La mujer que España prohibió dos veces
Colombine
Carmen de Burgos «Colombine» murió el 8 de octubre de 1932 a mitad de una frase, en un mitin de Madrid, hablando de educación sexual ante una sala llena. Tenía sesenta y cuatro años, había publicado cerca de trescientos títulos, había cubierto una guerra en el norte de África, había organizado la primera acción sufragista colectiva en España y había fundado una logia masónica. Siete años después, una orden oficial prohibió todos sus libros y situó su nombre en una lista entre Voltaire y Rousseau. Durante casi cuatro décadas, España fingió que no había existido.
Esta entrevista ocurre en los lugares y en los momentos en que su vida fue más ella misma: la imprenta de Almería donde aprendió el oficio con los dedos manchados de tinta, la redacción de Madrid donde aceptó una máscara para poder decir la verdad, el frente de Melilla donde fue la primera corresponsal de guerra española, el apartamento donde perdonó lo imperdonable, el estrado desde el que cayó sin terminar la frase. Y más allá de su muerte: en el territorio de lo que no llegó a ver y que sin embargo había previsto con una claridad que todavía incomoda.
Colombine no necesita rehabilitación. Necesita lectores. Esta entrevista es un intento de dárselos: de devolver la voz a una mujer que nunca la perdió del todo pero a la que durante demasiado tiempo se le negó el eco.
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“Quien controla las palabras controla lo que es posible pensar. Por eso no dejé de escribir ni un solo día”
Carmen de Burgos «Colombine« no fue una precursora. Fue una contemporánea que pensó sobre problemas que siguen siendo actuales y que tuvo la claridad y la terquedad suficientes para decirlo en voz alta cuando decirlo en voz alta tenía un coste real. En 1903 era la única mujer en una redacción de hombres. En 1904 organizaba la primera encuesta pública sobre el divorcio en España. En 1909 estaba en el frente de Melilla contando lo que nadie más contaba. No lo hizo porque fuera excepcional, aunque lo era. Lo hizo porque entendió antes que casi nadie que el periodismo es el único oficio que puede convertir lo privado en político sin pedirle permiso a nadie.
Esta entrevista la hacen cinco periodistas fallecidos que no se pusieron de acuerdo en casi nada durante el debate previo y que llegaron a un acuerdo en lo único que importaba: que Colombine merecía las preguntas más difíciles, no las más amables. Manuel Chaves Nogales, Oriana Fallaci, Tom Wolfe, Nellie Bly y Agustí Calvet «Gaziel« construyeron juntos un método que rechaza la hagiografía, exige la contradicción y no resuelve lo que no tiene resolución. Las preguntas las hace el escriba. Las respuestas son suyas. Lo que queda entre las dos es el espacio donde Colombine sigue siendo incómoda, que es el único lugar donde siempre fue completamente ella misma.
La entrevista ocurre en siete momentos distintos, cada uno con su lugar y su año, porque Colombine no fue la misma persona en Almería en 1883 que en Melilla en 1909 o en Madrid en 1932. Termina más allá de su muerte: con preguntas sobre lo que ocurrió después, sobre la España que la prohibió y la que la recuperó a medias, sobre el periodismo de hoy y el feminismo que ella no llegó a ver pero que en cierta manera fundó. Al final, las once preguntas universales que re:life hace a todos sus entrevistados sin excepción: las mismas para ella que para cualquier otro ser humano que haya vivido con suficiente intensidad como para merecer que alguien le pregunte cómo lo hizo.
I. Almería / La imprenta de su suegro / 1883–1895
La niña que aprendió a escribir
componiendo palabras de otros
Tinta en
los dedos
La entrevista comienza en una imprenta pequeña y ruidosa de Almería. Huele a tinta y a papel húmedo. Carmen tiene poco más de veinte años y está de pie junto a una caja de tipos, con las manos manchadas. No mira a la cámara. Mira los caracteres de plomo como si estuviera leyendo algo que todavía no existe.
La imprenta de su suegro fue el lugar más paradójico de su vida: el espacio de la humillación que se convirtió en el origen del oficio. Entrevistarla aquí, antes de que sea Colombine, permite ver el mecanismo antes de que se active. Es el único momento en que todavía no ha decidido nada y ya lo ha decidido todo.
¿Cuándo supiste que ibas a irte?
Antes de saberlo. Hay cosas que el cuerpo decide antes de que la cabeza las nombre. Yo seguía allí, componiendo tipos, criando a mi hija, aguantando. Pero en algún momento dejé de pensar en ese lugar como mi vida y empecé a pensarlo como un paréntesis. No sé cuándo ocurrió exactamente. Sé que cuando ocurrió ya era irreversible.
¿Qué aprendiste en la imprenta que no habrías aprendido en ningún otro lugar?
Que el lenguaje tiene peso físico. Que una frase no es solo lo que dice sino cómo ocupa el espacio. Y que quien controla los tipos controla lo que se lee. Eso no lo enseña ninguna escuela.
Tres hijos muertos antes de cumplir el año. Vinculaste esas muertes a la situación del matrimonio. ¿Qué quisiste decir exactamente con eso?
Que un cuerpo de mujer no es independiente de las condiciones en que vive ese cuerpo. La medicina de mi época no lo decía así. Pero yo lo sabía. Lo sabía de una manera que no tenía palabras entonces y que tampoco las tiene ahora del todo.
¿Fue el magisterio una vocación o una fuga?
Las dos cosas. Y no me avergüenza ninguna de las dos. La vocación sin la necesidad habría sido un lujo que no me podía permitir. La necesidad sin la vocación habría sido una condena diferente. Las dos juntas fueron lo único que funcionó.
Cuando te fuiste de Almería con tu hija, ¿qué dejaste atrás que no fuera una persona ni un lugar?
La versión de mí misma que habría sido si me hubiera quedado. Esa mujer que no fui es lo único que dejé atrás con algo parecido al duelo.
Te casaste a los dieciséis años contra la voluntad de tu padre. ¿Qué sabías entonces que no supiste ver?
Sabía que quería salir. No supe ver que había salidas mejores que aquella. A los dieciséis años el matrimonio parecía la única puerta. Nadie te dice que las puertas se pueden construir.
¿Hubo alguien que te ayudó en esos años y que nunca mencionaste públicamente?
Sí. Varias mujeres. Mujeres sin nombre en la historia que me guardaron secretos, me prestaron dinero, me cuidaron a mi hija cuando yo no podía. El anonimato de esas mujeres no es un accidente. Es la estructura misma del mundo en que vivíamos.
La violencia de tu marido no la describiste en detalle nunca. ¿Fue una decisión o una forma de protección?
Fue una decisión. Describir la violencia en detalle le da al violento más espacio del que merece. Lo que escribí sobre el matrimonio, sobre el Código Civil, sobre el artículo 438 que eximía al marido que mataba a su mujer en defensa del honor, eso era la descripción. Solo que traducida al único lenguaje que podía cambiar algo.
¿Qué le debes a Almería y qué no le perdonas?
Le debo el paisaje. Ese valle con minas frente a la costa africana me enseñó que el mundo es más grande de lo que cualquier provincia quiere admitir. No le perdono la estrechez. La forma en que una ciudad pequeña puede convencerte de que no hay más.
¿Cuándo dejaste de tener miedo?
No dejé. Aprendí a escribir con miedo. Son cosas distintas.
«Aprendí a leer de verdad cuando aprendí a componer. Cuando tienes que poner las letras una a una, entiendes que cada palabra es una decisión.»
- Carmen de Burgos "Colombine"
II. Madrid / Redacción del Diario Universal / Enero de 1903
El día en que una arlequina
empezó a hablar de libertad
La máscara
útil
Una redacción de periódico en Madrid, enero de 1903. Carmen de Burgos está sentada ante un escritorio cubierto de papeles, con una pluma en la mano y el primer número del Diario Universal recién impreso sobre la mesa. Alrededor, el ruido sordo de una redacción de hombres que no esperaban que ella estuviera allí.
Es el instante en que Carmen de Burgos y Colombine coexisten por primera vez en el mismo cuerpo. La tensión entre la mujer que es y el personaje que acaba de aceptar ser define todo lo que vendrá después. Es el momento más estratégico de su vida y también el más íntimo.
Suárez de Figueroa te puso el nombre de una arlequina italiana. ¿Qué sentiste exactamente cuando lo oíste?
Alivio, primero. Rabia, después. Y luego algo más frío: la comprensión de que esa máscara podía servirme. No todo tiene que sentirse bien para ser útil.
¿Cuándo decidiste que desde esa columna ibas a hablar de divorcio y de sufragio? ¿Fue un plan desde el primer día o fue ocurriendo?
Fue ocurriendo con la velocidad de lo que ya estaba pensado. El primer artículo hablaba de moda. El décimo ya hablaba de educación. A los cuatro meses hablaba de divorcio. No hubo una decisión única. Hubo una dirección constante.
Escribías para las mujeres pero estabas cambiando lo que pensaban los hombres. ¿Lo sabías?
Lo intuía. Y era parte del plan. Una columna dirigida a las mujeres que los hombres leían por encima del hombro de sus esposas tenía dos audiencias simultáneas. A las mujeres les decía que tenían razón en querer más. A los hombres les mostraba que sus mujeres estaban pensando. Eso solo, sin ningún argumento añadido, ya era subversivo.
¿Hubo algún día en que la máscara de Colombine te pesara más que te protegiera?
Muchos. Los días en que quería firmar con mi nombre completo algo que importaba y no podía. Los días en que el personaje tenía que ser coherente con lo que la persona sentía de otra manera. Pero nunca llegué a querer quitármela del todo. La necesitaba demasiado.
El doble código es una táctica de quien no tiene poder directo. ¿Lo viviste como limitación o como ventaja?
Como las dos cosas en momentos distintos. Como limitación cuando la máscara me impedía ir más lejos. Como ventaja cuando me permitía llegar donde sin ella me habrían parado. Con el tiempo aprendí que la limitación y la ventaja eran la misma cosa vista desde ángulos distintos.
¿Qué no pudiste escribir nunca desde esa columna que habrías querido escribir?
La rabia pura. Sin traducción, sin táctica, sin el filtro de lo que podía publicarse. Escribí sobre la violencia del matrimonio, sobre la injusticia del Código Civil, sobre los hijos de los pobres que morían en las guerras de los ricos. Pero siempre con una capa de distancia que hacía el texto publicable. La rabia directa, sin mediación, esa nunca la publiqué.
Madrid en 1901 era una ciudad que no te esperaba. ¿Cómo te hiciste un lugar en ella?
Escribiendo. Y antes de escribir, escuchando. Y antes de escuchar, mirando. Madrid en 1901 era una ciudad llena de conversaciones a las que las mujeres no estaban invitadas. Yo me invité sola. Primero en los márgenes. Luego en el centro.
¿Hubo un momento en que Colombine dejó de ser una máscara y se convirtió en ti?
Sí. No sé cuándo exactamente. Hay un punto en que el nombre que te pusieron para contenerte empieza a ser el nombre con el que piensas. Cuando eso ocurre ya no hay máscara. Solo hay persona.
¿Cuánto calculabas y cuánto improvisabas?
Calculaba la dirección. Improvisaba el camino. La meta siempre fue la misma. La ruta cambió cada vez que fue necesario.
Los editores que te contrataron creían que estaban comprando algo y les diste otra cosa. ¿Tuviste que negociarlo o simplemente lo fuiste haciendo?
Lo fui haciendo. La negociación explícita habría sido una derrota. Si pedía permiso para hablar de divorcio me lo habrían negado. Si hablaba de divorcio ya no había nada que negar.
¿Cuál fue el artículo que más te costó publicar y por qué?
El que escribí sobre los hijos muertos. No el mío. Los de todas. El que hablaba de la mortalidad infantil como consecuencia de las condiciones materiales del matrimonio. Ese me costó porque era el más personal y tuve que escribirlo como si no lo fuera.
¿Cuál fue el artículo del que más te arrepentiste?
Hubo uno, en los primeros años, en que fui demasiado condescendiente con una posición que no merecía condescendencia. Lo escribí pensando en no perder lectoras. Fue un error de cálculo y también un error moral. No lo repetiría.
¿Qué periodista de tu época admirabas sin decirlo en voz alta?
A Emilia Pardo Bazán. Que no lo dijera en voz alta no era falta de admiración. Era que nuestras diferencias eran también reales y no quería que la admiración las borrara. Se puede admirar a alguien y no estar de acuerdo con ella en casi nada.
«Colombine no fue una concesión. Fue una trinchera. Desde detrás de ese nombre pude decir cosas que Carmen de Burgos no habría podido decir sin que la callaran antes de terminar la frase.»
- Carmen de Burgos "Colombine"
III. Madrid / La encuesta del divorcio / 1904
Mil cuatrocientas sesenta y dos voces
contra el silencio obligatorio
El escándalo
necesario
Una mesa de redacción cubierta de cartas. Cientos de sobres abiertos, manuscritos doblados, respuestas de toda España apiladas en montones por criterio. Carmen de Burgos está de pie entre esa avalancha de papel, con una carta abierta en la mano, leyéndola. La expresión no es de triunfo. Es de concentración.
La encuesta del divorcio de 1904 fue la operación periodística más audaz de su vida y la primera acción de opinión pública feminista organizada en la prensa española. Entrevistarla aquí permite entender cómo convirtió el periodismo en instrumento político antes de que existiera el vocabulario para describirlo.
La encuesta del divorcio fue la primera operación de opinión pública feminista en la prensa española. ¿Lo sabías en ese momento o solo lo sabes ahora?
Lo sabía. No con esas palabras, que son de ahora. Pero sabía que estaba haciendo algo que no se había hecho antes y que podía cambiar lo que era posible decir en público. Eso lo sabía con toda claridad.
Te llamaron «la divorciadora» para herirte. ¿Te hirió?
El primer día, sí. Después fue útil. Un apodo que tus enemigos te ponen para insultarte y que tú conviertes en posición es una victoria pequeña pero real. Me quedé con él.
Necesitaste el divorcio y no lo tuviste. ¿Eso hizo la campaña más urgente o más difícil de sostener sin que pareciera personal?
Más urgente, sin duda. Y sí, era personal. Siempre fue personal. Pero personal no significa arbitrario ni subjetivo. Lo personal y lo político no son categorías separadas. Nunca lo fueron.
1.462 a favor, 320 en contra. ¿Qué hiciste con los 320?
Los leí. Todos. Necesitaba entender qué defendían exactamente. No para rebatirlos en ese momento, sino para saber dónde estaba el núcleo real de la resistencia. El miedo al desorden, en su mayor parte. La convicción de que el matrimonio era el único dique contra el caos. Lo entendí. No lo compartí.
¿Hubo un momento en que pensaste que la campaña podía costarte el trabajo y seguiste de todas formas?
Varios momentos. Y seguí. No porque no me importara el trabajo. Me importaba enormemente: era mi independencia económica, era la independencia de mi hija. Pero había cosas que no podía no decir. El silencio también tiene un coste.
La ley del divorcio llegó en 1932, veintiocho años después de tu encuesta. ¿Demasiado tarde, a tiempo o antes de lo que esperabas?
A tiempo para mí, que lo vi. Demasiado tarde para todas las que lo necesitaron en esos veintiocho años y no lo tuvieron. Esas mujeres no tienen nombre en ninguna historia.
¿Qué te sorprendió más de las respuestas que recibiste: las favorables o las contrarias?
Las favorables. No porque no las esperara, sino por su tono. Muchas no argumentaban. Solo decían: necesito esto. Esa desnudez me sorprendió. Y me confirmó que estábamos hablando de algo urgente, no de una discusión teórica.
La Iglesia te atacó. ¿Lo esperabas o te sorprendió la virulencia?
Lo esperaba. La virulencia, también. Una institución que funda su poder en la indisolubilidad del matrimonio no puede responder con moderación cuando alguien la cuestiona públicamente. La violencia de la reacción fue la medida de cuánto les importaba.
¿Hubo mujeres que te criticaron por la campaña? ¿Cómo lo llevaste?
Sí. Mujeres que creían que la institución del matrimonio las protegía y que yo estaba socavando esa protección. Lo llevé con dificultad. Es más fácil soportar la crítica de quien no comparte tus intereses que la de quien los comparte y no lo sabe.
¿Convertirte en símbolo de una causa te dio poder o te lo quitó?
Las dos cosas simultáneamente. El símbolo tiene más alcance que la persona. Y el símbolo es más difícil de silenciar. Pero el símbolo también simplifica. Y yo era más compleja que la campaña del divorcio, aunque la campaña del divorcio fuera importante.
¿Qué habrías hecho diferente en esa campaña si pudieras repetirla?
Habría recogido los nombres de las mujeres que respondieron. Las que escribieron a favor y las que escribieron en contra. Todas merecían aparecer. La historia de esa campaña debería ser también la historia de sus voces.
Una encuesta en un periódico como herramienta política. ¿De dónde sacaste esa idea?
De la lógica misma del periodismo. Si el periódico es un espacio público, la opinión pública debería poder hablar en él. No solo los intelectuales, no solo los políticos. Todos. La encuesta fue la forma más directa que encontré de hacer eso.
¿Qué aprendiste sobre la opinión pública en ese proceso que no sabías antes?
Que existe. Que no es una abstracción. Que hay miles de personas con opiniones formadas sobre cosas que nadie les pregunta nunca. Y que cuando se les pregunta, responden. Eso debería ser evidente. En 1904 no lo era.
«No me llamaron divorciadora para insultarme. Me llamaron divorciadora porque no encontraron una palabra más precisa para decir que tenía razón.»
- Carmen de Burgos "Colombine"
IV. Melilla / El frente del Rif / Agosto de 1909
Una mujer sola entre fusiles
que nadie había pedido
Guerra a
la guerra
Un campamento militar en las afueras de Melilla, agosto de 1909. Hay polvo, calor y el sonido lejano de algo que no debería oírse. Carmen de Burgos está de pie al límite del campamento, con un cuaderno en la mano y el abrigo de viaje cubierto de polvo. Detrás de ella, los contornos borrosos de tiendas militares. Delante, el campo abierto hacia el norte de África.
Melilla en 1909 es el momento en que el periodismo de Colombine se vuelve físico e irreversible. No escribe sobre la guerra desde una redacción: va al frente, ve los cuerpos, habla con los soldados que van a morir. Ese acto define su ética periodística mejor que cualquier artículo.
¿Qué viste en Melilla que no esperabas ver?
La normalidad. Los soldados comiendo, durmiendo, jugando a cartas entre un bombardeo y otro. La guerra no es solo el momento del horror. Es también la espera. Y en la espera la gente sigue siendo gente, con toda la complejidad que eso implica. Eso no lo esperaba.
Tus crónicas no hablaban de estrategia. Hablaban de cuerpos y de madres. ¿Fue una decisión editorial o fue lo único que pudiste escribir después de haberlo visto?
Fue lo único que podía escribir con honestidad. La estrategia la podía contar cualquiera que leyera los telegramas oficiales. Los cuerpos solo los podía contar quien los había visto. Elegí lo que solo yo podía dar.
Escribiste «¡Guerra a la guerra!» Te llamaron traidora. ¿A qué estabas siendo leal cuando escribiste eso?
A los soldados que morían. A sus madres. A la verdad de lo que vi. Ser leal a un ejército o a una idea abstracta de nación era más fácil y menos honesto. Preferí la otra lealtad.
¿Tuviste miedo en Melilla?
Sí. Un miedo concreto y físico que no se parece a ningún otro tipo de miedo. Y también otro miedo más persistente: el de no estar a la altura de lo que veía. El de no tener las palabras suficientes.
Los soldados que morían eran pobres. Los que se libraban pagaban. ¿Cómo se escribe sobre eso sin que la rabia destruya el texto?
No destruye el texto si la rabia está bien colocada. La rabia en los hechos, no en los adjetivos. Si describes con precisión quién muere y quién no muere y por qué, la rabia la pone el lector. Y es más poderosa así.
¿Qué no publicaste de lo que viste?
Lo peor. Hay imágenes que vi que no puse en ningún artículo porque sabía que no servirían de nada excepto para el horror por sí mismo. El periodismo no es el inventario de la barbarie. Es la selección de lo que puede cambiar algo.
¿Cómo te trataron los militares cuando llegaste al frente?
Con una mezcla de perplejidad y cortesía forzada. No sabían qué hacer conmigo. No había protocolo para una mujer corresponsal porque no habían previsto que pudiera existir. Esa perplejidad me dio cierta libertad de movimiento. Nadie vigilaba lo que no sabía que debía vigilar.
¿Hubo algún momento en que pensaste que habías ido demasiado lejos y que debías volverte?
No. Hubo momentos de miedo. Pero irme habría sido peor que el miedo.
El Heraldo de Madrid te acreditó. ¿Tuviste que convencer a alguien antes de que te dejaran ir?
Convencer es la palabra correcta. No fue una decisión natural para ellos. Fue una negociación en la que tuve que argumentar que podía hacerlo, que lo haría bien y que sería distinto de lo que ya tenían. Las tres cosas eran verdad.
¿Hablaste con los soldados? ¿Qué te dijeron que no aparece en ninguna crónica?
Me dijeron que no sabían por qué estaban allí. Con esas palabras exactas. No lo decían como protesta política. Lo decían como una constatación honesta. Eso no lo publiqué porque en 1909 publicarlo habría sido inútil y peligroso para ellos.
¿Qué diferencia había entre lo que publicaban los corresponsales hombres y lo que publicabas tú?
Ellos publicaban la guerra. Yo publicaba lo que le pasaba a la gente dentro de la guerra. No es una diferencia de género. Es una diferencia de enfoque. Pero en ese momento el enfoque y el género iban juntos.
¿Cambió Melilla tu manera de entender el periodismo?
Me confirmó algo que ya intuía: que el periodismo que importa es el que va donde los demás no van o no quieren ir. No por heroísmo. Por necesidad de verdad.
Cinco años después cubriste el inicio de la Primera Guerra Mundial. ¿Melilla te había preparado para eso?
Melilla me había enseñado que la guerra es siempre la misma guerra con distinto nombre. Los que mandan no mueren. Los que mueren no mandaron nada.
¿Qué le dirías hoy a un periodista que va a cubrir una guerra por primera vez?
Que mire lo que nadie está mirando. Que el protagonismo de una guerra no está donde todos apuntan sus cámaras.
«Fui a Melilla porque alguien tenía que contar lo que pasaba de verdad. Y porque si no iba yo, no iba nadie que lo fuera a contar de esa manera.»
- Carmen de Burgos "Colombine"
V. Madrid / La traición / 1929
Lo que se rompe cuando
te traiciona quien más quieres
El perdón que
nadie entiende
Un apartamento de Madrid, 1929. Carmen de Burgos está sentada en una silla junto a una ventana. No hay papeles sobre la mesa. No hay nada. La luz de la tarde entra lateral y dura. Tiene sesenta y dos años y el gesto de alguien que ha tomado una decisión que no le ha pedido consejo a nadie.
La traición de Ramón Gómez de la Serna con María Dolores es el momento más íntimo y más resistente a la interpretación de toda su vida. No lo escribió. No lo explicó. Lo atravesó. Entrevistarla aquí exige el máximo respeto y la máxima precisión: es donde la figura pública desaparece y queda solo la persona.
¿Cuándo lo supiste?
Antes de saberlo del todo. Hay una forma de saber que no quiere acabar de saber. Estuve en ese lugar más tiempo del que me habría gustado.
¿Qué es exactamente lo que se rompe cuando quien te traiciona es también tu hija?
La posibilidad de separar los daños. Con Ramón podía estar furiosa de una manera. Con mi hija, la furia no tenía dónde ir sin hacerme daño a mí misma. Porque ella seguía siendo mi hija. Eso no cambia.
Perdonaste a los dos. ¿Fue generosidad, agotamiento o algo que no tiene nombre?
Algo que no tiene nombre. No fue generosidad, que implica un excedente que yo no tenía. No fue agotamiento, que implica rendición. Fue una decisión fría y completamente consciente de que era lo único que podía hacer sin destruirme.
Nunca escribiste sobre ello. ¿Por qué?
Porque algunas cosas no son materiales periodísticos. Y porque escribir sobre ello habría sido convertirlo en argumento, y yo no quería que fuera un argumento. Quería que fuera lo que era: una cosa que me pasó y que atravesé.
¿Hubo un momento en que no perdonaste y luego cambiaste de opinión, o fue inmediato?
No fue inmediato. Hubo meses en que no perdoné. En que no quería perdonar. El perdón llegó cuando entendí que no perdonar me costaba más a mí que a ellos.
¿Qué le dijiste a tu hija cuando volvió enferma y sin dinero?
Que se quedara. No hubo más palabras necesarias en ese momento.
¿Qué le dijiste a Ramón la última vez que hablaste con él?
Nada que merezca repetirse aquí.
Veinte años juntos. ¿Qué quedó de eso después de 1929?
La obra. Lo que escribimos. Lo que construimos juntos intelectualmente. Eso no lo borró nadie. Las personas se van de maneras que no elegimos. Lo que hicieron mientras estaban, eso se queda.
¿Hubo alguien que te pidió que no perdonaras?
Varias personas. Con distintas razones, todas comprensibles. No les hice caso. El perdón es una decisión completamente privada que no admite asesoramiento externo.
¿Lo que hizo Ramón cambió lo que pensabas de su obra?
No. La obra es la obra. Las personas son las personas. Confundirlos es un error que cometemos con demasiada frecuencia.
¿Volviste a confiar en alguien después de eso?
En mi trabajo, siempre. En las personas, con más cuidado. No es lo mismo la desconfianza que la cautela.
¿Qué habrías hecho si hubiera sido solo Ramón y no tu hija?
Una pregunta que no tiene respuesta honesta. Las condiciones de lo que ocurrió son parte de lo que ocurrió. No se puede separar.
Hay quien dice que perdonarlos fue tu decisión más valiente. Hay quien dice que fue tu mayor error. ¿Qué dices tú?
Que fue mi decisión. Eso es suficiente.
«No perdoné porque fuera buena persona. Perdoné porque era la única manera de seguir siendo yo misma.»
- Carmen de Burgos "Colombine"
VI. Madrid / La logia y el mitin / 1931–1932
Una República recién nacida
y una mujer que no llegó a verla crecer
Murió
hablando
El Círculo Radical Socialista de Madrid, 8 de octubre de 1932. Carmen de Burgos está de pie ante un estrado, con sesenta y cuatro años, hablando. La sala está llena. Hay luz eléctrica y humo de tabaco. Es la última imagen que existe de ella en activo. No lo sabe.
Es el momento más cargado de toda su vida porque contiene la coherencia total: murió haciendo exactamente lo que había hecho durante treinta años. Entrevistarla aquí, en ese último momento, permite hablar de la República, de la masonería, de lo que vio venir y de lo que no llegó a ver.
Entraste en la masonería a los sesenta y cuatro años. ¿Por qué entonces y no antes?
Porque antes no había encontrado la estructura adecuada para lo que ya pensaba. La masonería no me dio ideas nuevas. Me dio un espacio donde las ideas que ya tenía podían organizarse de otra manera. Y me dio la posibilidad de construir ese espacio para otras mujeres.
La República llegó. El voto llegó. El divorcio llegó. ¿Fue suficiente?
Para mí, sí. Para la historia, no. Una república tiene que consolidarse. Y esta no tuvo tiempo. Lo que llegó era el principio de algo, no el final. El error fue creer que había llegado la meta cuando solo habíamos llegado a la salida.
¿Hubo algo que la República hizo mal desde el principio y que viste y no supiste cómo decir?
La velocidad. Quisieron hacer en meses lo que necesitaba años. Y la prisa crea enemigos que la paciencia habría dejado neutrales. Lo vi. Lo dije en algunos artículos. No con suficiente fuerza.
El 8 de octubre de 1932 caíste en mitad de una frase. ¿Qué estabas diciendo?
Hablaba de educación sexual. De la necesidad de que las mujeres tuvieran acceso a información sobre sus propios cuerpos. Una frase completamente normal para mí. Completamente necesaria todavía.
Si hubieras sabido que era el último día, ¿habrías ido al mitin de todas formas?
Sí.
La logia que fundaste se llamaba «Amor». ¿Por qué ese nombre?
Porque era la única palabra lo suficientemente grande para contener lo que pretendíamos hacer. No amor sentimental. Amor como programa: fraternidad, solidaridad, la convicción de que los seres humanos se deben algo unos a otros que no depende de ninguna ley.
¿Qué esperabas de la República que la República no pudo darte?
Tiempo. Solo tiempo.
¿Tenías miedo de lo que se estaba gestando en Europa en esos años?
Sí. Había visto demasiado para no tenerlo. Italia, Alemania. El fascismo no era una abstracción para quien había cubierto guerras y conocía cómo funciona el lenguaje del odio cuando se vuelve oficial.
¿Qué habrías escrito si hubieras tenido diez años más?
Sobre la República. Sobre lo que pudo ser. Sobre las mujeres que participaron en ella y que la historia va a olvidar igual que me olvidó a mí.
¿Hubo algo que dejaste sin hacer y que sabías que debías haber hecho?
Enseñar más. Escribí mucho. Debí enseñar más directamente. Pasar más tiempo con las mujeres jóvenes que querían hacer lo que yo hacía y que necesitaban alguien que les mostrara cómo.
¿Con quién habrías querido tener una última conversación?
Con mi hija. Sin el peso de todo lo demás. Solo una conversación normal entre dos mujeres que se conocen demasiado bien.
Los últimos meses de tu vida fueron los primeros de la República. ¿Cómo se vive en ese cruce?
Con una mezcla de esperanza y agotamiento que no había sentido antes. La esperanza de ver llegar lo que habías pedido durante treinta años. El agotamiento de saber que el trabajo no había terminado. Que nunca termina.
¿Qué le pedirías a esa España que acababa de nacer si pudieras hablarle ahora?
Que tuviera más paciencia con ella misma. Que los cambios que tardan en llegar duran más que los que llegan de golpe.
«Si supiera que era el último día, haría exactamente lo mismo. Esa es la única respuesta honesta que tengo.»
- Carmen de Burgos "Colombine"
VII. Post mortem
Lo que quedó cuando intentaron
que no quedara nada
La novena
en la lista
No hay lugar físico. La entrevistada sabe todo lo que ocurrió después de su muerte. Sabe la prohibición, el silencio, la recuperación parcial, la España de hoy. Responde desde ese conocimiento completo con la misma precisión y la misma temperatura con que respondió siempre.
El post mortem es el único momento en que Carmen de Burgos puede ver su propia historia desde fuera. Sabe lo que no pudo saber en vida. Esa asimetría produce las respuestas más reveladoras de toda la entrevista.
Sobre la prohibición y el silencio
Tus libros fueron prohibidos en septiembre de 1939. Figurabas en la lista entre Voltaire y Rousseau. ¿Qué piensas de esa compañía?
Que me honra más que cualquier premio. Y que dice más sobre quienes hicieron la lista que sobre cualquiera de los que estábamos en ella.
Durante casi cuarenta años tu nombre desapareció de las bibliotecas españolas. ¿Qué le hace eso a una obra?
La vuelve clandestina. Y lo clandestino tiene una forma de sobrevivir que lo oficial no tiene. Mis libros desaparecieron de las estanterías públicas. No desaparecieron de las casas de las personas que ya los tenían. Eso es lo que no calcularon.
Intentaron reducirte a la anécdota de tu relación con Ramón. ¿Lo consiguieron?
Durante un tiempo, sí. Eso es lo que más me indigna de lo que hicieron. No la prohibición, que era esperable. La reducción. Convertir treinta años de trabajo en una nota a pie de página de la biografía de otro.
¿Qué es peor: que quemen tus libros o que finjan que nunca existieron?
Que finjan que nunca existieron. Los libros quemados dejan cenizas que son una prueba. Los libros fingidos inexistentes no dejan nada. La segunda es la censura más eficaz porque borra también el rastro del borrado.
¿Qué sintieron tus lectoras cuando tus libros desaparecieron de las librerías?
Algunas lo entendieron como lo que era: una señal de lo que venía para ellas también. Otras lo vivieron como una pérdida personal. Las dos tenían razón.
El franquismo te prohibió entre otras cosas por masona. ¿Cambiarías algo de lo que hiciste si supieras las consecuencias?
No. Las consecuencias eran el precio de la coherencia. Pagar ese precio no era una elección. Era la definición misma de lo que había decidido ser.
¿Qué libro tuyo crees que habrían debido leer quienes te prohibieron?
La mujer moderna y sus derechos. No para convencerlos, que era imposible. Para que quedara constancia de que lo que prohibían era un argumento y no un insulto.
Sobre la recuperación
La recuperación de tu figura empezó a finales del siglo XX y todavía no ha terminado. ¿Qué falta?
Que se lea. No que se estudie, no que se exponga, no que se nombre en discursos. Que se lea. Que alguien abra mis libros y encuentre en ellos algo que le sirva para hoy. Ese es el único rescate que importa.
En 2024 la Biblioteca Nacional de España te dedicó una exposición. ¿Demasiado tarde, a tiempo o mejor que nunca?
Mejor que nunca. No digo a tiempo porque a tiempo era cuando todavía estaban vivas las mujeres que me leyeron y me necesitaron. Pero mejor que nunca, sí, completamente.
¿Qué te parece que sea una investigadora quien haya dedicado su vida entera a recuperar tu obra?
Me parece el tipo de solidaridad más sostenida y más costosa que existe. No el gesto, sino la carrera. Décadas de trabajo sobre alguien a quien el sistema académico consideró secundaria. Eso requiere una convicción que no todo el mundo tiene.
¿Qué han entendido bien de ti los que te han recuperado y qué han entendido mal?
Han entendido bien la dimensión política. Han entendido peor la dimensión literaria. Sigo siendo estudiada más como activista que como escritora. Y era las dos cosas con la misma intensidad.
¿Te reconoces en el retrato que hace de ti la historia del feminismo español?
Parcialmente. El retrato tiende a hacer de mí una precursora, que es una categoría cómoda porque coloca a la persona en el pasado y la vuelve inofensiva. Yo no era una precursora. Era una contemporánea que pensaba sobre problemas que siguen siendo actuales.
¿Hay algo de tu obra que preferirías que no se hubiera rescatado?
Los manuales de cocina y etiqueta. No porque no los defienda, que los defiendo: eran también una táctica. Sino porque cuando se rescatan sin ese contexto, confirman exactamente el estereotipo que yo intentaba subvertir.
Sobre el periodismo actual
Pasaste treinta años luchando por que el periodismo fuera un oficio con dignidad propia. Hoy hay países donde los periodistas son asesinados por hacer su trabajo. ¿Qué ha fallado?
El poder nunca aceptó del todo que el periodismo tuviera el derecho de existir independientemente de él. Lo toleró cuando no pudo suprimirlo. Cuando puede suprimirlo, lo suprime. Lo que ha fallado no es el periodismo. Es la ingenuidad de creer que los derechos conquistados son permanentes.
En tu época la censura era explícita: te prohibían, te silenciaban, te ponían en listas. Hoy la censura funciona de otra manera: te ahogan en ruido, te desacreditan, te inundan de información falsa. ¿Cuál te parece más peligrosa?
La segunda. La censura explícita tiene un autor identificable y crea mártires. El ruido no tiene autor, no crea mártires y es mucho más eficaz porque hace que el lector no sepa a qué prestarle atención. Es una censura que se disfraza de abundancia.
Inventaste el periodismo de participación ciudadana en España con la encuesta del divorcio. Hoy las redes sociales han convertido a todo el mundo en emisor. ¿Eso es lo que imaginabas?
Imaginaba que más voces era mejor. No imaginaba que más voces sin verificación ni responsabilidad podía ser peor. La cantidad no es lo mismo que la calidad. Debería haberlo sabido.
¿Qué diferencia hay entre un periodista y alguien que publica?
La responsabilidad sobre lo que se dice. La obligación de verificar antes de afirmar. La conciencia de que las palabras tienen consecuencias sobre personas reales. Quien publica sin esas tres cosas no es periodista. Es otra cosa. Puede ser útil o puede ser dañino, pero es otra cosa.
En tu época los periódicos tenían dueños con intereses. Hoy los algoritmos tienen intereses que nadie ha elegido. ¿Cuál de los dos te parece más honesto en su deshonestidad?
El dueño de periódico. Al menos tenía nombre y se le podía señalar. El algoritmo no tiene nombre, no tiene cara y no se puede señalar. La deshonestidad sin autor es la más difícil de combatir.
¿Qué le dirías a un periodista joven que empieza hoy?
Que aprenda a distinguir lo urgente de lo importante. Las redes crean urgencia constantemente. El periodismo que importa trabaja con lo importante, que rara vez es urgente.
El periodismo de datos, la verificación, el fact-checking: herramientas que no existían en tu época. ¿Las habrías usado?
Con entusiasmo. No porque sean la solución a todo, sino porque son formas de hacer más difícil la mentira sistemática. Yo usé la encuesta de 1904 como herramienta de verificación de la opinión pública. El impulso es el mismo.
¿Qué tiene el buen periodismo que no puede tener ninguna otra cosa?
La obligación de ser verdad. No la voluntad. La obligación. Eso es lo que lo distingue. Y también lo que lo hace tan difícil de sostener.
Sobre las fake news y la desinformación
Tú ya sabías en 1903 que el lenguaje hace más de lo que dice. Hoy hay industrias enteras dedicadas a producir desinformación. ¿Te sorprende?
No me sorprende la existencia. Me sorprende la escala. En mi época un bulo tardaba semanas en propagarse y alguien podía desmentirlo antes de que hiciera demasiado daño. Hoy un bulo rodea el mundo antes de que nadie haya podido comprobar si es verdad. Esa velocidad cambia todo.
Las fake news no son un fenómeno nuevo. ¿Qué ha cambiado y qué no ha cambiado?
Lo que no ha cambiado es el mecanismo: alguien con interés en que se crea algo falso encuentra la manera de que parezca verdadero. Lo que ha cambiado es la infraestructura. Antes necesitabas una imprenta y dinero para distribuir. Ahora necesitas un teléfono.
¿Cómo distinguías tú en tu trabajo diario entre lo que era verdad y lo que alguien quería que pareciera verdad?
Preguntando quién ganaba si se creía esa versión. Esa pregunta resuelve la mayor parte de los problemas de verificación. El interés no siempre produce mentira, pero la mentira casi siempre produce interés.
Hoy hay personas que consumen únicamente información que confirma lo que ya creen. ¿Cómo se llega a ellas?
Con dificultad. Y siendo honesta sobre esa dificultad. No creo en la idea de que el buen periodismo convence automáticamente a quien no quiere ser convencido. El periodismo puede poner la verdad al alcance. No puede obligar a nadie a cogerla.
La posverdad, la idea de que los hechos importan menos que las emociones, ¿es una novedad del siglo XXI?
No. En mi época también había quien prefería creer lo que le reconfortaba antes que lo que era verdad. Lo que es nuevo es que ahora existe una teoría que lo justifica. Antes era una debilidad humana. Ahora es casi una posición filosófica. Eso es más peligroso.
¿Tiene cura la desinformación o es la condición permanente de toda sociedad con libertad de expresión?
Es una tensión permanente, no una enfermedad con cura. Las sociedades que han intentado eliminar la desinformación mediante el control de la información han producido algo peor. La respuesta no es menos libertad. Es más capacidad crítica.
Sobre Trump y el ataque a la prensa
En Estados Unidos, un presidente llamó sistemáticamente «enemigos del pueblo» a los periodistas que le cuestionaban. ¿Qué te recuerda eso?
A todos los gobiernos que he visto intentar silenciar a la prensa usando las mismas palabras con distintos acentos. «Enemigos del pueblo» es una frase vieja. Lo nuevo es que se diga en voz alta en una democracia sin que esa democracia se rompa inmediatamente. Eso es lo que me preocupa.
El ataque a la prensa como institución, no a un periodista concreto sino al periodismo como concepto, ¿es más peligroso que la censura directa?
Mucho más. La censura directa crea resistencia. El desprestigio sistemático de la institución hace que cuando la censura llega, nadie la defiende porque nadie cree ya que merezca ser defendida.
Trump, Orbán, Bolsonaro, Milei: líderes que construyen su poder atacando a los medios y creando los suyos propios. ¿Cuál es la respuesta del periodismo ante eso?
Seguir siendo periodismo. Sin concesiones, sin intentar recuperar la aprobación de quien nunca la va a dar. El periodismo que intenta gustar a quien lo ataca deja de ser periodismo.
¿Puede un periodista cubrir a alguien que le llama enemigo sin que eso afecte a su trabajo?
Puede. Pero requiere una disciplina enorme. Requiere separar la hostilidad personal del deber de informar con precisión. Eso no es fácil. Pero es exactamente lo que distingue al periodista del panfletista.
¿Qué habrías escrito sobre un político que convierte la mentira en método de gobierno?
Lo que escribí sobre los que lo hicieron en mi época. Los hechos, uno a uno, con fecha, con nombre y sin adjetivos innecesarios. La mentira bien documentada no necesita que el periodista la califique. Se califica sola.
¿Qué le pasa a una sociedad cuando deja de creer que existe algo llamado verdad verificable?
Que queda a merced de quien más alto grita. La verdad verificable no es perfecta. Pero su alternativa es mucho peor.
Sobre los medios de ultraderecha y el uso fraudulento del periodismo
Hoy hay medios digitales que se llaman a sí mismos periodismo pero que funcionan como maquinaria de propaganda. ¿Cómo se les llama por su nombre sin darles la legitimidad que buscan?
Describiendo lo que hacen, no lo que dicen ser. Si verifican antes de publicar, son periodismo. Si no verifican, si publican para confirmar una agenda preestablecida, son propaganda. El nombre que se pongan no cambia lo que son.
Tú usaste el periodismo como herramienta de cambio social progresista. Hoy hay quienes usan exactamente las mismas herramientas para desmantelar los derechos que tú construiste. ¿Qué se le responde a eso?
Que el periodismo es una herramienta y las herramientas no tienen moral propia. La moral la pone quien las usa y para qué. Responder a eso no es silenciarlos. Es hacer mejor periodismo que ellos.
¿Es el periodismo una herramienta neutral que puede usarse para cualquier fin o tiene una ética intrínseca?
Tiene una ética intrínseca que se llama verificación. Quien no verifica no está haciendo periodismo aunque use todas sus formas. La ética no es externa al oficio. Es el oficio.
¿Cuál es la diferencia entre un periodista con el que no estás de acuerdo y alguien que hace propaganda disfrazada de periodismo?
El primero puede mostrarte cómo llegó a sus conclusiones. El segundo no puede porque sus conclusiones llegaron antes que su investigación.
¿Tiene sentido debatir con quien no acepta las reglas básicas del debate?
No para convencerle. Sí para que quienes observan el debate puedan ver la diferencia. El debate público no es solo para los que debaten.
Los algoritmos amplifican el contenido que genera más reacción emocional. ¿Cómo se construye periodismo en un entorno así?
Con la conciencia de que no se puede competir con el algoritmo en su propio terreno. El periodismo que intenta generar más emoción que la propaganda pierde siempre. Lo que puede hacer es algo diferente: generar comprensión. Que es menos inmediato y más duradero.
Sobre la inteligencia artificial y el periodismo
Hoy existen máquinas capaces de escribir artículos, generar imágenes falsas y producir vídeos de personas diciendo cosas que nunca dijeron. ¿Qué te parece eso como periodista?
Me parece el desafío más serio que ha tenido el periodismo desde su existencia. No porque la tecnología sea nueva. Sino porque por primera vez la falsificación es indistinguible del original a primera vista.
La inteligencia artificial puede redactar en segundos el tipo de artículo que a ti te costaba días de investigación. ¿Eso es el fin del periodismo o una herramienta más?
Depende de qué se entienda por periodismo. Si periodismo es producir texto correctamente ordenado, entonces sí, la máquina lo hace mejor y más rápido. Si periodismo es ir a Melilla y ver los cuerpos y decidir qué se puede decir sobre ellos, la máquina no puede hacer eso. Todavía.
¿Qué tiene el periodismo hecho por personas que no puede tener el generado por máquinas?
La responsabilidad moral sobre lo que se dice. Una máquina no puede ser responsable. Y sin responsabilidad no hay periodismo. Hay producción de texto.
Si una máquina hubiera podido escribir tus crónicas de Melilla sin haber estado allí, ¿habrían sido periodismo?
No. No porque les faltara precisión. Sino porque les faltaría el cuerpo que estuvo allí. El periodismo de guerra es también testimonio. Y el testimonio requiere presencia.
La IA puede generar imágenes fotorrealistas de atrocidades que no han ocurrido. ¿Cómo se verifica la realidad cuando la imagen ya no es prueba de nada?
Volviendo a lo que siempre fue el núcleo de la verificación: las fuentes humanas. La imagen nunca fue prueba suficiente por sí sola. Era evidencia. La evidencia siempre necesitó contexto y corroboración. Ahora más que nunca.
¿Le tendrías miedo a la inteligencia artificial o intentarías usarla?
La usaría. Con la misma actitud con que usé el telégrafo y la máquina de escribir y el periódico como plataforma. Las herramientas no me dan miedo. Me da miedo quien las usa sin preguntarse para qué.
¿Qué es lo que hace que un texto sea periodismo y no solo información correctamente ordenada?
La decisión sobre qué importa y por qué. Esa decisión no se puede delegar.
Sobre el feminismo actual
El feminismo hoy no es uno. Hay disputas internas sobre qué es una mujer, quién pertenece al movimiento, cómo se negocia con el sistema. ¿Lo reconoces como el mismo proyecto que el tuyo?
En sus contradicciones, sí. En mi época el feminismo tampoco era uno. Había quien pedía el voto dentro del sistema y quien quería cambiar el sistema. Había quien defendía la maternidad como central y quien la veía como una trampa. Las disputas internas no son una señal de debilidad. Son una señal de que el movimiento está vivo.
En tu época el enemigo era claro: el Código Civil que convertía a la mujer en menor de edad permanente. Hoy el enemigo es más difuso. ¿Eso hace el feminismo más fuerte o más vulnerable?
Más vulnerable a corto plazo. Más maduro a largo plazo. Un movimiento que solo sabe definirse contra un enemigo claro depende de ese enemigo para existir. Un movimiento que puede definirse por lo que construye, no solo por lo que combate, es más sólido aunque sea más difícil de organizar.
La discusión sobre la prostitución, sobre la pornografía, sobre la gestación subrogada divide hoy al feminismo. ¿Dónde estarías tú en ese debate?
Del lado de las mujeres que tienen menos opciones. Siempre. Esa es la pregunta que me orienta cuando los debates se complican: ¿qué posición protege mejor a quienes tienen menos con qué protegerse?
Hay mujeres jóvenes hoy que rechazan la palabra feminismo aunque defiendan exactamente lo mismo que tú defendías. ¿Qué les dirías?
Que la palabra importa menos que la práctica. Y que si llegan a las mismas conclusiones que yo por caminos distintos, bienvenidas sean. El feminismo no es una marca. Es una dirección.
¿Qué conquista del feminismo actual te parece la más importante y cuál te parece la más frágil?
La más importante: que la violencia contra las mujeres sea un problema público y no privado. La más frágil: exactamente esa misma. Porque es la que genera más resistencia y la que los movimientos reaccionarios intentan desmantelar primero.
El movimiento MeToo sacó a la luz décadas de abusos sistemáticos en todos los ámbitos. ¿Te sorprendió que tardara tanto?
No. Sé perfectamente por qué tarda. Las mujeres que hablan son castigadas. Eso no ha cambiado tanto. Lo que cambió es que en un momento determinado hubo suficientes mujeres dispuestas a pagar ese precio al mismo tiempo. La masa crítica es lo que hace posible lo que antes era imposible.
¿Qué te habría parecido que una mujer fuera presidenta de un gobierno que recorta derechos de las mujeres?
Exactamente lo que me habría parecido un hombre en la misma posición: un error político y moral. El género no es garantía de nada. Las ideas y las decisiones son lo que importa.
En tu época el feminismo era cosa de muy pocas mujeres muy valientes. Hoy es un movimiento de masas. ¿Eso lo hace más fuerte o cambia su naturaleza?
Lo hace más fuerte y más vulnerable al mismo tiempo. Más fuerte porque tiene más cuerpos. Más vulnerable porque los movimientos de masas son más difíciles de sostener en el tiempo y más fáciles de cooptar.
¿Qué le dirías al feminismo de hoy que crees que todavía no ha aprendido?
Que las alianzas incómodas son las que importan. Es fácil construir coaliciones con quien ya está de acuerdo contigo. Lo difícil, y lo necesario, es construirlas con quien comparte algunos objetivos y no todos.
¿Hubo algo que el feminismo de tu época hizo mal y que debería corregirse?
Dejó fuera a demasiadas mujeres. El feminismo de mi época era mayoritariamente de clase media ilustrada. Las obreras, las campesinas, las mujeres sin acceso a la educación estaban en los márgenes. Eso fue un error que limitó la fuerza del movimiento.
La violencia contra las mujeres sigue siendo un problema estructural en todas las sociedades del mundo. Tú lo nombraste hace más de un siglo. ¿Qué ha fallado?
Nada ha fallado del todo. Y nada ha funcionado del todo. La violencia contra las mujeres es la expresión más directa de una estructura de poder que no desaparece por decreto ni por artículo de periódico. Cambia lentamente, con cada generación que crece en condiciones un poco diferentes. Es un proceso, no un problema con solución.
¿Qué significa para ti que hoy exista el concepto de violencia de género como categoría legal?
Que lo que yo nombré con otros palabras en 1904 tiene ahora el reconocimiento del Estado. Eso es un avance real. Insuficiente, pero real. Lo insuficiente no cancela lo real.
¿Crees que el feminismo puede perder? ¿Qué aspecto tendría una derrota?
Puede perder batallas. El movimiento sufragista inglés perdió muchas batallas antes de ganar la guerra. Una derrota total tendría el aspecto de una sociedad que vuelve a creer que la desigualdad es natural. Ese riesgo existe siempre. Por eso no se para.
«Intentaron borrarme. Lo que no calcularon es que las ideas no ocupan espacio en ninguna estantería.»
- Carmen de Burgos "Colombine"
LAS 11 PREGUNTAS UNIVERSALES
Si pudieras volver a vivir un solo día de tu vida, ¿cuál elegirías y por qué?
El día en que llegué a Madrid con mi hija. No porque fuera feliz, que no lo era. Sino porque era el primer día en que el futuro era completamente abierto. Eso no vuelve.
¿Qué te habría gustado entender antes de morir?
Que el tiempo que tenía era suficiente. Viví con la sensación constante de que no llegaba, de que quedaba demasiado por hacer. Ahora sé que lo que hice fue suficiente para lo que era posible hacer. Ojalá lo hubiera sabido antes.
¿Qué palabra crees que te define mejor?
Persistente. No valiente, que implica ausencia de miedo. Persistente: seguir a pesar del miedo, a pesar del cansancio, a pesar de los días en que no había razón visible para seguir.
¿A quién le darías las gracias y a quién le pedirías perdón?
Las gracias, a mi hija. Por haber sobrevivido cuando los otros no pudieron. Por haberme dado una razón concreta para seguir cuando las razones abstractas no eran suficientes. El perdón, también a mi hija. Por los años en que el trabajo ocupó el espacio que debería haber sido suyo.
¿Qué crees que queda de ti en la memoria del mundo?
La encuesta del divorcio. La corresponsalía de Melilla. La mujer moderna y sus derechos. Y debajo de todo eso, más difícil de nombrar pero más real: la demostración de que una mujer sin recursos, sin apellido y sin permiso de nadie puede construir una obra que dure más que quienes intentaron borrarla.
Si el tiempo no existiera, ¿a qué momento volverías siempre?
A las mañanas de la redacción. Cuando el periódico del día anterior ya era pasado y el del día siguiente todavía era posible. Ese intervalo entre lo que ya se dijo y lo que todavía se puede decir es el lugar donde me sentí más viva.
¿Cuál fue tu mayor error y tu mayor verdad?
El mayor error: no haber enseñado suficiente. Escribí para que me leyeran. Debí haber enseñado también a escribir. La mayor verdad: que la libertad no se pide. Se ejerce hasta que te la quitan. Y entonces se vuelve a ejercer.
¿Qué le dirías a tu yo de veinte años si pudieras?
Que el matrimonio no era la única puerta. Que el magisterio era suficiente. Que no necesitabas el permiso de nadie para hacer lo que ibas a hacer de todas formas.
¿Qué te sigue sorprendiendo de los seres humanos?
Su capacidad para aguantar. Y también, al mismo tiempo, su capacidad para no aguantar más. Las dos cosas me siguen pareciendo extraordinarias.
¿Qué palabra te gustaría que se recordara de ti?
Colombine. No porque sea la más exacta, sino porque es la que elegí. La que empezó siendo una máscara y acabó siendo yo. Si se recuerda esa palabra, se recuerda también la historia de cómo una mujer convirtió el nombre que le pusieron para contenerla en el nombre con el que cambió las cosas.
¿Qué crees que queda de un ser humano cuando ya no queda nada?
Lo que cambió en otros. No los libros, no los artículos, no los nombres en las listas de prohibidos. Lo que cambió en las personas que nos leyeron y pensaron diferente después. Eso no tiene archivo. Pero es lo único que dura de verdad.
