos democráticos. Había titulares en plural: el Partido Comunista dice esto, el Partido Socialista dice aquello, la Democracia Cristiana propone lo otro. Plural. Esa palabra. Múltiples verdades coexistiendo. Fue como descubrir que el mundo tiene color cuando solo habías visto blanco y negro. Entendí, no intelectualmente sino visceralmente, que me habían enseñado a vivir en una dimensión y existían mil dimensiones más. Eso fue la liberación: la revelación de la pluralidad.
¿Tus padres celebraron tu premio en 1942?
Mi padre estaba orgulloso. Era un hombre sencillo, trabajaba de contador en una fábrica. No era fascista por convicción ideológica; era fascista porque todos lo eran, porque no había alternativa visible. Mi madre preparó una cena especial. Minestrone, pollo—lujos en tiempos de guerra. Me sentí amado. Esa es la parte más difícil de admitir: el fascismo me dio amor familiar. ¿Cómo odias algo que está entrelazado con el afecto de tus padres?
Si pudieras hablar con ese niño de diez años ahora, ¿qué le dirías?
[Primera emoción visible: su voz se quiebra ligeramente]
No sé si le diría algo. Tal vez solo lo abrazaría. Era un niño. Inocente en el sentido legal, culpable en el sentido existencial. Le diría: «Lo que estás viviendo ahora determinará todo lo que escribirás después. Presta atención. Recuerda cómo se siente estar dentro de la mentira cuando la mentira es tu normalidad. Porque cuando seas viejo, tendrás que advertir a otros que la mentira puede regresar con vestimentas nuevas y nadie la reconocerá».
¿Crees que existe la inocencia cuando se participa en el mal sin comprenderlo?
Esa pregunta me ha perseguido ochenta años. Legalmente, sí, hay inocencia. Moralmente… es más complicado. Hannah Arendt habló de la banalidad del mal. Yo añadiría: la inocencia del mal. El mal que se comete sin intención de hacer mal. ¿Es menos mal por eso? No. ¿Es menos culpable quien lo comete? Tal vez. Pero la deuda moral permanece. Yo le debo algo a ese niño de diez años: contar su historia, una y otra vez, para que otros niños no tengan que escribir ensayos sobre morir por tiranos.
El uniforme que llevabas ese día, ¿cómo se sentía contra tu piel?
[Cierra los ojos]
Áspero. La camisa negra era de algodón barato, raspaba el cuello. Los pantalones cortos me quedaban grandes. Las medias hasta la rodilla se me caían constantemente. Me sentía disfrazado, aunque no sabía de qué. Años después entendí: estaba disfrazado de adulto fascista en miniatura. Éramos todos disfraces ambulantes. Italia entera era un teatro donde todos actuábamos papeles que no habíamos elegido.
"He contado esta historia del premio fascista cientos de veces en entrevistas, conferencias, ensayos. Cada vez que la cuento, cambia ligeramente. No porque mienta, sino porque la memoria reconstruye. Cada recuerdo es una interpretación del recuerdo anterior. A estas alturas, no sé qué pasó realmente en 1942 y qué he construido después. Tal vez eso es lo más honesto que puedo decir: incluso mis propios recuerdos son textos abiertos a múltiples lecturas."
- Umberto Eco
II. La fé rota
Turín, 1954: cuando la teología
mató a Dios en el alma de un creyente
Santo Tomás,
el asesino
Biblioteca de la Universidad de Turín, sala de manuscritos medievales. Eco tiene veintidós años, acaba de defender su tesis doctoral sobre la estética de Santo Tomás de Aquino con calificación perfecta. Frente a nosotros, sobre una mesa de roble oscuro, descansa el volumen de su tesis encuadernado en piel marrón. Todavía huele a tinta fresca. Afuera llueve. Eco fuma un cigarrillo tras otro.
La paradoja perfecta de Eco: perdió su fe católica estudiando al santo que supuestamente debía reforzarla. Es el momento donde el sistema se vuelve contra sí mismo, donde la herramienta de la ortodoxia (la teología escolástica) destruye la ortodoxia. Aquí nace el Eco agnóstico que conservará estructura mental católica toda su vida—sus tratados semióticos son Summas seculares.
¿Cuál fue el momento exacto, la frase específica de Santo Tomás, que rompió tu fe?
No hubo una frase. Eso sería demasiado dramático, demasiado narrativo. Fue el método. Tomás construye cada argumento presentando primero las objeciones—todas las razones para no creer en su conclusión—antes de defender su posición. Yo leía esas objeciones y pensaba: «Tiene razón. Esto es lógico. Dios no existe». Luego leía su refutación y pensaba: «Esto es sofisma. Está haciendo trampas». La grieta se abrió ahí: cuando empecé a ver las costuras del argumento, cuando el edificio dejó de parecer sólido y empecé a ver que era una construcción humana, arbitraria, sostenida por fe en lugar de lógica. Irónico, ¿no? Tomás era el campeón de la razón al servicio de la fe. Pero cuando sometes la fe a razón rigurosa, la fe colapsa.
¿Fue un derrumbe súbito o una erosión lenta?
Erosión lenta con un momento de colapso final. Como edificio con cimientos podridos que se mantiene en pie hasta que un día, sin razón aparente, se desploma. Durante meses dudé en secreto. Seguía yendo a misa, comulgando, actuando como católico devoto. Era presidente de una organización estudiantil católica. Pero por dentro, la estructura se desmoronaba. El momento de colapso llegó cuando el Vaticano atacó nuestra organización.
Cuando el Vaticano atacó tu organización estudiantil acusándola de herejía, ¿sentiste rabia, dolor, traición?
Sentí claridad. Repentina, brutal claridad. La institución que supuestamente custodiaba la verdad divina estaba comportándose como cualquier institución humana corrupta: protegiendo poder, castigando disidencia. Si la Iglesia era simplemente otra estructura de poder político, entonces tal vez Dios también era simplemente otra construcción humana. Esa fue la cadena lógica. Traición sí, pero no del tipo sentimental. Traición intelectual: me habían vendido un sistema que prometía verdad absoluta y resultó ser tan contingente y humano como cualquier otro.
¿Lloraste cuando perdiste a Dios?
[Larga pausa. Mira por la ventana hacia la lluvia]
Sí. No inmediatamente. Lloré semanas después, solo, en mi cuarto, en medio de la noche. No lloré por Dios—a esas alturas ya no creía que existiera. Lloré por la pérdida. Por todos esos años de certeza que ya no tendría nunca más. Por la sensación de abandono. Es como perder un padre, aunque ese padre tal vez nunca existió. El duelo es real aunque el objeto de duelo sea imaginario.
¿Qué dijeron tus padres?
Mi madre lloró. No de rabia sino de miedo. Miedo por mi alma, por mi salvación. Mi padre, curiosamente, fue más pragmático. Me dijo: «Si no crees, no crees. Pero no hagas sufrir a tu madre innecesariamente». Así que durante años, cuando visitaba a mis padres, fingía. Iba a misa con ellos. Inclinaba la cabeza durante la consagración. Doblaba rodillas frente al altar. Mente y cuerpo disociados. El cuerpo actuaba catolicismo mientras la mente habitaba agnosticismo. Esa disociación me enseñó algo importante sobre performance: cuánto de nuestra identidad es simplemente actuación para audiencias específicas.
Seguiste estudiando a Santo Tomás décadas después de perder la fe. ¿Por qué?
Porque era fascinante. Porque construyó el sistema filosófico más riguroso de Occidente. Porque aunque no creía en sus conclusiones, admiraba su método. Es como admirar la arquitectura de una catedral siendo ateo. La estructura es hermosa independientemente de si el dios al que está dedicada existe o no. Y además, Santo Tomás me había dado algo: las herramientas para destruir la fe, pero también las herramientas para construir sistemas. Mi Tratado de semiótica general debe mucho a la Summa Theologica. Misma estructura: definiciones rigurosas, distinciones conceptuales, construcción sistemática paso a paso. Solo cambié Dios por signos.
¿Qué estructura mental católica conservaste siendo agnóstico?
[Ríe con ironía]
Casi toda. El catolicismo no es solo creencia en Dios; es una forma de pensar. Sistemática, jerárquica, obsesionada con clasificaciones y taxonomías. Los escolásticos medievales dividían y subdividían todo en categorías infinitas. Yo hago lo mismo con los signos, con los modos de producción semiótica. También conservé cierto moralismo—no en sentido sexual, sino ético. La idea de que hay límites, de que no todo vale, de que existe tal cosa como interpretación responsable versus irresponsable. Eso es muy católico. Los protestantes permiten que cada quien interprete la Biblia libremente. Los católicos insisten en que hay autoridad interpretativa. Yo perdí a Dios pero conservé la idea de que debe haber límites a la interpretación.
Cuando comulgabas diariamente a los veinte años, ¿qué sentías en la lengua al recibir la hostia?
Papel. Sabor a nada, textura como papel mojado. Pero el significado que le asignaba era inmenso. Creía que era el cuerpo de Cristo, que estaba ingiriendo divinidad. La semiótica de la Eucaristía es perfecta: un signo (pan) que se vuelve lo significado (cuerpo) mediante acto performativo (consagración). Cuando perdí la fe, la hostia volvió a ser papel. El significante sin significado. Esa fue mi primera lección práctica de semiótica: cómo el contexto de creencia transforma objetos triviales en sagrados.
¿Alguna vez sentiste tentación de volver?
No a la fe, pero sí a la comunidad. El catolicismo ofrece algo que el agnosticismo no puede: pertenencia. Rituales compartidos, certezas colectivas. A veces, especialmente cuando era joven, sentía envidia de quienes podían creer. Parecían más felices. Pero no puedes forzar creencia. O crees o no crees. Yo no creía. Así que construí otras comunidades: académicas, intelectuales. La universidad fue mi nueva iglesia. Los libros, mis nuevos textos sagrados. La diferencia es que estos nuevos dioses eran honestamente humanos.
La tesis que defendiste sobre Santo Tomás, ¿fue tu carta de despedida a Dios?
Sí, aunque no lo supe en ese momento. Fue mi forma de honrar lo que estaba abandonando. Demostrar que lo había estudiado seriamente, que lo entendía profundamente, que no lo rechazaba por ignorancia sino por conocimiento. Era necesario para mí probar—ante mí mismo más que ante otros—que había ganado el derecho a no creer. Que no era rebeldía adolescente sino conclusión intelectual rigurosa. La tesis fue mi acta de divorcio de Dios. Firmada con calificación perfecta.
"Nunca lamenté perder la fe. Pero sí lamenté perder la certeza que la fe proporciona. Pasé el resto de mi vida construyendo sistemas—semióticos, narrativos, interpretativos—sabiendo que todos eran provisionales, que ninguno tocaba la verdad absoluta. Tal vez toda mi obra es compensación por esa pérdida primigenia: si no puedo tener la verdad divina revelada, al menos puedo construir arquitecturas conceptuales hermosas. Son castillos de naipes, pero son mis castillos de naipes."
- Umberto Eco
III. El bestseller involuntario
Milán, 1982: cuando el profesor descubrió
que había vendido su alma sin saberlo
50 millones
de lectores
Apartamento de Eco en Via Dante, Milán. Primavera de 1982, dos años después de publicar El nombre de la rosa. Las ventanas están abiertas al Castello Sforzesco. Sobre la mesa del comedor hay pilas de ediciones de la novela en veinte idiomas diferentes: alemán, inglés, francés, japonés, sueco, polaco. Eco fuma nerviosamente. Tiene cincuenta años, barba comenzando a encanecer, gafas redondas que se quita y limpia constantemente.
La contradicción central de Eco encarnada en un instante: el académico riguroso que vendió cincuenta millones de copias. Aquí está el vértigo entre dos identidades—profesor universitario serio y autor de bestseller global. Este es el momento donde Eco tiene que confrontar el éxito masivo que nunca buscó pero que secretamente tal vez deseó. La pregunta subyacente: ¿puedes ser popular sin ser populista? ¿Puedes vender millones sin venderte?
Marzo de 1978: dijiste «sentí la urgencia de envenenar a un monje«. ¿Por qué un monje? ¿Por qué veneno?
[Sonríe con ironía]
Porque es la forma más medieval de matar. Violencia física directa—espadas, hachas—es vulgar. El veneno es sofisticado, requiere conocimiento, paciencia. Es un crimen intelectual. Y los monjes medievales eran obsesivos con venenos, con hierbas, con propiedades ocultas de plantas. Había algo apropiado en esa simetría: un monje envenenado por el conocimiento mismo, por un libro prohibido. La metáfora era demasiado perfecta para resistirla. El conocimiento como veneno—eso resume toda mi relación con los libros.
¿Cuándo supiste que El nombre de la rosa sería algo más grande que un ejercicio académico?
Nunca lo supe con certeza hasta que ya había pasado. Mi editor italiano, Bompiani, imprimió primera edición de 30,000 copias—alta para libro de ese tipo en Italia, pero no extraordinaria. Se vendieron en dos semanas. Reimprimieron. Se vendieron en una semana. Luego los derechos internacionales empezaron a venderse: Alemania, Francia, Estados Unidos. Los números dejaron de tener sentido. Cien mil, quinientas mil, un millón. Perdí la cuenta. Fue como ver avalancha desde lejos, sabiendo que te va a alcanzar pero sin poder hacer nada para detenerla.
Las primeras cien páginas, ¿realmente las escribiste como «test contra los estúpidos»?
[Ríe largamente]
Esa fue mi racionalización posterior. La verdad es más complicada. Sí, conscientemente quise que fueran densas, difíciles, llenas de descripciones arquitectónicas que no avanzan la trama. Pensé: quien supere estas cien páginas merece leer el misterio. Pero también… tenía miedo. Miedo de que si escribía algo demasiado accesible, demasiado comercial, perdería mi credibilidad académica. Así que construí una barrera de erudición como protección. Si el libro fracasaba comercialmente, podría decir: «Claro, porque no compromete, porque mantiene rigor». Si tenía éxito—lo cual no anticipé—podría decir: «Miren, tuve éxito a pesar de no hacer concesiones». Era estrategia defensiva contra ambos resultados posibles.
Cuando recibiste noticias de las primeras ventas millonarias, ¿qué hiciste?
[Pausa larga, enciende otro cigarrillo]
Me senté en esta misma silla, miré por esa ventana hacia el Castello, y sentí… pánico. No alegría. Pánico. Porque sabía que mi vida había cambiado irrevocablemente y no había forma de volver atrás. Llamé a Renate, mi esposa. Le dije: «Algo terrible está pasando». Ella pensó que alguien había muerto. Le expliqué. Se rio. Me dijo: «Umberto, vendiste un millón de libros. La mayoría de escritores darían un brazo por eso». Y yo respondí: «Ese es el problema. ¿Qué tuve que dar yo a cambio?».
¿Hubo colegas académicos que te acusaron de venderte?
No abiertamente, porque sería vulgar. Pero sí, sutilmente. Comentarios en conferencias: «Ah, nuestro colega que ahora escribe para las masas». Invitaciones a ciertos seminarios académicos que dejaron de llegar. Nada explícito, todo denegable. Lo peor fue mi propia paranoia: cada vez que publicaba un ensayo académico después de la novela, me preguntaba si mis colegas lo leerían con seriedad o lo descartarían como «el novelista jugando a académico». Esa ansiedad nunca desapareció completamente.
Cincuenta millones de copias. ¿Te halaga o te avergüenza?
Ambas. Simultáneamente. Constantemente. Me halaga porque valida algo: escribí un libro complejo, erudito, sin concesiones, y millones lo leyeron. Eso sugiere que la audiencia no es tan estúpida como los editores asumen. Me avergüenza porque… ¿qué dice de mí que necesite esa validación? Un verdadero intelectual debería estar por encima de números de ventas. Pero no soy un verdadero intelectual en ese sentido monástico. Soy humano. Me gusta ser leído. Prefiero cincuenta millones a cincuenta. Admitir eso me hace sentir impuro.
Jorge de Burgos, el monje ciego que odia la risa, ¿es Borges pero también un poco tú?
[Silencio muy largo. Se quita las gafas, las limpia lentamente]
Sí. Jorge es mi lado oscuro. El guardián obsesivo del conocimiento que teme lo que no puede controlar. Que prefiere destruir un libro antes que permitir su lectura libre. Que confunde erudición con sabiduría, acumulación con comprensión. Cuando escribí ese personaje, estaba escribiendo sobre mi propio miedo: convertirme en alguien que posee 50,000 libros pero ha olvidado por qué los lee. Borges era el modelo obvio—Jorge de Burgos es anagrama transparente. Pero Borges también era espejo donde vi reflejadas mis propias tendencias: el amor por laberintos puede volverse prisión, la biblioteca puede volverse tumba. Por eso Jorge muere comiendo el libro envenenado. Es muerte perfecta para bibliófilo: consumido por aquello que ama.
Dos años leyendo cronistas medievales antes de escribir una palabra. ¿Qué buscabas?
Autenticidad. No quería escribir sobre el siglo XIV. Quería escribir desde el siglo XIV. Para eso necesitaba inhabitar la mente medieval, adquirir su ritmo, su forma de ver el mundo. Los cronistas medievales tienen inocencia epistemológica—reportan milagros con la misma certeza que reportan cosechas. No distinguen entre lo natural y sobrenatural. Quería ese tono. Dos años parecen excesivos, lo sé. Pero fue necesario. Cuando finalmente empecé a escribir, las frases salían con sintaxis medieval. No tenía que pensar. Los cronistas hablaban a través de mí.
¿Sentiste que habías expandido la academia hacia el público o que habías comprometido tus principios?
[Toca su barba nerviosamente]
Depende del día que me preguntes. Buenos días: expandí. Demostré que lo académico y lo popular no son mutuamente excluyentes. Malos días: compromiso. Escribí un thriller disfrazado de erudición, vendí entretenimiento con barniz intelectual. La verdad probablemente está en medio. Hice algo que pocos logran: mantuve complejidad mientras alcanzaba amplitud. Pero esa complejidad ¿era genuina o performativa? ¿Escribí una novela compleja porque así piensa mi mente, o porque necesitaba la complejidad como escudo contra acusaciones de comercialización? No lo sé. Y esa incertidumbre me ha perseguido treinta años.
La película con Sean Connery: «un club sandwich obligado a elegir solo la lechuga». ¿Realmente la odiaste?
No la odié. La encontré… reductiva. Tomaron una novela sobre signos, interpretación, herejía teológica, y la convirtieron en thriller de asesinatos con atmósfera gótica. Todo lo visual funcionaba—el diseño de producción era hermoso. Pero todo lo conceptual desapareció. Es inevitable en adaptaciones cinematográficas, lo entiendo. Pero dolió ver mi libro convertido en algo mucho menos de lo que era. La frase del club sandwich fue mi venganza retórica. Sonaba inteligente, se citó mucho. Pero en secreto disfruté viendo a Sean Connery interpretar a Guillermo de Baskerville. ¿Quién no querría a James Bond interpretando su personaje?
¿Hay un momento donde pensaste «me he convertido en lo que no quería ser»?
Sí. Aeropuerto de Frankfurt, 1986. Una mujer se me acercó con una copia de El nombre de la rosa y me pidió autógrafo. Le pregunté si la había leído. Dijo: «No, pero vi la película. ¿Puede firmarla para mi sobrina?». Firmé. Cuando se fue, me di cuenta: era mercancía. Mi firma tenía valor de mercado independiente del contenido de mi libro. Ese momento me mostró la mecánica del capitalismo cultural con claridad brutal. No era escritor respetado pidiendo a lector que firmara libro que había leído profundamente. Era celebridad proveyendo autógrafo a consumidora. La transición de uno a otro había ocurrido sin que yo lo autorizara.
"El éxito de El nombre de la rosa me enseñó algo que ningún seminario académico podría enseñarme: la diferencia entre ser leído y ser comprendido. Cincuenta millones me leyeron. ¿Cuántos me comprendieron? Tal vez cincuenta mil. Tal vez quinientos. Tal vez solo yo. Pero esos cincuenta millones compraron el libro, lo tuvieron en sus manos, pasaron tiempo con él. Eso cuenta. No sé para qué cuenta, pero cuenta."
- Umberto Eco
IV. La biblioteca imposible
Entre libros no leídos: el guardián
confiesa los límites de su reino
Cincuenta mil
mentiras
La biblioteca de Eco en Milán, atardecer. Luz dorada se filtra a través de las ventanas que dan al Castello Sforzesco, iluminando miles de lomos de libros. Eco está cómodo, en bata oscura y zapatillas, gafas en la mano. Edad indeterminada—podría tener sesenta, setenta, ochenta. En sus manos sostiene un libro pequeño encuadernado en cuero rojo: un tratado de alquimia del siglo XVII sobre transmutación de metales. El olor a papel viejo, tabaco y café impregna el aire.
La biblioteca es el corazón físico y metafórico de Eco. Aquí vive la paradoja central: el hombre que dedicó su vida al conocimiento admitiendo los límites de ese conocimiento. Los 50,000 libros no son trofeos sino recordatorios de todo lo que nunca leerá. Este momento permite preguntas concretas, físicas, sobre objetos y rituales cotidianos que revelan más que las grandes teorías. Es Eco sin audiencia, sin performance, rodeado de sus fantasmas de papel.
De estos cincuenta mil libros, ¿cuántos has leído realmente? Dame un porcentaje honesto.
[Ríe, una risa cansada]
Tal vez quince por ciento. Siete mil quinientos libros. Suena impresionante hasta que te das cuenta de que quedan cuarenta y dos mil quinientos sin leer. Y cada año compro trescientos más. La brecha se ensancha, no se cierra. Es matemática cruel: leo quizá cien libros al año—y eso siendo optimista—pero compro tres veces más. Moriré debiendo treinta y cinco mil libros sin leer. Esa deuda me aterra y me consuela simultáneamente.
[Sosteniendo el libro de alquimia] Este libro sobre transmutación de metales. No crees en su contenido. ¿Por qué lo guardas?
Porque la mentira es fascinante. Más fascinante que la verdad, a menudo. La alquimia es sistema elaboradísimo construido sobre premisa falsa. Pero la estructura del pensamiento alquímico—sus taxonomías, sus correspondencias, sus simbolismos—es hermosa. Es arte conceptual. Lo guardo por la misma razón que guardaría mapa de tierra imaginaria: no porque el territorio exista, sino porque el mapa revela algo sobre la mente que lo dibujó. Estos libros lunáticos me enseñan cómo los humanos construyen certezas sobre vacío. Eso es semiótica aplicada.
¿Olías los libros antes de leerlos?
Siempre. Todavía lo hago. Cada libro huele diferente. Los incunables del siglo XV huelen a humo de leña y moho dulce. Los libros del siglo XIX huelen a vainilla—es el papel degradándose. Los libros nuevos huelen a pegamento y tinta química. Oler un libro es como fecharlo, como identificar especie animal por olor. Y hay algo erótico en ello, admitámoslo. Ese primer contacto olfativo antes de la lectura.
La «antibiblioteca»: ¿es verdad profunda o racionalización de acumulación compulsiva?
[Largo silencio. Mira las estanterías que desaparecen en la penumbra]
Ambas. Como la mayoría de mis ideas importantes. Sí, es racionalización—»No importa que no los haya leído porque los libros no leídos son más valiosos». Es lo que me digo para justificar comprar tres libros más mañana. Pero también es verdad profunda. Los libros leídos están cerrados—ya sé lo que contienen, forman parte de mi enciclopedia mental. Los no leídos son posibilidad pura. Podrían contener exactamente lo que necesito saber pero todavía no sé que necesito saber. La antibiblioteca es mapa de tu ignorancia, y ese mapa es más valioso que catálogo de tu conocimiento. Porque solo cuando sabes lo que no sabes puedes continuar aprendiendo.
¿Qué libro compraste, nunca leíste, y lamentas no haber leído?
Ulises de Joyce. Lo tengo en tres ediciones diferentes. Inglés original, traducción italiana, edición crítica anotada. Lo he empezado veinte veces. Nunca paso de la página cincuenta. Y me duele, porque sé que es exactamente el tipo de libro que debería amar—complejo, autorreferencial, lleno de juegos lingüísticos. Pero algo en mí se resiste. Tal vez porque es demasiado lo que soy. Como mirarse en espejo aumentador: reconoces tus propias tendencias exageradas y te repele. O tal vez soy simplemente perezoso. Prefiero pensar lo primero.
¿Hay algún libro que leíste y desearías no haber leído?
Varios pornográficos que leí de adolescente por curiosidad y solo me dejaron confusión sobre sexualidad. Pero seriamente: ciertos libros de teoría literaria postestructuralista francesa de los años setenta. No porque fueran malos sino porque me confundieron durante años, me hicieron creer que la opacidad era profundidad. Perdí tiempo tratando de ser oscuro cuando debería haber buscado claridad. Derrida me hizo daño, aunque nunca lo admitiría públicamente. Me tomó una década desaprender lo que aprendí de ciertos textos deconstructivos.
Cuando visitantes preguntaban «¿has leído todos estos libros?», ¿qué respondías?
[Sonríe con complicidad]
Tenía varias evasivas. Mi favorita: «No, estos son los que tengo que leer la semana que viene. Los que ya leí están en la universidad». Otra: «¿Usted usa todos los platos de su cocina cada día?». Pero la respuesta honesta, que rara vez daba: «No, y ese es precisamente el punto. Si los hubiera leído todos, ¿para qué los tendría aquí? Los libros leídos van a otro lugar. Estos están aquí porque aún tienen algo que enseñarme». Eso los confundía y dejaban de preguntar.
¿Por qué treinta mil en Milán y veinte mil en Urbino? ¿Hay lógica en esa división?
Ninguna lógica racional. Puramente práctica. Milán es donde enseñaba, donde vivía la mayor parte del año. Necesitaba material de referencia, libros de trabajo. Urbino es donde escribía ficción, donde me refugiaba. Allí quería libros diferentes—más narrativa, más historia, menos teoría. Pero la división se volvió porosa con los años. Libros migraban entre casas en mi equipaje. Algunos pasaban años viajando, nunca asentándose. Había libros nómadas, libros fronterizos. Eso también me gustaba: pensar en mi biblioteca como sistema vivo, orgánico, no como archivo muerto.
¿Hubo momento en que pensaste «tengo suficientes»?
Nunca. Eso es lo que define la adicción, ¿no? La incapacidad de saciarse. «Suficientes libros» es contradicción en términos. Como «suficiente conocimiento» o «suficiente belleza». Siempre hay más, siempre hay otro, siempre hay uno que no tienes y necesitas. Y la tecnología empeoró la adicción: con internet, libros que solían ser imposibles de encontrar ahora están a un clic. La fricción desapareció. Antes, comprar libro raro requería esfuerzo—viajar a librería anticuaria, esperar catálogos por correo. Esa fricción limitaba compras. Ahora… es demasiado fácil.
Tu padre no podía permitirse comprar libros. ¿Compraste cincuenta mil por él?
[Primera lágrima visible. La limpia rápidamente con el dorso de la mano]
Sí. Aunque solo lo entendí décadas después. Giulio Eco, contador en fábrica de bañeras. Amaba leer pero no tenía dinero para libros. Los pedía prestados, leía periódicos viejos, memorizaba lo que leía porque no podría releerlo. Yo cumplí su sueño por él. Cada libro que compré fue también para el niño que él fue, que quería tener biblioteca y nunca pudo. Eso hace la acumulación menos patológica y más… no sé, sagrada. Era deuda filial pagada en papel y tinta.
¿Qué libro de esta biblioteca te gustaría que te enterraran contigo?
Ninguno. Los libros son para vivos, no para muertos. Pero si tuviera que elegir… tal vez un incunable, cualquiera. Algo impreso cuando la imprenta aún era nueva, cuando cada libro era milagro. Esos libros conocen mortalidad mejor que nosotros. Han sobrevivido quinientos años. Seguirán vivos cuando yo sea polvo. Hay consuelo en eso.
Si esta biblioteca se incendiara y solo pudieras salvar diez libros, ¿cuáles?
[Pausa muy larga. Se pone de pie, camina entre las estanterías tocando lomos al azar]
No podría elegir. Es como preguntar qué diez días de tu vida salvarías si tuvieras que borrar todos los demás. La pregunta es imposible porque la biblioteca no es colección de textos individuales sino sistema. Cada libro cobra significado por su relación con otros libros. Salvar diez sería destruir el sistema tanto como salvar cero. Preferiría que se quemara todo. Al menos así la destrucción sería completa, honesta. Ruinas parciales son peores que cenizas totales.
¿Algún libro que hayas leído más de una vez?
Don Quijote. Cinco veces. Cada década una vez. Y cada vez es libro diferente. A los veinte lo leí como parodia de novelas de caballerías. A los treinta como teoría de la ficción. A los cuarenta como tragedia de idealismo confrontando realidad. A los cincuenta como comedia de locura compartida. A los sesenta como meditación sobre envejecimiento y muerte. A los setenta… todavía no lo he leído a los setenta. Murió antes. Pero si hubiera vivido, habría vuelto a leerlo. Los grandes libros crecen contigo. O tú creces hacia ellos.
Esta biblioteca, ¿es santuario o prisión?
[Vuelve a sentarse, exhala lentamente]
Santuario cuando entro. Prisión cuando trato de salir. Me protege del mundo pero también me aisla de él. Aquí estoy rodeado de voces—miles de autores muertos hablándome simultáneamente—pero también profundamente solo. Ningún humano vivo puede competir con conversación de fantasmas. Eso crea adicción peligrosa: preferir compañía de muertos a compañía de vivos. Renate, mi esposa, a veces bromeaba: «Estás casado con tu biblioteca, yo soy la amante». No era completamente broma. La biblioteca exigía fidelidad absoluta. Y yo se la daba.
"Después de mi muerte, esta biblioteca se convertirá en museo. Turistas vendrán, tomarán fotos, mirarán los lomos sin leer títulos. La biblioteca pasará de ser organismo vivo a ser cadáver embalsamado. Eso me entristece pero también me parece apropiado. Las bibliotecas personales deben morir con sus dueños. Son demasiado íntimas para sobrevivir. Los libros deberían dispersarse, revenderse, encontrar nuevos lectores. Pero el Estado italiano decidió preservarlo todo. Tal vez tienen razón. Tal vez esta biblioteca dice algo sobre la obsesión italiana por conservar el pasado. Somos un país museo. ¿Por qué no convertir también una biblioteca privada en exhibición? Al menos sirve de advertencia a futuros bibliómanos: esto es lo que pasa cuando compras más de lo que puedes leer. Terminas siendo exhibición en tu propio mausoleo de papel."
- Umberto Eco
V. El umbral final
Milán, 2016: tres semanas antes del silencio
definitivo, un hombre escribe sobre pinturas
La última
columna
El escritorio de Eco en su apartamento, ventanas abiertas al Castello Sforzesco. Crepúsculo de enero, cielo gris violeta. Eco tiene ochenta y cuatro años, visiblemente frágil aunque su mente permanece afilada. Frente a nosotros, una impresión de su última columna para L’Espresso, publicada el 27 de enero de 2016: un ensayo sobre las pinturas románticas de Francesco Hayez. Eco sostiene la página con manos que tiemblan ligeramente. Morirá tres semanas después.
Este es el encuentro con la mortalidad. Eco sabe que está muriendo aunque no lo admite explícitamente. Aquí se permite la vulnerabilidad que siempre evitó en su vida pública. Las preguntas deben ser suaves pero honestas, permitiendo emoción sin forzarla. Este es el momento donde el intelectual irónico tal vez baja la guardia y muestra al hombre mortal bajo la máscara erudita.
Tu última columna, sobre Francesco Hayez. ¿Sabías que sería la última?
[Pausa muy larga. Mira la página impresa]
No conscientemente. Pero sí… de alguna forma. Uno sabe. El cuerpo sabe antes que la mente. Había cansancio diferente. No cansancio de escritor que ha trabajado mucho, sino cansancio de organismo que se está apagando. Elegí Hayez porque… sus pinturas son bellas pero melancólicas. Momentos de amor, de pasión, pero siempre con presagio de pérdida. El beso es su pintura más famosa: dos amantes en abrazo, pero contexto histórico es despedida antes de guerra. Belleza atravesada por muerte inminente. Sí, sabía.
¿Por qué Hayez específicamente? ¿Por qué romanticismo del siglo XIX como despedida?
El romanticismo es movimiento que tomó la muerte en serio. Los románticos no tuvieron miedo de sentimiento, de emoción extrema, de melancolía. Pasé vida entera siendo irónico, distante, analítico. Quería, al final, permitirme sentimentalismo. Hayez me daba permiso. Podía escribir sobre belleza sin tener que deconstruirla inmediatamente. Podía admirar sin ironía. Eso era lujo que me había negado ochenta años. Lo necesitaba antes de morir.
Durante esas tres semanas entre la columna y tu muerte, ¿pensabas en la muerte constantemente?
No constantemente. A veces. Venía en olas. Podía pasar horas leyendo, olvidando completamente que estaba muriendo. Luego el dolor regresaba—físico primero, luego existencial—y recordaba. Lo peor no era el miedo sino el aburrimiento de pensar en muerte. Mismo tema, mismas preguntas, sin resolución. Después de cierto punto, incluso morir se vuelve tedioso.
¿Tuviste miedo?
Sí. No del no-existir—ese concepto es abstracto, imposible de temer realmente. Miedo del proceso. Del dolor, de la indignidad, de perder control sobre cuerpo. Miedo de morir mal, sufriendo. Y miedo, lo admito, de estar equivocado. ¿Y si los católicos tenían razón? ¿Y si hay juicio? Sesenta años de agnosticismo racional y en últimas semanas ese miedo infantil regresó: ¿y si Dios existe y está furioso conmigo? Pensamiento ridículo pero persistente.
¿Hubo dolor físico?
[Toca su abdomen inconscientemente]
Sí. El cáncer duele. No constantemente, pero cuando duele, es absoluto. Te reduce a cuerpo, a pura sensación. Todo lo demás—pensamientos, recuerdos, identidad—desaparece. Solo existe dolor. Morfina ayudaba pero también borraba claridad mental. Tuve que elegir: morir con dolor y lucidez, o morir confuso pero cómodo. Elegí lucidez mientras pude.
¿Le dijiste a tu familia que los amabas?
[Voz se quiebra]
A Renate sí. Varias veces. Ella lo sabía pero necesitaba oírlo. Cincuenta y tantos años de matrimonio, no puedes resumirlos en «te amo», pero lo dije de todas formas. A mis hijos… fue más difícil. Los hombres de mi generación no fuimos educados para expresar afecto directamente. Traté. No sé si fue suficiente. Espero que entendieran lo que no pude decir.
¿Hay algún libro que quisiste escribir pero ya no te dio tiempo?
Una novela sobre mujeres. Todas mis novelas tienen protagonistas masculinos. Guillermo de Baskerville, Baudolino, Yambo… hombres pensando, hombres actuando. Quería escribir mujer pensante como protagonista. No mujer como objeto de deseo o como ayudante, sino mujer como sujeto intelectual completo. Pero requerría investigación, tiempo, humildad de admitir que no sé cómo piensa una mujer. No tuve ni tiempo ni energía. Eso me duele.
Si hubieras tenido un año más de vida, ¿qué habrías hecho?
[Sonríe débilmente]
Comprar más libros que nunca leería. Ese habría sido mi acto de fe final: comportarme como si el futuro existiera. Tal vez escribir esa novela sobre mujeres, o al menos intentarlo. Pasar más tiempo en jardín de Urbino sin hacer nada—solo mirando árboles, escuchando pájaros. Cosas que siempre pospuse porque «había trabajo importante que hacer». Al final, el trabajo importante probablemente era mirar árboles.
¿Sentiste que tu vida estuvo completa?
No. ¿Quién siente eso? La completud es ilusión. Siempre hay más, siempre hay algo sin terminar. Pero sentí… satisfacción. Había hecho lo que vine a hacer: leer, escribir, enseñar, pensar. No perfectamente, pero sí honestamente. Dejaba obra. No sabía si era buena obra, si perduraría, pero existía. Eso tendría que bastar.
Rodeado de treinta mil libros en tus últimos días, ¿los mirabas con satisfacción o melancolía?
Melancolía. Definitivamente melancolía. Cada libro era recordatorio de conversación que nunca tendría, pensamiento que nunca pensaría. La biblioteca que construí para expandir mi mente se convirtió, al final, en monumento a mi fracaso de leerla completamente. Pero también… gratitud. Habían sido buenos compañeros. Me habían dado vida rica, compleja, llena de voces. No es mala forma de pasar ochenta años.
La última vez que miraste por esta ventana hacia el Castello Sforzesco, ¿qué pensaste?
[Mira por la ventana ahora]
Que seguiría ahí. El Castello existió quinientos años antes de mí, existirá quinientos después. Hay consuelo en permanencia de piedra cuando tu propia carne es tan obviamente temporal. También pensé en todos los que habían mirado ese castello antes que yo—duques, soldados, amantes, prisioneros, turistas. Todos muertos ahora. Me uniría a ellos pronto. No había nada especial en mi muerte. Era solo otra más en cadena infinita. Eso me tranquilizó.
¿Deseaste haber hecho algo diferente en tu vida?
[Toca la página de su última columna]
Menos ironía. Más sinceridad. Usé la ironía como escudo toda mi vida. Protegía, pero también distanciaba. Impedía intimidad real. Ojalá hubiera sido más directo, más vulnerable. Pero tal vez eso es imposible para alguien de mi generación, mi temperamento, mi formación. Somos lo que somos. Lamentarlo es fútil.
Si la muerte es simplemente cesar de existir, ¿sentiste curiosidad por experimentar ese cese?
Curiosidad intelectual, sí. Siempre. ¿Cómo se siente el momento exacto de transición entre ser y no-ser? ¿Hay conciencia en ese último instante? ¿O simplemente… se apaga? Como científico del conocimiento, quería saber. Pero también terror. Porque saber requiere experimentar, y experimentar muerte significa… bueno. No hay regreso. No hay informe posterior. La única forma de satisfacer esa curiosidad es perder capacidad de satisfacción. Paradoja cruel.
¿Qué fue lo último que escribiste a mano antes de morir?
[Pausa. Abre cajón de escritorio, saca cuaderno pequeño]
Esto. [Muestra página] Lista de libros que quería releer. Diez títulos. Don Quijote encabeza la lista, como siempre. Nunca la terminé. El cuerpo se rindió antes. Pero me gusta que lo último que escribí fue lista de lecturas futuras. Hasta el final, comportándome como si hubiera tiempo. Como si la antibiblioteca pudiera ser conquistada. Optimismo tonto pero necesario.
"Hay un momento, en las últimas semanas de vida, donde entiendes que todo lo que construiste—libros, ideas, sistemas, bibliotecas—no te salvará. La muerte es solitaria. Nadie puede acompañarte. Ni siquiera los 50,000 libros que amaste. En ese momento final, toda tu erudición se revela como lo que siempre fue: distracción elaborada de mortalidad. Hermosa distracción, productiva distracción, pero distracción al fin. ¿Me arrepiento? No. Prefiero haber pasado la vida leyendo a haberla pasado de cualquier otra forma. Pero al final, cuando el cuerpo falla y la mente se apaga, todos somos igualmente ignorantes, igualmente desnudos ante el vacío. Eso es, tal vez, la única democracia verdadera: la muerte nos iguala absolutamente."
- Umberto Eco
VI. Después de tu muerte
Fuera del tiempo: Eco confronta
el mundo que nunca vio
Señales desde
el futuro
Un no-lugar, un espacio fuera del tiempo. Eco está aquí pero no está—su presencia es más conceptual que física. No hay objetos, no hay decoración. Solo conversación pura, liberada de cronología. Hablamos con el Eco que conoció su época pero debe especular sobre la nuestra. La luz es neutra, sin sombras. Podría ser cualquier lugar o ninguno.
Esta sección permite probar las teorías de Eco contra desarrollos que no vivió. ¿Habrían resistido? ¿Habría necesitado revisarlas? Es ejercicio de aplicar mente brillante a problemas nuevos, ver cómo habría respondido a ChatGPT, a TikTok, al resurgimiento del fascismo. También es accountability: sus diagnósticos del Ur-Fascismo, de la sobreinterpretación, de los límites—¿fueron proféticos o insuficientes?
ChatGPT y los grandes modelos de lenguaje pueden procesar todo el texto humano y generar respuestas coherentes sin comprenderlas. ¿Qué dirías de eso?
[Silencio largo, gesto pensativo]
Es un triunfo y un fracaso simultáneo de la semiótica. Triunfo porque demuestra que el significado puede ser procesado como sistema formal, que patrones de signos operan según reglas identificables. Pero fracaso porque revela que la comprensión no es necesaria para la producción textual coherente. Durante décadas argumenté que el lector coopera con el texto, que la interpretación requiere intención. Estas máquinas no tienen intención. Solo patrones estadísticos. Y sin embargo… funcionan. Producen textos que los humanos encuentran significativos. Eso sugiere que sobreestimamos el rol de la intención en el significado. Incómodo para alguien que pasó su vida defendiendo la intencionalidad.
Las redes sociales fragmentaron el discurso en burbujas algorítmicas. Twitter es ahora X, TikTok domina con videos de segundos. Dijiste que daban voz a «legiones de idiotas«. ¿Te quedaste corto?
No me quedé corto. Fui demasiado optimista. Pensé que problema era dar voz a idiotas, pero problema real es que destruyeron condiciones para discurso racional. No es que idiotas hablen—siempre hablaron, en bares, en plazas. Es que ahora su voz tiene mismo alcance que voz de experto, y algoritmo no distingue. Peor aún: algoritmo prefiere idiotez porque genera más engagement. Diseñamos sistema que amplifica lo peor de naturaleza humana: ira, tribalismo, simplificación. Yo critiqué apocalípticos por temer tecnología. Pero tal vez apocalípticos tenían razón y yo era integrado ingenuo.
Trump, Orbán, Meloni, Le Pen. Tu ensayo «Ur-Fascismo» se volvió viral durante estos años. ¿Se cumplió tu profecía o fallaste en detenerlo?
[Voz más grave, más cansada]
Se cumplió exactamente como advertí. Fascismo regresó con vestimentas democráticas: elecciones, no golpes; redes sociales, no camisas pardas; fake news, no propaganda de Estado declarada. Las catorce características que identifiqué en 1995 están todas presentes: culto a tradición, rechazo del mundo moderno, miedo a diferencia, nacionalismo xenófobo. No fallé en diagnosticar. Fallé en creer que diagnóstico detendría enfermedad. Escribí ese ensayo pensando: «Si advierto, si muestro mecanismos, la gente será inmune». Arrogancia intelectual. La gente sabe que es fascismo. Lo eligen de todas formas. Porque ofrece certeza, identidad, chivos expiatorios. Mis advertencias fueron correctas pero inútiles.
Wikipedia versus tu biblioteca personal. Conocimiento colaborativo versus curaduría obsesiva individual. ¿Cuál es mejor modelo?
[Sonríe irónicamente]
Wikipedia ganó. Odio admitirlo pero ganó. Es más accesible, más actualizada, más democrática. Mi biblioteca era templo elitista: solo yo podía accederla completamente, solo yo entendía su organización. Wikipedia es plaza pública. Tiene errores, sí, pero se autocorrige. Tiene sesgos pero son visibles, debatibles. Mi biblioteca tenía mis sesgos invisibles codificados en cada decisión de qué comprar, qué leer, qué conservar. Wikipedia es mejor para el mundo. Mi biblioteca era mejor para mí. Esa distinción importa.
«Posverdad«, «hechos alternativos«. Tu teoría sobre límites de interpretación, ¿podría haber evitado esta crisis?
No. Porque crisis de posverdad no es crisis epistemológica sino política. No es que la gente no sepa distinguir verdad de mentira. Saben. Eligen mentira porque les sirve. Mis límites de interpretación funcionan cuando todos aceptamos que existe realidad objetiva compartida. Pero si rechazas esa premisa—si dices «mi verdad es tan válida como tu verdad»—entonces límites no importan. Esto no es problema filosófico. Es problema de poder. Y filosofía no resuelve problemas de poder.
Librerías físicas desapareciendo. Amazon domina. Ebooks, audiolibros. ¿Esto te entristece?
Sí y no. Me entristece pérdida de experiencia física: tocar libro, olerlo, verlo en estante. Pero formato cambia, contenido persiste. Cuando Gutenberg inventó imprenta, monjes copistas lamentaron pérdida de manuscritos iluminados. Tenían razón en lamentar pérdida estética, pero equivocados al pensar que conocimiento moriría. Lo mismo ahora. Ebooks son feos, sin alma, pero funcionan. Democratizan acceso. Niño pobre en pueblo remoto puede leer Ulises gratis en teléfono. Yo, con mi biblioteca de 50,000 volúmenes físicos, era dinosaurio hermoso pero extinto. El futuro no me necesita.
Algoritmos deciden qué leen millones. Netflix, Amazon, TikTok dictan consumo. ¿Es fin de lectura autónoma?
Fin de ilusión de lectura autónoma. Siempre hubo mediadores: críticos, editores, libreros, maestros. Algoritmo es solo mediador más eficiente. Diferencia es que mediadores humanos eran visibles—podías discutir con crítico, rechazar recomendación de maestro. Algoritmo es invisible. Opera en secreto. Eso sí es nuevo y peligroso. No porque manipule sino porque oculta su manipulación. Preferible dictador abierto a dictador que finge democracia.
Jóvenes entre 18-30 leen cada vez menos libros completos. ¿Culpa de tecnología, educación, o de escritores como tú?
[Ríe amargamente]
De todos. Tecnología diseñó incentivos para fragmentación: videos cortos, artículos breves, gratificación inmediata. Educación fracasó en enseñar por qué lectura profunda importa—se enseña qué leer pero no para qué. Y escritores… nos volvimos autoindulgentes. Yo escribí primeras cien páginas de El nombre de la rosa como «test contra estúpidos». Eso es arrogancia. Si audiencia no te lee, tal vez problema no es audiencia. Tal vez problema es que escribimos para nosotros mismos, para otros académicos, no para humanos reales con vidas ocupadas. Merecemos parte de culpa.
Inteligencia artificial genera imágenes, música, texto. ¿Valida o destruye tu teoría de cooperación textual?
Destruye y transforma. Cooperación textual asumía que autor y lector eran ambos humanos con intenciones. Si autor es máquina sin intención, ¿con qué coopera lector? Pero tal vez… cooperación ocurre igual. Lector sigue trayendo su enciclopedia personal, sus experiencias, su contexto. Lector sigue construyendo significado aunque texto sea generado por algoritmo. Significado nunca estuvo en texto. Siempre estuvo en cabeza de lector. IA solo hace eso más obvio. Texto es pretexto para que lector piense. Fuente del texto—humana o artificial—tal vez no importa tanto como creí.
Si estuvieras vivo hoy, ¿escribirías sobre estos temas o te retirarías en silencio?
Escribiría. Obsesivamente. Furiosamente. Todo esto—IA, redes sociales, posverdad, fascismo resurgente—es exactamente tipo de fenómeno semiótico que habría fascinado. Son sistemas de signos mutando en tiempo real. Habría sido anciano gruñón tuiteando contra Twitter, paradoja hermosa. Pero también… parte de mí se habría refugiado en biblioteca. Cerrado puerta. Leído libros del siglo XIV donde problemas eran diferentes pero humanos eran iguales. Porque al final, siempre fui mejor diagnosticando que curando. Habría identificado todas las patologías de 2025 pero no sabría cómo arreglarlas. Y esa impotencia habría sido insoportable.
LAS 11 PREGUNTAS UNIVERSALES
Si pudieras volver a vivir un solo día de tu vida, ¿cuál elegirías y por qué?
Un día de 1959. Tenía veintisiete años. Estaba en París, en librería de viejo en el Barrio Latino. No pasó nada extraordinario. No conocí a nadie famoso. No tuve revelación intelectual. Simplemente pasé ocho horas mirando libros, leyendo fragmentos, comprando tres que no podía pagar. Almorcé pan y queso en banco del Sena. Atardecer dorado. Sentí, sin razón específica, que estaba exactamente donde debía estar, haciendo exactamente lo que debía hacer. Felicidad pura, sin objeto. Nunca la sentí igual después. Volvería a ese día. No cambiaría nada.
¿Qué te habría gustado entender antes de morir?
Por qué los humanos necesitamos mentiras. No estoy siendo irónico. Pasé vida estudiando cómo funciona verdad, cómo se construye conocimiento, cómo interpretamos signos. Pero nunca entendí completamente por qué preferimos ficción a realidad, mito a historia, narrativa reconfortante a verdad incómoda. Lo vi constantemente: fascismo, religión, teorías conspirativas, fake news. Humanos elegimos mentira cuando verdad está disponible. ¿Por qué? Tengo teorías pero no respuesta satisfactoria. Eso me habría gustado entender.
¿Qué palabra crees que te define mejor?
Contradictorio. Toda mi vida fui múltiple: católico-agnóstico, académico-popular, sistemático-irónico, acumulador-insatisfecho. Nunca fui una cosa. Siempre dos o tres simultáneamente. Eso confundió a la gente. Querían que fuera o profesor serio o novelista comercial. Fui ambos. Querían que fuera o estructuralista o postestructuralista. Fui ambos. La contradicción no era defecto. Era método. Era quien era.
¿A quién le darías las gracias y a quién le pedirías perdón?
Gracias a mi padre, Giulio. Por mostrarme que amor por conocimiento no requiere universidad o diploma. Por leer periódicos viejos porque no podía comprar libros nuevos. Por no avergonzarse de ser contador de fábrica. Me enseñó dignidad de trabajo intelectual humilde.
Perdón a mis estudiantes. No todos, solo aquellos a quienes corregí con crueldad innecesaria, a quienes humillé por ignorancia que no era culpa suya sino del sistema educativo. Usé mi erudición como arma a veces, cuando debí usarla como herramienta de enseñanza. Lo lamento.
¿Qué crees que queda de ti en la memoria del mundo?
[Larga pausa]
El nombre de la rosa. No mi Tratado de semiótica, no mis ensayos sobre interpretación, no mis columnas. Una novela sobre monjes medievales. Eso me frustra y me consuela. Frustra porque trabajo teórico fue más importante, más riguroso. Consuela porque la novela tocó algo humano que teoría no puede tocar. Millones leyeron sobre Guillermo y Adso que nunca habrían leído sobre Peirce y semiosis. Si solo puedo dejar una cosa, prefiero que sea algo que la gente realmente leyó en lugar de algo que admiraron de lejos sin abrir.
Si el tiempo no existiera, ¿a qué momento volverías siempre?
A ninguno específico. Volvería a intervalos. Al momento entre terminar libro y empezar siguiente. Al momento entre comprar libro y abrirlo. Al momento entre formular pregunta y encontrar respuesta. Los intervalos, los espacios entre cosas, son donde vive la posibilidad pura. Una vez que llegas a destino, destino decepciona. Pero el viaje, el espacio intermedio, contiene toda esperanza. Viviría perpetuamente en esos umbrales.
¿Cuál fue tu mayor error y tu mayor verdad?
Error: creer que razón podía vencer a irracionalidad. Pasé vida argumentando, demostrando, explicando. Pensé: «Si construyo argumento suficientemente riguroso, convenceré». Ingenuo. La mayoría de humanos no cambian opinión por argumentos. Cambian por emoción, por identidad, por tribu. Debí aprenderlo antes.
Verdad: los signos son todo lo que tenemos. No hay acceso directo a realidad. Solo tenemos representaciones, interpretaciones, traducciones. Eso no es pesimismo. Es liberación. Si todo es interpretación, entonces interpretación es responsabilidad. Cómo leemos el mundo determina qué mundo habitamos. Esa fue mi verdad central. Sigo creyendo en ella.
¿Qué le dirías a tu yo de veinte años?
[Sonríe con tristeza]
Relájate. No todo tiene que ser batalla intelectual. Algunos placeres son simples: buen vino, caminata sin propósito, conversación sin agenda. No conviertas cada experiencia en material para ensayo. A veces solo vive. Y… no compres tantos libros. Está bien. Habrá suficientes. Nunca terminarás de leerlos de todas formas, así que disfruta los que leas en lugar de angustiarte por los que no lees. Pero sé que no me escucharía. El yo de veinte años era terco, ambicioso, hambriento. Tal vez necesitaba serlo. Tal vez sin esa hambre no habría construido nada.
¿Qué te sigue sorprendiendo de los seres humanos?
Resiliencia. Capacidad de encontrar significado en absurdo. Vi humanos sobrevivir fascismo, guerra, pobreza, y aun así leer poesía, hacer chistes, amar. Eso me asombra siempre. También me sorprende nuestra estupidez infinita. Repetimos mismos errores generación tras generación. Elegimos tiranos, creemos mentiras obvias, destruimos lo que amamos. Somos simultáneamente magníficos e idiotas. Esa combinación es fascinante y desesperante.
¿Qué palabra te gustaría que se recordara de ti?
«Límites». No como restricción sino como responsabilidad. Límites de interpretación, límites de conocimiento, límites de certeza. Pasé vida argumentando que existe tal cosa como interpretación mala, que no todo vale, que debemos tener criterios. En era de posverdad, esa palabra—límites—se volvió urgente. Querría que se recordara: Eco, el hombre que defendió límites cuando todos proclamaban infinitud. Aunque probablemente me recordarán por envenenar monjes. Está bien. Ambas son formas de pensar sobre límites.
¿Qué crees que queda de un ser humano cuando ya no queda nada?
[Muy largo silencio. La respuesta más lenta de toda la entrevista]
Los signos que dejó. Los textos, sí, pero también: conversaciones que inspiró, estudiantes que enseñó, pensamientos que provocó. Cada humano es nodo en red infinita de significados. Cuando mueres, nodo desaparece, pero conexiones persisten. Alguien lee mi libro y tiene idea que nunca habría tenido sin leerlo. Esa idea genera otra idea en otra persona. Cadena continúa. Yo desaparezco pero perturbación que causé en sistema de signos continúa propagándose. Tal vez eso es inmortalidad: no sobrevivir personalmente sino haber causado ondas que continúan después de que piedra que las generó se hundió.
Pero también… nada. Cuando ya no queda nada, no queda nada. Y hay cierta honestidad en aceptar eso. No necesito creer en inmortalidad—del alma, de la obra, de la memoria—para justificar haber vivido. Viví. Eso fue suficiente. El resto es consuelo que nos damos los vivos. Los muertos no necesitan consuelo.
[Después del último silencio, Eco se quita las gafas lentamente, las limpia con un pañuelo, las vuelve a poner. Mira directamente al entrevistador, ya no con ironía sino con algo más cercano a la ternura melancólica]
Umberto Eco:
Ustedes me han interrogado durante horas sobre lo que leí, lo que escribí, lo que pensé, lo que creí y dejé de creer. Me han preguntado por mis 50,000 libros, mis contradicciones, mis máscaras, mis silencios. Han sido preguntas inteligentes, incómodas, necesarias. Las he respondido lo mejor que pude—lo cual significa: con honestidad parcial, porque honestidad total es imposible.
Pero ahora permítanme invertir la dinámica. Tengo una pregunta para ustedes. Para quien me entrevistó. Para quien lee esta entrevista. Para quien pasó horas considerando mi vida, mis ideas, mis fracasos.
[Pausa. Mira sus manos, luego vuelve a mirar directamente]
La pregunta es esta:
¿Cuántos libros han leído ustedes este año? Y de esos—sean tres, sean treinta—¿cuántos recuerdan realmente? No el título, no el argumento general, sino una sola frase, una sola idea que les haya cambiado algo por dentro, que los haya hecho pensar diferente, sentir diferente, ser diferentes aunque sea mínimamente.
Porque si van a juzgar cómo dediqué mi vida al conocimiento—si van a evaluar mis 50,000 volúmenes, mi obsesión bibliográfica, mis contradicciones entre teoría y práctica—primero debo saber: ¿qué han hecho ustedes con su propia hambre de saber? ¿Leen por acumular o por transformarse? ¿Compran libros para tenerlos o para ser cambiados por ellos?
No les pido que me igualen. Nadie debería tener 50,000 libros. Es patología, no virtud. Pero sí les pido que se pregunten: cuando terminaron esta entrevista, cuando cerraron esta revista, cuando volvieron a su vida—¿qué cambió? ¿O solo fueron turistas en mi biblioteca, visitantes en mi vida, espectadores de mi contradicción?
Porque si solo fueron espectadores, entonces ambos fracasamos. Yo, al no haber escrito algo que los transformara. Ustedes, al no haber permitido que los transformara.
[Se pone de pie lentamente, dolorosamente. Camina hacia donde las estanterías imaginarias serían si este espacio no fuera tan abstracto. Toca el aire como si tocara lomos de libros]
Esa es mi pregunta final. No espero respuesta ahora. Tal vez no haya respuesta. O tal vez la respuesta está en lo que hagan mañana: si compran un libro, si lo leen realmente, si permiten que los cambie.
O si simplemente continúan como antes, con una anécdota más sobre el profesor italiano que tenía demasiados libros y demasiadas contradicciones.
[Se vuelve una última vez, con media sonrisa]
Esa es la diferencia entre leer y haber leído. Entre conocer y haber conocido. Entre vivir y haber vivido.
Ustedes deciden qué hacen con esta diferencia.
[La entrevista termina. Eco desaparece lentamente, como si nunca hubiera estado completamente aquí. Solo queda la pregunta, suspendida en el aire, esperando.]
