Jean Michel Basquiat: EL NIÑO QUE PINTÓ LA RABIA DEL MUNDO EN LAS PAREDES DE NUEVA YORK

Jean-Michel Basquiat nació el 22 de diciembre de 1960 en Brooklyn, Nueva York, hijo de un contador haitiano y una madre puertorriqueña que le llevó a museos desde pequeño y que ingresó en una institución psiquiátrica cuando él tenía siete años. Esa fractura temprana —la belleza enseñada y la ausencia instalada— recorre toda su obra.

A los diecisiete años abandonó el hogar paterno y vivió en cartones en el parque Washington Square. Con un amigo comenzó a firmar grafitis por el bajo Manhattan bajo el seudónimo SAMO —acrónimo de same old shit— con frases cortas, críticas y poéticas que aparecían en edificios del SoHo y TriBeCa. Esas frases no eran vandalismo decorativo: eran literatura de pared, pensamiento comprimido, crítica racial en el único espacio que nadie le podía cerrar.

Portada re:life 32 de Charles Bukowski al estilo de Jean Michel Basquiat

A principios de los años ochenta la escena del arte neoyorquino descubrió que SAMO tenía cara y que esa cara tenía veinte años. Las galerías lo absorbieron con la velocidad con que el mercado del arte absorbe lo que teme perder si no lo compra. En 1982, con veintiún años, era uno de los pintores más cotizados de Nueva York. Conoció a Andy Warhol, con quien mantuvo una amistad y una colaboración que decían mucho de los dos: Warhol le dio acceso al mundo del arte establishment; Basquiat le devolvió energía y peligro.

Su estilo es inconfundible e inimitable aunque haya sido imitado miles de veces. Trabaja sobre lienzo, madera, puertas, neveras, cualquier superficie disponible. Usa acrílico, óleo, spray, crayón, collage de periódicos y revistas. Sus figuras son cuerpos negros con coronas, calaveras, anatomías diseccionadas con flechas que señalan órganos como en un manual médico. Las palabras están escritas directamente sobre la pintura —a veces tachadas, a veces repetidas— porque para Basquiat el texto no ilustra la imagen: compite con ella. Sus referencias van del jazz y el bebop a los héroes negros de la historia americana sistemáticamente borrados de los libros de texto, desde boxeadores hasta científicos, desde músicos hasta esclavos.

Murió el 12 de agosto de 1988 en su estudio del SoHo por sobredosis de heroína. Tenía veintisiete años. Su obra, que en vida llegó a venderse por cifras récord, alcanzó en 2017 los 110,5 millones de dólares en subasta —la mayor cantidad pagada hasta entonces por un artista americano. El niño que dormía en cartones en Washington Square terminó siendo el artista negro más caro de la historia del mercado del arte, lo cual es exactamente el tipo de ironía que él habría pintado con una X encima.

IMÁGENES

Charles Bukowski al estilo de Jean-Michel Basquiat
Charles Bukowski al estilo de Jean-Michel Basquiat
Charles Bukowski al estilo de Jean-Michel Basquiat
Charles Bukowski al estilo de Jean-Michel Basquiat
Charles Bukowski al estilo de Jean-Michel Basquiat
Juana I de Castilla, Juana la loca en una fotografía al estilo de Guy Bourdin
Juana I de Castilla, Juana la loca en una fotografía al estilo de Guy Bourdin
Juana I de Castilla, Juana la loca en una fotografía al estilo de Guy Bourdin
Portada re:life 32 de Charles Bukowski al estilo de Jean Michel Basquiat
Portada re:life 32 de Charles Bukowski al estilo de Robert Frank
Charles Bukowski al estilo de Jean-Michel Basquiat
Charles Bukowski al estilo de Jean-Michel Basquiat
Charles Bukowski al estilo de Jean-Michel Basquiat

Jean Michel Basquiat,
Dos malditos, una sola herida

Por qué Jean Michel Basquiat es el artista ideal para retratar a Charles Bukowski

La elección no es estética. Es estructural.

Basquiat y Bukowski comparten el mismo territorio aunque llegaron a él desde orillas opuestas. Los dos trabajaron desde los márgenes, con materiales que la cultura oficial consideraba de baja reputación —el grafiti de calle, la poesía de bar— y los convirtieron en obra que el establishment terminó absorbiendo sin poder explicar del todo por qué funcionaba. Los dos murieron jóvenes en términos creativos: Basquiat a los veintisiete, Bukowski con una carrera que no despegó hasta los cincuenta. Los dos construyeron una voz que parecía espontánea y era, en realidad, el resultado de una disciplina que ninguno de los dos tenía interés en exhibir.

Pero la razón más profunda es metodológica. Basquiat pintaba palabras encima de las imágenes porque para él el texto no ilustraba: competía, contradecía, completaba. Eso es exactamente lo que hace Bukowski con la realidad que describe: no la ilustra, no la embellece, no la explica. La pone encima de la página tal como llega, con sus tachones y sus repeticiones y sus frases que se cortan antes de donde uno esperaría. La gramática visual de Basquiat —palabras tachadas, anatomías señaladas con flechas, coronas sobre cabezas que nadie coronaría oficialmente— es la traducción pictórica más exacta disponible de lo que Bukowski hace con el lenguaje escrito.

Hay también una razón que tiene que ver con el cuerpo. Basquiat pintaba cuerpos negros diseccionados, señalados, marcados por un sistema que los procesaba como materia antes que como personas. Bukowski escribía sobre un cuerpo blanco y pobre sometido a un procesamiento diferente pero igualmente sistemático: el correo, el alcohol, el acné, la violencia recibida y ejercida. En los dos casos el cuerpo es el lugar donde el poder se inscribe primero y donde la resistencia, si existe, tiene que empezar. Esa coincidencia no es casual: es la marca de dos artistas que entendieron que hablar desde el cuerpo era la única forma de hablar desde la verdad.

Finalmente hay una razón que tiene que ver con la incomodidad. Basquiat incomoda al mercado del arte que lo compra porque su obra no deja de señalar la violencia racial que ese mercado preferiría no ver. Bukowski incomoda al lector que lo admira porque su obra no deja de señalar la violencia de género que ese lector preferiría leer como bohemia. Los dos son figuras que el sistema absorbió sin poder domesticar del todo. Ponerlos juntos en una portada no es un ejercicio de estilo: es un argumento sobre lo que significa hacer obra desde los márgenes y terminar en el centro sin haber pedido permiso para entrar.

Elementos que definen el lenguaje gráfico de Jean Michel Basquiat

La primera característica que define la obra de Basquiat es la presencia simultánea de texto e imagen sin jerarquía entre ellos. Las palabras no explican lo que se ve: compiten con ello, lo contradicen, lo amplifican o simplemente coexisten en el mismo plano visual con igual peso. Las palabras están escritas a mano, en mayúsculas irregulares, con una caligrafía que oscila entre el letrero de bar y el cuaderno escolar. Algunas están tachadas con una o varias líneas horizontales, lo que no las elimina sino que las subraya: la tachadura en Basquiat es una forma de énfasis, no de borrado. La palabra tachada es la palabra que más importa.

El segundo elemento es la figura humana como documento anatómico y político al mismo tiempo. Basquiat dibuja cuerpos —casi siempre cuerpos negros— con flechas que señalan órganos, músculos, huesos, como en un manual de medicina o en un informe forense. Esa disección no es científica: es una denuncia. El cuerpo negro en su obra es un cuerpo que el sistema ha examinado, clasificado, procesado y marcado antes de que el propio sujeto pudiera decir nada sobre él. Las coronas que aparecen sobre muchas de sus figuras funcionan por contraste exacto: la corona es el símbolo de la dignidad que el sistema niega, colocada sobre la cabeza que el sistema más ignora.

El tercer elemento es el color como campo, no como matiz. Basquiat usa el rojo, el azul cobalto, el amarillo ocre y el negro sobre blanco roto como territorios planos que se yuxtaponen sin mezcla ni degradado. No hay claroscuro, no hay perspectiva atmosférica, no hay profundidad ilusionista. Los colores son declaraciones, no descripciones. El rojo no sugiere calor: afirma urgencia. El negro no crea sombra: traza límite. Esta planitud cromática conecta su obra con la tradición del cartel político y con la señalética urbana más que con la pintura académica europea que supuestamente debería haber aprendido.

El cuarto elemento es la textura estratificada. Bajo la pintura hay siempre otras capas: páginas de periódico, fragmentos de revista, papel de embalaje, madera sin lijar. Esas capas no son solo soporte: son contexto histórico visible. La obra de Basquiat literalmente está construida sobre los medios de comunicación que ignoraron o deformaron la realidad que él pintaba. Pintar encima del periódico es una forma de corrección.

El quinto elemento es la pintura que gotea. Los chorreos de pintura en Basquiat no son accidentes ni descuidos: son parte del vocabulario. El goteo dice que la imagen todavía está viva, que no ha terminado de fijarse, que el proceso no está cerrado. Es también una marca de velocidad: la velocidad con que trabajaba, la urgencia con que producía, la negativa a dejar que la obra se enfriara en algo demasiado terminado y por tanto demasiado domesticado.

El sexto elemento es el bestiario recurrente. Perros, pájaros, toros, calaveras aparecen en su obra con la regularidad de los símbolos heráldicos, aunque su función no es decorativa sino semántica. El cuervo, el perro callejero, el toro de corrida son figuras de resistencia y de peligro que Basquiat toma de la cultura popular afroamericana, del vudú haitiano heredado de su padre, del imaginario callejero neoyorquino. Estos animales no ilustran: significan.

El séptimo elemento es la referencia histórica como acto de recuperación. Basquiat pintaba repetidamente a figuras negras que la historia oficial había ignorado: músicos de jazz, boxeadores, científicos, atletas. No como homenaje nostálgico sino como corrección activa del canon. Su obra funciona como un archivo paralelo de la cultura americana, construido desde los nombres que los libros de texto dejaron fuera. En ese sentido cada cuadro suyo es también un argumento sobre quién tiene derecho a ser recordado y quién decide ese derecho.

Todos estos elementos juntos producen un lenguaje visual que es simultáneamente primitivo y sofisticado, urgente y calculado, personal y político. Un lenguaje que parece improvisado porque ha eliminado todo lo que no es necesario, no porque no sepa lo que eliminó.

Charles Bukowski al estilo de Jean-Michel Basquiat