Erik el rojo
Tierra verde, hielo eterno
En algún momento del año 985, una flota de veinticinco barcos salió de las costas de Islandia hacia el oeste. Cargaban familias, ganado, madera, herramientas y la promesa de una tierra que todavía no existía del todo. De los veinticinco barcos, catorce llegaron. Once desaparecieron en el Atlántico del Norte, devorados por hielos o tormentas o ambas cosas. Los que sobrevivieron encontraron lo que Erik Thorvaldsson les había dicho que encontrarían: una tierra. Lo que no encontraron fue lo que el nombre prometía.
Groenlandia. Tierra verde. El hombre que eligió ese nombre conocía perfectamente lo que había al otro lado. Llevaba tres años viviendo allí, proscrito por segunda vez, explorando una costa que alternaba el fiordo con el glaciar. Sabía que había franjas habitables, que el verano traía pastos y que en los meses cálidos algo parecido a la vida era posible. También sabía que la mayor parte de lo que había elegido llamar tierra verde era hielo permanente, roca desnuda y viento que doblaba cualquier cosa que se empeñara en crecer. Nombró el lugar como lo nombró porque necesitaba que otros fueran. Sin colonos, la fundación no era nada. Sin familias y ganado y herramientas, lo que Erik había construido en el exilio era solo una historia que él contaba sobre sí mismo.
El nombre fue un acto de fundación tanto como una manipulación. Y entender eso exige entender antes qué clase de hombre llegó a ese punto y por qué el punto al que llegó era el margen más extremo del mundo entonces conocido.
Erik Thorvaldsson nació alrededor del año 950, probablemente en Rogaland, en la costa suroeste de lo que hoy es Noruega. Su padre, Thorvald Asvaldsson, mató a varios hombres en una disputa que las fuentes no terminan de explicar y fue condenado al útlagr, la figura jurídica nórdica que convertía a un hombre en lobo. No en metáfora: en lobo literal dentro de la ley. Un útlagr era alguien a quien cualquiera podía matar sin consecuencia, que perdía sus propiedades, sus derechos y su pertenencia a la comunidad humana. La proscripción no era una pena de muerte diferida: era la eliminación del sujeto del tejido social. Thorvald tomó a su familia y se fue a Islandia. Erik tenía diez años, quizás menos.
Creció en un mundo que ya había empezado una vez. Islandia llevaba menos de un siglo colonizada cuando los Thorvaldsson llegaron. Era una sociedad de frontera todavía asentándose, con sus propias tensiones de tierras y honor y sangre. El joven Erik aprendió lo que se aprendía en ese entorno: que la violencia era una moneda aceptable en ciertas disputas y que la posición de un hombre dependía de su capacidad para defenderla, literalmente. Cuando su padre murió, Erik heredó lo poco que quedaba y se casó con Tjodhild, mujer de familia acomodada, y se instaló en el oeste de la isla.
La primera condena por la que es conocido llegó de una disputa sobre unos tablones de madera que Erik había prestado a un vecino y que el vecino se negó a devolver. Los tablones, llamados setstokkr en las sagas, tenían valor ritual además de práctico. Erik fue a recuperarlos por la fuerza. Hubo muerte. Hubo represalia. Hubo más muerte. El resultado fue el exilio de su granja y, después de un segundo episodio violento con otro vecino, la proscripción formal: tres años de útlagr, el mismo instrumento que había destruido a su padre. El patrón se repetía con una fidelidad que dice algo sobre el carácter del hombre y algo también sobre el sistema en el que vivía.
La proscripción nórdica no era una aberración. Era el mecanismo central con el que aquella sociedad gestionaba la violencia que no podía contener de otro modo. Un hombre que mataba a otro en un contexto de disputa reconocida no era necesariamente un asesino: era un actor dentro de un código que admitía la venganza como respuesta legítima. Pero cuando la espiral escalaba más allá de lo que la comunidad podía absorber, el útlagr era la válvula. Sacaba al conflicto del sistema expulsando a su protagonista. Lo convertía en problema de otra parte. Erik era, en ese sentido, exactamente lo que el sistema necesitaba producir para seguir funcionando: un hombre lo bastante violento para resultar insostenible y lo bastante capaz para sobrevivir fuera.
Sobrevivió. Durante los tres años de proscripción, con un barco y una tripulación que lo siguió por razones que las sagas no se toman la molestia de registrar, Erik exploró la costa de una tierra que otros navegantes habían avistado pero no pisado con intención de quedarse. Circunnavegó el extremo sur, remontó los fiordos del oeste, constató que había tierra habitable, que los inuits, los skraelings que nombrarían los sagas con desprecio, ya vivían allí desde hacía siglos, y que el territorio era brutal y enorme y completamente ajeno a cualquier forma de vida que él conociera. Pasó tres años en ese margen. No consta que lo considerara un castigo.
Cuando terminó el exilio, volvió a Islandia con un plan. Convocó a quienes quisieran seguirlo. Les habló de tierra verde. Veinticinco barcos decidieron creerle o apostar, o las dos cosas a la vez.
Lo que fundó en el fiordo de Brattahlid, en el suroeste de Groenlandia, no era exactamente una colonia en el sentido moderno. Era un asentamiento de familias que dependían entre sí para sobrevivir el invierno, que producían lo suficiente para mantenerse y que mantenían un comercio esporádico con Islandia y Noruega: pieles, colmillos de morsa, cuerda de cuero de foca, falcones árticos para la nobleza europea que los coleccionaba. Erik era el fundador y el goði, el jefe que arbitraba disputas y representaba a la comunidad ante los poderes externos. Era, en esa medida, la ley en un lugar donde la ley tenía que inventarse. El hombre que el sistema nórdico había expulsado dos veces se había convertido en el sistema.
Entonces llegó el cristianismo.
Leif Eriksson, el hijo de Erik, volvió de un viaje a Noruega convertido. La reina de Noruega, Thyre, le había encargado llevar el nuevo credo a Groenlandia. Leif obedeció. Tjodhild, la mujer de Erik, lo aceptó. Se construyó una iglesia en Brattahlid, pequeña, de turba, que los arqueólogos encontraron en el siglo veinte exactamente donde las sagas decían que estaba. Tjodhild dejó de compartir lecho con su marido, según la saga, porque él se negó a convertirse.
Erik el Rojo murió pagano. No sabemos exactamente cuándo ni exactamente cómo, aunque la saga habla de una epidemia que diezmó la colonia después de que Leif volviera de su viaje al oeste, a las costas de lo que llamaron Vinland y que siglos después se reconocería como América del Norte. Erik intentó unirse a esa expedición y se cayó del caballo. Interpretó la caída como un signo y se quedó. Eso también cuadra con el carácter: un hombre que durante décadas había empujado hacia el margen, que retrocedió precisamente cuando se abría algo más allá.
Lo que no cedió fue lo único que era enteramente suyo. No el territorio, que pertenecía al frío. No el linaje, que pertenecía ahora a una fe que él rechazaba. Solo la negativa. Una negativa silenciosa, sin discurso conocido, sin texto que la justifique. Su mujer rezaba en la iglesia de turba que él no había pedido construir. Su hijo extendía el mundo mientras él envejecía en el fiordo. El asentamiento que Erik había fundado duraría cuatrocientos años más, más que muchos reinos europeos de su tiempo, antes de extinguirse en un silencio que todavía no tiene explicación definitiva.
El nombre sobrevivió a la colonia. Sobrevivió al paganismo de su fundador, a la conversión de su familia, al olvido de los siglos, a la llegada de cartógrafos que lo copiaron sin saber muy bien de dónde venía. Groenlandia. El nombre que un hombre proscrito eligió para convencer a otros de que cruzaran el Atlántico. Una mentira útil que se convirtió en topónimo permanente para un lugar que sigue siendo, en su mayor parte, exactamente lo que Erik sabía que era: hielo.