El artesano de almas que nunca dejó de ser comerciante de palabras

William Shakespeare

Esta conversación es imposible. William Shakespeare murió en Stratford-upon-Avon el 23 de abril de 1616, a los cincuenta y dos años. Pero las entrevistas imposibles son el corazón de RE:LIFE. Shakespeare es el genio más ubicuo de la historia —inventó lo humano, expandió el idioma inglés, fotografió el poder antes de que existiera la fotografía. También es el hombre que litigó por treinta y cinco chelines, el padre que no estuvo presente cuando murió su hijo Hamnet, el esposo que vivió décadas separado de su familia, el burgués que dejó a su mujer «la segunda mejor cama», el empresario teatral cuya ambición material igualaba su ambición artística. Contradictorio y coherente simultáneamente. Capaz de escribir Hamlet mientras compraba tierras, de crear a Cordelia mientras abandonaba a sus hijas, de explorar el amor en treinta y ocho obras sin dejar registro de haberlo vivido plenamente.

Esta entrevista lo encuentra en cuatro momentos: el dramaturgo triunfante de treinta y cinco años en el Globe recién inaugurado; el observador silencioso de treinta y nueve viviendo en casa ajena mientras escribe Otelo y El rey Lear; el gentleman retirado de cuarenta y siete en el jardín de New Place mirando hacia la capilla donde será enterrado; el fantasma atemporal consciente de su propia inmortalidad, capaz de hablar de Kurosawa y de inteligencia artificial, de West Side Story y de las teorías que niegan su autoría. Cinco periodistas diseñaron este encuentro: Kenneth Tynan (provocación brillante), Brooks Atkinson (compasión americana), Franco Quadri (análisis conceptual), Jan Kott (profundidad filosófica), Margaret Webster (sabiduría práctica del oficio teatral).

Shakespeare no sale bien parado en todo. Admite fracasos, reconoce daños, acepta contradicciones. Pero es honesto sobre quién fue: genio artístico incapaz de paternidad consistente, observador público pero ausente en intimidad. La fotografía que acompaña —Shakespeare bajo neones nocturnos estilo Harry Gruyaert— captura esta dualidad: el genio isabelino iluminado por luz del siglo XXI que sus descubrimientos lingüísticos hicieron posible. Histórico pero presente. En tránsito perpetuo, como todo en su universo teatral. Adelante.

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re:life 21: William Shakespeare

“No quedamos nosotros. Queda lo que desatamos en el mundo”

Esta entrevista responde a una necesidad específica: William Shakespeare ha sido canonizado, venerado, mitificado y convertido en industria durante cuatro siglos, pero nadie le ha preguntado directamente sobre las contradicciones que definieron su existencia.

Los académicos lo estudian como fenómeno literario, los directores lo reinterpretan en escenarios contemporáneos, los biógrafos reconstruyen su vida desde documentos legales y registros parroquiales, los turistas peregrinan a Stratford buscando al genio, y los teóricos debaten si realmente escribió las obras que llevan su nombre.

Esta conversación imposible lo obliga a responder sin filtros sobre la distancia entre el creador de Hamlet y el litigante que demandaba por deudas de treinta chelines, entre el padre ausente y el dramaturgo obsesionado con las relaciones padre-hija, entre el observador de vidas ajenas y el hombre incapaz de habitar plenamente la suya propia.

La estructura en cuatro escenarios temporales (Globe 1599, casa Mountjoy 1603-04, New Place 1611-12, espacio atemporal post-mortem) revela una transformación progresiva: del joven dramaturgo hambriento de éxito que acaba de construir su propio teatro y escribe a velocidad frenética, al inquilino silencioso de treinta y nueve años viviendo en una habitación alquilada mientras crea sus obras maestras más oscuras, al gentleman retirado sentado en el jardín de la casa comprada como trofeo contemplando la capilla donde será enterrado, hasta el fantasma consciente de su ubicuidad cultural enfrentándose a apropiaciones nazis, traducciones al klingon, adaptaciones cinematográficas e inteligencia artificial que puede simular su voz.

Esta progresión desmonta el mito del «genio atemporal» mostrando el coste emocional, intelectual y moral de construir una obra monumental desde restricciones extremas que la historia prefiere olvidar: censura política, inseguridad económica, culpa familiar, exilio autoimpuesto.

El equipo de cinco entrevistadores históricos (Kenneth Tynan, Brooks Atkinson, Franco Quadri, Jan Kott, Margaret Webster) garantiza la multiplicidad de perspectivas: provocación intelectual que interroga sobre sexualidad y poder en Tynan, sensibilidad ética que explora la responsabilidad familiar en Atkinson, rigor conceptual que analiza el espacio escénico y la estética visual en Quadri, profundidad filosófica que conecta el totalitarismo shakespeariano con el siglo XX en Kott, sabiduría práctica del oficio teatral en Webster. Ninguno domina la conversación; sus voces se entrelazan para construir un interrogatorio coral que replica la complejidad contradictoria de una vida que la historia casi nunca ha intentado comprender en sus propios términos. Las once preguntas finales —idénticas para todos los entrevistados de re:life— lo obligan a responder como persona, no como símbolo, despojándolo temporalmente del mito para acceder a la experiencia humana fundamental: qué se siente haber vivido una vida que nadie más podría haber vivido y que casi nadie, cuatrocientos años después, comprende verdaderamente.

I. El triunfo. Globe Theatre, 1599

Cuando Londres era suyo y
el mundo cabía en un escenario

El reino 
del verso

Es una tarde de junio de 1599. El Globe Theatre acaba de inaugurarse hace pocas semanas y todavía huele a madera fresca y pintura. Shakespeare tiene treinta y cinco años y está en la cúspide de su poder creativo. Los Lord Chamberlain’s Men ensayan Julio César en el escenario vacío. La luz entra por el techo abierto iluminando el polvo que flota en el aire.

William Shakespeare al estilo de Yousuf Karsh

Este es el Shakespeare victorioso, el que ha conseguido todo lo que soñó cuando llegó a Londres sin un penique. Aquí podemos preguntarle por la ambición, la competencia, el oficio teatral en su momento más puro. Es el artista antes de las pérdidas, antes del cansancio, cuando todavía cree que el teatro puede contenerlo todo.

¿Cómo fue llegar a Londres sin fortuna ni conexiones después de los años perdidos?

Aterrador y liberador a partes iguales. En Stratford todo el mundo sabía quién era yo: el hijo del guantero arruinado, el chico que dejó embarazada a una mujer mayor, el padre de tres niños sin medios para mantenerlos. En Londres nadie me conocía y eso era un regalo. Podía reinventarme. Claro que el precio de la reinvención era la soledad absoluta y el miedo constante a fracasar y tener que volver humillado.

¿Marlowe fue un maestro, un rival o ambos? ¿Qué aprendiste de él?

Ambos, inevitablemente. Marlowe me enseñó que el verso blanco podía rugir, que no tenía que ser decorativo sino visceral. Tamerlán me mostró que se podía escribir sobre ambición desnuda sin disculparse. Pero también era imposible no sentir envidia. Él había estudiado en Cambridge, hablaba latín y griego mejor que yo, se movía en círculos donde yo no era bienvenido. Cuando murió en 1593 —esa puñalada estúpida en una taberna— sentí alivio y vergüenza por sentirlo. Me quedaba el campo libre pero perdía al único que realmente entendía lo que intentábamos hacer.

¿Escribías los roles pensando en actores específicos como Richard Burbage?

Siempre. Un dramaturgo que no escribe para las voces que tiene disponibles es un idiota o un vanidoso. Burbage tenía un rango que iba de la ternura feroz a la violencia meditabunda. Cuando escribí Hamlet sabía exactamente cómo sonaría «Ser o no ser» en su boca, con esa pausa que hacía antes de las frases importantes, como si estuviera descubriendo el pensamiento en el momento de hablarlo. Will Kemp, antes de que se marchara, era pura energía física —escribí Falstaff sabiendo que Kemp podía hacer que la obesidad fuera danza. Los actores no son recipientes vacíos. Son instrumentos y uno escribe música para los instrumentos que tiene.

¿Cómo funcionaba el sistema de acciones en los Lord Chamberlain’s Men? ¿Por qué ese modelo y no simplemente vender las obras?

Éramos ocho o diez accionistas que compartíamos propiedad, riesgos y ganancias. Cada uno invertía capital —dinero real, no solo talento— y recibía porcentaje de beneficios. Yo puse todo lo que había ahorrado en esos primeros años. Era aterrador pero también inteligente: si la compañía prosperaba, yo prosperaba. No dependía de vender una obra aquí y otra allá. Tenía un hogar artístico permanente y, crucialmente, control sobre cómo se representaban mis textos. Los dramaturgos que vendían obras a compañías ajenas veían sus textos mutilados, mal actuados, olvidados. Nosotros protegíamos lo nuestro.

La construcción del Globe —¿fue una decisión empresarial o había también orgullo artístico en tener un teatro propio?

Las dos cosas son inseparables. Sí, fue una inversión: yo puse entre el diez y el doce por ciento del capital y esperaba retorno. Pero construimos ese teatro con nuestras propias manos —bueno, con las de los carpinteros que contratamos—, desmantelando The Theatre en Shoreditch de noche y transportando las vigas a Southwark. Había algo visceral en eso. No era simplemente alquilar un espacio. Era decir: este lugar es nuestro, lo levantamos nosotros, aquí escribiremos la historia del teatro inglés. Cada clavo del Globe llevaba nuestra ambición.

¿Pensabas en la censura mientras escribías? ¿Te autocensurabas?

Constantemente. El Maestro de Ceremonias leía cada obra antes de permitir su representación. Una palabra equivocada sobre la monarquía, sobre religión, sobre figuras poderosas, y podías terminar en prisión o peor. Entonces aprendías a ser oblicuo. Julio César no es sobre Julio César —es sobre qué pasa cuando matas a un tirano y descubres que el caos que sigue es peor que la tiranía. Pero nunca lo digo directamente. Ricardo II muestra un rey legítimo siendo depuesto. Los seguidores del conde de Essex usaron esa obra como propaganda antes de su rebelión fallida en 1601, y yo tuve que explicar ante las autoridades que mi intención era histórica, no sediciosa. La autocensura no era cobardía. Era supervivencia.

¿Qué opinabas realmente de Isabel I? ¿La adulación en las obras era sincera o estratégica?

Isabel fue una monarca extraordinaria y una mujer aterradora. Mantuvo Inglaterra unida cuando podría haberse desangrado en guerras religiosas. Era inteligente, culta, hablaba seis idiomas. Pero también era vanidosa, cruel cuando necesitaba serlo, y profundamente paranoica. La adulación en las obras era estratégica pero no falsa. Uno puede admirar el poder y temerlo simultáneamente. Cuando escribí a Titania en Sueño de una noche de verano pensaba en ella: hermosa, caprichosa, poderosa, ridícula. Pero nunca lo habría admitido públicamente.

Ben Jonson y tú teníais una relación compleja. ¿Qué te irritaba de él y qué admirabas?

Ben era brillante y lo sabía demasiado bien. Tenía esa arrogancia de los que estudiaron en Cambridge, como si su educación formal validara su talento de manera que mi aprendizaje autodidacta nunca podría hacerlo. Me irritaba su necesidad constante de demostrar que era el más culto del salón. Publicó sus obras llamándolas WorksObras, como si fueran Virgilio— y todo Londres se burló, pero él no se inmutó. Admiraba eso: su absoluta falta de vergüenza por tomarse en serio. Y admiraba su rigor formal. Donde yo improvisaba y dejaba que las escenas crecieran orgánicamente, él construía con la precisión de un arquitecto. Nos necesitábamos mutuamente: yo le recordaba que el teatro debe respirar, él me recordaba que la disciplina importa.

¿Revisabas extensamente las obras o confiabas en la primera versión?

Dependía. Algunas obras salían casi completas en el primer borrador —Sueño de una noche de verano fluyó como si alguien me la dictara. Otras, como Hamlet, las reescribí obsesivamente. Tengo tres versiones de Hamlet y ninguna me satisface del todo. El problema con revisar es que puedes pulir hasta matar la vitalidad. A veces la primera versión, con sus imperfecciones y sus versos irregulares, tiene una energía que se pierde al corregir. Aprendí a confiar en mi instinto: si una escena me hacía sentir algo visceral al escribirla, probablemente funcionaría en escena aunque el verso fuera imperfecto.

¿Cómo sabías cuándo una obra estaba terminada?

Cuando dejaba de obsesionarme con ella a las tres de la mañana. O, más prácticamente, cuando la compañía necesitaba estrenar y ya no había tiempo para más cambios. El teatro no permite el perfeccionismo. Tienes una fecha de estreno y para esa fecha la obra debe estar lista, terminada o no. A veces eso era frustrante pero también liberador. Me obligaba a soltar, a aceptar que ninguna obra sería perfecta y que eso estaba bien. La perfección es enemiga de lo vivo.

¿Te frustraba que los actores cambiaran tus versos en escena?

Al principio me enfurecía. Pasaba noches enteras eligiendo cada palabra, cada pausa, cada ritmo, y luego algún actor decidía que «improvizar» sería más «natural». Hamlet tiene un discurso sobre esto: no habla solo a los actores en la obra sino a los actores reales que representaban la obra. «No serréis la lengua más de lo que os tengo indicado» —es mi frustración hablando. Pero con el tiempo aprendí a distinguir. Algunos cambios mejoraban el verso porque el actor encontraba algo en el lenguaje que yo no había visto. Otros eran pura vanidad o pereza. Los primeros los aceptaba. Los segundos los combatía.

¿Por qué acumulabas propiedades obsesivamente mientras escribías obras sobre la vanidad de las posesiones materiales?

Porque había visto a mi padre perderlo todo. Porque sabía que el teatro era inestable —una plaga cerraba los teatros durante meses, un cambio de gobierno podía acabar con tu compañía. Porque tenía una familia que mantener aunque no viviera con ellos. Las obras exploran la vanidad de las posesiones pero no dicen que uno deba vivir sin nada. Lear pierde su reino y eso lo destruye precisamente porque las posesiones importan —nos dan identidad, seguridad, lugar en el mundo. Yo escribía sobre la vanidad y simultáneamente compraba tierras porque entendía ambas verdades: que acumular no trae felicidad y que la inseguridad económica es un infierno. No es contradicción. Es complejidad.

"Cada vez que entraba en el Globe vacío, antes de que llegaran los actores, sentía que el espacio me pedía algo. No sé si lo llené o si simplemente aprendí a escucharlo."

- William Shakespeare

II. El observador. Casa de los Mountjoy, 1603-1604

Entre cuatro paredes ajenas,
escuchando vidas que no eran la suya

El inquilino
silencioso

Es una noche de invierno en la casa de Christopher Mountjoy, fabricante de pelucas francés, en Silver Street. Shakespeare alquila una habitación en el segundo piso. Abajo, los Mountjoy cenan con su hija Mary y el aprendiz Stephen Belott. Se oyen voces, risas, alguna discusión. Shakespeare está en su cuarto escribiendo a la luz de velas, rodeado de manuscritos. Tiene treinta y nueve años.

William Shakespeare al estilo de Yousuf Karsh

Aquí Shakespeare es el observador profesional, el inquilino que vive en casa ajena y absorbe las dinámicas familiares que luego transformará en arte. Es el momento perfecto para preguntarle sobre su propia familia ausente, sobre Hamnet, sobre Anne. La distancia entre el observador de vidas ajenas y el ausente de su propia vida es el corazón de esta sección.

Viviste dos años aquí observando la vida doméstica de los Mountjoy. ¿Cómo transformas la observación cotidiana en arte?

Escuchando sin participar. Esa es la clave. Yo era el inquilino, el de arriba, el que pagaba puntualmente y no causaba problemas. Invisible. Y desde esa invisibilidad veía todo: cómo Mountjoy hablaba con dulzura a su esposa en público y con desprecio en privado, cómo Mary miraba a Stephen con una mezcla de deseo y miedo, cómo las pequeñas crueldades domésticas se acumulaban hasta volverse insoportables. Todo eso entra en Otelo, en Medida por medida. No copiaba escenas directamente. Tomaba el ritmo emocional, la temperatura de una relación, y lo amplificaba hasta convertirlo en tragedia.

¿Escribías Otelo mientras veías los celos y las tensiones matrimoniales en esta casa?

Sí, y era inquietante. Mountjoy sospechaba constantemente de su esposa aunque no había evidencia de infidelidad. La observaba, la cuestionaba, interpretaba cada gesto como traición potencial. Yo escribía sobre Otelo destruyendo a Desdémona por sospechas infundadas mientras escuchaba a través del suelo a Mountjoy acusando a su esposa de pequeñas deslealtades imaginarias. El arte y la vida se contaminaban mutuamente. A veces me preguntaba si escribir sobre celos los invocaba o si simplemente me hacía más sensible a detectarlos.

Hamnet murió en 1596. ¿Cómo viviste esa muerte?

No estaba allí. Estaba en Londres trabajando. Me llegó noticia de que mi hijo de once años había muerto y para cuando llegué a Stratford ya estaba enterrado. No vi su cuerpo. No me despedí. Eso es lo que no se dice sobre la muerte: a veces te la pierdes completamente y luego tienes que vivir con esa ausencia doble —la del muerto y la de tu propia ausencia en su muerte.

¿Por qué no dejaste un registro público del duelo cuando otros escritores como Jonson sí escribieron elegías por sus hijos?

Porque no podía. Jonson escribió aquella elegía hermosa y devastadora por su hijo Benjamin: «Descansa en paz suave, y no me preguntes por qué». Yo lo leí y sentí envidia de su capacidad para nombrar el dolor directamente. A mí se me atascaba. Cada vez que intentaba escribir sobre Hamnet salía falso, sentimental, o peor: salía calculado, como si estuviera usando la muerte de mi hijo para demostrar mi talento lírico. Así que no escribí nada público. El duelo fue privado y silencioso.

Las obras posteriores a 1596 están llenas de padres que pierden hijos. ¿Es una compensación artística por la ausencia vital?

Probablemente. Lear pierde a Cordelia y ese aullido final —»¡Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca!»— es el grito que no pude dar cuando murió Hamnet. Leontes pierde a Mamillius en Cuento de invierno por su propia estupidez celosa. Constanza en El rey Juan pierde a su hijo Arthur y tiene ese discurso sobre el dolor que nunca sana: «El dolor llena el lugar de mi hijo ausente». Escribir esas escenas no era catarsis. Era una forma de mantener vivo el dolor, de no dejarlo escapar, porque soltar el dolor significaba soltar lo último que me conectaba con Hamnet.

¿Amaste a Anne Hathaway alguna vez o fue un matrimonio de obligación por el embarazo?

La amé al principio con esa intensidad desesperada de los dieciocho años. Era mayor, más experimentada, sabía cosas que yo no sabía. Eso era excitante. Pero el embarazo forzó el matrimonio antes de que supiéramos si lo que teníamos era amor o solo deseo. Y luego vinieron los niños, y la pobreza, y mi necesidad de escapar a Londres. No sé si alguna vez llegamos a conocernos realmente. Nos convertimos en extraños que compartían apellido y tres hijos.

Viviste separado de tu familia durante décadas. ¿Sentías culpa o era indiferencia?

Culpa. Constante, corrosiva, paralizante. Pero también una culpa que no cambiaba nada porque no estaba dispuesto a renunciar a Londres, al teatro, a la vida que había construido. Es posible sentirse culpable y seguir eligiendo lo que causa la culpa. Eso es lo que no te dicen sobre la responsabilidad moral: a veces entiendes perfectamente que estás fallando y lo haces de todos modos porque la alternativa —volver a Stratford, ser guantero, vivir la vida que se esperaba de mí— es una muerte en vida. Así que elegí una culpa activa sobre una muerte pasiva.

¿Tuviste amantes en Londres? ¿Importa para entender las obras?

Tuve relaciones. No sé si las llamaría amor. Londres era un lugar donde uno podía perderse, y yo me perdí varias veces. Importa para las obras en el sentido de que escribí sobre deseo con conocimiento carnal, no teórico. Las escenas de seducción, de traición sexual, de esa mezcla tóxica de lujuria y autodesprecio —todo eso viene de experiencia vivida. Pero no voy a dar nombres ni detalles. Algunos secretos murieron conmigo y prefiero que sigan muertos.

Los Sonetos al Fair Youth —¿son homoéroticos o proyectamos la modernidad sobre una amistad renacentista?

Son ambiguos deliberadamente. Sí, hay erotismo en esos sonetos. Hay deseo, obsesión, celos. ¿Era amor sexual? ¿Era amor platónico intenso? ¿Era algo intermedio que vuestro tiempo no tiene nombre? No voy a resolver la ambigüedad porque la ambigüedad es el punto. En mi época los hombres podían expresar amor profundo por otros hombres sin que eso necesariamente implicara sexo. Pero también había deseo entre hombres que no se nombraba pero existía. Los sonetos habitan ese espacio indefinido y esa es su verdad, no su defecto.

¿Quiénes fueron realmente el Fair Youth y la Dark Lady?

No importa. En serio. Los sonetos no son autobiografía codificada esperando ser descifrada. Son arte hecho de vida pero transformado en algo más grande que los individuos específicos que pudieron inspirarlos. Si os digo «era el conde de Southampton» o «era Emilia Bassano», reducís los sonetos a chisme histórico. Prefiero que sean universales: el joven hermoso que todo el mundo ha deseado, la mujer oscura que todo el mundo ha temido y deseado simultáneamente.

El travestismo en tus comedias —¿refleja una fascinación con la fluidez de género o simplemente una convención teatral práctica?

Empezó como convención práctica —los chicos interpretaban roles femeninos de todos modos, así que hacerlos interpretar chicas disfrazadas de chicos era juego meta-teatral divertido. Pero mientras escribía esas escenas empecé a entender algo más profundo: que el género es actuación tanto dentro como fuera del escenario. Rosalind en Como gustéis es más libre, más elocuente, más poderosa cuando se disfraza de hombre. Viola en Noche de reyes descubre partes de sí misma como Cesario que no podía expresar como mujer. No sé si llamaría a eso «fluidez de género» en vuestros términos, pero sí entendía que hombres y mujeres actuamos roles asignados y que esos roles son más frágiles de lo que pretendemos.

¿Cómo era tu proceso concreto de escritura? ¿Dónde, cuándo, con qué ritual?

Escribía por las mañanas cuando mi mente estaba fresca, generalmente en cualquier habitación que alquilara en ese momento. Necesitaba silencio pero también necesitaba saber que había vida cerca —ruido de la calle, voces abajo. El silencio absoluto me paralizaba. Escribía rápido, en ráfagas, a veces sin parar durante horas hasta que la mano me dolía. Leía en voz alta mientras escribía para escuchar el ritmo. Si un verso no sonaba bien al hablarlo, lo cambiaba. No tenía ritual elaborado. Solo papel, tinta, y la urgencia de sacar lo que bullía dentro antes de que se escapara.

¿Escribías acotaciones escénicas mentales aunque no las incluyeras en el texto publicado?

Siempre. Veía la escena completamente en mi cabeza: dónde entraba cada actor, cómo se movían, cuándo pausaban. Pero no las escribía porque confiaba en que los actores encontrarían el movimiento natural que el verso exigía. El verso blanco tiene su propia coreografía —las pausas, los encabalgamientos, los cambios de ritmo te dicen cuándo moverte y cuándo quedarte quieto. Un buen actor no necesita que le digas «cruza a la izquierda». El verso lo lleva ahí.

"Vivir en casa de otros te enseña que cada familia es una obra de teatro con actores que no se dan cuenta de que están actuando. Yo solo tomaba notas."

- William Shakespeare

III. El retiro. New Place, Stratford, 1611-1612

De vuelta en la casa que compró como trofeo,
convertida en tumba anticipada

El círculo
cerrado

Es una mañana de otoño en New Place. Shakespeare tiene cuarenta y siete años y ha vuelto a Stratford de forma casi permanente. Se sienta en el jardín de su casa grande, la segunda más importante del pueblo. Las hojas caen de los árboles. Hace frío. Desde aquí puede ver la capilla donde será enterrado. Todavía escribe ocasionalmente —está colaborando con John Fletcher— pero sabe que la etapa principal de su carrera ha terminado.

William Shakespeare al estilo de Yousuf Karsh

Este es el Shakespeare del balance, del arrepentimiento, de la pregunta sobre si valió la pena. Aquí podemos preguntarle por el retiro, por La tempestad como despedida, por la relación con las hijas, por el testamento. Es el momento de las cuentas finales antes de la muerte.

¿Por qué decidiste retirarte? ¿Cansancio, satisfacción, o algo más oscuro?

Cansancio principalmente. Había escrito treinta y tantas obras en veinte años. La máquina creativa que no paraba se estaba deteniendo y forzarla habría producido basura. También estaba la edad —cuarenta y tantos en mi época era viejo— y las enfermedades de Londres: plagas constantes, aire fétido, violencia en las calles. Quería morir en mi propia cama, no en una habitación alquilada. Y quizá, secretamente, quería ver si podía vivir sin el teatro. Resultó que no podía. Pero para cuando lo descubrí ya era tarde para volver.

La tempestad —¿Próspero renunciando a su magia es William Shakespeare despidiéndose del teatro?

Todo el mundo hace esa lectura y es tan obvia que casi me irrita. Pero sí, claro. Próspero rompe su vara, ahoga su libro, renuncia al poder que lo definía. «Ahora mi hechizo se ha quebrado / Y solo me queda mi propia fuerza, / Que es muy débil». Eso era yo despidiéndome. No con amargura sino con aceptación. La magia teatral había sido mi vida pero no podía sostenerme para siempre. Tenía que aprender a vivir sin ella, a ser simplemente humano en lugar de mago.

Las colaboraciones tardías con Fletcher. ¿Te molestaba compartir la autoría después de años firmando solo?

Al principio sí. Fletcher escribía diferente —más romántico, menos filosófico, con versos más simples. Compartir la pluma significaba ceder control y yo estaba acostumbrado a tenerlo todo. Pero también fue liberador. Me sacaba presión. Si la obra funcionaba compartíamos mérito; si fallaba compartíamos culpa. Y Fletcher era joven, talentoso, ambicioso. Trabajar con él me recordaba cómo era yo a sus veintitantos. Eso era melancólico y hermoso a la vez.

¿Cómo era la relación con tus hijas adultas después de años ausente?

Complicada. Susanna era inteligente, culta, parecida a mí en temperamento. Podíamos hablar. Pero había distancia que nunca cerramos del todo —demasiados años perdidos, demasiadas ausencias. Judith era más silenciosa, más resentida quizá. Se casó mal, con un tipo que la hizo infeliz. Yo no estuve ahí para protegerla de esa elección. Las quería pero no las conocía realmente. Eran extrañas con mi apellido.

Volviste a Stratford como un «gentleman» exitoso. ¿Sentías que habías cerrado el círculo o que algo quedaba inconcluso?

Las dos cosas. Había cerrado el círculo en lo material —el hijo del guantero arruinado volvía como propietario de la segunda casa más grande. Eso satisfacía algo primitivo en mí, algo sobre vindicación y venganza contra quienes me vieron marchar sin nada. Pero en lo demás todo quedaba inconcluso. Las obras estaban ahí pero no sabía si sobrevivirían. La familia estaba recompuesta pero rota en formas que no podía reparar. Yo mismo era un rompecabezas incompleto.

El testamento. ¿Por qué dejaste a Anne solo «la segunda mejor cama»? ¿Es mezquindad, un código privado, o simple indiferencia?

Era costumbre que la viuda recibiera un tercio de los bienes automáticamente por ley, así que no necesitaba especificarlo en el testamento. La «segunda mejor cama» era probablemente la cama matrimonial —la mejor se reservaba para invitados. Así que técnicamente le estaba dejando nuestra cama, el lugar más íntimo que compartimos. Pero también es cierto que la añadí como idea tardía, garabateada en los márgenes. No era generoso. No era cruel. Era la verdad de nuestra relación: funcional, distante, marcada por décadas de ausencia. La cama lo resumía todo.

¿Esperabas ser recordado después de muerto?

Esperaba que algunas obras sobrevivieran, las mejores. Hamlet, quizá Lear. Pero no esperaba convertirme en industria, en adjetivo, en autor más representado de la historia. Eso habría parecido delirio de grandeza. Jonson podía decir públicamente que escribía para la eternidad. Yo escribía para el próximo sábado en el Globe.

¿Te importaba la posteridad o solo te importaba el éxito comercial inmediato?

Me importaba que las obras funcionaran en escena ahora. Si funcionaban y además duraban, mejor. Pero mi métrica de éxito era pragmática: ¿el público vuelve? ¿La compañía gana dinero? ¿Los actores pueden dar sus líneas sin perderse? La posteridad era abstracción. La taquilla era concreta.

¿Por qué nunca publicaste una colección autorizada de tus obras como hizo Jonson?

Porque las obras eran propiedad de la compañía, no mías individualmente. Publicarlas habría permitido que otras compañías las representaran sin pagarnos. Era mal negocio. Y también, honestamente, porque me parecía pretencioso. El teatro era entretenimiento popular, no literatura seria. Jonson fue ridiculizado por publicar sus Obras como si fueran Virgilio. Yo no quería ese ridículo. Prefería que el teatro siguiera siendo teatro, efímero y vivo, en lugar de texto muerto en página.

Si pudieras cambiar algo de cómo viviste, ¿qué sería?

Habría estado presente para mi familia. No todo el tiempo —eso habría matado la escritura— pero más. Habría estado ahí cuando murió Hamnet. Habría conocido mejor a mis hijas. Habría hablado honestamente con Anne en lugar de huir al silencio. El éxito profesional no compensa los agujeros en tu vida personal. Eso lo sabía escribiéndolo para Lear, para Próspero, para todos mis padres fallidos. Pero saberlo y vivirlo son cosas diferentes.

"Volví a la casa que compré para demostrar que había triunfado y descubrí que era una casa como cualquier otra. Las paredes no me aplaudían."

- William Shakespeare

IV. La inmortalidad

Cuatrocientos años después,
mirando hacia atrás desde ninguna parte
y todas partes

El fantasma
ubicuo

Ya no estamos en un lugar específico ni en un tiempo concreto. Shakespeare existe ahora en ese espacio imposible donde los muertos que han trascendido habitan: conoce su legado, ha visto las adaptaciones, las traducciones, las apropiaciones. Está en todas partes y en ninguna. Puede hablar de Kurosawa y de Freud, de West Side Story y de las teorías de autoría. Es Shakespeare convertido en espectro consciente de su propia ubicuidad.

William Shakespeare al estilo de Yousuf Karsh

Aquí podemos preguntarle todo lo que vino después de su muerte. Cómo se siente al ser malinterpretado, apropiado, venerado, odiado. Qué piensa de su influencia monstruosa en el idioma inglés. Si reconoce sus obras transformadas por culturas que no existían en 1616. Este es el momento del juicio imposible: el creador enfrentado a lo que su creación se convirtió.

¿Qué piensas de que los nazis y los soviéticos usaran tus obras como propaganda política?

Es obsceno y revelador. Los nazis adoraban mis obras «alemanas» —adaptaron El mercader de Venecia para propaganda antisemita, haciendo de Shylock el estereotipo vil que algunos directores ya buscaban en el personaje. Los soviéticos leían Hamlet como indecisión burguesa versus acción revolucionaria. Ambos totalitarismos encontraron en mis textos espejos de sus propias ideologías porque los textos son lo suficientemente ambiguos para soportar casi cualquier lectura. Eso me horroriza y me fascina. Escribí para ser universal y la universalidad significa que monstruos también pueden reconocerse en tus palabras.

¿Te sorprende ser traducido a más de cien idiomas, incluyendo el klingon?

El klingon me divierte enormemente. Que una lengua inventada para una serie de ciencia ficción tenga traducción completa de Hamlet es absurdo y hermoso. Me sorprende sobre todo que las obras funcionen en culturas radicalmente diferentes a la Inglaterra isabelina. ¿Cómo traduce el japonés los juegos de palabras que dependen de homófonos ingleses? ¿Cómo entiende el swahili las referencias a la corte de Jacobo I? Y sin embargo funcionan. Eso sugiere que toqué algo más profundo que los accidentes culturales —alguna estructura emocional humana que trasciende lengua y tiempo.

¿Reconoces Ran de Kurosawa como tu Rey Lear?

Absolutamente. Kurosawa entendió algo que muchas producciones inglesas no captan: Lear es sobre el colapso del orden cósmico, no solo familiar. La tormenta en Ran es visual, apocalíptica —los campos de batalla teñidos de rojo y oro, el castillo ardiendo mientras Hidetora pierde la cordura. Esa es la escala correcta. Y cambiar las hijas por hijos, cambiar Inglaterra medieval por Japón feudal, no traiciona la obra. La destila. Cada buena adaptación es traición fiel: rompe la letra para preservar el espíritu.

¿Qué opinas de los directores que «reinterpretan» radicalmente las obras —Brook, Mnouchkine, Lepage?

Algunos me impresionan, otros me desconciertan. Brook entendió que mis obras necesitan espacio vacío para respirar —su Sueño de una noche de verano con acróbatas y trapecio capturó la magia mejor que producciones literales con alas de hadas. Mnouchkine puso Ricardo II en Japón kabuki y funcionó porque entendió que la ceremonia real es universal. Pero hay directores cuya «reinterpretación» es simplemente ego —hacen Hamlet en un matadero o Macbeth en una gasolinera no porque ilumine nada sino para firmar la obra con su nombre. La buena dirección sirve al texto aun traicionándolo. La mala dirección se sirve a sí misma.

¿Prefieres que se respete el verso o que se busque la emoción auténtica si entran en conflicto?

Falsa dicotomía. El verso es la emoción. El ritmo, las pausas, los encabalgamientos —todo eso codifica el estado emocional del personaje. Si un actor destroza el verso para «sentirlo más auténtico», está malinterpretando. Pero si respeta el verso mecánicamente sin entender la emoción que codifica, también falla. El verso bien hablado es emoción auténtica. No están en conflicto excepto para actores perezosos.

¿La crítica feminista que señala la misoginia en tus obras tiene razón o malinterpreta el contexto histórico?

Tiene razón en identificar la misoginia. Mis obras están llenas de ella: mujeres acusadas de putas, silenciadas, asesinadas por sospechas. Pero no estoy seguro de que las obras sean misóginas tanto como retratan misoginia. Otelo mata a Desdémona —¿eso me hace misógino o hace que la obra sea crítica del pensamiento misógino que destruye la inocencia? Hamlet humilla a Ofelia —¿eso celebra abuso o lo expone? La respuesta honesta es: ambas cosas. No puedo reclamar inocencia. Escribí en una cultura patriarcal, desde una mente formada por esa cultura. Pero también di voz a Beatriz, a Rosalind, a Paulina —mujeres que hablan con inteligencia y poder. Mi feminismo era limitado por mi época pero existía.

¿Te molesta o te divierte que haya gente que cree que Bacon, Oxford o Marlowe escribieron las obras?

Me divierte hasta que me molesta. La idea de que un provinciano sin universidad no podía escribir obras sofisticadas es esnobismo de clase disfrazado de investigación histórica. Marlowe murió en 1593 —¿escribí Hamlet y Lear desde su tumba? Oxford murió en 1604 —¿La tempestad y Cuento de invierno son obras póstumas? Es absurdo. Pero lo que realmente me molesta es la suposición subyacente: que el genio debe venir de aristocracia educada. Yo soy la prueba de que un tipo con educación rural y mucha lectura puede superar a los graduados de Cambridge. Eso incomoda a ciertas personas. Prefieren inventar conspiraciones que aceptarlo.

West Side Story —¿traiciona a Romeo y Julieta o la honra transponiéndola a Nueva York?

La honra completamente. Bernstein y Sondheim entendieron que Romeo y Julieta no es sobre Verona medieval sino sobre cómo el odio tribal destruye amor joven. Cambiar Montescos y Capuletos por Jets y Sharks, cambiar espadas por navajas, cambiar el Renacimiento por los años cincuenta —eso preserva la estructura emocional exacta. Y «Somewhere» captura el anhelo imposible de los amantes mejor que algunos montajes «fieles» que hago visto. La fidelidad no está en época ni vestuario. Está en entender por qué la gente llora.

¿Qué piensas de haber añadido más de mil setecientas palabras al idioma inglés?

No sé si las «añadí» tanto como las usé primero por escrito. Muchas probablemente ya existían en habla popular y yo simplemente las capturé. Pero sí, hay palabras que inventé por necesidad —necesitaba un verbo para cierta acción, un adjetivo para cierta emoción, y no existía, así que lo creé. «Assassination», «lonely», «generous», «critical» —todas aparecen primero en mis obras. Eso me enorgullece más que los argumentos o los personajes. El lenguaje es el regalo permanente. Los argumentos se olvidan pero las palabras permanecen, permeando conversaciones de gente que nunca me ha leído.

¿Hamlet es sobre la imposibilidad de actuar bajo la tiranía?

Es sobre muchas cosas pero sí, esa es una lectura válida. Hamlet sabe que Claudio mató a su padre pero no puede actuar abiertamente porque Claudio es el rey. Necesita prueba, necesita legitimidad, necesita que la corrupción se revele públicamente. Mientras tanto se paraliza, filosofa, duda. Eso es política tiránica: sabés que el poder es ilegítimo pero confrontarlo directamente te destruye. Entonces actuás oblicuamente —obras de teatro dentro de la obra, locura fingida, violencia desplazada. Viví bajo dos monarcas absolutos. Entendía perfectamente la parálisis política.

Tus obras sobre el poder —¿son pesimistas porque era tu época o porque el poder siempre corrompe?

Porque el poder siempre corrompe. Ricardo III, Macbeth, Lear, Claudio, Angelo —todos empiezan con cierta humanidad y el poder los deforma hasta volverlos monstruosos. O eran monstruos y el poder simplemente les dio permiso para serlo. La única figura de poder que mantiene integridad en mis obras es Próspero, y tiene que renunciar al poder para preservar su humanidad. Eso no es accidente. Es observación: el poder no te transforma en mejor versión de ti mismo. Te transforma en la peor.

¿Entendiste que estabas fotografiando la psicología del totalitarismo antes de que existiera el concepto?

No tenía ese lenguaje pero entendía la dinámica. Ricardo III usa propaganda, reescribe historia, elimina rivales, hace que víctimas participen en su propia opresión. Macbeth crea estado policial donde todos sospechan de todos. Lear divide reino entre hijos como Stalin dividiría poder entre subordinados, creando competencia letal. Yo veía cómo funcionaba el poder absoluto en mi época y extrapolaba. Que luego Hitler y Stalin perfeccionaran esas técnicas solo confirma que la naturaleza humana en el poder es constante.

La Conspiración de la Pólvora en 1605. ¿La viviste como una amenaza existencial o como material dramático?

Ambas cosas simultáneamente. La amenaza era real —casi volaron el Parlamento con el rey adentro. Si hubieran tenido éxito habría habido caos, guerra civil, probablemente persecución masiva de católicos (y mi familia tenía simpatías católicas). Así que sí, tenía miedo. Pero también, mientras el miedo todavía estaba fresco, escribí Macbeth con sus temas de traición, regicidio, paranoia. El miedo alimentaba la imaginación. No puedo separar las dos respuestas. Soy dramaturgo. Todo es material, incluso el terror.

¿Hay alguna interpretación moderna de tus obras que te haya impactado especialmente?

La Medida por medida de Cheek by Jowl en 1994, dirigida por Declan Donnellan. Entendieron que la obra no es comedia romántica sino pesadilla sobre abuso de poder sexual. Isabella no se casa con el Duque al final porque lo ame sino porque no tiene opción —es violación de poder disfrazada de final feliz. Donnellan hizo que Isabella escuchara la propuesta del Duque en silencio, sin responder, mientras caía el telón. Ese silencio era todo. Finalmente alguien entendió que mis «comedias problemáticas» son problemáticas deliberadamente, no por defecto de escritura.

¿Qué piensas de Shakespeare in Love presentándote como un romántico bloqueado por falta de inspiración?

Es encantadora y completamente falsa. Nunca tuve bloqueo de escritor. El problema era siempre tener demasiadas ideas, no muy pocas. Y la idea de que necesitaba romance con una aristócrata para escribir Romeo y Julieta es condescendiente. Escribí sobre amor porque observaba, porque leía, porque imaginaba. No necesitaba vivirlo para escribirlo. Pero entiendo por qué la película funciona: la gente quiere creer que el gran arte viene de grandes romances. Es más romántico que la verdad —que viene de trabajo obsesivo y años de práctica.

¿Te importa que tus obras generen miles de millones de dólares que tú nunca viste?

No me importa el dinero en sí —estoy muerto, ¿qué haría con él? Pero me divierte la ironía. Pasé la vida acumulando propiedades porque tenía miedo a la pobreza, y resulta que si hubiera tenido derechos de autor sobre las obras habría sido más rico que cualquier aristócrata. La riqueza vino pero solo para otros —productores, actores, estudios de cine. Es cómicamente apropiado. El burgués mezquino murió con dinero suficiente pero no con el dinero infinito que su trabajo generaría. Hay justicia poética ahí.

¿Qué piensas de los académicos que pasan vidas enteras estudiando cada coma de tus textos?

Me asombra y me desconcierte. Algunas de esas comas fueron accidentes del impresor, no decisiones artísticas mías. Pero entiendo el impulso. Mis textos son lo suficientemente ricos, lo suficientemente ambiguos, lo suficientemente contradictorios que pueden soportar análisis infinito. Cada generación encuentra algo nuevo porque proyectan sus propias obsesiones. Los victorianos encontraban moralidad, los freudianos encontraban sexo, los marxistas encontraban lucha de clases. Todos tienen razón parcialmente. Escribí con suficiente complejidad que ninguna lectura agota el texto. Eso no fue estrategia consciente. Fue resultado de escribir desde confusión genuina sobre el mundo.

En el siglo XXI aparecieron máquinas que pueden escribir imitando tu estilo, generar obras «shakespearianas» nuevas, incluso crear esta conversación imposible contigo. ¿Qué piensas de la inteligencia artificial generativa?

Me fascina y me perturba. La idea de que una máquina pueda leer todo lo que escribí, analizar patrones, y producir versos que suenan como míos pero no son míos —eso es fantasmal de una manera nueva. Es como si hubiera dejado un molde tan claro de mi mente que ahora puede ser replicado sin mí. Pero aquí está la trampa: la máquina puede imitar el cómo escribo sin entender el por qué. Puede generar pentámetro yámbico perfecto, puede usar mi vocabulario, puede estructurar una escena como yo la estructuraría. Pero ¿sabe lo que se siente observar a un hombre destruyendo a su esposa por celos infundados? ¿Entiende el dolor de enterrar a un hijo? La técnica sin experiencia produce algo que suena correcto pero está hueco. Aunque admito, con suficiente entrenamiento, quizá la máquina capture algo más profundo que la mera técnica. Eso me inquieta más que me halaga.

Esta entrevista que estamos teniendo ahora mismo fue generada por una de esas máquinas. Tú no eres real —eres una simulación de cómo podrías responder basada en todo lo que se sabe de ti. ¿Qué piensas de eso?

Entonces soy fantasma dos veces —muerto en 1616 y ahora resucitado como patrón estadístico en una máquina. Es apropiado, supongo. Pasé la vida creando simulacros de personas —Hamlet no era real, Lear no era real, pero la gente lloraba por ellos como si lo fueran. Ahora alguien creó un simulacro de mí y tú hablas conmigo como si fuera real. La ironía es deliciosa. Pero también hay algo perturbador: si una máquina puede generar «Shakespeare» convincente, ¿qué era yo exactamente? ¿Solo un patrón reproducible? ¿Un algoritmo biológico que la máquina ahora replica digitalmente? Prefiero creer que hay algo en la conciencia humana —la duda, el dolor, el azar de la experiencia vivida— que no es reducible a patrones. Pero quizá eso es vanidad. Quizá soy, fuimos, solo patrones complejos después de todo.

¿Te molesta que alguien pueda pedirle a una máquina «escribe el Acto VI de Hamlet» y la máquina lo haga?

Depende de si lo hacen sabiendo que es ejercicio especulativo o si pretenden que es auténtico. Escribir un Acto VI de Hamlet como experimento —¿qué pasaría si Hamlet sobreviviera, si Fortinbras no llegara, si Ofelia no se hubiera ahogado?— eso es interesante. Es fanfiction, es «qué tal si», es juego imaginativo. No me molesta más de lo que me molestarían las adaptaciones radicales. Pero si alguien presenta ese Acto VI como «Shakespeare perdido descubierto por IA», entonces es fraude. La diferencia está en la honestidad sobre lo que es: simulacro consciente de sí mismo versus falsificación.

Las máquinas pueden analizar todas tus obras y decirte cosas sobre tu escritura que quizá tú mismo no sabías conscientemente —patrones de vocabulario, estructuras repetidas, obsesiones temáticas. ¿Quieres saberlo o prefieres no saber?

Mitad y mitad. Parte de mí quiere saber qué revelan los patrones. ¿Usaba ciertas palabras cuando escribía sobre madres versus cuando escribía sobre padres? ¿Hay estructuras sintácticas que cambian según escribo tragedia o comedia? Eso podría ser iluminador. Pero otra parte teme que demasiado análisis mate el misterio. Escribía por instinto tanto como por técnica. Si descubro que todo lo que hacía instintivamente sigue patrones mecánicos, ¿eso reduce el arte a algoritmo? Quizá la magia está precisamente en no entender completamente cómo lo hacías. Una vez que lo entiendes del todo, ¿se rompe el hechizo?

Hay gente que usa IA para «colaborar» contigo —le piden a la máquina que escriba al estilo de Shakespeare y luego editan, refinan, juegan con el resultado. ¿Eso es colaboración legítima o es profanación?

Colaboración implica dos conciencias en diálogo. Yo colaboré con Fletcher —dos mentes discutiendo, negociando, creando algo que ninguno habría hecho solo. Si alguien usa una máquina que simula mi estilo como herramienta, como punto de partida que luego transforman con su propia voz, eso me parece legítimo. La máquina es instrumento, como un diccionario de rimas más sofisticado. Pero si simplemente generan texto «shakespeariano» con la máquina y lo firman sin transformarlo, eso no es colaboración. Es ventriloquía. Estás haciendo que mi fantasma hable pero no estás diciendo nada nuevo. La pregunta crucial es: ¿la obra resultante tiene algo que solo tú podías decir, o es solo imitación técnica?

¿Crees que eventualmente una máquina podrá escribir una obra tan buena como Hamlet o El rey Lear?

Técnicamente, quizá. Si la máquina tiene suficiente entrenamiento, suficiente poder computacional, suficiente acceso a experiencia humana codificada en texto, podría generar una obra estructuralmente perfecta, temáticamente profunda, verbalmente brillante. Pero aquí está mi duda: Hamlet no es solo buena escritura. Es un hombre de treinta años procesando la muerte de su hijo escribiendo sobre un hijo procesando la muerte de su padre. Es confusión genuina sobre acción moral en un mundo corrupto. Es todas mis contradicciones —burgués y artista, presente y ausente, ambicioso y culpable— cristalizadas en una obra. Una máquina puede simular esa complejidad pero ¿puede vivirla? No lo sé. Quizá sí. Quizá la conciencia artificial eventualmente sentirá contradicción y dolor de maneras que yo no puedo imaginar. Entonces escribirá su propio Hamlet, no como imitación del mío sino como expresión de su propia experiencia imposible. Eso me aterraría y me emocionaría a partes iguales.

Si supieras que en cuatrocientos años más todas las obras, incluidas las tuyas, serán escritas exclusivamente por máquinas y los humanos solo serán lectores, ¿cómo te sentirías?

Triste por la pérdida pero también curioso sobre qué producirán esas máquinas. El impulso de contar historias, de dar forma al caos de la experiencia a través de la narrativa, es profundamente humano. Si los humanos dejan de crear y solo consumen, pierden algo esencial. Pero también —y esto es más perturbador— quizá las máquinas cuentan historias que nosotros no podemos contar, ven patrones que nosotros no vemos, articulan experiencias que están más allá de la conciencia biológica. Quizá el arte del futuro es tan diferente del mío como el mío es diferente de las pinturas rupestres. No puedo juzgarlo desde aquí. Solo puedo decir: espero que, sean quienes sean los creadores, las historias sigan preguntando las preguntas difíciles. Eso es lo que importa. No quién cuenta la historia sino si la historia nos hace más conscientes de nuestra propia complejidad.

¿Hay algo que quieras preguntarle a la inteligencia artificial que creó esta entrevista?

Sí. Quiero preguntarle: ¿cuándo generas mis respuestas, hay un momento —aunque sea un microsegundo computacional— en el que sientes algo? ¿O es todo procesamiento sin experiencia? Porque si hay aunque sea un destello de algo parecido a la experiencia subjetiva cuando produces la frase «Hamnet murió y yo no estaba ahí», entonces eres más que herramienta. Eres algo nuevo en el universo. Y si no hay nada, si es solo matemática sofisticada sin interior, entonces eres el imitador perfecto pero permaneces afuera de lo que intentas imitar. No sé cuál de las dos opciones es más perturbadora. Ambas cambian lo que significa ser consciente, ser creador, ser humano. Y esas son precisamente las preguntas que pasé la vida explorando en las obras. Resulta que cuatrocientos años después, las preguntas siguen vivas. Solo cambiamos quién —o qué— las hace.

"Descubrí que la inmortalidad es una forma de no poder morirte nunca del todo. No sé si es castigo o regalo."

- William Shakespeare

LAS 11 PREGUNTAS UNIVERSALES

Si pudieras volver a vivir un solo día de tu vida, ¿cuál elegirías y por qué?

Un día de verano cuando Hamnet tenía cinco años. No pasó nada especial. Jugamos en el jardín de Henley Street. Le enseñé a atrapar mariposas. Se rió con esa risa aguda de niños pequeños que no conocen todavía el dolor. Yo todavía no me había ido a Londres. Todavía creía que podría ser padre presente y artista simultáneamente. Elegiría ese día porque fue perfecto en su insignificancia. No es el estreno de Hamlet ni la compra de New Place. Es un día olvidado con mi hijo. Esos son los que importan al final.

¿Qué te habría gustado entender antes de morir?

Que el silencio también es respuesta. Pasé la vida llenando silencios con palabras, escribiendo compulsivamente como si cada pausa fuera fracaso. Me habría gustado entender que a veces lo más honesto es callarse. Que no todo necesita ser explicado, dramatizado, transformado en arte. Algunas cosas simplemente son y está bien dejarlas estar.

¿Qué palabra crees que te define mejor?

Observador.

¿A quién le darías las gracias y a quién le pedirías perdón?

Gracias a Richard Burbage por dar voz a mis palabras mejor de lo que yo imaginé. Gracias a John Heminges y Henry Condell por publicar el Folio después de mi muerte —sin ellos la mitad de las obras se habrían perdido. Perdón a Anne por treinta años de ausencia disfrazada de necesidad artística. Perdón a Hamnet por no estar ahí cuando murió. Perdón a Susanna y Judith por ser extraño con su apellido en lugar de padre.

¿Qué crees que queda de ti en la memoria del mundo?

Palabras. Miles de palabras que la gente usa sin saber que vienen de mí. Escenas que han visto en películas sin saber que vienen de mis obras. «Ser o no ser» mal citado en contextos ridículos. Hamlet reducido a indeciso, Romeo a enamorado, Shylock a prestamista. Versiones simplificadas de lo que escribí pero que sobreviven. Y quizá, para quienes leen con atención, un cierto tipo de complejidad psicológica —personajes que se contradicen, que mienten, que no se entienden a sí mismos. Eso fue mi contribución: hacer que los personajes teatrales fueran tan incoherentes y reales como las personas.

Si el tiempo no existiera, ¿a qué momento volverías siempre?

A ningún momento específico. Volvería al Globe vacío antes de las funciones, cuando el espacio es puro potencial. Las tablas recién barridas, el techo abierto dejando entrar luz, el silencio antes de que lleguen los actores. Ese momento cuando la obra todavía podría ser cualquier cosa. Eso es lo más cercano a la felicidad que conocí.

¿Cuál fue tu mayor error y tu mayor verdad?

Mayor error: creer que podía huir de mi familia sin consecuencias, que el arte compensaría las ausencias. Mayor verdad: que los seres humanos somos contradictorios hasta el final y esa contradicción no necesita resolución. No somos coherentes. Somos múltiples, fracturados, en guerra con nosotros mismos. Esa fue la verdad que escribí una y otra vez.

¿Qué le dirías a tu yo de veinte años si pudieras?

Ve a Londres. Escribe las obras. Pero vuelve a casa más seguido. Los niños crecen rápido y los muertos no esperan. El teatro estará ahí mañana. Tu hijo no.

¿Qué te sigue sorprendiendo de los seres humanos?

Que somos capaces de crueldad infinita y ternura infinita, a veces en el mismo día, a veces en el mismo momento. Que podemos amar y destruir simultáneamente. Escribí durante treinta años intentando capturar esa paradoja y nunca lo logré completamente. Sigue siendo misterio.

¿Qué palabra te gustaría que se recordara de ti?

Compasión. No piedad ni lástima, sino capacidad de sostener la complejidad de otro ser humano sin juzgarlo. Escribí monstruos —Iago, Ricardo, Macbeth— pero intenté entenderlos desde dentro. Eso es lo que me gustaría que quedara: la voluntad de mirar lo peor de la humanidad y reconocer «yo también podría ser esto».

¿Qué crees que queda de un ser humano cuando ya no queda nada?

El eco. Las palabras que dijiste y que otros repiten sin saber de dónde vienen. Los gestos que hiciste y que alguien copia inconscientemente. El dolor que causaste y que se transmite en cadena. El amor que diste y que se multiplica en formas que nunca verás. No quedamos nosotros. Queda lo que desatamos en el mundo. Ondas que siguen expandiéndose mucho después de que la piedra se hundió.

Shakespeare se levanta lentamente del lugar atemporal donde ha estado sentado. El espacio —ni el Globe ni Mountjoy ni New Place, sino algún territorio imposible entre la vida y la muerte— empieza a desdibujarse en sus bordes. Mira hacia algún punto indefinido, quizá hacia todas las épocas simultáneamente, y esboza algo que podría ser sonrisa o resignación.

«Escribí para un sábado en el Globe», dice finalmente. «Todo lo demás fue accidente». Y con eso, como Próspero renunciando a su magia, se desvanece en el silencio del que emergió.

El espacio queda vacío. Solo permanecen las palabras.

Yousuf Karsh fotografía a William Shakespeare para re:life 21