Adam Smith
El hombre que quemó sus papeles

En el otoño de 1740, un estudiante escocés de diecisiete años fue convocado ante las autoridades del Balliol College de Oxford y sancionado por poseer un libro prohibido. El volumen confiscado era el Tratado de la naturaleza humana de David Hume, una obra que la universidad consideraba peligrosa por su escepticismo religioso. El joven no mostró arrepentimiento. Se llamaba Adam Smith, y aquel castigo fue probablemente el momento más formativo de su vida intelectual: no por el libro, sino por lo que la sanción le reveló sobre las instituciones.

Oxford lo había decepcionado desde el primer día. Venía de Glasgow, donde Francis Hutcheson enseñaba filosofía moral con una energía contagiosa, donde los profesores debatían con sus estudiantes y cobraban en función de cuántos acudían a sus clases. Oxford era lo contrario: cátedras dotadas con fondos fijos, profesores que habían abandonado la pretensión de enseñar, una universidad que se perpetuaba a sí misma sin ninguna relación con el conocimiento real. Smith lo denunciaría por escrito décadas después con una frialdad que apenas disimulaba el disgusto acumulado. Pero antes de escribirlo, lo vivió. Y mientras lo vivía, se encerró en la Bodleiana y leyó todo lo que le prohibían.

Esa imagen —el joven aislado que construye su pensamiento contra la institución que lo alberga— contiene al Smith completo. No fue un pensador de gabinete ni un teórico que elaboró sus ideas en soledad heroica. Fue alguien que aprendió a pensar en diálogo y que, cuando ese diálogo le fue negado, lo buscó en los libros. Cuando pudo recuperarlo, lo convirtió en método de vida.

La Universidad de Glasgow le devolvió ese diálogo en 1751, cuando fue nombrado profesor de Lógica y, al año siguiente, ocupó la cátedra de Filosofía Moral que había pertenecido a su maestro Hutcheson. Tenía veintiocho años. Sus clases eran célebres por una razón sencilla: Smith pensaba en voz alta delante de sus estudiantes. No dictaba, no recitaba. Construía el argumento mientras lo exponía, se interrumpía, se contradecía, volvía sobre sus pasos. Los alumnos pagaban directamente por asistir, y acudían en masa. Años después, cuando analizó los sistemas de incentivos universitarios, sabía exactamente de qué hablaba porque había vivido en los dos lados del experimento.

Glasgow era también, en aquellos años, una ciudad en transformación. El comercio atlántico la estaba convirtiendo en una de las urbes más dinámicas de Europa, y Smith observaba ese proceso con la misma atención que dedicaba a los textos clásicos. Los comerciantes de tabaco, los artesanos, los operarios de los nuevos talleres: todos eran material de observación para un profesor de filosofía moral que entendía la economía como una rama de la ética, no como su sustituto. La riqueza que veía crecer a su alrededor no le parecía un fenómeno natural ni un bien en sí mismo. Era el resultado de instituciones, de normas de justicia, de decisiones colectivas que podían tomarse bien o tomarse mal.

En 1764 renunció a su cátedra para acompañar al joven Duque de Buccleuch en su Grand Tour por Europa. La propuesta venía del político Charles Townshend y era económicamente irresistible: trescientas libras anuales durante el viaje y una pensión de por vida del mismo importe. Smith aceptó porque la independencia financiera era la condición de la independencia intelectual, y él lo sabía con exactitud. Lo que no esperaba era Toulouse.

Toulouse fue un error de cálculo. La ciudad era provinciana, la sociedad local impenetrable para un escocés que no terminaba de dominar el francés conversacional, y las tardes se extendían sin oficio. Smith le escribió a Hume confesando que el aburrimiento era insoportable y que había comenzado a escribir un libro para combatirlo. Ese libro, elaborado durante dos años en Toulouse, continuado en Ginebra, enriquecido en París y completado durante una larga década de regreso en Escocia, se publicaría en 1776 con el título Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. La obra más influyente de la economía moderna nació, en parte, del tedio de las tardes en una ciudad que no le gustaba. Hay algo en ese origen que Smith habría apreciado: las consecuencias no intencionadas como motor de la historia.

En París sí encontró lo que buscaba. Los salones de los fisiócratas, las conversaciones con François Quesnay y Turgot, el encuentro con Voltaire en Ginebra: Smith absorbió y discrepó en la misma medida. Adoptó de los fisiócratas la idea de un orden natural autorregulado y su oposición a las trabas mercantilistas, pero rechazó su convicción de que solo la agricultura creaba riqueza real. Lo que le interesaba no era ninguna doctrina sino el método: observar cómo funcionan los sistemas económicos reales, sin las distorsiones que los privilegios y los monopolios introducen artificialmente. Esa palabra, monopolio, aparecería en su obra como una condena casi moral. Los monopolios no eran para Smith una consecuencia inevitable del mercado libre. Eran su negación.

De regreso a Escocia, se instaló en Kirkcaldy con su madre y escribió durante diez años. Cuando La riqueza de las naciones apareció, en el mismo año en que las colonias americanas declaraban su independencia, su recepción fue inmediata y masiva. Pero Smith ya sabía lo que ocurre con las ideas cuando entran en circulación: se simplifican, se instrumentalizan, se convierten en armas para batallas que su autor no había contemplado. Lo había visto con Hume. Lo vería con su propia obra.

David Hume murió en agosto de 1776, pocos meses después de la publicación de La riqueza. Era el amigo más antiguo, el interlocutor más exigente, el hombre cuyo juicio Smith valoraba por encima de cualquier otro. La opinión pública británica aguardaba con morbosa expectación alguna señal de arrepentimiento religioso en el lecho de muerte del gran escéptico. No hubo ninguna. Hume murió como había vivido, con serenidad e incluso con humor, bromeando sobre el barquero Caronte y la falta de pretextos para demorar el viaje. Smith decidió contarlo.

En 1777 publicó una carta abierta al editor William Strahan describiendo los últimos meses de Hume con una admiración sin reservas. Narró su entereza, su buen ánimo, su compostura racional ante la muerte. Y concluyó afirmando que Hume se aproximaba tanto al ideal de un hombre perfectamente sabio y virtuoso como la fragilidad de la naturaleza humana lo permite. La reacción fue violenta. Los sectores eclesiásticos lo atacaron con una ferocidad que Smith no esperaba, o quizás sí esperaba y asumió como precio necesario. Reconoció después, con amargura calculada, que aquella carta le había granjeado diez veces más hostilidad que toda su crítica al sistema monopolístico y mercantil de Gran Bretaña. Una nación tolera mejor que le desmontéis la economía que que le recordéis que un hombre puede morir en paz sin Dios.

Ese episodio revela al Smith que la posteridad prefirió ignorar: el que entendía que la filosofía moral no es un ejercicio académico sino una forma de vida pública con consecuencias reales. La simpatía, concepto central en La teoría de los sentimientos morales, no era para él una virtud sentimental sino una facultad cognitiva: la capacidad de comprender la situación de los demás, de ponerse en su lugar sin disolverse en él. El Espectador Imparcial, figura que construyó para dar nombre a esa conciencia moral interna, no era una abstracción filosófica. Era el intento de Smith de describir cómo los seres humanos aprenden a juzgar sus propias acciones mirándolas desde fuera. Lo había practicado al escribir sobre Hume. Le costó caro y no se arrepintió.

En 1778 fue nombrado Comisionado de Aduanas de Escocia, cargo que ocupó hasta su muerte y que tiene su propia ironía: el crítico más riguroso del proteccionismo mercantil pasó sus últimos doce años administrando los aranceles del reino. Smith no vio contradicción en ello. Las instituciones existen aunque sean imperfectas, y alguien tiene que hacerlas funcionar con honestidad mientras se trabaja para mejorarlas. Se instaló en Panmure House, en Edimburgo, con su madre y su prima. Fue el período más tranquilo y, en cierta medida, el más fecundo en términos de vida intelectual colectiva.

Porque en Edimburgo fundó, junto al químico Joseph Black y al geólogo James Hutton, el Oyster Club. Se reunían semanalmente en tabernas de la Grassmarket, comían ostras, bebían vino y hablaban de todo. Black estudiaba el calor latente y el dióxido de carbono. Hutton estaba construyendo la geología moderna. Smith aportaba la filosofía moral y la economía política. El matemático John Playfair, el historiador William Robertson, el filósofo Adam Ferguson pasaban por las reuniones. A veces aparecía James Watt. A veces Benjamin Franklin. El Oyster Club no era un club de economistas. Era un laboratorio de pensamiento donde las fronteras entre ciencias naturales y ciencias humanas se disolvían cada semana sobre una mesa de madera con platos de marisco.

Ese detalle importa porque desmiente una de las imágenes más persistentes sobre Smith: la del individualista que concibe el mercado como un mecanismo frío y autosuficiente. El hombre que describió la mano invisible cenaba cada semana con un geólogo y un químico para pensar mejor. Su método era la conversación. Su epistemología era profundamente social. Y la mano invisible, esa metáfora que la posteridad convertiría en dogma universal, aparece solo tres veces en toda su obra y siempre en contextos muy específicos, nunca como principio general. Smith la usó para describir consecuencias no intencionadas, no para proclamar que el mercado se regula solo y produce automáticamente el bien común. Esa extrapolación la hicieron otros, un siglo y medio después, desde Chicago.

Fue la Escuela de Chicago, con Milton Friedman y George Stigler a la cabeza, quien descontextualizó la metáfora y la convirtió en receta de política económica. Fue Dugald Stewart, su primer biógrafo, quien suavizó las posiciones más igualitarias de Smith en el clima de histeria antirradical que siguió a la Revolución Francesa, protegiendo su reputación póstuma a costa de amputar su pensamiento. Fue el neoliberalismo del siglo XX quien fabricó un Adam Smith que habría reconocido su nombre y poco más: un defensor del laissez-faire absoluto, del Estado mínimo, de la desigualdad como señal de eficiencia. El Smith histórico había argumentado que las diferencias de talento entre un filósofo y un mozo de cuerda no son la causa sino el efecto de las diferencias en educación y oportunidades. Había defendido la financiación pública de la enseñanza. Había denunciado a los patronos que se coaligan para bajar salarios con una dureza que sus herederos intelectuales prefirieron no citar.

Y mientras ese proceso de canonización y falsificación avanzaba en Europa y América, en Asia el libre comercio smithiano llegaba con otra cara. Los puertos abiertos a la fuerza, las concesiones territoriales, el opio convertido en mercancía de equilibrio comercial: todo eso se hacía, también, en nombre de los principios que Smith había formulado. No es una acusación contra él. Es la sombra que toda idea proyecta cuando viaja sin su contexto, cuando se convierte en justificación de lo que su autor había condenado. Smith había denunciado las compañías coloniales de monopolio como una perversión del comercio libre. Sus epígonos las financiaron.

Antes de morir, en julio de 1790, Smith convocó a Black y Hutton, sus albaceas, y les pidió que quemaran la mayor parte de sus manuscritos inéditos. Dieciséis volúmenes de notas, borradores y reflexiones desaparecieron en el fuego por instrucción explícita suya. No se sabe exactamente qué contenían. Se sabe que Smith los había revisado poco antes y que tomó la decisión con plena lucidez. Hay quien lo interpreta como el gesto de un perfeccionista que no quería dejar obra incompleta. Hay quien ve en ello el acto de alguien que sabía lo que las ideas incompletas o descontextualizadas pueden llegar a producir en manos ajenas.

Quizás ambas interpretaciones son ciertas. Quizás ninguna lo es del todo. Lo que sí es cierto es que el hombre que más ha influido en cómo el mundo moderno piensa sobre la riqueza y el mercado dejó instrucciones precisas para que una parte sustancial de su pensamiento desapareciera. Hay en ese gesto una coherencia extraña: el mismo hombre que argumentó que el orden emerge de las acciones individuales sin que nadie lo planifique decidió, al final, controlar con precisión quirúrgica lo que quedaba de él.

Adam Smith sigue siendo el pensador más citado y menos leído con rigor de la economía moderna. Eso no es un fracaso. Es la medida exacta de su complejidad: demasiado rico para caber en ninguna doctrina, demasiado honesto para ser un icono cómodo, demasiado humano para reducirse a una metáfora sobre manos invisibles. La pregunta que dejó abierta —cómo construir una sociedad que genere riqueza sin destruir justicia— sigue sin respuesta. Que nadie haya podido cerrarla usando su nombre con honestidad es, probablemente, el mejor homenaje que se le puede hacer.