Mata Hari
Margaretha, antes de que el mundo
la llamara de otra manera
Hay una fotografía que no existe. La habría tomado Lartigue en el hipódromo de Auteuil en 1911: una mujer alta con sombrero grande avanzando por el paseo mientras los hombres giran la cabeza. Elegante, oscura, en movimiento. Nadie en el encuadre sabría que dos años antes esa mujer había bailado semidesnuda ante la burguesía parisina con joyas prestadas de un museo, ni que seis años después sería fusilada al amanecer en los campos de Vincennes. La imagen habría capturado la superficie perfecta. Lo que Lartigue no habría fotografiado —lo que ninguna cámara fotografió nunca— es lo que este perfil intenta encontrar.
Margaretha Geertruida Zelle nació el 7 de agosto de 1876 en Leeuwarden, capital de Frisia, en el norte de los Países Bajos. Su padre, Adam Zelle, era sombrerero y especulador, un hombre que creyó durante años que la prosperidad era una condición permanente. Cuando Margaretha tenía trece años, la quiebra lo dejó sin nada. Cuando tenía quince, su madre murió. En tres años, el mundo doméstico que la había sostenido desapareció completamente. Adam Zelle se marchó con otra mujer. Los cuatro hijos fueron repartidos entre parientes. Margaretha fue a vivir con un tío en Sneek, y después con su padrino en La Haya. Nadie preguntó qué quería ella.
Lo que quería, a los dieciocho años, era salir. El mecanismo disponible para una mujer joven sin dinero ni familia en los Países Bajos de 1894 era el matrimonio, y Margaretha lo usó con la determinación de quien no tiene otra herramienta. Respondió al anuncio de contactos de un capitán del ejército colonial holandés llamado Rudolf MacLeod, veinte años mayor que ella, que buscaba esposa para llevarse a las Indias Orientales. Se casaron en 1895. Tenía diecinueve años. Él tenía treinta y nueve y una historia de alcoholismo que nadie le contó antes de la boda.
Java los recibió en 1897. Lo que Margaretha encontró en las Indias Orientales no fue el exotismo que el orientalismo europeo prometía: fue la violencia ordinaria de una colonia holandesa donde los colonos bebían para olvidar que estaban lejos de casa y descargaban esa distancia sobre sus familias. MacLeod era infiel, brutalmente aficionado a los burdeles militares, y la trató con una crueldad que ella documentó después con detalle en las cartas que escribiría años más tarde. Le transmitió la sífilis. Tuvieron dos hijos: Norman-John, nacido en 1897, y Louise Jeanne, nacida en 1898. En 1899, Norman-John murió. La versión oficial habló de envenenamiento accidental por un criado indígena. La versión más probable es que murió por las consecuencias del tratamiento con mercurio con que intentaban controlar la sífilis que ambos padres le habían transmitido. Tenía dos años. Margaretha tenía veintitrés.
La pérdida de Norman-John hizo algo al matrimonio que ya estaba roto: lo volvió imposible. Regresaron a los Países Bajos en 1902. El divorcio se tramitó con la crueldad adicional de que MacLeod se quedó con Louise Jeanne, la hija que sobrevivía. Los tribunales holandeses daban la custodia al padre por defecto. Margaretha podía visitar a la niña bajo condiciones que MacLeod controlaba y modificaba según le convenía. Lo que siguió —los años en que Margaretha construyó a Mata Hari, los años en que llenó los escenarios más importantes de Europa— tiene una explicación que el mito borra sistemáticamente: necesitaba dinero. No para vivir bien. Para recuperar a su hija. Los honorarios de sus actuaciones, los regalos de sus amantes, las pensiones que negociaba con la habilidad de quien sabe que el tiempo corre: todo iba dirigido a acumular lo suficiente para convencer a un tribunal de que podía mantener a Louise Jeanne mejor que su padre. Mata Hari bailó durante años para pagar abogados. Eso no es un detalle biográfico. Es el motor de todo lo que siguió.
París la recibió en 1903, cuando tenía veintisiete años, sin dinero, con conocimientos superficiales de danza javanesa y una comprensión precisa de lo que el mercado cultural europeo quería comprar. Europa llevaba décadas construyendo su fantasía de Oriente: el orientalismo no era una corriente artística marginal sino la estética dominante de la Belle Époque, la forma en que una civilización colonial procesaba su fascinación y su miedo hacia los mundos que sometía. Había un mercado para eso, y el mercado tenía forma de mujer exótica en un escenario parisino.
El debut llegó el 13 de marzo de 1905 en el Musée Guimet, el museo de arte asiático de París. El director, Émile Guimet, prestó el escenario y parte del vestuario. Margaretha prestó el resto: un nombre en malayo —Mata Hari, ojo del alba—, una historia de origen inventada sobre una madre brahmán y una iniciación sagrada en los templos de Java, y cuatro o cinco movimientos de danza que había observado sin aprenderlos sistemáticamente durante sus años en las Indias. El público, que nunca había estado en Asia, creyó todo. Los críticos escribieron sobre la autenticidad de sus danzas sagradas hindúes. Nadie señaló que los templos hindúes y la cultura javanesa son cosas distintas. No querían saber: querían la fantasía, y Margaretha la ofreció con una precisión que revela no ingenuidad sino cálculo.
Lo que resulta difícil —y necesario— sostener es que ese cálculo no la convierte en villana ni en víctima pura. Margaretha fue arquitecta y prisionera de Mata Hari al mismo tiempo. Eligió el personaje porque era la única mercancía que París estaba dispuesto a comprarle: una mujer holandesa de clase media arruinada no tenía mercado; una sacerdotisa hindú de origen misterioso, sí. La elección fue racional. Las consecuencias no las eligió. El orientalismo que ella encarnó no era su invención: era el sistema en el que había decidido sobrevivir. Y ese sistema, que la aplaudió durante una década, tenía sus propias condiciones de uso que ella no leyó hasta que fue demasiado tarde.
Durante diez años, Mata Hari funcionó. Actuó en el Olympia, en el Trocadero, en la Scala de Milán, en Montecarlo, en Madrid, en Berlín. Sus amantes fueron oficiales, aristócratas, industriales, diplomáticos. Cobró bien y gastó más. La hija seguía con MacLeod. Los abogados seguían cobrando. Y el mundo que la había fabricado empezaba a cansarse de ella: los Ballets Rusos de Diáguilev habían cambiado el gusto europeo, y el orientalismo de pacotilla que había funcionado en 1905 sonaba a anticuado en 1913. Cuando la guerra llegó en 1914, Mata Hari tenía treinta y ocho años, las actuaciones escaseaban y las cuentas no cerraban.
La guerra la encontró en Berlín con sus bienes confiscados. Lo que siguió fue una serie de decisiones tomadas por una mujer que necesitaba dinero y sobreestimó su capacidad para manejarse entre servicios de inteligencia que llevaban décadas perfeccionando lo que ella improvisaba. Aceptó dinero alemán —veinte mil francos del cónsul Kroemer— que interpretó como compensación por sus bienes, no como pago por servicios de espionaje. Más tarde aceptó trabajar para el capitán Georges Ladoux, jefe del contraespionaje francés, a cambio de un millón de francos que le permitiría por fin recuperar a su hija. En Madrid intentó seducir al agregado militar alemán Von Kalle para extraer información útil para los franceses. Lo que consiguió fueron rumores y artículos de periódico que Von Kalle le entregó deliberadamente: él sabía con quién hablaba.
Lo que Margaretha no sabía era que los aliados habían descifrado el código alemán. Cuando Von Kalle envió a Berlín un radiograma describiendo a su agente H-21 —el nombre en clave que los alemanes le habían asignado a ella sin que ella lo supiera del todo— Ladoux ya podía leerlo. El radiograma era una trampa: Von Kalle la estaba quemando deliberadamente, entregándosela a los franceses en un código que sabía comprometido. Ladoux tenía la prueba que necesitaba. O más exactamente: tenía el documento que podía presentar como prueba ante un tribunal militar que no iba a hacer preguntas incómodas.
Fue arrestada en París el 13 de febrero de 1917. El juicio se celebró en julio, a puerta cerrada, ante un tribunal militar. No hubo defensa efectiva. Las pruebas presentadas —los radiotelegramas, unos frascos de tinta supuestamente secreta, la suma de dinero alemán— no habrían resistido un estándar probatorio mínimo en ningún tribunal civil. Pero no era un tribunal civil: era el Consejo de Guerra francés en el año más negro de la guerra, con el ejército al borde del motín tras el desastre del Chemin des Dames y el gobierno necesitando demostrar que el contraespionaje funcionaba. Mata Hari era perfecta: extranjera, sexualmente visible, sin Estado que la defendiera, con la historia construida sobre mentiras que hacían inverosímil cualquier declaración suya. La condenaron a muerte.
La fusilaron el 15 de octubre de 1917 en los campos de Vincennes, al amanecer. Rechazó la venda. Lanzó besos al pelotón, según algunos testigos. Murió de pie, que es la única postura que le quedaba. Cuatro días después, Georges Ladoux fue arrestado bajo sospecha de trabajar para Alemania. El expediente sobre ese arresto nunca se desclasificó del todo.
La historia de Margaretha Geertruida Zelle no terminó en Vincennes. Terminó dos años después, en 1919, cuando Louise Jeanne murió a los veintiún años, días antes de embarcar hacia Java como maestra de escuela. La misma Java donde su madre había perdido a su hermano, había contraído la enfermedad que la marcó, había aprendido los cuatro movimientos de danza con los que fabricó una identidad y una vida. El mundo que empezó en esas islas cerró el círculo sobre la hija que Margaretha nunca pudo recuperar. Lo que el fusilamiento hizo no fue solo ejecutar a una mujer: fue destruir una familia entera por lo que un Estado necesitaba que esa mujer representara. Los archivos desclasificados en 2017 confirman lo que los historiadores llevan décadas sosteniendo. No había pruebas suficientes. Nunca las hubo.