Zenobia de Palmira:
El poder sin categoría
Hay personas que la historia no sabe dónde colocar. No porque sean insignificantes, sino porque son demasiado. Zenobia de Palmira gobernó un tercio del Imperio Romano durante cuatro años, conquistó Egipto, extendió su dominio desde Anatolia hasta el Alto Nilo, acuñó moneda con su rostro, reclamó el título de Augusta, y fue derrotada por el único emperador romano capaz de reunificar un mundo en colapso. Después desapareció. No en la muerte gloriosa que habría simplificado su historia, sino en algo más desconcertante: en la vida ordinaria de una matrona romana en una villa de Tívoli, o en la muerte anónima camino de Roma, o en la resistencia final de alguien que prefirió no llegar. Las fuentes no se ponen de acuerdo. Dos mil años después, tampoco nosotros.
Eso es Zenobia: una figura cuya grandeza está fuera de toda duda y cuyo significado exacto sigue sin resolverse.
I. El mundo que la hizo posible
Para entender a Zenobia hay que entender primero que su existencia no fue un milagro sino una consecuencia. El siglo III de nuestra era fue el momento en que el Imperio Romano demostró ser mortal. Entre 235 y 284, cincuenta años de caos político produjeron al menos veintiséis emperadores reconocidos y docenas de usurpadores regionales. Valerian fue capturado por los persas en 260 —el primer emperador romano hecho prisionero en batalla— y murió en cautividad persa, posiblemente desollado vivo según algunas fuentes. El centro no podía sostenerse. Las provincias orientales necesitaban alguien que las protegiera de los sasánidas, del caos político romano, y de los nómadas del desierto. Ese alguien fue primero Odénato de Palmira, el marido de Zenobia, un gobernante regional que convirtió una ciudad-estado caravanera en potencia militar. Cuando Odénato fue asesinado en 267 —en circunstancias que nunca se aclararon del todo, y que algunas fuentes atribuyen indirectamente a Zenobia misma— el vacío que dejó no podía llenarse con un niño de ocho años. Lo llenó ella.
Palmira era una ciudad improbable. Una oasis en el desierto sirio, a mitad de camino entre el Mediterráneo y el Éufrates, que había construido su prosperidad sobre el comercio de seda, especias y esclavos entre Roma y Persia. Su cultura era una síntesis sin precedentes: arquitectura colosal de estilo greco-romano, inscripciones bilingües en griego y arameo, dioses mesopotámicos adorados con ritos helenísticos, élites que llevaban nombres romanos y nombres palmirenos simultáneamente según el contexto. Zenobia era la destilación perfecta de esa ciudad: griega en su cultura intelectual, romana en sus títulos jurídicos, palmirena en su identidad profunda, y capaz de negociar con persas, árabes, egipcios y romanos en sus propios términos. Hablaba cuatro idiomas. Conocía la historia de Egipto con suficiente profundidad como para reclamar la herencia de Cleopatra de forma verosímil ante los alejandrinos.
No fue una anomalía. Fue el producto más acabado de la ciudad más híbrida del mundo antiguo.
II. El poder y su ficción
Zenobia gobernó como regente de su hijo Vabalato. Esto es un hecho jurídico que durante dos mil años ha servido para cuestionar la autenticidad de su poder. La pregunta que siempre flota sobre su reinado es: ¿era realmente ella quien mandaba, o era una figura de transición que mantenía el trono caliente para su hijo?
La respuesta está en los hechos. Fue ella quien decidió la expansión militar hacia Egipto en 269, una operación de una audacia extraordinaria que requería comprometer todos los recursos militares de Palmira en una apuesta de alto riesgo. Fue ella quien construyó la alianza con el filósofo Longino, que se convirtió en el cerebro intelectual de su corte y probablemente en el redactor de sus comunicaciones diplomáticas. Fue ella quien diseñó la política religiosa de tolerancia que permitió a Palmira gobernar territorios con poblaciones judías, cristianas, maniqueas y paganas sin conflicto abierto. Fue ella quien respondió a las cartas de Aureliano con una precisión geopolítica que dejaba claro quién entendía realmente la situación. Y fue ella quien, cuando la derrota se volvió inevitable, tomó la decisión de intentar escapar hacia Persia en lugar de rendirse, porque su cálculo político seguía funcionando hasta el último momento.
Vabalato tenía trece años cuando cayó Palmira. No tomó ninguna de esas decisiones.
La ficción de la regencia era una herramienta política, no una descripción de la realidad. Zenobia la usó exactamente como los emperadores romanos usaban las fórmulas constitucionales del Senado: como cobertura jurídica para el poder real. Que durante dos mil años esa ficción haya sido tomada literalmente para minimizar su agencia dice más sobre quienes la han interpretado que sobre ella.
En sus monedas, Vabalato aparece en el anverso, el lugar de mayor jerarquía. Zenobia en el reverso, con el título de Augusta. Es una imagen que lo resume todo: la apariencia de la subordinación, la realidad del poder. Quien acuñaba la moneda decidía qué ponía en ella.
III. El proyecto de Palmira
Lo que Zenobia construyó no fue solo un reino. Fue una propuesta alternativa sobre lo que podía ser el mundo mediterráneo.
Su corte reunió a los intelectuales más importantes de su tiempo. Longino, el neoplatónico que había enseñado en Atenas, se convirtió en su consejero principal. Pablo de Samosata, obispo de Antioquía cuya cristología heterodoxa escandalizaba a Roma, encontró en Palmira una protección que no encontraba en ningún otro lugar. La comunidad judía de Palmira prosperó bajo su gobierno. Los templos de Bel, de Baalshamin y de Allat coexistían en la misma ciudad. El pensamiento neoplatónico, con su tendencia a encontrar el principio único detrás de todas las religiones, era la filosofía oficial de una corte que necesitaba gobernar un mosaico confesional sin imponer una ortodoxia.
Esto no era tolerancia sentimental. Era política de Estado con una coherencia interna notable. Zenobia gobernaba territorios donde cualquier imposición religiosa habría generado resistencia inmediata: Egipto con su compleja mezcla de cultos tradicionales y comunidades cristianas, Siria con sus diversidades tribales y religiosas, Anatolia con sus tradiciones locales profundamente arraigadas. La única forma de gobernar ese espacio sin un aparato burocrático y militar equivalente al romano era construir una legitimidad basada en la capacidad de contener la diversidad, no de suprimirla.
Reclamó además el linaje de Cleopatra. Este gesto, que los historiadores modernos tienden a tratar como propaganda transparente, merece más atención. Cleopatra era el modelo de la soberana helenística capaz de gobernar el Oriente en sus propios términos, negociar con Roma desde una posición de fuerza, y construir una identidad política que sintetizara lo local y lo universal. Que Zenobia eligiera ese modelo específico, y que los alejandrinos lo aceptaran con suficiente convencimiento como para abrir sus puertas al ejército palmireno, indica que el gesto resonó. No era solo propaganda: era un programa político con precedente histórico reconocible.
Lo que Zenobia proponía, en síntesis, era un Oriente Próximo políticamente autónomo, culturalmente sofisticado, y capaz de existir entre Roma y Persia sin ser absorbido por ninguna de las dos. Palmira como modelo de un orden alternativo. El proyecto fracasó. Pero su fracaso no prueba que fuera irracional: prueba que Aureliano llegó antes de que pudiera consolidarse.
IV. La guerra
Las fuentes antiguas describen a Zenobia marchando a pie junto a sus tropas para endurecer su condición física. La imagen puede ser exagerada, pero contiene una verdad sobre su estilo de mando: no era una reina de palacio que delegaba la guerra a sus generales. Estaba presente. Su general Zabdas ejecutó las operaciones militares, pero la decisión política de iniciarlas, ampliarlas y sostenerlas era suya.
La conquista de Egipto en 269 fue la operación más audaz de su reinado. Egipto era la provincia más valiosa del Imperio Romano: el granero que alimentaba a Roma, el nodo comercial que conectaba el Mediterráneo con las rutas del Índico, la fuente de los ingresos fiscales que sostenían el ejército imperial. Tomarla era una declaración de intenciones que no admitía ambigüedad. No era un movimiento defensivo ni una expansión cautelosa. Era una apuesta por la supremacía regional.
Ganó esa apuesta durante tres años.
Lo que siguió fue la expansión hacia Anatolia, llegando hasta Ancira, la actual Ankara, a más de mil kilómetros de Palmira. En su punto máximo, el Imperio Palmireno controlaba Siria, Palestina, Arabia, Egipto, y buena parte de Asia Menor. Era el mayor estado independiente que había existido en Oriente Próximo desde la caída de los seléucidas.
Aureliano llegó en 272 con un ejército reorganizado y una determinación fría. Las batallas de Immae y Emesa mostraron la limitación fundamental del ejército palmireno: su caballería acorazada era devastadora en el choque inicial pero incapaz de mantener la presión cuando el enemigo cedía terreno deliberadamente para luego contraatacar. Los legionarios romanos aprendieron rápido. Zenobia perdió Antioquía, luego Emesa, luego el camino de regreso a Palmira. El sitio de la ciudad duró semanas. Cuando intentó escapar hacia el Éufrates en busca de apoyo persa, fue capturada cerca de la orilla del río.
En ese momento, Longino fue ejecutado. Las fuentes dicen que murió con dignidad, sin reprochar nada a Zenobia. Si es verdad, es un detalle que dice algo importante sobre ambos: ella lo sacrificó porque era lo que la lógica política exigía, y él lo entendió.
V. Al-Zabba
La Zenobia que conoce la tradición árabe medieval es otra mujer.
En las crónicas árabes, al-Zabba es una reina de la Yazira —la región entre el Éufrates y el Tigris— que gobierna con una ferocidad sin adornos filosóficos. La historia que más se cuenta es la de Amr ibn Adi, el mercader que ella mandó sangrar lentamente hasta la muerte como venganza por la muerte de su padre. La versión árabe no necesita justificar ese acto ni redimirlo: simplemente lo registra como parte del carácter de una mujer que ejercía el poder en sus propios términos, con toda la violencia que ese ejercicio implicaba.
Esta Zenobia no tiene corte neoplatónica ni política religiosa ilustrada. Tiene territorio, ejércitos, enemigos y la voluntad de eliminarlos cuando es necesario. Es una figura más incómoda para la sensibilidad moderna que la reina culta y tolerante de las fuentes greco-romanas, precisamente porque no ofrece ninguna coartada humanista. Mandaba y mataba. Punto.
Lo que es notable es que ambas Zenobias sean verosímiles. No se contradicen: se complementan. La misma mujer que patrocinaba a Longino y debatía neoplatonismo podía ordenar ejecuciones políticas sin parpadear. La misma que diseñó una política de tolerancia religiosa sofisticada gobernaba una economía basada en el comercio de esclavos. La grandeza moral y la crueldad práctica no son incompatibles en los gobernantes. Son, de hecho, frecuentemente inseparables.
La tradición árabe tiene el mérito de no intentar resolver esa contradicción. La registra y sigue adelante.
VI. El final ilegible
Zenobia fue llevada a Roma. Hasta ahí hay consenso.
Lo que ocurrió después es el territorio de las versiones incompatibles. Zósimo dice que murió en el trayecto. La Historia Augusta —fuente poco fiable pero única en muchos detalles— dice que Aureliano, impresionado por su dignidad y su inteligencia, la instaló en una villa en Tívoli donde pasó el resto de sus días como matrona romana respetada, se casó con un senador, y educó a sus hijos en la cultura romana. Las fuentes árabes prefieren una muerte digna a una supervivencia cómoda.
Cada versión refleja lo que quien la cuenta necesita que Zenobia sea. La versión romana de la supervivencia dorada convierte a Aureliano en un vencedor magnánimo y a Zenobia en una vencida que finalmente acepta el orden romano. La versión de la muerte en el trayecto la convierte en mártir que prefiere morir a ser exhibida. La versión árabe le devuelve la agencia: eligió su propio final.
Lo que ninguna versión puede explicar satisfactoriamente es por qué Zenobia, si sobrevivió, desapareció completamente de la historia posterior. Una mujer de su inteligencia política, instalada en Roma con acceso a la élite senatorial, habría dejado rastro. No lo dejó. O lo dejó tan difuminado que nadie lo recogió.
Quizás la respuesta más honesta es que el mundo romano simplemente no sabía qué hacer con ella una vez derrotada. No era un rey bárbaro al que ejecutar en el Foro para el regocijo popular. No era una reina vasalla a quien reinstalar en su trono reducido. Era algo para lo que no había categoría: una soberana que había gobernado un tercio del Imperio con plena competencia, derrotada no por incompetencia sino por la desproporción de fuerzas. Exhibirla en el triunfo la hacía demasiado grande. Ejecutarla la habría convertido en mártir. Mantenerla viva y en la sombra era la única solución que no creaba problemas adicionales.
Si vivió en Tívoli, probablemente lo entendió perfectamente. Y probablemente lo aceptó con la misma frialdad con que había aceptado sacrificar a Longino.
VII. El mito y sus usos
Zenobia lleva dos mil años siendo utilizada.
Los romanos la utilizaron para engrandecer a Aureliano: solo un gran emperador podía haber derrotado a una reina tan extraordinaria. El Renacimiento la utilizó como ejemplo de virtud femenina clásica. El siglo XIX la utilizó como fantasía orientalista: la reina del desierto, exótica y fatal, sujeto perfecto para óperas y pinturas académicas. El nacionalismo árabe del siglo XX la utilizó como símbolo de resistencia ante el imperialismo occidental. El feminismo contemporáneo la utiliza como precedente de liderazgo femenino en contextos adversos. Siria la utilizó durante décadas como icono nacional en billetes y monumentos.
Cada época le ha puesto en la boca las palabras que necesitaba escuchar.
Lo que queda cuando se retiran todas las capas es una figura que resulta incómoda precisamente porque no se deja domesticar por ninguna de ellas completamente. No fue una víctima del patriarcado romano: usó las estructuras patriarcales con la misma fluidez con que usó las estructuras jurídicas romanas, palmirenas y helenísticas. No fue una heroína sin mancha: gobernó un estado esclavista, ejecutó a sus colaboradores cuando fue necesario, y calculó fríamente en cada momento qué era lo que la situación exigía. No fue una líder étnica que representaba a su pueblo contra Roma: Palmira era demasiado híbrida para esa lectura, y ella demasiado cosmopolita para encarnar una identidad única.
Fue, simplemente, una gobernante de primera categoría en un momento histórico extraordinario, que hizo lo que los gobernantes de primera categoría hacen: construyó poder, lo ejerció con competencia, lo extendió más allá de lo prudente, y lo perdió frente a alguien más fuerte. Sin hagiografía. Sin demolición. Con la complejidad completa de quien vivió una vida que no admite resumen.
Eso es lo que vamos a preguntarle.