Ada Lovelace:
El poder absoluto de los símbolos
El 30 de agosto de 1852, Ada Lovelace llamó a su marido William a su habitación y le confesó algo. No sabemos qué le dijo. Sabemos que William, que había copiado artículos para ella en las bibliotecas donde las mujeres no podían entrar, que había entintado sus diagramas a lápiz cuando los dedos de Ada ya no podían sostener la pluma, que había permanecido a su lado durante diecisiete años de matrimonio sin quejarse demasiado de una mujer que lo excedía en todo, se levantó de la silla y no volvió al dormitorio. Sabemos que en los tres meses que siguieron —los últimos tres meses de la vida de Ada— fue su madre quien controló el acceso a la habitación, decidió quién podía entrar y quién no, dictó las condiciones de la conversión religiosa y administró el opio. Sabemos que Ada murió el 27 de noviembre de 1852 con treinta y seis años, que pidió ser enterrada junto a su padre en la iglesia de Santa María Magdalena en Hucknall, y que su padre llevaba muerto veintiocho años y nunca la había conocido.
Lo que Ada le confesó a William esa noche permanece sellado. Es el último de una larga serie de silencios que Ada construyó a lo largo de su vida con la misma precisión con que construyó todo lo demás. Firmó el único texto que publicó con las iniciales «A.A.L.» para que nadie supiera que era una mujer. Empeñó los diamantes de la familia Lovelace al menos en dos ocasiones sin decírselo a nadie. Mantuvo correspondencia con John Crosse durante años, y Crosse destruyó las cartas tras su muerte. La vida de Ada está llena de lo que no se dijo, y el perfil honesto de Ada empieza precisamente ahí: en lo que no sabemos.
Lord Byron salió de la vida de Ada el 21 de abril de 1816, cuando ella tenía cinco semanas. Firmó los papeles de separación y abandonó Inglaterra para no regresar jamás. Murió en Missolonghi el 19 de abril de 1824 luchando por la independencia griega. Ada tenía ocho años. En su lecho de muerte, Byron preguntó por su hija. Era la primera vez que lo hacía en público.
Su madre, Annabella Milbanke —a quien Byron llamaba «Princesa de los Paralelogramos» con esa mezcla de burla y admiración que era su modo característico de tratar a quien le importaba—, tomó una decisión que determinaría cada aspecto de la vida de Ada: la educaría en matemáticas y ciencias para que nunca desarrollara la «locura poética» de Byron. Le ocultó los retratos de su padre hasta los veinte años. Contrató tutores de rigor. Vigiló sus lecturas. Castigó cualquier desviación hacia lo imaginativo con horas de confinamiento solitario e inmovilidad forzada. Cuando Ada se desviaba, Annabella lo llamaba «tendencias byronnianas». La palabra «byroniano» era, en la boca de Annabella, un diagnóstico.
Lo que Annabella no comprendió —y es el error más productivo de la historia de la ciencia— es que la imaginación no se suprime con ecuaciones. Se transforma. La misma capacidad que habría hecho de Ada una poeta hizo de Ada algo que el siglo XIX no tenía palabra para nombrar: alguien capaz de ver que los sistemas abstractos de símbolos son todos, en el fondo, el mismo sistema. Byron creyó en el poder absoluto de las palabras. Su hija descubrió el poder absoluto de los símbolos en general, y que los números son solo uno de los lenguajes en que los símbolos pueden expresarse.
Esa idea tardó diez años en formularse. Mientras tanto, Ada creció.
El 5 de junio de 1833, Ada Byron —diecisiete años, recién presentada en sociedad, ya con una reputación de inteligencia que incomodaba a los anfitriones de las veladas en que se la exhibía— fue a una de las fiestas de los sábados de Charles Babbage. Alguien le mostró una sección funcionando de la Máquina Diferencial: un artilugio de bronce y latón que tabulaba funciones polinómicas mediante engranajes. La madre de Ada, que la acompañaba, la describió después como «una máquina pensante». Ada se quedó mirándola más tiempo del que se quedaban los demás.
Babbage tenía cuarenta y dos años, era el Lucasian Professor de Matemáticas en Cambridge —el mismo cargo que Newton había ocupado—, era excéntrico, genial y socialmente imposible, y llevaba una década intentando convencer al gobierno británico de que financiara la construcción de su máquina. Cuando Ada volvió a verle, ya no hablaron de la Máquina Diferencial: Babbage le habló de la Máquina Analítica, un proyecto mucho más ambicioso que no había construido y que probablemente nunca construiría, pero que había diseñado con una precisión que anticipaba los computadores modernos en más de un siglo. La Máquina Analítica podía modificar sus propios cálculos durante la ejecución. Babbage decía que podía «comerse su propia cola».
Lo que Babbage veía en la Máquina Analítica era una calculadora de propósito general. Lo que Ada vio fue otra cosa.
Entre febrero y septiembre de 1843, Ada trabajó como no había trabajado antes ni volvería a trabajar después. El punto de partida era modesto: traducir al inglés un artículo en francés que Luigi Menabrea —ingeniero militar italiano que había asistido a una conferencia de Babbage en Turín— había publicado sobre la Máquina Analítica. Charles Wheatstone, el científico que inventó el telégrafo eléctrico, le había sugerido la traducción. Babbage, al ver el resultado, preguntó por qué no había añadido algo propio. La idea, dijo Ada, nunca se le había ocurrido.
Lo que siguió fueron nueve meses de correspondencia intensa, a veces frenética, entre Ada en Ockham y Babbage en Londres. Las cartas van y vienen con velocidad creciente a medida que el verano avanza. Ada detecta un error grave en los cálculos que Babbage le envía y se lo devuelve corregido. Ada se enfrenta a Babbage cuando él intenta añadir al texto un ataque al gobierno británico que ella considera improcedente y que podría comprometer la recepción del trabajo: «He de ser, si se me permite decirlo, quien dirija este asunto». Ada escribe a veces en estado de agotamiento extremo, con el opio que le recetan para el dolor —una enfermedad intestinal crónica que la acompaña desde la infancia— produciendo alucinaciones en los márgenes del trabajo. Sigue.
Las Notas que Ada añadió a la traducción de Menabrea triplicaron en extensión el artículo original. Contenían lo que cualquier informático moderno reconocería como los conceptos fundacionales de la computación: la distinción entre datos y operaciones, el concepto de bucle, la bifurcación condicional, la posibilidad de que la máquina almacene resultados intermedios y los reutilice. La Nota G —la última, la más técnica, la que contiene el algoritmo para calcular los números de Bernoulli— es lo que los historiadores llaman el primer programa de ordenador de la historia. Pero la contribución más radical de Ada no es el algoritmo: es la frase de la Nota A que lo precede y lo hace posible.
Ada escribió que la Máquina Analítica podría actuar sobre cualquier cosa cuyos elementos pudieran expresarse mediante relaciones abstractas. Que si las relaciones fundamentales de los sonidos en la armonía musical pudieran expresarse de esa manera, la máquina podría componer música. Lo que Ada estaba diciendo —con una claridad que su época no pudo procesar— es que los números no son cantidades: son símbolos. Y que una máquina que opera sobre símbolos puede operar sobre cualquier dominio en que los símbolos tengan sentido. Música, lenguaje, lógica, patrones visuales. La transición del cálculo a la computación: Ada la articuló en 1843. El mundo tardó un siglo en entender lo que había dicho.
Las Notas se publicaron en septiembre de 1843 firmadas «A.A.L.». Ada tenía veintisiete años. Era el único texto que publicaría en vida.
El mismo verano de 1843, Ada estaba diseñando un sistema matemático para predecir los resultados de las carreras de caballos.
Esto no es una contradicción. Es el mismo impulso: Ada quería que sus abstracciones funcionaran en el mundo. La Nota G no era para ella un ejercicio académico sino una demostración de que las máquinas —y los sistemas— podían resolver problemas reales. Lo que no pudo ver es que las carreras de caballos no son un sistema cerrado de variables predecibles. En 1851, el modelo que Ada y sus socios apostadores habían construido colapsó en una sola jornada. Ada perdió tres mil doscientas libras. Los diamantes de la familia ya estaban empeñados.
El juego no fue la causa de la autodestrucción de Ada sino su síntoma más visible: la misma mente que había visto más lejos que nadie en la historia de la computación no podía ver la diferencia entre un sistema formal y el mundo. Ada confundía la elegancia del algoritmo con la garantía del resultado. Era el precio de pensar como pensaba.
El opio era otro precio. Los médicos victorianos lo recetaban para casi todo, y Ada tenía motivos médicos reales: el dolor crónico, las hemorragias, la debilidad constitucional que la acompañó desde los años en que una enfermedad la dejó paralizada durante meses siendo adolescente. Pero Ada también encontró en el opio algo que no era medicina: una quietud que le permitía seguir. «Me hace tan filosófica», escribió en una carta. «Me quita toda la ansiedad y el afán. Parece armonizar toda la constitución.» Una mente que funcionaba con la intensidad de la suya necesitaba apagarse de vez en cuando. El opio era el interruptor.
En el verano de 1850, Ada visitó por primera vez Newstead Abbey, la casa ancestral de Byron. Escribió a su madre: «Me estoy petrificando rápidamente». No era una queja sino una constatación. Ada había pasado toda su vida construyéndose contra la sombra de un hombre que nunca la había conocido y al que no podía dejar de parecerse. La misma grandiosidad de sus ambiciones —«ese cerebro mío es algo más que meramente mortal», escribió en una carta; «seré una Analista y una Metafísica», escribió en otra—, el mismo exceso, la misma incapacidad para la medida que distinguió a Byron de todos sus contemporáneos.
Byron murió con treinta y seis años. Ada moría con treinta y seis años. La coincidencia es demasiado perfecta para ser solo una coincidencia y demasiado misteriosa para ser solo un destino. Lo que sabemos es que el cáncer uterino que la mató en noviembre de 1852 no era tratable en ningún caso, que Ada soportó los últimos meses con una mezcla de morfina y conversión religiosa supervisada por Annabella, y que antes de que comenzara ese proceso final llamó a su marido y le dijo algo que él nunca repitió.
Charles Dickens fue una de las últimas personas no familiares que la visitó. A petición de Ada, leyó en voz alta la escena de la muerte del pequeño Paul Dombey en Dombey e Hijo. Ada escuchó con los ojos cerrados. No sabemos qué pensó.
La pidieron enterrar junto a su padre. En la iglesia de Santa María Magdalena en Hucknall, Nottinghamshire, las lápidas de Byron y de Ada están una al lado de la otra. Él murió en 1824 creyendo en el poder de las palabras para transformar el mundo. Ella murió en 1852 habiendo escrito, en un artículo firmado con iniciales que nadie leyó durante décadas, que los símbolos —todos los símbolos, no solo las palabras— tienen ese mismo poder, y que las máquinas que los procesan podrían, algún día, hacer cosas que ninguno de los dos podría haber imaginado.
Alan Turing la leyó en los años cuarenta y llamó a su intuición central «la Objeción de Lady Lovelace». En 1980, el Departamento de Defensa de Estados Unidos nombró en su honor el lenguaje de programación con el que controla sus sistemas militares. En octubre de cada año, el segundo martes del mes, miles de personas en todo el mundo celebran el Ada Lovelace Day.
Ada pidió que la enterraran junto a su padre. Nadie le preguntó si quería que la recordaran así.