La creadora y su monstruo

Villa Diodati, junio de 1816. Afuera llueve sin cesar—ha llovido durante semanas, el cielo plomizo como una tapa sobre el lago de Ginebra. Adentro, junto al fuego, Mary Godwin tiene diecinueve años y está embarazada de nuevo. Hace quince meses perdió a su primera hija, nacida prematura, muerta a los once días. Escribió en su diario: «Soñé que mi bebé volvía a la vida; que solo había tenido frío, y que la frotamos frente al fuego, y vivió. Desperté y no hay bebé.»

Ahora está rodeada de caos masculino: Percy Shelley, su amante casado, recita poesía con fervor maníaco. Lord Byron, cojo y arrogante, bromea sobre galvanismo y experimentos de Erasmus Darwin que devuelven la vida a los muertos. John Polidori, el médico de Byron, toma notas con resentimiento. Y Claire Clairmont, la hermanastra de Mary, embarazada del hijo de Byron, que llora en las noches.

Byron propone un concurso: cada uno escribirá una historia de terror. Los hombres comienzan inmediatamente, seguros de su genio. Mary se queda en silencio durante días. No puede pensar en nada. Luego, después de una conversación sobre animación de cadáveres, tiene lo que ella llamará una «pesadilla despierta»: un estudiante arrodillado junto a la criatura que ha ensamblado, viendo con horror cómo cobra vida. Frankenstein nace de ese sueño—una historia sobre creación y abandono escrita por alguien que sabe exactamente cómo se siente ser abandonada.


Creció leyendo junto a la tumba de su madre en el cementerio de St. Pancras. Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer, murió de infección puerperal once días después de dar a luz a Mary. El padre, William Godwin—filósofo radical, teórico del anarquismo—publicó un año después unas Memorias tan honestas sobre los amantes y la hija ilegítima de Wollstonecraft que arruinaron la reputación póstuma de su esposa durante un siglo. Mary creció con el peso imposible de ser hija de dos titanes intelectuales que nunca conoció realmente.

La madrastra, Mary Jane Clairmont, la detestaba. Godwin esperaba que Mary fuera brillante—después de todo, llevaba los nombres de ambos padres—pero la educación que le dio fue errática, autodidacta, construida de lecturas en la biblioteca paterna y conversaciones robadas con los visitantes radicales que frecuentaban su casa. A los dieciséis, cuando conoció a Percy Shelley—poeta, ateo, teórico político que había abandonado a su esposa embarazada—vio en él la encarnación de todo lo que sus padres habían representado. Las ideas, al menos. Las ideas eran puras.

Huyeron juntos en julio de 1814, llevándose a Claire. Godwin, que había escrito en Justicia política que el matrimonio era un monopolio represivo, que había predicado el amor libre y la abolición de la propiedad, nunca la perdonó. Le preocupaba su «reputación impecable». También le preocupaba que Shelley le había prometido pagar sus deudas y luego se retractó.


La primera bebé—nunca le pusieron nombre—nació prematura en febrero de 1815. Murió el 6 de marzo. «Encontré a mi bebé muerta,» escribió Mary. Percy salió esa noche con Claire, dejando a Mary sola con su dolor. Dos semanas después: «Soñé que mi bebé volvía a la vida; que solo había tenido frío, y que la frotamos frente al fuego, y vivió. Desperté y no hay bebé. Pienso en la pequeña cosa todo el día.»

Luego Italia. William, nacido en 1816, apodado Willmouse, muerto de malaria en Roma en 1819 a los tres años. Clara Everina, nacida en 1817, muerta de disentería en Venecia en 1818 al año de edad. Un aborto espontáneo en 1822 que casi la mata—Percy preparó baños de hielo para detener la hemorragia. Percy Florence, nacido en 1819, único sobreviviente.

Y el misterio que Mary nunca aclaró: Elena Adelaide Shelley, registrada el 27 de febrero de 1819 en Nápoles como hija de Percy Bysshe Shelley y Mary Shelley. Mary sabía que no había estado embarazada. ¿Era hija de Percy con Claire? ¿Con la sirvienta Elise Foggi? ¿Una niña adoptada en un intento torpe de «reemplazar» a los hijos muertos de Mary? Nadie lo sabe. Elena fue dejada con padres adoptivos italianos y murió diecisiete meses después. Los Foggi intentaron chantajear a Percy. Mary escribió en su diario sobre Claire con notable falta de empatía—estaba cansada del drama, cansada de cargar con el peso emocional de todos.

Cuatro hijos muertos antes de los veinticinco años. Los hechos acumulados como golpes. Sin adornos. El horror está en la acumulación.


Frankenstein; o el moderno Prometeo se publicó anónimamente el 1 de enero de 1818. Quinientas copias. Muchos críticos asumieron que Percy era el autor—había escrito el prólogo, después de todo. Pero el manuscrito, ahora en la Biblioteca Bodleiana de Oxford, cuenta otra historia. De las 72,000 palabras, Percy contribuyó aproximadamente 3,000: correcciones de puntuación, cambios de una palabra aquí y allá, sugerencias editoriales que cualquier editor moderno haría. Cambió «piel pálida» a «piel amarilla». Sugirió «hermoso» en lugar de «apuesto». Nada más.

Durante décadas se especuló que Percy había prácticamente escrito la novela por ella. En 2008, el profesor Charles E. Robinson documentó meticulosamente cada corrección de Percy en la edición The Original Frankenstein. Las «contribuciones» de Percy fueron mínimas. Mary lo sabía. Nunca lo aclaró públicamente mientras vivió, pero en la introducción a la edición de 1831 escribió: «No le debo la sugerencia de un solo incidente, ni apenas de un solo tren de sentimientos.»

Frankenstein es una novela sobre responsabilidad del creador escrita por alguien que acababa de perder un bebé. Victor Frankenstein crea vida y luego huye aterrorizado de lo que ha hecho. El monstruo—nunca nombrado, como la primera hija de Mary—suplica amor, familia, comprensión. Es rechazado una y otra vez. Se vuelve monstruoso porque es abandonado, no porque naciera así.

La novela es radicalismo político disfrazado de terror gótico. Una crítica devastadora de la arrogancia científica masculina, del individualismo romántico que Percy tanto celebraba, de la filosofía de su padre que priorizaba las ideas sobre las personas. Mary argumentaba que la cooperación y la compasión—especialmente las practicadas por mujeres en las familias—eran las formas de reformar la sociedad. Un desafío directo tanto a Percy como a Godwin.

Publicada cuando tenía diecinueve años. Inventó la ciencia ficción moderna. Los hombres a su alrededor escribieron poesía sobre ideales abstractos. Ella escribió sobre qué pasa cuando juegas a ser Dios y luego abandonas a tu creación.


1822: Percy se ahoga cuando su velero, el Don Juan, se hunde en una tormenta en el Golfo de La Spezia. Mary tiene veinticuatro años, un hijo pequeño, sin dinero. El baronet Shelley—el padre aristocrático de Percy que los había repudiado por radicales—le ofrece cien libras anuales con una condición: que no publique nada que dañe la reputación de la familia Shelley.

Mary acepta. Necesita sobrevivir. Necesita educar a Percy Florence. Las concesiones comienzan: edita las obras de Percy para publicación póstuma, borrando cuidadosamente los aspectos más escandalosos de su ateísmo militante, sus teorías sobre amor libre, su abandono de Harriet (su primera esposa, que se suicidó embarazada). Construye la imagen del «Shelley angelical»—poeta visionario, mártir romántico. Sacrifica verdades incómodas en el altar de la supervivencia económica.

Pero también sigue escribiendo. Valperga (1823), novela histórica sobre poder y política en la Italia medieval. The Last Man (1826), apocalipsis distópico ambientado en el siglo XXI donde una plaga extermina a la humanidad—escrita mientras aún lloraba a Percy, a William, a Clara, a todos. Perkin Warbeck (1830), Lodore (1835), Falkner (1837). Rambles in Germany and Italy (1844), un libro de viajes. Artículos biográficos para Dionysius Lardner’s Cabinet Cyclopaedia entre 1829 y 1846—biografías de científicos, poetas, exploradores. En todos estos textos, el radicalismo político persiste. Críticas del poder aristocrático, defensa de la educación femenina, cuestionamiento de las estructuras patriarcales. Todo bajo la superficie, suficientemente enmascarado para no ofender al baronet Shelley.

Vive una doble vida durante treinta años: la viuda devota de Percy Shelley y la autora profesional por derecho propio. Guardiana de su legado y creadora del suyo. Las dos identidades en tensión constante, ninguna completamente real, ambas necesarias para sobrevivir.


Muere el 1 de febrero de 1851, a los cincuenta y tres años, probablemente de un tumor cerebral. Durante las últimas décadas de su vida fue principalmente conocida como «la esposa de Percy Shelley» y «la autora de Frankenstein«. Sus otras cinco novelas fueron olvidadas. Sus artículos, ignorados. Hasta la década de 1970, los académicos la trataban como nota al pie en la biografía de Percy. El editor Frederick Jones escribió en 1945 que una colección de sus cartas «no podría justificarse por la calidad general de las cartas o por la importancia de Mary Shelley como escritora. Es como esposa de Percy Bysshe Shelley que excita nuestro interés.»

Pero los monstruos tienen vida propia. Frankenstein nunca dejó de reimprimirse. Sobrevivió adaptaciones teatrales victorianas, películas de Hollywood, cómics, Halloween. En 2016, doscientos años después de Villa Diodati, se vendieron casi 50,000 copias—cien veces más que la primera edición. En 2021, una copia original se vendió por 1.17 millones de dólares, récord para una obra impresa de una mujer.

Percy Shelley es estudiado en departamentos de literatura por especialistas. Prometheus Unbound requiere notas al pie. Sus poemas sobre ideales abstractos necesitan contextualización histórica. Mary Shelley creó un monstruo que se escapó del laboratorio hace dos siglos y sigue vivo, mutando, relevante. Pasó treinta años promoviendo la obra de Percy, sacrificando su propia reputación, construyendo cuidadosamente su mito angelical.

Al final, fue su criatura la que los sobrevivió a todos.