El hombre que llamó verde al hielo
Erik el rojo
Erik Thorvaldsson, llamado el Rojo por el color de su cabello, nació en Noruega alrededor del año 950 y murió en Groenlandia hacia el año 1003. Fue condenado al destierro dos veces: la primera por los actos de su padre, la segunda por los suyos propios. Con esos antecedentes cruzó el Atlántico, exploró una isla que nadie había colonizado y la llamó Tierra Verde. Veinticinco barcos lo siguieron. Llegaron catorce. Lo que fundó duró cuatrocientos años. Él murió pagano en una colonia que ya era cristiana.
Esta entrevista ocurre en cuatro momentos distintos y en un solo territorio: Groenlandia, el lugar que Erik nombró antes de que nadie más pudiera hacerlo. Ocurre junto al fuego donde aprendió que un hombre expulsado no tiene derecho al duelo. En el espacio frío donde el sistema lo juzgó dos veces y él repitió el mismo error con la misma convicción. En la costa, con el viento encima, frente al fiordo donde once barcos dejaron de existir. Y al exterior, en invierno, con la iglesia de su mujer a la espalda y sus dioses cada vez más solos.
Erik no necesita rehabilitación ni condena. Necesita que alguien le pregunte por los muertos. Por el nombre que eligió y lo que sabía cuando lo eligió. Por lo que significa construir un mundo y verlo convertirse en otro sin pedirte permiso. Esta entrevista es un intento de hacérselas: de separar al fundador del mito, la decisión de la gesta, el hombre del territorio que lo define. Y de dejar que responda sin red, que es la única manera en que él habría aceptado responder.
Formato pdf
En breve podrás descargar una versión en pdf de esta entrevista
“Volví. Eso ya lo dice todo”
Erik Thorvaldsson no fue un héroe. Fue un hombre al que dos destierros y un océano convirtieron en el único tipo de persona que podía fundar algo en el lugar más inhóspito del mundo conocido: alguien que ya no tenía nada que perder y que por tanto podía arriesgarlo todo. Nació en Noruega alrededor del año 950, llegó a Islandia siendo un niño arrastrado por la condena de su padre y repitió el error paterno con suficiente convicción como para que el sistema lo expulsara dos veces. Entonces cruzó el Atlántico hacia un territorio que nadie había colonizado y decidió que ese lugar sería el suyo.
Esta entrevista la hacen cinco periodistas fallecidos que debatieron durante días sobre una sola cuestión: cómo se entrevista a un hombre cuya única versión oficial la escribieron sus descendientes dos siglos después de su muerte. Henry Morton Stanley, Marie Colvin, David Beriain, Daphne Caruana Galizia y Martha Gellhorn construyeron juntos un método que rechaza la épica, exige preguntar por los muertos y no acepta el silencio como respuesta. Las preguntas las hace el escriba. Las respuestas son suyas. Lo que queda entre las dos es el espacio donde Erik sigue siendo contradictorio, que es el único lugar donde siempre fue completamente él mismo.
La entrevista ocurre en cuatro momentos distintos, cada uno con su lugar y su frío, y termina más allá de su muerte: con preguntas sobre el deshielo que está convirtiendo en verdad el nombre que fue mentira, sobre el hombre que hoy quiere comprar la isla que él fundó, sobre los descendientes de sus guerreros que son ahora los pueblos más pacíficos del mundo. Al final, las once preguntas universales que RE:LIFE hace a todos sus entrevistados sin excepción. Y las diez de Bernard Pivot, que nadie responde igual y que Erik responde como solo puede responder un hombre que nombró un continente y murió rezando a dioses que ya nadie compartía.
POSTDATA – GLOSARIO DE TÉRMINOS. Para el lector que se acerca a este mundo por primera vez.
I. Noruega / El origen
Un hombre no nace proscrito:
aprende a serlo de su padre
El niño que aprendió
a irse
La primera sesión tiene lugar al interior, junto al fuego. Erik habla despacio, con la comodidad de quien ha contado algunas de estas cosas antes y la incomodidad de quien sabe que no las ha contado todas. El fuego es el único lujo que acepta sin disculpa. Afuera, el viento de Groenlandia hace lo que siempre hace.
El fuego es el primer territorio de un nórdico. Antes del mar, antes del hielo, está la hoguera familiar donde se aprende quién es uno y de dónde viene el patrón. Entrevistar a Erik aquí es dejarlo en el único entorno donde baja la guardia sin darse cuenta.
Thorvald Asvaldsson, padre de Erik, mató a varios hombres en Noruega en el contexto de una disputa cuya naturaleza exacta las fuentes no registran con claridad. No fue un crimen en el sentido moderno: fue una acción dentro de un código de honor y venganza que la sociedad nórdica reconocía como válida en ciertos contextos. El problema no fue el acto en sí sino su coste: demasiadas familias afectadas, demasiado desequilibrio en la red de alianzas locales. El thing regional lo condenó al útlagr, la proscripción total, y Thorvald partió hacia Islandia con su familia. Erik tenía entre ocho y diez años. Era la primera vez que aprendía que un hombre puede hacer lo que considera correcto y perderlo todo igualmente.
¿Cuántos años tenías cuando tu padre mató a esos hombres?
Ocho. Quizás nueve. Lo que sé es que era lo bastante pequeño para no entender del todo lo que había ocurrido y lo bastante mayor para saber que algo había cambiado de manera permanente. Los hombres que vinieron a casa después tenían una manera distinta de mirar a mi padre. Ya no era un vecino. Era un problema.
¿Tu padre te explicó por qué lo había hecho?
No con palabras. Mi padre no era un hombre de explicaciones. Lo explicó de otra manera: siguió siendo el mismo hombre después. No se encogió, no pidió disculpa pública, no intentó desaparecer. Eso me dijo más que cualquier conversación.
¿Lo considerabas culpable?
Culpable es una palabra que necesita un sistema detrás para funcionar. Había un código. Él lo siguió. El problema no fue lo que hizo sino que el resultado fue demasiado costoso para demasiadas familias. El thing decidió que era insostenible. Eso no es lo mismo que culpable.
¿Qué recuerdas del día en que supiste que teníais que iros?
El frío. Y que mi madre no lloró. Eso me perturbó más que cualquier otra cosa. Si ella no lloraba era porque ya lo había sabido antes que yo. Que llevaba tiempo preparada para ese día. No sé qué es más duro: saber que te van a expulsar o vivir esperando que ocurra.
¿Qué se lleva un hombre cuando lo expulsan de todo?
Lo que no pesa. Lo que no pueden quitarte en la puerta. Mi padre se llevó su manera de estar en el mundo. Yo aprendí eso de él sin que me lo enseñara: que hay cosas que no caben en ningún decreto de proscripción.
¿Islandia era un destino o una huida?
Una huida con nombre. Eso es lo que son casi todos los destinos.
¿Qué aprendiste de tu padre que no hubieras querido aprender?
Que la violencia resuelve algunas cosas y que eso es suficiente para que un hombre recurra a ella más veces de las necesarias. Es un aprendizaje difícil de desaprender porque tiene la ventaja de ser, en muchos casos, verdad.
¿Qué aprendiste de él que después te salvó la vida?
Que cuando te expulsan de un lugar, el siguiente lugar empieza inmediatamente. No hay duelo permitido. El hombre que se queda mirando hacia atrás muere en el umbral.
Los nórdicos de tu tiempo tenían una relación con el mar que otros pueblos no tenían. ¿Cómo se aprende a no tenerle miedo al Atlántico?
No se aprende a no tenerle miedo. Se aprende a tenerle miedo de la manera correcta. El miedo que paraliza mata. El miedo que afina la atención, que te hace escuchar el agua, leer el cielo, sentir el movimiento del barco antes de que se vuelva peligroso, ese miedo es una herramienta. Nosotros no éramos valientes porque no teníamos miedo. Éramos útiles porque sabíamos qué hacer con él.
¿Qué empujaba a un hombre de tu época a lanzarse hacia lo desconocido? ¿Era ambición, desesperación o algo para lo que no tenemos palabra?
Las tres cosas, pero en proporciones distintas según el hombre. Algunos iban porque no cabían donde estaban. Otros porque habían oído algo y necesitaban comprobar si era verdad. Otros simplemente porque el mar estaba ahí y quedarse en tierra les parecía una forma menor de existir. Yo fui por las tres razones en momentos distintos de mi vida. La primera vez que crucé el Atlántico no tenía otra opción. La segunda vez ya sabía lo que había al otro lado. Esa segunda vez fue la más honesta.
«Mi padre no me enseñó a tener miedo. Me enseñó que el miedo ya estaba ahí y que lo que importaba era qué hacías con él. Creo que es lo mejor que me dio. Y también lo peor.»
- Erik, el rojo
II. Islandia / Las dos condenas
El sistema lo expulsó.
Él ya había aprendido a marcharse.
El mismo
error,
dos veces
La segunda sesión se celebra en un espacio interior frío, sin fuego, con la luz entrando lateral desde una sola abertura. Erik habla con menos pausa que antes. Hay respuestas que tiene muy ensayadas y hay que esperar a que se acaben para encontrar las otras.
La frialdad deliberada del escenario recrea la atmósfera de un tribunal sin nombrarlo. Erik frente a un sistema que ya lo conoce y que ya sabe cómo va a terminar. La luz lateral lo expone sin permitirle esconderse.
Cuéntame lo de los tablones. Desde el principio.
Los setstokkr no eran solo madera. Eran parte de la estructura de una casa y llevaban algo del espíritu de ese hogar dentro. Prestárselos a Thorgest fue un gesto de confianza. Cuando los reclamé de vuelta y él se negó a devolverlos, no estaba rechazando una reclamación de propiedad: estaba diciéndome que mi confianza no valía nada. Fui a buscarlos. Él mandó a sus hijos. Sus hijos murieron.
¿Cuántos hombres murieron en esa disputa?
Cuatro. No lo digo para que parezca poco. Lo digo porque es lo que ocurrió.
¿Podrías haberlo evitado?
Probablemente. Pero entonces todos en la región habrían sabido que podían tratarme así. Hay cálculos que se hacen en un instante sin que parezcan cálculos.
La segunda condena llegó antes de que terminara la primera. ¿Reconocías el patrón? ¿Veías que estabas repitiendo algo?
Lo reconocía. Lo reconocía mientras estaba ocurriendo y seguí de todos modos. No sé si eso me hace más honesto o simplemente más coherente con algo que no podía cambiar. Mi padre tampoco lo cambió.
El útlagr te convierte en alguien a quien cualquiera puede matar sin consecuencia legal. ¿Cómo cambia eso la manera en que miras a los demás?
Empiezas a leer a los hombres de otra manera. Cada encuentro tiene un peso diferente. No es paranoia, es atención. Aprendes a saber, antes de que abra la boca, si el hombre que se acerca viene con intención o simplemente viene. Esa capacidad no desaparece cuando termina la proscripción. Me quedó para siempre.
¿Tuviste miedo durante esos tres años?
Sí. Pero el miedo tenía una forma concreta y eso lo hacía manejable. Era el miedo de saber exactamente qué podía pasar y tener que evitarlo cada día. Ese tipo de miedo te mantiene despierto. El otro tipo te destruye.
¿Quién te siguió durante la proscripción y qué crees que los llevó a hacerlo?
Hombres que no tenían nada mejor, o que tenían algo que ganar, o que simplemente eran el tipo de hombres que necesitan un lugar donde ser útiles. Nunca pregunté sus razones. Las razones no salvan vidas en el Atlántico norte.
¿Le debes la vida a alguien de ese período?
Sí. No voy a decir el nombre.
En vuestra sociedad, el honor era más valioso que la vida. ¿Qué significa exactamente el honor para un hombre que ha sido declarado lobo?
Significa que el sistema puede expulsarte pero no puede quitarte la manera en que te comportas dentro de tu propio código. El honor no lo otorga el thing. Lo construyes tú con lo que haces cuando nadie te está mirando. O cuando todo el mundo te está mirando y te da igual.
El thing, la asamblea, era vuestro sistema de justicia. ¿Lo considerabas justo o simplemente inevitable?
Inevitable. La justicia es un lujo que requiere que todos jueguen con las mismas fichas. En el thing, el hombre con más aliados tenía más razón. Aprendí eso demasiado tarde la primera vez. La segunda ya no me sorprendió.
¿Un hombre proscrito puede tener amigos?
Puede tener hombres que lo acompañan. Si eso son amigos, entonces sí.
«El thing no busca la verdad. Busca el acuerdo que más gente pueda aceptar. A veces coinciden. A veces no.»
- Erik, el rojo
III. La expedición / El nombre
Veinticinco barcos salieron. Catorce llegaron.
El nombre sobrevivió a todos.
La mentira
que fundó algo
La tercera sesión se celebra en la costa, con el viento encima. Erik habla de pie la mayor parte del tiempo, mirando hacia el fiordo. Hay preguntas que responde sin mirar al entrevistador. Hay una en particular ante la que guarda silencio más tiempo del habitual antes de contestar.
La costa es el único lugar donde la escala del territorio actúa sobre el entrevistado sin que él pueda evitarlo. Ahí el hombre que nombró una isla no puede esconderse detrás de su propia leyenda. El fiordo es más grande que cualquier respuesta que pueda dar.
¿Cuándo tomaste la decisión de volver a buscar colonos?
Antes de terminar los tres años de exploración. Había visto suficiente para saber que aquello podía sostenerse. Y sabía que solo yo no era suficiente. Un hombre no funda nada.
La llamaste Tierra Verde. ¿Por qué ese nombre y no otro?
Porque un nombre es lo primero que llega antes que el lugar. La gente decide si viene antes de ver lo que hay. Y tiene zonas verdes. No mentí en todo.
¿Cómo convenciste a la gente para embarcarse hacia un lugar que casi nadie había visto?
Les dije lo que había visto. Seleccioné lo que les dije. No es diferente de lo que hace cualquier hombre que necesita que otros lo sigan. Los que vinieron tomaron una decisión. Eran adultos.
Salieron veinticinco barcos. Llegaron catorce. ¿Qué recuerdas de los que no llegaron?
El número. Lo supe cuando los que llegaron pudieron contarse. Estuve un tiempo sin poder decir ese número en voz alta. Once. Ahí está.
¿Sabías los nombres de quienes iban en esos once barcos?
Algunos. No todos. Había familias enteras. Niños. Los barcos no son transparentes. No puedes saber qué hay dentro de los que no ves más.
¿Qué encontraron los colonos cuando llegaron y vieron lo que había realmente?
Roca, fiordo, viento, un cielo muy grande y un invierno que no se parece a ningún otro. También encontraron tierra donde construir, agua que no faltaba, animales que no habían visto nunca a un hombre. Dependía de qué miraban primero.
¿Alguien te recriminó en voz alta lo del nombre?
Una mujer. No recuerdo su nombre, lo cual es injusto. Llegó, miró, y me preguntó dónde estaba lo verde. Le dije que esperara a la primavera. Me miró de una manera que no necesitaba palabras. Tenía razón.
Los drakkar eran embarcaciones extraordinarias para su época. ¿Cómo describes la relación de un nórdico con su barco?
Un barco no es un vehículo. Es el lugar donde existes mientras cruzas lo que no tiene fondo ni orilla visible. El barco piensa contigo. Se mueve de maneras que tienes que aprender a leer como lees a una persona. Los que no entienden eso se ahogan. Los que sí lo entienden llegan a lugares que no están en ningún mapa.
¿Qué significa navegar sin mapas, sin instrumentos, sin saber exactamente adónde vas?
Significa que el conocimiento está en el cuerpo, no en el papel. El color del agua te dice algo. La dirección de las aves te dice algo. El olor del aire antes de que aparezca tierra te dice algo si sabes escuchar. No íbamos a ciegas. Íbamos con un tipo de información que no se puede dibujar.
Los skraelings ya vivían en Groenlandia cuando llegasteis. ¿Qué pensaste cuando los viste por primera vez?
Que llevaban allí mucho más tiempo que nosotros. Eso se ve en cómo se mueve un hombre en un territorio. Nosotros llegamos torpes, con demasiado ruido, con animales que no eran de allí. Ellos eran parte del lugar. Eso me impresionó, aunque no lo dije.
¿Los considerabas habitantes legítimos del lugar?
El lugar era lo bastante grande para todos. Eso es lo más honesto que puedo decir.
¿Hubo algún intento real de convivencia o siempre fue tensión?
Hubo períodos de intercambio. Funcionó mientras cada parte tenía algo que la otra quería. Cuando eso dejó de ser así, volvió la tensión. No es diferente de cómo funcionan las cosas entre nórdicos.
«Nombré ese lugar para que otros vinieran. Si les hubiera dicho la verdad exacta, me habrían mirado como se mira a alguien que te pide que vayas a morir. Y puede que no se hubieran equivocado.»
- Erik, el rojo
IV. Groenlandia fundada
Construyó un mundo que se convirtió
en otro sin pedirle permiso.
El fundador
en su propia
tierra extraña
La cuarta sesión se celebra al exterior, en el fiordo, con el frío físicamente presente. Erik lleva más ropa que en las sesiones anteriores pero no parece incómodo. Es el único momento en que parece completamente en su sitio y completamente solo al mismo tiempo. Las últimas preguntas las responde mirando el agua.
El exterior en invierno pone al descubierto lo que el fuego ocultaba. Un hombre pagano frente a una iglesia de turba que no pidió que construyeran. La geografía hace la pregunta antes que el entrevistador.
¿En qué momento dejaste de ser un proscrito y te convertiste en el que decidía?
No hubo un momento. Fue una acumulación. El día que alguien vino a pedirme que resolviera un conflicto y yo lo resolví y los dos lo aceptaron, ese día ya era otra cosa. Nadie me lo otorgó. Simplemente ocurrió.
¿En qué se diferenciaba tu autoridad en Brattahlid de la autoridad que te había condenado en Islandia?
En que la mía no tenía un código escrito detrás. Era autoridad de presencia, de historia, de haber llegado primero y haber sobrevivido. Tiene ventajas y tiene un problema: no se hereda bien.
El marfil de morsa, las pieles, los falcones árticos. ¿Quién controlaba ese comercio y cómo funcionaba?
Yo sabía quién llegaba y quién salía. Los barcos que venían de Noruega o Islandia pasaban por Brattahlid. No porque hubiera una ley que lo exigiera, sino porque era el único lugar donde había suficiente de todo para hacer el intercambio rentable. El control no siempre necesita decreto.
¿Podía alguien en la colonia prosperar al margen de tu red?
Podía intentarlo. Habría sido muy difícil.
Las mujeres en la sociedad nórdica tenían un estatus que sorprendería a muchas culturas de tu época. ¿Cómo era realmente la vida de las mujeres en Brattahlid?
Las mujeres en Brattahlid no eran decoración. Gestionaban las casas, que en un asentamiento de frontera significaba gestionarlo casi todo. Tomaban decisiones cuando los hombres no estaban. Podían divorciarse. Podían heredar. Podían decirte que no. Tjodhild me lo demostró.
Tjodhild, tu mujer, tomó decisiones propias, incluida la de construir una iglesia y alejarse de ti. ¿Qué tipo de mujer era?
Más dura que el invierno y más paciente. Había cruzado el Atlántico con sus hijos sin saber exactamente qué había al otro lado. Había construido una vida en un lugar donde construir una vida era un acto físico, literal, cada día. Cuando decidió que quería algo distinto, lo tomó.
Leif volvió convertido al cristianismo. ¿Cómo te lo dijo?
Con cuidado. Leif siempre tuvo más tacto que yo. Lo dijo de una manera que me dejaba espacio para no reaccionar mal. Aun así lo hice.
¿Qué sentiste exactamente en ese momento?
Que algo se había movido de lugar permanentemente. No rabia, no al principio. Algo más parecido al reconocimiento de que el mundo que yo había construido ya no era el mundo en el que vivían mis hijos.
Tjodhild se convirtió. ¿Intentaste entender en qué creía ella ahora?
Lo intenté. No lo conseguí. El dios cristiano necesita una relación con la culpa que yo no tenía. No podía entrar en ese sistema sin dejar de ser lo que era.
¿Por qué no te convertiste tú?
Porque mis dioses no me pedían que fuera otra persona. Odín no me exigía que mirara lo que había hecho y lo llamara pecado. Me exigía que fuera útil, que fuera valiente, que muriera de una manera que tuviera sentido. Eso yo lo entendía. El dios nuevo quería algo de mí que no tenía nombre en mi lengua.
Los dioses nórdicos, Odín, Thor, las nornas, el Valhalla. ¿Qué te daba esa visión del mundo que el dios cristiano no podía darte?
Un mundo sin redención garantizada. Y eso era honesto. Nuestros dioses también morían. El Ragnarök no era una amenaza, era una promesa de que todo, incluido lo divino, tenía un límite. Eso me parecía más verdadero que un dios eterno e invencible. El mundo que yo conocía no era eterno ni invencible. ¿Por qué iban a serlo los dioses?
¿Cómo era el ritual, la práctica cotidiana de tu fe? ¿Qué hacías exactamente para mantenerla?
Prestaba atención. Al viento, al mar, al comportamiento de los animales antes de una tormenta. Los dioses no estaban en un edificio. Estaban en lo que ocurría. Hacía ofrendas en los momentos importantes. Hablaba con los muertos cuando necesitaba consejo. No es tan diferente de rezar. Es diferente en a quién le hablas.
Intentaste unirte a la expedición de Leif y te caíste del caballo. Lo interpretaste como un signo. ¿Qué tipo de signo y de quién?
De que ese viaje no era mío. Que había llegado al límite de lo que me correspondía empujar. Hay hombres que reconocen ese momento y hombres que no. Yo lo reconocí en el suelo, con el tobillo roto, viendo cómo los barcos de Leif se preparaban sin mí.
¿Qué pensabas mientras Leif se alejaba hacia el oeste?
Que iba a encontrar algo. Lo sabía como se saben las cosas que no tienen explicación. Y pensaba que ojalá pudiera verlo. Era la primera vez en mucho tiempo que deseaba algo que sabía que no iba a tener.
Al final de tu vida, ¿cuántas personas en Brattahlid compartían todavía tus creencias?
Pocos. Algunos hombres viejos que habían llegado en los primeros barcos y que no veían razón para cambiar a esas alturas. Los jóvenes casi todos eran cristianos. Eso es lo que hace el tiempo: cambia el mundo mientras tú estás mirando.
¿Rezabas solo?
Hablaba. Con mis muertos, con mis dioses, con el mar. Era una conversación, no una petición.
¿Qué es morir pagano en una colonia que ya no lo es?
Es morir en el lugar que construiste sin que ese lugar ya sea del todo tuyo. Lo construí para que durara y duró. Solo que se convirtió en algo distinto de lo que yo habría querido. Eso no es solo fracaso. También es lo que hacen las cosas vivas: cambian para seguir estando.
«Tjodhild construyó su iglesia. Yo no fui a verla por dentro. Pero tampoco la derribé. Eso también dice algo.»
- Erik, el rojo
V. Post mortem
El mundo siguió moviéndose.
Algunas cosas le habrían gustado.
Otras, no tanto.
Lo que no vivió
pero le pertenece
Esta sección no tiene escenario físico fijo. Las preguntas llegan cuando Erik ya está cansado de la cronología, cuando la guardia ha bajado lo suficiente para que las respuestas sean más cortas y más exactas. Se le informa de lo que ha ocurrido después. Se le deja tiempo para procesar antes de contestar.
El post mortem requiere que el entrevistado se enfrente a consecuencias que no puede controlar ni reescribir. La imagen del hielo fundiéndose es la metáfora más honesta de lo que le ocurre a un hombre cuando descubre que el mundo siguió sin él y que algunas cosas salieron mejor y otras peor de lo que esperaba.
La colonia que fundaste duró cuatrocientos años. Luego desapareció sin dejar una explicación definitiva. ¿Qué crees que ocurrió?
El frío gana siempre si le das suficiente tiempo. Y creo que dejaron de saber adaptarse. Cuando un lugar te exige que cambies continuamente y dejas de hacerlo, el lugar te expulsa. Lo sé bien. Me ocurrió dos veces antes de aprender la lección.
Tu hijo Leif llegó a un continente que los europeos tardaron siglos en reconocer. Durante mucho tiempo, otro hombre llamado Cristóbal Colón se llevó el crédito. ¿Qué opinas de eso?
Que la historia la escriben los que tienen mejores escribanos. Leif llegó. Eso ocurrió. Que un genovés llegara cuatro siglos después con más documentación y más reyes detrás no cambia lo que pasó. Cambia lo que se recuerda, que es una cosa diferente.
Hoy Groenlandia se está derritiendo. El hielo retrocede. Hay zonas que se están volviendo literalmente verdes. El nombre que elegiste está resultando verdad, con mil años de retraso y por las razones peores. ¿Qué haces con eso?
No sé si reírme o entristecerme. Elegí ese nombre para que la gente viniera. Resulta que se está cumpliendo porque los hombres han calentado el mundo hasta deshacerlo. Acerté por las razones más equivocadas posibles. Eso dice algo sobre la diferencia entre tener razón y hacer las cosas bien.
Un hombre llamado Donald Trump, el presidente del país más poderoso del mundo en este momento, quiere comprar o anexionar Groenlandia. Dice que es una necesidad estratégica. ¿Qué le dirías?
Que Groenlandia no se compra. Lo sé porque intenté algo más difícil: convencer a la gente de que fuera a vivir allí. Y eso costó once barcos que no llegaron. Un territorio no es una transacción. Es la suma de todos los que han muerto en él y de todos los que han decidido quedarse a pesar del frío. No tiene precio porque no es una mercancía. Y que un hombre que nunca ha tenido frío de verdad no entiende lo que está pidiendo.
Los países nórdicos actuales son hoy considerados los más pacíficos, igualitarios y con mayor calidad de vida del planeta. ¿Qué reconoces de tu gente en eso y qué te resulta completamente ajeno?
Reconozco la terquedad. La capacidad de construir sistemas que funcionen en condiciones difíciles. La idea de que la comunidad tiene una deuda con cada uno de sus miembros. Lo que me resulta ajeno es la paz como estado permanente. En mi mundo la paz era el intervalo entre los problemas. Parece que han conseguido hacer del intervalo la norma. No sé si eso es posible para siempre, pero me alegra que lo estén intentando.
Aquellos que en tu época eran guerreros y exploradores son hoy diplomáticos y diseñadores de muebles. ¿Eso es evolución o es pérdida?
Las dos cosas no se excluyen. Puedes evolucionar y perder algo al mismo tiempo. Lo que se pierde cuando un pueblo deja de necesitar guerreros es cierto tipo de relación con el riesgo. Con la posibilidad real de que las cosas salgan muy mal. No sé si eso es indispensable. Sé que me formó de una manera que ninguna otra cosa habría podido formarme.
Siglos después de ti, otros exploradores llegaron a los polos: Amundsen, Shackleton, Scott. Murieron o estuvieron a punto de morir en el hielo. ¿Te reconoces en ellos?
En Shackleton sí. En la manera en que se negó a dejar a sus hombres. Eso lo entiendo. Scott me parece un hombre que amaba la idea de la exploración más que la exploración misma. Eso es peligroso en el hielo.
¿Qué diferencia a un explorador de un conquistador?
La intención original. El explorador quiere saber qué hay. El conquistador ya ha decidido que lo que hay le pertenece. Aunque hay que ser honesto: la línea entre los dos se cruza fácilmente cuando llegas a algún sitio y encuentras algo que quieres.
Hoy existe algo llamado inteligencia artificial: máquinas que aprenden, que generan texto, imágenes, decisiones. En cierto modo, son una nueva forma de explorar territorios que no tienen mapa. ¿Qué te parece que los humanos hayan creado algo que ya no entienden del todo?
Que siempre ha sido así. Nadie entendía del todo el mar cuando se lanzó a cruzarlo por primera vez. La diferencia es que el mar y el hielo no aprenden. Si esto que describes aprende, entonces la pregunta correcta no es qué hace sino qué quiere. Y si no quiere nada todavía, la pregunta es cuándo empieza a querer.
En el mundo actual, las mujeres están reclamando en muchas culturas derechos y espacios que siempre les fueron negados. ¿Qué dirías a las culturas que todavía hoy tratan a las mujeres como propiedad?
Que son más torpes que un hombre que navega sin leer el cielo. Las mujeres que cruzaron el Atlántico conmigo no eran propiedad de nadie. Construyeron Brattahlid con las mismas manos con las que criaron a sus hijos y tomaron decisiones que ningún hombre revocó. Un hombre que no ve lo que tienen las mujeres a su lado está navegando ciego. Y navegar ciego mata.
¿Qué te parece que la historia te recuerde a ti y haya olvidado los nombres de las mujeres que cruzaron el Atlántico en esos barcos?
Que es una injusticia que no puedo corregir desde aquí. Hubo una mujer que me preguntó dónde estaba lo verde cuando llegó. No sé su nombre. Ella también fundó Groenlandia. Lo hizo sin que nadie le pusiera el nombre encima.
«No me preguntes si me arrepiento. Pregúntame qué haría diferente. Son preguntas distintas y solo una de las dos tiene respuesta útil.»
- Erik, el rojo
LAS 11 PREGUNTAS UNIVERSALES
Si pudieras volver a vivir un solo día de tu vida, ¿cuál elegirías y por qué?
El día en que vi Groenlandia por primera vez desde el mar, antes de desembarcar. Todavía no había cometido ninguno de los errores que vinieron después. El lugar estaba entero delante de mí y yo todavía no sabía exactamente lo que iba a hacer con él. Ese momento de no saber todavía es el más limpio que tuve.
¿Qué te habría gustado entender antes de morir?
Por qué los hombres necesitan que les mientan para moverse. Por qué la verdad sola no es suficiente para que alguien deje lo que conoce y se lance hacia lo que no conoce. Lo entendía en la práctica. Nunca lo entendí del todo en el fondo.
¿Qué palabra crees que te define mejor?
Terco. No como insulto. Como descripción precisa.
¿A quién le darías las gracias y a quién le pedirías perdón?
Las gracias a Tjodhild, que cruzó el Atlántico sin pedirme garantías que yo no podía darle. El perdón a los que iban en los once barcos que no llegaron. Y a esa mujer que me preguntó por lo verde y cuyo nombre no supe guardar.
¿Qué crees que queda de ti en la memoria del mundo?
El nombre. Groenlandia. Lo elegí para engañar y resultó ser lo más duradero que hice. Las cosas que construí con las manos desaparecieron. La palabra sigue.
Si el tiempo no existiera, ¿a qué momento volverías siempre?
A la primera noche en Brattahlid, cuando los que habían llegado encendieron fuego y comieron y nadie murió esa noche. Eso fue una victoria que nadie llamó victoria porque todavía no sabíamos si íbamos a sobrevivir al invierno. Pero esa noche, por unas horas, lo parecía.
¿Cuál fue tu mayor error y tu mayor verdad?
El error: creer que el mundo que construí me sobreviviría sin cambiar. La verdad: que un hombre expulsado de todo puede construir algo desde nada si no se queda mirando hacia atrás.
¿Qué le dirías a tu yo de veinte años si pudieras?
Que los tablones no valían lo que costaron. No los tablones de Thorgest. Todos los momentos en que elegí el enfrentamiento cuando había otra salida posible. No todos. Algunos sí valían. Pero no todos.
¿Qué te sigue sorprendiendo de los seres humanos?
Que siguen yendo a lugares donde saben que puede matarlos. No siempre por necesidad. A veces simplemente porque el lugar existe y ellos también. Eso no lo entiendo del todo y por eso no dejo de admirarlo.
¿Qué palabra te gustaría que se recordara de ti?
Fundador. No héroe. No conquistador. Fundador: el que llegó primero y se quedó lo suficiente para que otros pudieran quedarse también.
¿Qué crees que queda de un ser humano cuando ya no queda nada?
El efecto. Lo que cambió porque ese hombre estuvo. No el nombre, no la estatua, no la saga. Lo que es diferente porque alguien pasó por ahí. Groenlandia existe. Eso existió antes del nombre y existirá después de que el nombre se olvide.
LAS PREGUNTAS DE BERNARD PIVOT
¿Cuál es tu palabra favorita?
Landfall. El momento en que aparece tierra. No tiene traducción exacta porque no es solo un lugar: es la prueba de que tenías razón.
¿Cuál es la palabra que más detestas?
Rendición.
¿Qué es lo que más te emociona — tu droga creativa, espiritual o sensorial?
El momento antes de una tormenta en el mar abierto. Cuando el cielo cambia de color y el agua empieza a moverse de una manera diferente y todavía tienes unos minutos para decidir. Hay más vida en esos minutos que en muchos días tranquilos.
¿Qué es lo que más te desagrada?
Los hombres que esperan que otros decidan por ellos y luego se quejan de la decisión.
¿Cuál es tu insulto favorito?
Cobarde de tierra adentro.
¿Qué sonido amas?
El casco del barco cuando encuentra su velocidad. Hay un momento en que el agua y la madera llegan a un acuerdo y el sonido cambia. Ese sonido significa que vas.
¿Qué sonido odias?
El hielo rompiéndose bajo un hombre. Lo oí una vez. No se olvida.
¿Qué otra profesión te habría gustado ejercer?
La del hombre que nombra los lugares. No el explorador que los encuentra: el que decide cómo se van a llamar para siempre. Aunque lo hice una vez y mira cómo salió.
¿Qué profesión no ejercerías nunca?
Juez. Ya vi lo que hace el thing con los hombres. No quiero estar al otro lado de eso.
Si el Cielo existe, ¿qué te gustaría que Dios te dijera al llegar?
Dependería de qué dios. Si es el mío, que Odín me dijera que los once barcos llegaron a otro lado. Que hay un lugar donde llegaron. Si es el de Tjodhild, me conformaría con que me dejara entrar, aunque llegue tarde y sin haberme convertido nunca.
POSTDATA – GLOSARIO DE TÉRMINOS
Para el lector que se acerca a este mundo por primera vez.
Thing (þing): La asamblea pública de los hombres libres en las sociedades nórdicas medievales. Era a la vez parlamento, tribunal y mercado de alianzas. Las decisiones se tomaban por consenso o por la fuerza relativa de los grupos presentes. No había jueces profesionales ni código escrito sistemático: el thing aplicaba la costumbre, la memoria colectiva y la presión social. El más conocido es el Althing islandés, fundado en el año 930, considerado uno de los parlamentos más antiguos del mundo que han funcionado de manera continuada.
Útlagr: La proscripción total en el derecho nórdico. Un hombre declarado útlagr quedaba expulsado de la comunidad humana en términos legales: perdía sus propiedades, sus derechos y la protección de la ley. Cualquier persona podía matarlo sin consecuencia jurídica. La proscripción podía ser temporal o permanente. Era el castigo más grave que el sistema podía imponer sin ejecutar directamente al condenado, y en la práctica equivalía a una sentencia de muerte diferida para quien no tuviera los medios o la determinación de sobrevivir fuera del sistema.
Setstokkr: Tablones rituales que formaban parte de la estructura de las casas nórdicas tradicionales. Tenían un valor simbólico además de funcional: se creía que portaban el espíritu protector del hogar. Su préstamo era un gesto de confianza significativo y su retención forzada, una afrenta que el código de honor nórdico consideraba legítima razón de conflicto.
Skraelings (skrælingjar): El término que los nórdicos usaron para referirse a los pueblos que encontraron en los territorios del Atlántico norte, tanto en Groenlandia como en las costas de América del Norte. En Groenlandia se trataba de los ancestros de los inuit actuales, pueblos con una presencia en la región de varios milenios antes de la llegada de los colonos europeos. El término tiene connotaciones despectivas en las fuentes nórdicas, aunque su etimología exacta es debatida. Su uso en esta entrevista refleja el vocabulario histórico del período, no una valoración editorial.
Drakkar (drekinn): Los barcos de guerra y exploración nórdicos, conocidos popularmente como barcos vikingos. Se caracterizaban por su construcción en madera de roble con técnica de tingladillo, su escasa eslora relativa a la manga, su capacidad para navegar tanto en aguas abiertas como en ríos poco profundos, y su quilla plana que permitía varar en playas. Eran embarcaciones extraordinariamente sofisticadas para su época: rápidas, flexibles y capaces de cruzar el Atlántico. Los usados en expediciones de colonización como la de Groenlandia no eran estrictamente drakkar de guerra sino knarr, barcos de carga más anchos y de mayor capacidad, aunque el término se usa en la entrevista de manera genérica.
Brattahlid: El asentamiento principal que Erik el Rojo fundó en el fiordo de Tunulliarfik, en la costa suroeste de Groenlandia, alrededor del año 985. Fue el centro político y comercial de la colonia nórdica durante los cuatrocientos años que esta perduró. Los arqueólogos han localizado e identificado sus restos, incluida la pequeña iglesia de turba que Tjodhild, esposa de Erik, mandó construir tras su conversión al cristianismo. Es una de las estructuras cristianas más antiguas del continente americano.
Valhalla (Valhǫll): En la mitología nórdica, el salón de los guerreros muertos en batalla, presidido por Odín. Los caídos en combate eran recogidos por las valquirias y llevados a este lugar, donde aguardaban el Ragnarök combatiendo y festejando eternamente. No era el único destino posible tras la muerte en la cosmología nórdica, pero era el más honorable para un guerrero.
Ragnarök: El fin del mundo en la mitología nórdica. Un cataclismo final en el que los dioses, incluidos Odín y Thor, mueren en combate contra las fuerzas del caos. A diferencia de los apocalipsis de otras tradiciones, el Ragnarök no promete salvación universal ni redención: es simplemente el fin de un ciclo. Esta visión de un mundo y unos dioses mortales es uno de los rasgos más singulares de la cosmología nórdica.
Landfall: Término náutico que designa el primer avistamiento o contacto con tierra tras una travesía marítima. No tiene traducción exacta al español porque combina el acto geográfico con su carga emocional: es el momento en que se comprueba que el rumbo era correcto y que la travesía tendrá fin. Para los navegantes nórdicos que cruzaban el Atlántico sin instrumentos, el landfall era el instante que separaba la posibilidad de haber sobrevivido de la certeza de haberlo hecho.
