Carmen de Burgos «Colombine«:
La novena en la lista, entre Voltaire y Rousseau
El 8 de octubre de 1932, una mujer de sesenta y cuatro años cayó sobre el estrado de un círculo político de Madrid mientras hablaba de educación sexual. No cayó en silencio. Cayó a mitad de una frase. Los que estaban allí dijeron después que ni siquiera dejó de mirar al frente. El médico que la atendió certificó una crisis cardiaca. Los periódicos del día siguiente publicaron la noticia en páginas interiores. Siete años más tarde, una orden de la Cámara Oficial del Libro prohibió todos sus libros. En la lista figuraba entre Voltaire y Rousseau. Nadie pareció encontrar eso extraño.
Su nombre era Carmen de Burgos Seguí. La habían llamado Colombine durante treinta años, un apodo que le puso un editor en 1903 porque necesitaba un nombre para la columna de una mujer en un periódico de hombres y eligió el de una arlequina italiana de la comedia del arte. Ella aceptó. Desde detrás de esa máscara habló del divorcio, del voto, de la guerra, de los hijos de los pobres que morían en África mientras los hijos de los ricos pagaban para quedarse en casa. Lo hizo durante treinta años, casi cada día, en columnas que empezaban hablando de moda y terminaban hablando de libertad. Nadie dijo que era una táctica. Quizás porque nadie quería admitir que funcionaba.
Había nacido en Almería en 1867, en Rodalquilar, un valle de minas frente a la costa africana donde su padre ejercía de vicecónsul de Portugal y la tierra olía a azufre y a mar al mismo tiempo. Ella escribió sobre ese paisaje más tarde con una mezcla de ternura y distancia que no era exactamente nostalgia: era la mirada de alguien que sabe que tuvo que irse para poder ver. La niña que creció mirando África desde España y la mujer que murió hablando en un estrado de Madrid eran la misma persona. Entre las dos mediaba un matrimonio de los que no se olvidan, tres hijos muertos antes de cumplir el año, y una decisión que en la España de finales del siglo XIX equivalía a una declaración de guerra: irse.
Se casó a los dieciséis años con el hijo del editor del periódico local. Contra la voluntad de su padre, lo que en su época era una forma de romanticismo y en la suya fue una forma de error. Arturo Álvarez Bustos era violento y alcohólico y la humilló de maneras que ella no describió en detalle pero que se adivinan en la ferocidad con que escribió sobre el matrimonio durante el resto de su vida. Lo que sí describió fue el aprendizaje involuntario: ante la dejadez de su marido, ella se puso a trabajar en la imprenta de su suegro. Compuso tipos. Recortó cuartillas. Redactó sus primeros textos. Aprendió el oficio desde sus tripas materiales, con los dedos manchados de tinta, en el único lugar donde nadie le preguntó si tenía permiso para estar allí.
Los tres hijos que murieron antes de cumplir el año no aparecen casi en ninguna de las semblanzas que se han escrito sobre ella. Aparecen en las suyas propias, en los márgenes de los textos donde habla de la maternidad como una condición impuesta y no siempre como una bendición, en la dureza con que analiza los Códigos que convierten a una mujer en responsable de todo lo que ocurre dentro de una casa. Solo sobrevivió María Dolores, la última. Y fue por ella, según dijo, por lo que decidió estudiar Magisterio de forma intensiva y obtener el título que le permitiría salir de Almería con algo en la mano que no dependiera de ningún hombre. No lo llamó emancipación. Lo llamó necesidad. La diferencia importa.
Madrid en 1901 era una ciudad que empezaba a desperezarse sin saber muy bien hacia dónde. Carmen de Burgos llegó con su hija, una plaza de maestra obtenida por oposición y la convicción de que el periodismo era el único oficio que le permitiría decir lo que quería decir a suficientes personas. En 1903, Augusto Suárez de Figueroa la contrató para el recién fundado Diario Universal. Le ofreció una columna diaria. Le puso el nombre de una arlequina. Le dijo que escribiera para las mujeres. Ella escribió para todo el mundo desde el único espacio que le daban, y en cuatro meses ya había lanzado la primera encuesta pública sobre el divorcio que se hacía en España. Recogió 1.462 respuestas favorables frente a 320 en contra. Los sectores conservadores la llamaron «la divorciadora» con la intención de herirla. Ella publicó los resultados como libro y siguió escribiendo.
Lo que vino después fue una acumulación que resulta difícil de creer aunque esté documentada. Viajó por Francia, Italia y Suiza con una beca de la Junta para Ampliación de Estudios y volvió con libros de viajes que no eran postales sino análisis comparativos de la civilización europea frente al atraso español. En París conoció a Max Nordau. Escribió sobre pedagogía, sobre higiene, sobre etiqueta, sobre cocina, sobre los sefardíes, sobre Larra, sobre la pena de muerte, sobre el artículo 438 del Código Penal que eximía de condena al hombre que mataba a su mujer si lo hacía en defensa del honor. Escribió novelas cortas donde las protagonistas se llamaban Clarisa o Angustias y vivían en pisos de Madrid y querían cosas que la ley no les permitía querer. Publicó manuales de uso doméstico donde entre las instrucciones para administrar un hogar introducía conceptos de autonomía económica y racionalización del trabajo que sus lectoras reconocían como propios aunque nadie les hubiera dado antes el lenguaje para nombrarlos.
En agosto de 1909 se acreditó como corresponsal del Heraldo de Madrid y viajó a Melilla. España estaba en guerra en el norte de África y enviaba a morir a los hijos de las clases trabajadoras mientras los privilegiados pagaban para librarse del reclutamiento. Era la primera mujer que pisaba un frente de guerra en España como periodista. Sus crónicas no hablaban de estrategia militar. Hablaban de cuerpos. De madres que todavía no sabían. De curas que bendecían fusiles con el mismo gesto con que bendecían cosechas. Escribió un artículo que se llamaba «¡Guerra a la guerra!» La llamaron traidora. Ella no rectificó. Cinco años después, cuando estalló la Primera Guerra Mundial y la sorprendió viajando por el norte de Europa, escribió sobre el colapso del viejo continente con la misma frialdad clínica de quien ya sabe que los discursos de los vencedores siempre mienten en los mismos lugares.
Fue en esos años cuando conoció a Ramón Gómez de la Serna. Él tenía veinte años. Ella tenía cuarenta y uno. Formaron durante dos décadas una de las parejas intelectuales más fructíferas de la Edad de Plata española: compartieron proyectos, viajes, la revista Prometeo, la casa en Estoril. Ella lo sostuvo durante sus años de ostracismo literario. Él fue derivando hacia un esteticismo que en sus años finales encontraría acomodo en posiciones que la historia no trató con amabilidad. En 1929, durante los ensayos de una obra de vanguardia, Ramón inició un romance con María Dolores, la hija de Carmen. Ella perdonó a los dos. Acogió a su hija cuando regresó enferma y sin dinero. No escribió sobre ello. O si escribió, no lo conservó, o lo conservó y alguien lo perdió, o alguien lo guardó y todavía no ha aparecido.
El 31 de mayo de 1921, Carmen de Burgos presidió una acción frente al Congreso de los Diputados en la que mujeres de distintas clases sociales repartieron octavillas y presentaron una petición formal reclamando la igualdad política, civil y social. Es considerada la primera acción sufragista colectiva organizada en España. Llevar años publicando, hablando ante universidades, viajando por Europa y América, presidiendo la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Iberoamericanas, y no poder votar no era una paradoja que ella comentara con humor. Era una injusticia que documentaba con la misma precisión con que documentaba todo lo demás. El voto femenino llegó en octubre de 1931. La Ley del Divorcio, en 1932. Ella vio las dos cosas antes de morir. No está claro si le pareció suficiente.
En noviembre de 1931 ingresó en la masonería. Fundó la logia «Amor» y fue su Gran Maestre. No era una excentricidad de vejez ni un gesto simbólico. Era la extensión lógica de un pensamiento que había sostenido durante cuarenta años: que la fraternidad universal no era una metáfora sino un programa, que el laicismo no era una postura anticlerical sino una condición para pensar con claridad, que las instituciones que excluían a las mujeres de sus debates eran instituciones que tenían miedo de sus propias conclusiones. La masonería fue también, aunque ella no pudiera saberlo, uno de los cargos que el régimen siguiente usaría para justificar la prohibición de sus libros.
Murió hablando. Es el final más coherente imaginable para alguien que entendió la palabra pública como el único instrumento que nadie podía confiscarle mientras estuviera viva. Y el régimen que llegó después demostró que tenía razón en esa intuición confiscándola en cuanto pudo: sus libros desaparecieron de bibliotecas y librerías, su nombre fue incluido en listas junto a Voltaire y Rousseau y Gorki, su memoria fue sometida a una operación de silencio que duró casi cuatro décadas. Se intentó reducirla a la anécdota de su relación con Ramón. Se intentó convertirla en la sombra de un escritor más célebre. Ninguna de las dos operaciones funcionó del todo, aunque las dos dejaron marca.
Lo que queda es esto: cerca de trescientos títulos, varios miles de artículos, un archivo de 1.311 documentos donado al Instituto Cervantes en 2022, una exposición en la Biblioteca Nacional en 2024, investigadoras que llevan décadas reconstruyendo lo que el franquismo intentó borrar, lectoras que la descubren y sienten que alguien les estaba hablando a ellas desde hace más de un siglo. Queda también la pregunta que ningún perfil puede responder: si España hubiera sabido qué hacer con ella entonces, ¿qué habría escrito todavía? La pregunta no tiene respuesta. Eso no la hace menos urgente.