El hombre que cambió nuestra mirada sobre la vida
Charles Darwin
Esta conversación es imposible. Charles Darwin murió el 19 de abril de 1882 en Down House y fue enterrado en la abadía de Westminster con honores de Estado, en una ceremonia que la Iglesia organizó para un hombre que había desmantelado su versión de los orígenes con más eficacia que cualquier ataque frontal. Pero las entrevistas imposibles son el corazón de RE:LIFE. Y Darwin es precisamente el tipo de figura que la historia ha convertido en icono con tanta rapidez que reconstruirlo exige más esfuerzo que imaginación.
El problema con Darwin no es el olvido sino la canonización. El darwinismo social utilizó su nombre para justificar el imperialismo. El creacionismo lo convirtió en enemigo de Dios. La cultura popular lo redujo al hombre de la barba blanca que dijo que venimos del mono. Ninguna de esas versiones se parece mucho al ser humano que anotó durante cuarenta años el comportamiento de los gusanos de tierra en su jardín.
Darwin no sale bien parado en todo. Tardó demasiado en publicar mientras otros pagaban el coste de sostener ideas que él guardaba en un cajón. Sus observaciones sobre las poblaciones indígenas del Beagle están marcadas por los prejuicios de su época. Dejó un agujero en el centro de su propia teoría que tardaría décadas en cerrarse. Pero fue honesto sobre sus limitaciones con una franqueza que sus sucesores raramente igualaron, y tuvo el valor de seguir una idea hasta sus consecuencias más incómodas sin apartarla cuando esas consecuencias le afectaban a él mismo.
La fotografía de Saúl Leiter captura esa dualidad: la figura del científico filtrada por capas de cristal, reflejos y color que no separan al observador de lo observado sino que los funden. Leiter fotografiaba el mundo como Darwin lo estudió —encontrando en lo aparentemente ordinario una complejidad que cambia todo lo que creías ver. Histórico pero presente. Adelante.
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“El mundo no estaba preparado. Yo tampoco”
Esta entrevista responde a una necesidad específica: Charles Darwin ha sido canonizado, apropiado, simplificado y convertido en símbolo por cada tradición que lo ha necesitado, pero nadie le ha preguntado directamente sobre las contradicciones que definen su pensamiento. Los biólogos lo reclaman como fundador indiscutible. Los filósofos materialistas lo convierten en santo laico. Los creacionistas lo usan como enemigo necesario. El darwinismo social aplicó su nombre a doctrinas que él nunca suscribió. La cultura popular lo redujo al hombre de la barba blanca que dijo que venimos del mono. Ninguna de esas versiones se parece mucho al ser humano que tardó veinte años en publicar su propia teoría porque le aterraban sus consecuencias.
Esta conversación imposible lo obliga a responder sin filtros sobre la distancia entre el científico riguroso y el ideólogo que otros construyeron con su nombre, entre el naturalista que observó con honestidad sus propios límites y el icono que sus sucesores vaciaron de dudas, entre el hombre que escribió con franqueza inhabitual sobre su mediocridad académica y el genio predestinado que el mito necesitaba, entre la figura histórica que existió y el símbolo en el que cada generación lo ha convertido sin preguntarle.
La estructura en seis momentos temporales —el Beagle 1831, Londres 1837, Down House 1858, la publicación de El origen 1859, la tormenta pública 1860, y las once preguntas finales— revela una transformación progresiva: del joven naturalista que sube al barco creyendo todavía en la creación divina y todavía puede no saber lo que va a encontrar, al científico que regresa con los cuadernos llenos y la teoría sin nombre todavía, al hombre que construye en silencio durante dos décadas algo que le aterra publicar, al autor que abre el periódico en noviembre de 1859 y descubre que el mundo ha cambiado sin que él haya salido de su jardín, hasta la figura que gestiona la tormenta desde la distancia y contempla cómo su idea es apropiada simultáneamente por causas contradictorias con la claridad específica de quien ya no puede controlar lo que puso en marcha.
Esta progresión desmonta el mito del genio sereno y predestinado mostrando el coste real de cada decisión: los veinte años de silencio mientras otros pagaban el precio intelectual de sostener ideas que él guardaba en un cajón, la carta de Wallace que lo obligó a actuar, y una teoría con un agujero en el centro que él mismo reconoció y que tardó décadas en cerrarse.
El equipo de cinco entrevistadores —Gabriel García Márquez, Alexander von Humboldt, Nellie Bly, Ibn Jaldún y Félix Rodríguez de la Fuente— garantiza la multiplicidad de perspectivas: la mirada que encuentra en la evolución una narrativa tan prodigiosa que lo real y lo maravilloso se vuelven indistinguibles en García Márquez, el naturalista que recorrió América una generación antes y puede confrontarlo con lo que ambos vieron en los mismos paisajes en Humboldt, la pregunta que ningún periodista de la época se atrevió a formular en Bly, el pensador que interroga a Darwin sobre si la naturaleza y la civilización obedecen las mismas leyes en Ibn Jaldún, y quien dedicó su vida a que los seres humanos amaran el mundo natural antes de destruirlo en Rodríguez de la Fuente. Sus voces se entrelazan para construir un interrogatorio coral que replica la complejidad de un pensador que la historia casi nunca ha intentado comprender en sus propios términos.
Las once preguntas finales —idénticas para todos los entrevistados de re:life— lo obligan a responder como persona, no como símbolo, para acceder a la experiencia humana fundamental: qué se siente haber seguido una idea hasta sus consecuencias más incómodas sabiendo que esas consecuencias te incluyen a ti, y que casi nadie, siglo y medio después, comprende todavía del todo lo que implican.
I. EL ANTES
Un joven sin rumbo que coleccionaba
escarabajos en lugar de estudiar
El origen
del origen
Cambridge, Christ’s College, otoño de 1827. Darwin tiene dieciocho años y acaba de abandonar la carrera de Medicina en Edimburgo. Está sentado en su habitación pequeña y fría, rodeado de cajas de insectos clavados con alfileres, con una carta de su padre sobre la mesa que no ha terminado de leer. Por la ventana entra una luz gris que hace brillar los caparazones de los escarabajos como piedras preciosas.
Es el instante anterior a todo, cuando nada estaba decidido y Darwin era todavía un fracaso en proceso. Entrevistarlo aquí permite acceder al hombre antes del mito, al muchacho que decepcionó a su padre y encontró en los insectos lo que no encontraba en los libros de texto. La incomodidad de ese momento es la materia prima de todo lo que vino después.
Su padre quería que fuera médico, luego pastor. Usted quería cazar escarabajos. ¿En qué momento supo que la vida que otros habían imaginado para usted era sencillamente imposible?
No hubo un momento preciso. Fue más bien una acumulación de evidencias. En Edimburgo asistí a operaciones quirúrgicas sin anestesia y tuve que salir corriendo. No por cobardía, creo, sino porque algo en mí se negaba a aceptar que eso fuera lo que debía hacer con mi vida. Mi padre lo interpretó como pereza. Quizás tenía razón en parte. Pero la pereza tiene sus propias inteligencias.
En Cambridge era considerado un estudiante mediocre. ¿Qué estaba aprendiendo mientras suspendía?
Aprendía a mirar. Los exámenes pedían que uno recitara lo que otros habían pensado. Yo prefería salir al campo antes del amanecer a buscar escarabajos bajo la corteza de los árboles muertos. Encontré una vez un escarabajo rarísimo — un Panagaeus cruxmajor — y no tenía dónde ponerlo, así que me lo metí en la boca para tener las manos libres. No era el método que recomendaba ningún manual. Pero era el mío.
¿Qué veía usted en la naturaleza que sus profesores no parecían ver?
Que todo estaba relacionado. Que ninguna criatura existía sola. Mis profesores veían especímenes. Yo veía conversaciones. Aunque entonces no habría sabido expresarlo así.
Su padre era médico, su abuelo Erasmus Darwin era poeta y naturalista. ¿Se sentía heredero de algo o escapando de algo?
De ambas cosas simultáneamente, que quizás es la única manera honesta de relacionarse con los padres y los abuelos. Mi abuelo Erasmus había especulado sobre la transformación de las especies en sus poemas. Nadie lo tomó del todo en serio porque lo había dicho en verso. Yo me propuse decirlo en prosa y con pruebas. No sé si eso es herencia o venganza.
De niño coleccionaba conchas, minerales, insectos. ¿Cuándo dejó de ser un pasatiempo y se convirtió en una forma de ver el mundo?
Cuando descubrí que el placer de encontrar algo raro no estaba en poseerlo sino en preguntarse por qué existía. La colección como tal me interesaba poco. Lo que me interesaba era la pregunta que cada espécimen hacía sobre los demás.
John Stevens Henslow, su mentor en Cambridge, fue quien lo recomendó para el Beagle. ¿Qué vio en usted que usted mismo no veía todavía?
Me pregunto eso con frecuencia. Henslow era un hombre extraordinariamente atento. Solíamos caminar juntos durante horas y él escuchaba mis observaciones con una seriedad que yo no merecía. Supongo que vio que mis preguntas eran mejores que mis respuestas. En ciencia, eso ya es bastante.
La Universidad de Edimburgo primero, Cambridge después. Dos fracasos académicos en los que sin embargo aprendió lo esencial. ¿Qué le enseñó el fracaso que el éxito no habría podido enseñarle?
Que las instituciones tienen razones propias que no siempre coinciden con las razones del conocimiento. Aprendí eso a los dieciséis años y me ha sido más útil que cualquier título.
Era un joven inglés de familia acomodada. Tenía la posibilidad de una vida cómoda, previsible, respetable. ¿Por qué no bastaba?
Nunca supe responder del todo a esa pregunta. Mis hermanas llevaban vidas perfectamente respetables y no parecían sentir lo que yo sentía: esa especie de incomodidad permanente cuando el mundo está ordenado de una manera que no cuadra con lo que uno observa. Quizás era egoísmo. Quizás era curiosidad. No estoy seguro de que sean cosas distintas.
Antes del Beagle, ¿tenía alguna intuición de lo que iba a descubrir, o zarpó sin teoría ninguna?
Zarpé con Lyell en la maleta. Su Principios de geología me lo dio Henslow para el viaje. El libro me enseñó que la Tierra era mucho más antigua de lo que decían las Escrituras. Eso no era todavía una teoría sobre la vida. Pero era el suelo en que una teoría así podía crecer. Zarpé, creo, con el suelo. Sin la planta todavía.
¿Quién fue el primero en tomarlo en serio como naturalista, y qué cambió en usted cuando eso ocurrió?
Henslow. Y lo que cambió fue algo difícil de nombrar. Creo que me di permiso para creerme lo que ya era. Hay personas que funcionan como espejos: no te muestran lo que quieres ver sino lo que ya estás siendo sin saberlo. Henslow fue ese espejo.
«Mi padre me dijo una vez que no serviría para nada. Lo dijo con cariño, que es la peor manera de decir algo así. Llevo toda la vida pensando que quizás tenía razón y que "para nada" era exactamente el espacio que yo necesitaba.»
- Charles Darwin
II. EL VIAJE
Cinco años mirando el mundo con ojos
que aún no sabían lo que veían
Lo que vio
el Beagle
Isla Santa Cruz, archipiélago de las Galápagos, septiembre de 1835. Darwin tiene veintiséis años y lleva cuatro meses en las islas. Es la hora del mediodía y el calor aplasta. Está en cuclillas frente a una iguana marina que lo mira sin moverse, con esa indiferencia perfecta de los animales que no tienen depredadores. En el cuaderno abierto sobre sus rodillas hay dibujos de picos de pinzones. Todavía no sabe lo que significan.
Las Galápagos son el lugar donde la intuición de Darwin empezó a tomar forma sin que él lo supiera todavía. Entrevistarlo aquí, antes de que la teoría esté formulada, permite capturar el asombro puro, anterior al sistema, anterior a la explicación. Es el momento en que un hombre mira algo que no entiende y decide que vale la pena no entenderlo durante veinte años más.
¿Qué sintió la primera vez que pisó tierra tropical? No lo que escribió en el diario. Lo que sintió.
Que el mundo era demasiado grande para los idiomas que yo conocía. En Bahía, Brasil, la primera selva tropical que vi, me quedé paralizado durante minutos. No encontraba palabras. Y yo era alguien que siempre encontraba palabras. Eso me asustó más que cualquier animal.
Las iguanas marinas de las Galápagos. Las describió como «las criaturas más horribles y torpes que puedo imaginar». Luego pasó años estudiándolas. ¿Qué le enseñó ese tránsito del rechazo a la comprensión?
Que el repudio inicial ante algo extraño casi siempre es información disfrazada de emoción. Cuando algo me resulta horrible, ahora me pregunto primero por qué. La iguana marina es horrible porque no encaja en ninguna categoría que yo tuviera. Eso, naturalmente, era exactamente el problema: mis categorías, no la iguana.
Los pinzones. Usted los describió morfológicamente con precisión extraordinaria. Pero ¿los escuchó alguna vez? ¿Prestó atención a cómo se comportaban entre ellos?
No lo suficiente. Es una de mis omisiones que más lamento. Estaba tan concentrado en el pico —esa variación maravillosa del pico según la isla y el alimento— que descuidé todo lo demás. El comportamiento, el canto, las jerarquías sociales. Los pinzones como individuos, no solo como especímenes. Eso lo hicieron otros, mucho después. Con mejores ojos que los míos para ciertas cosas.
Viajó con el capitán FitzRoy, un hombre profundamente religioso que más tarde se arrepintió de haberlo llevado a bordo. ¿Hubo un momento en el viaje en que sintió que lo que estaba viendo era incompatible con lo que FitzRoy creía?
Desde muy pronto. Pero FitzRoy era un hombre de honor y de inteligencia real. Discutíamos. Una noche en Sudamérica discutimos durante horas sobre la esclavitud —él la defendía, yo la encontraba abominable— y al día siguiente desayunamos juntos como si no hubiera pasado nada. Era así. La nave era pequeña y las convicciones, grandes. Aprendí a separarlas.
En Brasil presenció la esclavitud. La describió con horror en sus cartas. FitzRoy la defendía. ¿Influyó esa experiencia en su manera de pensar sobre las razas humanas y la unidad de la especie?
Profundamente. Ver a seres humanos tratados como mercancía y escuchar los argumentos con que eso se justificaba —argumentos que apelaban, precisamente, a diferencias naturales entre razas— me convenció de que la ciencia podía ser la herramienta más peligrosa del mundo en manos equivocadas. Y me convenció también de lo contrario: de que la unidad fundamental de nuestra especie no era una opinión sentimental sino una realidad observable. Todos veníamos del mismo lugar. Eso me parecía importante entonces. Me parece más importante todavía hoy.
Cinco años en el Beagle. ¿Qué fue lo más difícil de soportar, aparte del mareo?
La distancia de mi familia. Y la sensación, que fue creciendo lentamente, de que estaba viendo algo que iba a complicarme la vida de maneras que entonces no podía calcular todavía.
¿Hubo algún momento en el viaje en que consideró volver? ¿En que el peso de lo que estaba descubriendo fue demasiado?
Sí. En Tierra del Fuego. Vimos a los fueguinos — seres humanos viviendo en condiciones que ningún europeo podía imaginar — y algo en mí quiso volver a casa y no pensar más. Pero FitzRoy llevaba a bordo a tres fueguinos que había capturado en un viaje anterior y pretendía «civilizar». Verlos junto a sus compatriotas me hizo entender que la distancia entre «civilización» y «salvajismo» era una construcción, no un hecho. Y esa comprensión era demasiado grande para abandonarla.
Las Galápagos son un archipiélago de islas aisladas donde la vida evolucionó de manera independiente en cada una. ¿Fue ese aislamiento lo que le hizo ver la variación, o la variación la que le hizo entender el aislamiento?
Lo segundo. Primero vi que los pinzones eran distintos en cada isla. Luego entendí que el aislamiento era el mecanismo. Pero debo ser honesto: no lo comprendí del todo en las Galápagos. Lo comprendí años después, en Londres, con las notas extendidas sobre la mesa y el tiempo suficiente para pensar. El descubrimiento no ocurrió donde la leyenda dice que ocurrió.
En las Galápagos, ¿cuándo exactamente tuvo la primera sospecha de que algo en el relato oficial de la creación no cuadraba?
Cuando el gobernador de las islas me dijo que podía identificar de qué isla venía cada tortuga solo por la forma del caparazón. Eso me pareció extraordinario. Si cada isla tenía su propia variedad de tortuga, ¿cuándo y cómo había ocurrido eso? La creación simultánea de todas las especies no tenía respuesta para esa pregunta. Yo todavía no tenía la mía. Pero la pregunta ya no me abandonó.
¿En qué momento del viaje dejó de ser el hijo de Robert Darwin y se convirtió en Charles Darwin?
En algún lugar entre la Patagonia y las Galápagos. No sé el día exacto. Pero recuerdo que empecé a escribir las cartas a mi padre de otra manera. Menos disculpas. Más observaciones. Fue un cambio pequeño en el tono. Fue un cambio enorme en todo lo demás.
Cuando desembarcaba en un lugar nuevo, ¿qué miraba primero? ¿Qué instinto lo guiaba antes de que la razón tomara el control?
El suelo. Siempre el suelo. Los geólogos tienen razón en eso: todo empieza por debajo. Antes de mirar los árboles, los animales, los cielos, yo miraba las rocas. Qué edad tenían. Qué habían sido. El suelo es la memoria del lugar.
Cuando volvió a Inglaterra, ¿ya sabía lo que sabía, o la teoría llegó después, en el escritorio?
Sabía que había algo. No sabía todavía la forma que tenía. La forma llegó en julio de 1837, cuando abrí el primer cuaderno de transmutación. Ocho meses después de volver. Fue en el escritorio, sí. Los grandes descubrimientos casi siempre ocurren en el escritorio. El campo te da la materia. El escritorio te da el tiempo para entender qué has visto.
«Hay un momento, en cualquier viaje largo, en que uno deja de registrar lo que ve y empieza a ver de verdad. En las Galápagos llegué a ese momento demasiado tarde y demasiado pronto al mismo tiempo. Demasiado tarde para haberlo aprovechado mejor. Demasiado pronto para saber lo que significaba.»
- Charles Darwin
III. EL SILENCIO Y LA PUBLICACIÓN
Veinte años sabiendo algo que
el mundo no estaba listo para escuchar
La espera
más larga
Down House, Kent, invierno de 1858. Darwin tiene cuarenta y nueve años. Es última hora de la tarde y la luz ya no alcanza para trabajar. Está en su estudio, rodeado de plantas, notas, especímenes en frascos. Sobre la mesa, sin abrir, hay una carta de Alfred Russel Wallace con matasellos de Malasia. La ha recibido esta mañana. La ha leído una vez. No ha podido releerla todavía.
La carta de Wallace es el momento de máxima tensión en la vida de Darwin: el instante en que veinte años de silencio calculado se convierten en urgencia. Entrevistarlo aquí permite acceder a la complejidad moral del hombre —el científico honesto frente al ser humano que también quería ser el primero— y a la grieta que la muerte de Annie dejó en su relación con cualquier idea de justicia o providencia.
Veinte años entre el regreso del Beagle y la publicación de El origen de las especies. ¿Fue prudencia científica o fue miedo?
Las dos cosas. Y no creo que haya que elegir entre ellas. La prudencia era real: quería pruebas suficientes, quería que nadie pudiera refutarme con facilidad. Pero el miedo también era real. Sabía lo que mi teoría hacía con Dios, con la creación, con el lugar del ser humano en el universo. No me gustaba el conflicto. Nunca me ha gustado.
En Down House observaba gusanos durante horas. Sus colegas lo visitaban y encontraban al hombre que había dado la vuelta al mundo mirando el suelo de su jardín. ¿Qué buscaba exactamente en los gusanos?
La paciencia como mecanismo. Los gusanos transforman la tierra lentamente, sin drama, sin propósito visible, y el resultado es que el mundo entero está hecho de lo que ellos procesan. Eso me parecía —y me sigue pareciendo— una de las verdades más importantes que existen. Los grandes cambios no los producen los grandes gestos. Los producen los procesos lentos e invisibles.
Su hija Annie murió en 1851. Tenía diez años. Usted nunca volvió a entrar a una iglesia. ¿Qué se rompió exactamente?
No sé si algo se rompió. Creo que algo terminó de confirmarse. Yo ya tenía dudas sobre la providencia divina mucho antes de que Annie muriera. Pero mientras ella vivía, esas dudas eran intelectuales. Cuando murió, se convirtieron en algo que ya no tenía nombre filosófico. No pude seguir pretendiendo que había un plan. No en su caso. No con ella.
¿Hubo algún momento, después de Annie, en que deseó que su teoría fuera falsa? ¿Que hubiera algo más que la selección natural, algo que no fuera tan indiferente?
Sí. Muchas veces. Preferiblemente por las noches.
Su esposa Emma era profundamente religiosa. Sabía lo que usted estaba escribiendo. ¿Cómo vivieron juntos esa contradicción durante décadas sin que destruyera el matrimonio?
Con respeto. Y con la inteligencia de no intentar convencerse el uno al otro. Emma sabía que yo no podía creer lo que ella creía. Yo sabía que ella no podía dejar de creerlo. Encontramos la manera de que eso no fuera el centro de todo. No fue fácil. Pero el matrimonio tiene más espacio del que parece cuando los dos lo tratan con cuidado.
Alfred Russel Wallace llegó de manera independiente a la misma conclusión que usted. Cuando recibió su carta en 1858, ¿qué fue lo primero que pensó?
Que era un hombre honesto y que eso lo complicaba todo. Si hubiera sido deshonesto, habría sido más sencillo. Pero Wallace era brillante y generoso y llegó solo adonde yo había llegado solo. Lo primero que pensé fue: he esperado demasiado. Lo segundo fue: ¿qué hago ahora con honor?
¿Publicó finalmente por convicción o porque Wallace lo obligó?
Wallace lo precipitó. La convicción ya estaba. Pero sin su carta, creo que habría esperado otros cinco años. Soy de esa clase de hombres que necesitan que la circunstancia los empuje donde la razón ya les ha dicho que deben ir.
Down House era un refugio y una prisión al mismo tiempo. Usted apenas salía. ¿Cree que esa reclusión fue también una forma de protegerse del mundo que sabía que iba a incendiar?
Es posible. La enfermedad me daba una excusa legítima para no salir. Y la excusa era conveniente. No me avergüenza reconocerlo. La cobardía y la prudencia a veces son la misma cosa con distinto nombre según quién las juzgue.
Los veinte años de silencio produjeron no solo El origen sino también una cantidad extraordinaria de observación sobre plantas, percebes, orquídeas. ¿Fue ese trabajo lateral una forma de aplazar lo inevitable o era parte del mismo proyecto?
Era parte del mismo proyecto. Los percebes me dieron ocho años de trabajo minucioso que parecían no tener relación con la selección natural. Pero sin ellos no habría entendido la variación como la entendí. Cada desvío aparente era en realidad el camino más directo. Lo supe después, naturalmente.
Thomas Huxley, su gran defensor público, dijo tras leer El origen: «¡Qué tonto he sido por no haberlo pensado antes!» ¿Qué sintió al leer eso?
Alivio. Puro y simple alivio. Huxley era el hombre más inteligente que yo conocía y si él lo entendía inmediatamente, significaba que yo no me había equivocado en la forma en que lo había explicado. El fondo ya lo sabía que era correcto. La forma siempre me preocupó más.
¿Creyó en Dios? No el Darwin de las declaraciones públicas. El Darwin de las noches en Down House.
Quise creer. Durante muchos años quise creer que había algo detrás de todo aquello. Una inteligencia, un orden, algo que no fuera solo la variación ciega y la selección indiferente. No pude. Cada vez que lo intentaba, aparecía Annie. Y el cholera morbus. Y los parásitos que solo pueden vivir dentro del ojo de un niño. No pude creer en un Dios que hubiera diseñado eso.
¿Le importaba la posteridad? ¿Pensaba en cómo sería recordado?
Me importaba que la teoría fuera correcta. La posteridad es un problema de los vivos, no de los muertos.
La iglesia anglicana lo enterró en la Abadía de Westminster, junto a Newton. ¿Qué habría dicho usted si le hubieran anunciado ese final cuando tenía treinta años?
Que alguien había cometido un error administrativo de proporciones considerables.
«Emma guardó todas mis cartas. Yo guardé todas las suyas. Cuando murió Annie, no hubo palabras entre nosotros durante días. Solo la casa. Y los pájaros afuera, que no sabían nada y cantaban igual.»
- Charles Darwin
IV. EL LEGADO Y LO QUE NO VIVIÓ
Lo que su nombre hizo en el mundo
sin que él pudiera impedirlo
Darwin sin
Darwin
Down House, abril de 1882. Darwin tiene setenta y tres años y lleva semanas sin poder trabajar. Es una mañana fría y está en el invernadero, entre las plantas carnívoras que ha estudiado durante años. Sabe que le queda poco tiempo. No hay urgencia en sus movimientos, sino una especie de atención extraordinaria, como si mirara cada hoja por última vez. Dentro de dos semanas estará muerto.
Entrevistar a Darwin en el umbral de su muerte permite preguntarle no solo por lo que hizo sino por lo que intuyó que vendría. Un hombre que sabe que se acaba tiene una relación distinta con las consecuencias de sus actos. La lucidez del final es diferente a cualquier otra lucidez. Y las preguntas sobre lo que su nombre produjo —el darwinismo social, el nazismo, la genética, la extinción masiva— adquieren aquí un peso que no tendrían en otro momento.
A finales del siglo XIX, Herbert Spencer acuñó la expresión «supervivencia del más apto» y la aplicó a las sociedades humanas. Usted nunca usó esa expresión. ¿Qué habría dicho a Spencer?
Que «más apto» no significa «mejor». Significa «más adecuado para este entorno en este momento». Una bacteria es más apta que un ser humano en muchos contextos. La aptitud es relacional y temporal, no una jerarquía moral. Spencer convirtió una descripción en una prescripción. Ese es el error más peligroso que se puede cometer con la ciencia.
En el siglo XX, regímenes totalitarios —especialmente el nazismo— usaron su nombre y su teoría para justificar el exterminio de pueblos enteros. ¿Qué hace usted con eso?
Larga pausa.
Nada. No puedo hacer nada. Eso es lo que hace la muerte: te priva de la posibilidad de corregir lo que otros hicieron con tu trabajo. Pero debo decir algo con toda la claridad de que soy capaz: la selección natural no tiene nada que ver con la selección artificial de seres humanos. Nada. Lo que el nazismo llamó «darwinismo» era una perversión deliberada de conceptos que yo pasé cuarenta años construyendo con precisión. Usaron mi nombre para algo que habría considerado un crimen y una estupidez científica al mismo tiempo. Que ambas cosas coincidan no me sorprende. La crueldad y la ignorancia suelen ir juntas.
En 1953, Watson y Crick describieron la estructura del ADN. Por primera vez se podía ver el mecanismo exacto de la herencia que usted postuló sin poder demostrar. ¿Qué siente al saber que el mecanismo existía y usted estaba en lo correcto sin saberlo?
Una satisfacción extraña. No triunfo —el triunfo requiere estar presente. Más bien la confirmación de que a veces la razón llega adonde los ojos no pueden llegar todavía. Yo sabía que debía haber un mecanismo. No sabía que sería tan elegante.
Gregor Mendel publicó sus leyes de la herencia genética en 1866, siete años después de El origen. Usted nunca supo de su trabajo. ¿Qué habría cambiado si hubieran podido hablar?
Todo habría sido más rápido. Y probablemente más preciso. Mendel tenía lo que yo no tenía: el mecanismo de transmisión. Yo tenía lo que él no tenía: la escala temporal y la comprensión de la selección. Juntos habríamos llegado en una década adonde la ciencia tardó setenta años en llegar. Es una de las grandes tragedias de la historia científica. Dos hombres que se necesitaban mutuamente y nunca supieron que el otro existía.
Hoy existe algo llamado ecología. Usted estudió especies individuales. ¿Habría cambiado algo en su método si hubiera pensado en términos de ecosistema?
Enormemente. Mi gran limitación fue que pensé en organismos y debería haber pensado en relaciones. La selección no actúa sobre individuos aislados sino sobre individuos en relación con todo lo demás. Eso lo supe a medias. La ecología lo supo del todo. Me alegra que alguien lo haya terminado de pensar.
Estamos en medio de la sexta extinción masiva de especies. A un ritmo mil veces superior al natural. Causada por nuestra especie. ¿Qué le dice eso sobre la selección natural?
Que la selección natural es un proceso sin intención ni misericordia, y que una especie que destruye las condiciones de su propio sustento no está demostrando superioridad evolutiva sino exactamente lo contrario. Los dinosaurios fueron eliminados por un asteroide. Nosotros estamos siendo el asteroide. Hay una diferencia moral en eso, aunque la selección natural no tenga moral.
Hoy existe algo llamado inteligencia artificial. Sistemas que aprenden, se adaptan, compiten. Algunos hablan de una nueva selección, ya no biológica sino computacional. ¿Reconoce en eso algo de lo que descubrió?
El principio de variación y selección es suficientemente general para aparecer en muchos sustratos distintos. Si hay variación, si hay competencia por recursos —en este caso, atención, procesamiento, datos— y si las variantes más exitosas se reproducen con más frecuencia, entonces hay algo funcionalmente análogo a la selección. Lo que no sé es si eso produce algo funcionalmente análogo a la vida. Esa pregunta me interesaría enormemente. Lamentablemente, ya no tengo tiempo.
Hoy existe también algo llamado epigenética: la herencia de características adquiridas a través de mecanismos que no implican cambios en el ADN. Es decir, Lamarck tenía razón en algo. ¿Qué hace con eso?
Me alegra. Siempre me incomodó haber tenido que descartar a Lamarck tan completamente. Era un pensador serio y sus intuiciones sobre la herencia de caracteres adquiridos eran erróneas en el mecanismo pero no del todo absurdas en la intuición. La ciencia raramente produce victorias absolutas. Produce aproximaciones sucesivas. Esto es una de ellas.
El creacionismo sigue siendo una alternativa curricular a su teoría en muchos países. Ciento sesenta años después de El origen. ¿Qué le dice eso sobre los seres humanos?
Que la necesidad de sentido es más poderosa que la evidencia. Eso no me parece necesariamente malo. Me parece profundamente humano. Lo que sí me parece malo es que esa necesidad se satisfaga con falsedades cuando hay verdades disponibles que son, si uno las mira bien, bastante más hermosas que el relato que pretenden reemplazar.
La biología evolutiva del comportamiento sugiere que conductas como el altruismo, la violencia o la jerarquía social tienen raíces evolutivas. ¿Eso nos libera de la responsabilidad moral o nos la complica?
Nos la complica, como debe ser. Entender el origen de un comportamiento no es justificarlo. Entender por qué la violencia existe no significa que debamos tolerarla. El conocimiento no produce automáticamente ni absolución ni condena. Produce, si se usa bien, la posibilidad de elegir con más información. No es poco.
«Lo que más me pesa no es lo que hicieron con mi nombre. Es lo que no pude ver. Hay preguntas que dejé sin hacer porque no sabía todavía que eran preguntas. Esas son las que me acompañan.»
- Charles Darwin
LAS 11 PREGUNTAS UNIVERSALES
Si pudieras volver a vivir un solo día de tu vida, ¿cuál elegirías y por qué?
Un día cualquiera en las Galápagos. No el día del descubrimiento —que en realidad no hubo tal día—. Uno cualquiera, de los ordinarios, en que aún no sabía nada y todo era posible.
¿Qué te habría gustado entender antes de morir?
La conciencia. Cómo surge. Por qué existe. He explicado el cuerpo con cierta satisfacción. La mente se me ha escapado siempre.
¿Qué palabra crees que te define mejor?
Paciente. Y no siempre en el buen sentido.
¿A quién le darías las gracias y a quién le pedirías perdón?
Las gracias, a Emma. Siempre a Emma. El perdón, a Annie. Aunque sé que el perdón no funciona en esa dirección. Los padres no pueden pedir perdón a los hijos que murieron antes. Pero si pudiera, lo haría. Por no haberla salvado. Por haber seguido trabajando después.
¿Qué crees que queda de ti en la memoria del mundo?
Una idea. Solo una, realmente, aunque tiene muchas formas. La idea de que la diversidad de la vida no requiere un diseñador. Que el orden puede surgir sin intención. Eso es lo que queda. Espero que sea suficiente.
Si el tiempo no existiera, ¿a qué momento volverías siempre?
A cualquier mañana en Down House, antes de que la familia se despertara, cuando el jardín era mío solo y los gusanos trabajaban bajo la tierra sin que nadie los viera.
¿Cuál fue tu mayor error y tu mayor verdad?
El mayor error fue tardar tanto. La mayor verdad es la misma que el error: que la selección no tiene dirección, no tiene propósito, no tiene preferencias. Es la verdad más fría que he dicho y la más liberadora, aunque la mayor parte de los seres humanos prefieren no escucharla.
¿Qué le dirías a tu yo de veinte años si pudieras?
Que suba al barco. Que deje la carta de su padre sin leer. Que los escarabajos pueden esperar, pero el Beagle no.
¿Qué te sigue sorprendiendo de los seres humanos?
Su capacidad para creer lo que necesitan creer a pesar de toda la evidencia disponible. Y, en el mismo movimiento, su capacidad para construir, con esa misma irracionalidad, cosas de una belleza que ninguna selección natural podría haber producido sola.
¿Qué palabra te gustaría que se recordara de ti?
Curioso. Solo eso. Curioso hasta el final.
¿Qué crees que queda de un ser humano cuando ya no queda nada?
Lo que cambió en los demás. Nada más y nada menos. No hay alma, no hay registro cósmico, no hay continuidad personal. Hay influencia. Hay la cadena de consecuencias que uno pone en marcha y que sigue moviéndose mucho después de que uno se haya detenido. En ese sentido, todos somos eternos. Y en ese mismo sentido, ninguno lo es del todo.
