Umberto Eco:
El guardián de la biblioteca imposible
I. El niño que aprendió a mentir por el Duce
Italia, 1942. Un niño de diez años sube al estrado en Alessandria, ciudad piamontesa famosa por los sombreros Borsalino que su padre jamás podría permitirse comprar. Umberto Eco viste el uniforme de la juventud fascista—camisa negra, pantalones cortos, medias hasta la rodilla—y sostiene un papel con su ensayo ganador. El tema propuesto: «¿Debemos morir por la gloria de Mussolini y el destino inmortal de Italia?» Su respuesta, escrita con la caligrafía aplicada que le enseñó su madre Giovanna, es un rotundo sí. El aplauso de los adultos fascistas resuena en el salón municipal. El premio: Primer Premio Provincial de los Ludi Juveniles. El niño sonríe. Décadas después confesará sin vergüenza: «Yo era un chico listo».
Corte abrupto.
Nueva York, 25 de abril de 1995. El mismo hombre—ahora con sesenta y tres años, barba gris completa, gafas redondas que reflejan las luces del auditorio de Columbia University—sube a otro estrado. Esta vez no lleva uniforme. Traje oscuro, camisa blanca sin corbata, el estilo del académico europeo que ha trascendido la academia. Lee en inglés con acento italiano imposible de disimular: «El Ur-Fascismo puede volver bajo las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo cada día en todas sus nuevas formas». Enumera catorce características del fascismo eterno: el culto a la tradición, el rechazo del modernismo, el miedo a la diferencia, el llamado a las clases medias frustradas. Habla durante una hora. El aplauso es largo pero incómodo. Tres meses antes, el primer gobierno de Berlusconi acaba de caer.
¿Qué pasó entre el niño de diez años que escribió «debemos morir por Mussolini» y el hombre de sesenta y tres que diseccionó el fascismo como patología eterna? Cincuenta y tres años de distancia. Mismo hombre. Mensajes opuestos. Eco nunca explicó completamente esa transformación. Mencionaba la liberación de 1945—tenía trece años, escondido con su madre en Monferrato mientras los partisanos combatían a los fascistas—como momento de despertar. Descubrió, leyendo los primeros periódicos democráticos, que existían «otros partidos políticos». Plural. La idea de que podía haber más de una verdad le pareció una revelación comparable al descubrimiento del fuego. Pero entre revelación y conversión hay un abismo que Eco nunca cartografió del todo. Tal vez no quería. Tal vez no podía.
II. Cincuenta mil volúmenes y el peso del conocimiento
El apartamento de Milán, Via Dante, quinto piso, ventanas que dan al Castello Sforzesco. Treinta mil libros. Ese es el número oficial, aunque nadie—ni siquiera Eco—los contó con precisión. Las estanterías cubren cada pared disponible desde suelo hasta techo. Madera oscura, roble o nogal, construidas a medida porque las comerciales no soportaban el peso. Los libros crean una textura orgánica, caótica: lomos de cuero repujado del siglo XVII junto a ediciones baratas de bolsillo de los años sesenta, incunables en vitrinas de cristal junto a cómics de Superman en bolsas de plástico. El olor es de papel viejo, tabaco (Eco fumaba cigarrillos italianos hasta que el médico se lo prohibió), café recalentado en taza olvidada sobre alguna pila.
No era acumulación casual. Eco organizaba obsesivamente por categorías: medievalistas en una sección, semiótica en otra, pero también—y esto revelaba algo más oscuro—una sección entera dedicada a «libros lunáticos». Alquimia, cábala, magia, lenguas inventadas, teorías conspirativas sobre templarios. «Tengo a Ptolomeo, no a Galileo», explicaba a los visitantes perplejos, «porque Galileo decía la verdad». Coleccionaba mentiras. Las archivaba sistemáticamente. Las estudiaba con el mismo rigor que aplicaba a Santo Tomás de Aquino o Charles Sanders Peirce. ¿Por qué un racionalista acumula irracionalidad? ¿Qué necesidad psicológica alimentaba esa taxonomía del error?
Eco teorizó el concepto de «antibiblioteca»—término popularizado luego por Nassim Taleb—: los libros no leídos son más valiosos que los leídos porque marcan la frontera de la propia ignorancia. «Cuanto más sabes, más grandes serán las filas de libros sin leer». Hermosa teoría. Pero también, posiblemente, racionalización elegante de la acumulación compulsiva. Una biblioteca de treinta mil volúmenes no se lee en una vida. Ni en dos. Eco lo sabía. Vivía rodeado del monumento a su propia imposibilidad de conocer todo lo que deseaba conocer. ¿Era humildad o tortura?
Los visitantes recuerdan detalles específicos: Eco recibía en bata y zapatillas si era fin de semana, traje arrugado si era día laboral. Siempre había una pila de libros recién llegados junto a la puerta—Amazon, librerías anticuarias, regalos de editoriales. Nunca los abría inmediatamente. Los dejaba «reposar» semanas o meses antes de integrarlos al sistema. Como si los libros necesitaran aclimatarse al ecosistema bibliográfico antes de ocupar su lugar definitivo. Su hija Carlotta recuerda: «Esta biblioteca tiene un olor como perfume y un sonido también. Cuando caminas por esos pasillos, todo se amortigua. Y me siento muy protegida allí». Protegida. No iluminada, no educada. Protegida. Como si la biblioteca fuera búnker contra algo exterior e innombrable.
La segunda biblioteca, veinte mil volúmenes más, esperaba en la casa del siglo XVII cerca de Urbino. Allí Eco escribía sus novelas a mano, en cuadernos, fumando en el jardín entre sesiones de escritura. La casa tenía muros de piedra de un metro de grosor. Silencio absoluto. Ni teléfono ni—durante muchos años—internet. Eco necesitaba ese aislamiento monástico para producir ficción. Dijo una vez: «No puedes encontrar a Dios donde hay ruido. Dios se revela solo en el silencio». Esto lo dijo siendo agnóstico confeso. ¿A qué dios buscaba en ese silencio? ¿O huía de qué demonio?
III. «Sentí la urgencia de envenenar a un monje»
Marzo de 1978. Umberto Eco, cuarenta y ocho años, profesor titular de semiótica en la Universidad de Bolonia, autor de Opera aperta (1962), Apocalípticos e integrados (1964), Tratado de semiótica general (1975), recibe encargo de escribir un thriller corto para una editorial. Responde con sequedad: «Sentí la urgencia de envenenar a un monje». En lugar de thriller corto entrega, dos años después, quinientas páginas en italiano repletas de latín medieval sin traducir, debates teológicos sobre la pobreza apostólica, disquisiciones semióticas sobre la risa, y un laberinto arquitectónico dibujado con precisión de ingeniero. Il nome della rosa. El nombre de la rosa. Un editor lo lee y pregunta, genuinamente confundido: «¿Quién va a leer esto?»
Cincuenta millones de personas, resultó. Traducido a cuarenta y tres idiomas. Adaptado a película con Sean Connery que recaudó sesenta millones de dólares. Eco se convirtió, a los cincuenta años, en bestseller global sin haber hecho concesiones. Las primeras cien páginas—deliberadamente arduas, llenas de descripciones arquitectónicas de una abadía medieval—fueron escritas, según confesión propia, como «test contra los estúpidos». Quien superara esas cien páginas merecía leer el resto. Millones lo superaron.
¿Cómo trabajaba? Con obsesión monástica. Pasó dos años antes de escribir la primera palabra leyendo cronistas medievales del siglo XIV «para adquirir su ritmo y su inocencia. Ellos hablarían por mí». Construyó planos arquitectónicos precisos de la abadía ficticia, calculó tiempos de desplazamiento entre espacios, cronometró las horas canónicas. Cuando finalmente escribió, lo hizo a mano en cuadernos, con caligrafía que él mismo describía como «paleográfica»—imitaba la escritura medieval. Cada capítulo ocupaba un cuaderno separado. Los apilaba en orden sobre su escritorio. Prohibió interrupciones. Su esposa Renate hacía guardia: nadie molestaba a Umberto cuando escribía.
El proceso le tomaba seis años por novela. Siete novelas en total entre 1980 y 2015. El péndulo de Foucault (1988), sobre tres editores que inventan una teoría conspirativa templaria que cobra vida propia. La isla del día de antes (1994), sobre un náufrago que no puede alcanzar una isla por cruzar la línea internacional de cambio de fecha. Baudolino (2000), sobre un fabulador medieval. La misteriosa llama de la Reina Loana (2004), probablemente la más autobiográfica, sobre un amnésico que reconstruye identidad mediante cómics fascistas. El cementerio de Praga (2010), con protagonista deliberadamente repugnante que participa en creación de los Protocolos de los Sabios de Sión. Número cero (2015), sátira del periodismo corrupto italiano que todos leyeron como ataque a Berlusconi.
¿Experimentó el éxito como validación o como traición? Nunca lo dijo directamente. Sus declaraciones públicas siempre fueron irónicas, evasivas: «Soy profesor universitario que escribe novelas los domingos». Como si cincuenta millones de copias fueran pasatiempo dominical. Pero algo en esa ironía constante sugiere incomodidad. ¿Se sentía culpable de haber abandonado—aunque fuera parcialmente—la semiótica rigurosa por la narrativa popular? ¿O secretamente despreciaba a los académicos que nunca arriesgaron salir de su torre de marfil? Probablemente ambas cosas simultáneamente. Eco habitaba contradicciones sin necesidad de resolverlas.
IV. El hombre que era todos los hombres que contradecía
Católico devoto a los veinte, agnóstico a los treinta. Líder de Acción Católica juvenil, comulgaba diariamente, consideraba el sacerdocio. Pero estudiar a Santo Tomás de Aquino—objeto de su tesis doctoral de 1954—lo «curó milagrosamente» de la fe. ¿Cómo se abandona una fe mediante su estudio riguroso? Eco nunca explicó satisfactoriamente el mecanismo. Mencionaba un ataque del Vaticano contra su organización estudiantil católica, acusándola de herejía y comunismo. «Ese evento desencadenó una revisión filosófica de mi fe». Pero entre revisión filosófica y pérdida completa de fe hay un salto que Eco guardó para sí. Conservó, eso sí, la estructura mental escolástica: su Tratado de semiótica general es edificio conceptual tan arquitectónico como cualquier Summa Theologica.
Teórico de la «obra abierta», constructor de sistemas cerrados. En 1962 publica Opera aperta, argumentando que las obras modernas son inherentemente abiertas a interpretación infinita del lector. Bestseller entre su generación. Pero en 1990 publica Los límites de la interpretación, estableciendo que «existe un punto más allá del cual una interpretación es mala e inverosímil». Del todo vale al no todo vale en veintiocho años. ¿Evolución intelectual o retractación? Eco diría: dialéctica productiva. La apertura sin límites se vuelve caos; los límites sin apertura se vuelven dogma. Habitó la tensión entre ambos polos sin necesitar que se resolviera.
Legitimador académico de la cultura popular, elitista cultural. Escribió ensayos serios sobre Superman, Charlie Brown, canciones de consumo—Apocalípticos e integrados (1964) escandalizó a mandarines académicos que consideraban esos objetos indignos de análisis. Pero Eco también decía: «Las redes sociales dan a legiones de idiotas el derecho a hablar cuando antes solo hablaban en el bar después de un vaso de vino». Democratizó el objeto de estudio, pero mantuvo desdén aristocrático por la democratización del discurso. ¿Coherente? No. ¿Honesto? Probablemente más que quienes simulan no tener contradicciones.
Crítico implacable de los medios de comunicación, celebridad mediática. Durante treinta años escribió columna semanal en L’Espresso—»La Bustina di Minerva»—comentando cultura, política, semiótica cotidiana. Apareció en documentales, concedió cientos de entrevistas. Se convirtió en lo que criticaba: intelectual público cuya imagen era mercancía. Cuando le señalaban la paradoja, respondía con ironía: «Yo también me acuesto tarde, pero porque leo a Kant». La ironía como escudo. Como forma de estar presente sin comprometerse del todo.
¿Era estas contradicciones síntoma de incoherencia o método de supervivencia intelectual? Borges lo convirtió en Jorge de Burgos—monje ciego asesino que custodia biblioteca y odia la risa—en El nombre de la rosa. Eco aceptó el homenaje/insulto con elegancia: «Las deudas deben pagarse». Sabía que toda representación es traición. Que él mismo traicionaba cada día su propia coherencia para seguir pensando. Tal vez esa era su honestidad más profunda: no fingir que las contradicciones se resuelven. Habitarlas. Exponerlas. Convertirlas en motor creativo.
V. La última página nunca escrita
Milán, 19 de febrero de 2016. Umberto Eco muere a los ochenta y cuatro años en su apartamento, rodeado de treinta mil libros. Cáncer de páncreas, diagnosticado dos años antes, mantenido en secreto. Su última columna en L’Espresso, publicada el 27 de enero, tres semanas antes de su muerte, analizaba las pinturas románticas de Francesco Hayez. Nada fúnebre, nada testamentario. Un ensayo más sobre arte decimonónico. Como si la muerte fuera interrupción trivial, no culminación.
La antibiblioteca triunfó finalmente. De los cincuenta mil volúmenes que acumuló en dos bibliotecas, ¿cuántos leyó realmente? Eco respondía con evasivas: «Más de los que ha leído cualquier crítico que me pregunte». Pero el número real era irrelevante. Los libros no leídos—especialmente los que nunca leería ya—marcaban ahora definitivamente la frontera de su ignorancia. Una biblioteca de cincuenta mil volúmenes es monumento a lo no conocido tanto como a lo conocido. Tal vez más.
¿Qué sabía Eco al final que no sabía a los diez años cuando escribió su ensayo fascista? Sabía que los sistemas ideológicos capturan mentes jóvenes mediante la seducción de la certeza. Sabía que la ironía es arma defensiva contra el fanatismo pero también puede ser cobardía para no comprometerse. Sabía que ninguna biblioteca, por vasta que sea, contiene todas las verdades, y que esa incompletud no es defecto sino condición humana. Sabía que cincuenta millones de lectores no validan ni invalidan una obra—solo demuestran que el mercado y el mérito operan en dimensiones distintas. Sabía que había dedicado su vida a construir sistemas de interpretación sabiendo que todo sistema es provisional, que toda lectura es parcial, que toda verdad es negociable.
¿Pero sabía por qué acumuló tanto? ¿Por qué trabajó tan obsesivamente hasta semanas antes de morir? ¿Qué ansiedad alimentaba esa producción incesante de libros, ensayos, columnas, conferencias? No lo dijo. Tal vez no lo sabía. O sabía y consideró que eso debía permanecer privado. Los muertos tienen derecho al silencio.
Este perfil es, inevitablemente, una traición. Reducimos ochenta y cuatro años a dos mil palabras. Elegimos estos momentos—el premio fascista, la biblioteca, el bestseller—y omitimos miles de otros. Eco lo habría entendido. Teorizó toda su vida que cada lectura es interpretación, no revelación de verdad objetiva. Que el lector construye el texto tanto como el autor. Que todo perfil, como toda novela, como toda vida, es obra abierta: admite múltiples lecturas, ninguna definitiva.
Quedan los libros. Cincuenta mil volúmenes en Milán y Urbino, ahora propiedades del Estado italiano, convertidos en museo. Quedan las novelas, los ensayos, las columnas. Queda Jorge de Burgos, ese monje asesino ciego, imagen especular distorsionada que Eco creó de Borges pero que tal vez era también autorretrato involuntario. Quedan las preguntas sin respuesta. Quedan los libros no leídos, más importantes que los leídos, marcando para siempre la frontera de lo que Umberto Eco no alcanzó a conocer.
La biblioteca imposible sigue ahí, esperando. Nadie la leerá completa. Esa era, tal vez, la única certeza de Eco: que el conocimiento humano es necesariamente incompleto, que el laberinto no tiene centro, que la rosa no tiene nombre fijo. Y sin embargo—o precisamente por eso—vale la pena seguir leyendo.