La mano que aprieta

Adam Smith

Nadie sabe exactamente qué quedará de él cuando el icono termine de consumirlo. Las citas muestran la mano invisible, el interés propio, el mercado que se regula solo. No muestran al niño castigado en Oxford por leer a Hume en secreto, ni al hombre que escribió su obra más influyente para combatir el aburrimiento en Toulouse, ni al que arriesgó su reputación entera por defender en público a un amigo ateo. Muestran el personaje. El personaje lo inventaron otros después de su muerte. Lo que le hicieron a su nombre no fue un crimen. Lo que le hicieron a su pensamiento, sí.

RE:LIFE 39 entrevista a Adam Smith en cinco momentos de una vida que el mito prefiere reducir a una sola metáfora: cuando tenía diecisiete años y Oxford le enseñó más sobre las instituciones decepcionantes que sobre filosofía; cuando llegó a Glasgow y descubrió que el pensamiento solo vale si se construye en comunidad; cuando el tedio de Toulouse lo obligó a escribir el libro que cambiaría la economía moderna; cuando defendió a Hume ante una opinión pública que exigía arrepentimiento donde solo había serenidad; y cuando, ya comisionado de aduanas, ordenó quemar la mayor parte de lo que había escrito sin explicar nunca por qué.

También lo entrevistamos fuera del tiempo: sobre Marx, que lo acusó de confundir leyes históricas con leyes eternas; sobre Friedman, que convirtió tres frases sueltas en el axioma central del neoliberalismo; sobre Thatcher, que lo invocó sin haber leído el capítulo sobre educación pública; sobre Musk, Thiel, Bezos y Zuckerberg, herederos declarados de una libertad de mercado que él habría reconocido apenas. Lo que encontrarás en este número no es el filósofo que ya conoces. Ese lo construyeron otros. Este es diferente.

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re:life 39: Adam Smith

“No fui el padre del capitalismo. Fui su crítico más ignorado”

Adam Smith dejó instrucciones precisas para que el mundo no se quedara con todo lo que escribió. Quemó la mayor parte de sus manuscritos antes de morir, y aun así su nombre terminó sosteniendo un sistema económico que él habría reconocido a medias. La metáfora que más se cita de toda su obra aparece solo tres veces en miles de páginas y nunca como ley general del mercado. Nació en 1723 en Kirkcaldy, hijo de un funcionario de aduanas muerto antes de que él naciera, criado en exclusiva por su madre. Murió en 1790 en Edimburgo, comisionado de aduanas él mismo, sin haberse casado nunca y sin haber dejado completa la obra que más quería terminar.

Entre esas dos fechas construyó dos libros que la posteridad decidió tratar como si fueran de autores distintos: uno sobre la simpatía y la justicia, otro sobre la riqueza y el mercado. Esta entrevista la construyen cinco cronistas fallecidos que debatieron durante días sobre una sola cuestión: cómo se entrevista a alguien a quien el mundo cree conocer y no conoce. Walter Lippmann, John Reed, Janet Flanner, G.K. Chesterton e Ryszard Kapuściński construyeron juntos un método que rechaza la hagiografía y la condena por igual, que exige preguntar sin convertir la respuesta en veredicto. Las preguntas las hace el escriba. Las respuestas son suyas. Lo que queda entre las dos es el espacio donde Smith sigue siendo irreductible.

La fotografía la hace Lewis Hine, el único capaz de retratar con la misma cámara al niño que trabaja y al sistema que lo explica. La entrevista ocurre en cinco momentos distintos, cada uno con su lugar y su peso: Oxford a los diecisiete años, castigado por leer lo que le prohibían; Toulouse a los cuarenta y uno, escribiendo por aburrimiento el libro que cambiaría la economía moderna; Edimburgo en la madurez, defendiendo en público a un amigo ateo al precio de su propia reputación; un escenario sin tiempo donde responde por Marx, por Friedman, por Musk y por Thiel; y el cierre, donde por fin nadie le exige que sea el icono que otros fabricaron con su nombre.

I. Oxford y la formación

El joven que aprendió
más de lo que le prohibían

Castigado
por leer

Es la mañana temprana en la Biblioteca Bodleiana de Oxford. Smith tiene diecisiete años en este escenario reconstituido, aunque lo encontramos con la edad que tenía al morir. Está sentado ante una mesa larga de madera oscura, con un libro abierto que no mira. La luz entra oblicua por ventanas altas. Parece alguien que lleva mucho tiempo esperando que alguien le haga las preguntas correctas.

Adam Smith, fotografiado al estilo de Lewis Hine

Oxford es el lugar donde Smith aprendió lo que las instituciones hacen cuando se autoperpetuán sin rendir cuentas a nadie. Es el momento fundacional de su desconfianza hacia los sistemas que se blindan contra la realidad. Entrevistarlo aquí es devolverlo al origen de todo.

Te secuestraron de niño en Leslie Wood y te recuperaron casi de inmediato. Tu biógrafo Dugald Stewart dijo que habrías sido un pésimo gitano. ¿Qué dice de un hombre el hecho de que sea irrecuperable para la vida nómada?

Que probablemente nació demasiado distraído para ser peligroso. No recuerdo el incidente, naturalmente, tenía tres años. Pero Stewart tenía razón en el diagnóstico aunque se equivocara en el tono. Yo no era irrecuperable para la vida nómada por virtud. Era simplemente incapaz de prestar atención a lo que tenía delante cuando lo que me interesaba estaba en otra parte.

Tu padre murió antes de que nacieras. Creciste sin esa presencia y con una madre que lo fue todo. ¿Construiste una teoría de la sociedad para explicar cómo los seres humanos se sostienen unos a otros porque lo aprendiste antes de tener palabras?

Es una pregunta que no me habían hecho nunca y que no sé si puedo responder con honestidad. Lo que sí sé es que mi madre fue la única persona ante quien nunca necesité construir ningún argumento. Todo lo demás, la filosofía moral, la teoría de la simpatía, el Espectador Imparcial, quizás fue el intento de encontrar en la razón lo que ella me había dado sin esfuerzo.

Empezaste en Glasgow estudiando con alumnos dos años mayores que tú. ¿Qué aprende un niño que siempre va por delante de su edad sobre la distancia entre ser inteligente y ser comprendido?

Que son dos cosas completamente distintas. La inteligencia es una velocidad. La comprensión es otra. Y no siempre van en la misma dirección.

Viviste tu infancia en Kirkcaldy, un puerto comercial. ¿Aprendiste más sobre el mercado en el muelle que en la universidad?

Sin ninguna duda. En el muelle veías el intercambio en su forma más directa: alguien tenía algo que otro quería, acordaban un precio, y el barco se marchaba. Sin teoría, sin sistema, sin mano invisible. Solo dos personas de acuerdo sobre el valor de algo. Todo lo demás es comentario.

Llegaste a Glasgow con catorce años. ¿Qué sabía ese niño que el adulto fue olvidando?

Que las preguntas importan más que las respuestas. Con catorce años uno pregunta sin miedo porque todavía no sabe que las preguntas revelan lo que no sabes. Con cuarenta años ya sabes demasiado bien lo que no sabes y eso te vuelve más cauteloso y menos interesante.

Francis Hutcheson decía que los trabajadores merecían un salario suficiente para sostener a sus familias. ¿Cuándo dejaste de llamar a eso justicia y empezaste a llamarlo economía?

Nunca lo llamé solo economía. Esa separación la hicieron otros después. Para mí la economía política era una rama de la filosofía moral, no su sustituto. Si un sistema produce riqueza destruyendo a los que la crean, no es un sistema económico eficiente. Es una injusticia con buena contabilidad.

En Oxford descubriste que los profesores bien pagados con independencia del número de alumnos dejaban de enseñar. ¿Fue ese el momento en que entendiste que los incentivos lo explican casi todo?

Casi todo, sí. Aunque aprendí también que los incentivos mal diseñados explican los peores desastres humanos. Oxford no era un lugar de mala fe. Era un lugar de malos incentivos. La diferencia importa porque tiene solución distinta.

¿Qué te enseñó Oxford que Oxford no pretendía enseñarte?

Que una institución puede sobrevivir indefinidamente sin cumplir la función para la que fue creada, siempre que nadie con poder tenga interés en que cambie. Eso me pareció entonces escandaloso. Luego comprendí que era simplemente la regla general.

Tuviste una crisis nerviosa en Oxford y regresaste a Escocia antes de terminar la beca. ¿Qué se rompe en un joven cuando la institución que debería formarlo lo decepciona?

La confianza de que el mundo está organizado para que las cosas buenas prosperen. Es una pérdida necesaria, pero duele. Yo tardé años en entender que esa decepción fue el mejor regalo que me hizo Oxford, aunque no fuera su intención dármelo.

De niño volvías siempre a Escocia. De adulto también. ¿Qué tiene Escocia que no tiene ningún otro lugar?

La escala correcta. En Escocia todo es suficientemente pequeño para que puedas ver cómo funciona y suficientemente serio para que importe. París era demasiado grande. Oxford era demasiado satisfecha de sí misma. Edimburgo era exactamente del tamaño justo para pensar.

«Aprendí más de lo que me prohibieron leer que de todo lo que me enseñaron»

- Adam Smith

II. Glasgow y el Grand Tour

Una obra maestra que nació
de las tardes vacías en Toulouse

El libro
del tedio

Una tarde de invierno en el salón de una casa burguesa de Toulouse, 1764. Smith está sentado ante un escritorio pequeño junto a una ventana que da a una calle silenciosa. Hay un vaso de vino sin terminar. Sobre la mesa, hojas escritas y tachadas. Tiene cuarenta y un años y la expresión de alguien que trabaja para no pensar en lo aburrido que está.

Adam Smith, fotografiado al estilo de Lewis Hine

Toulouse es el origen accidental de La riqueza de las naciones. Entrevistar a Smith aquí es subrayar que las grandes obras nacen de circunstancias concretas e impuras, no de la inspiración heroica. Es también el momento en que Smith es más humano y más vulnerable.

Eras profesor de filosofía moral, no de economía. ¿En qué momento la moral se convirtió en mercado o el mercado en moral?

Nunca se convirtieron el uno en el otro. Siempre fueron la misma cosa vista desde ángulos distintos. El mercado sin moral es depredación organizada. La moral sin economía es poesía. Lo que intenté fue mostrar que el comercio libre, cuando funciona dentro de un marco de justicia, es en sí mismo una práctica moral porque reconoce la igual dignidad de los que intercambian.

Tus alumnos te pagaban directamente. ¿Cambia eso la relación entre un profesor y sus ideas?

Completamente. Cuando tus ingresos dependen de que los estudiantes quieran escucharte, no puedes permitirte ser aburrido ni puedes permitirte ser deshonesto. Tienes que pensar en voz alta de verdad, no recitar. Fue la mejor disciplina intelectual que tuve.

Renunciaste a tu cátedra por una pensión vitalicia. Defendiste que la independencia financiera es condición de la independencia intelectual. ¿Te contradijiste?

Es la pregunta que me hice yo mismo antes de firmar. La respuesta que me di fue que la independencia financiera no requiere ganarse el dinero de una forma particular, sino no depender de nadie para seguir pensando lo que piensas. La pensión de Buccleuch no venía con instrucciones sobre qué concluir. Si hubiera venido, no la habría aceptado.

Empezaste a escribir La riqueza de las naciones en Toulouse para combatir el aburrimiento. ¿Qué habría pasado si la ciudad te hubiera gustado?

Probablemente habría salido a cenar. Y el libro habría tardado otros diez años.

En París frecuentaste los salones de los fisiócratas. ¿Qué tomaste de ellos y qué rechazaste?

Tomé la idea de que existe un orden natural en la economía que el Estado distorsiona cuando interviene por interés de los grupos de poder. Rechacé su convicción de que solo la tierra crea riqueza real. Eso me parecía una superstición agraria disfrazada de sistema. Los manufactureros y los comerciantes también crean valor. Negarlos era negar lo que yo había visto en los muelles de Kirkcaldy desde niño.

¿Hubo alguien en ese viaje que te hiciera dudar de algo que creías saber?

Turgot. Era el más riguroso de todos ellos y el que más se aproximaba a entender el capital como algo distinto de la tierra. Una conversación con él podía desmontar en una hora lo que uno creía haber resuelto en un año. No me hizo cambiar de conclusiones pero me obligó a fundarlas mejor. Eso vale más.

Voltaire. ¿Qué os dijisteis?

Pocas cosas y todas interesantes. Era un hombre viejo que había sobrevivido a todo y que seguía encontrando el mundo escandaloso, lo cual es la mejor señal de que uno conserva el juicio. Me dijo que la superstición y el monopolio eran el mismo enemigo con distinta ropa. No estaba equivocado.

Pasaste diez años en Kirkcaldy escribiendo La riqueza después del Grand Tour. ¿Qué le hace el silencio a una idea?

La obliga a sostenerse sola. En los salones de París una idea puede sobrevivir por el brillo de quien la expone. En Kirkcaldy, solo ante el papel, o la idea se sostiene o se cae. La mayoría se caen. Las que quedan son las que valen.

Describiste la división del trabajo con la fábrica de alfileres. ¿Visitaste alguna fábrica real o fue un experimento mental?

Visité algunas. Pero la descripción de la fábrica de alfileres la tomé en parte de la Encyclopédie de Diderot y D’Alembert. No lo oculté en el texto. Lo que me interesaba no era el ejemplo concreto sino el principio que ilustraba: que la especialización multiplica la productividad de manera que ningún trabajador individual podría conseguir por sí solo. Lo que no preví con suficiente claridad es lo que esa especialización le hace al trabajador como ser humano completo.

Tu obra se publicó el mismo año que la Declaración de Independencia americana. ¿Casualidad o había algo en el aire de 1776?

Había algo en el aire. El viejo orden, basado en el privilegio heredado, el monopolio colonial y la autoridad sin rendición de cuentas, estaba siendo cuestionado simultáneamente en muchos frentes. Mi libro y la Declaración partían de premisas distintas y llegaban a conclusiones distintas, pero compartían la convicción de que los sistemas que sirven a unos pocos a costa de todos los demás no son naturales ni inevitables. Son una elección. Y se pueden cambiar.

«Empecé a escribir el libro para tener algo que hacer por las tardes. No es la historia que la gente prefiere, pero es la verdadera»

- Adam Smith

III. La vida pública, Hume y los manuscritos

Defender a un amigo ateo costó más que todo lo demás

El precio 
de la lealtad

Una noche de otoño en el estudio de Panmure House, Edimburgo. Smith está sentado junto a la chimenea con una carta en la mano, la carta que escribió a Strahan sobre la muerte de Hume. No la está leyendo: la sostiene como quien sostiene algo que ya no puede devolverse. La habitación está llena de libros y de papeles ordenados con una precisión que contrasta con el desorden de la mesa de trabajo.

Adam Smith, fotografiado al estilo de Lewis Hine

La carta sobre la muerte de Hume es el acto más valiente de la vida pública de Smith y el menos estudiado. Entrevistarlo aquí, con ese texto en la mano, es preguntarle por la diferencia entre lo que uno piensa y lo que uno está dispuesto a firmar.

Escribiste que David Hume murió como el más sabio y virtuoso de los hombres. Te costó más esa carta que toda La riqueza de las naciones. ¿Lo sabías antes de publicarla?

Lo intuía. Sabía que la opinión pública esperaba que Hume se arrepintiera y que yo, al describir su serenidad, estaba negándole esa satisfacción. Pero habría sido una traición hacia él y hacia la verdad escribir otra cosa. Hume murió exactamente como había vivido. Describir eso no era un acto de provocación. Era un acto de respeto.

¿Qué es más valiente: atacar un sistema económico o defender públicamente a un amigo ateo?

Atacar el sistema económico me costó la hostilidad de los comerciantes y los monopolistas, que es una hostilidad interesada y por tanto predecible. Defender a Hume me costó algo más difuso y más persistente: la desconfianza de personas que hasta entonces me respetaban. La segunda forma de valentía es más cara porque es más personal.

Fuiste Comisionado de Aduanas durante doce años. ¿Cómo se vive dentro de la institución que uno ha desmontado intelectualmente?

Con más comodidad de la que uno esperaría. Las instituciones imperfectas siguen siendo necesarias mientras no existan mejores. Mi trabajo era hacer funcionar honestamente un sistema que yo habría reformado de otra manera. Eso no es contradicción. Es la diferencia entre la teoría y la responsabilidad.

El Espectador Imparcial es la figura más original de tu filosofía moral. ¿Alguna vez el tuyo te condenó?

Con frecuencia. Esa es precisamente su función. Un Espectador Imparcial que nunca te condena no es imparcial: es un cómplice. El mío fue especialmente severo con mis silencios. Con las cosas que vi y que no escribí.

Escribiste sobre la simpatía como facultad de comprender al otro. ¿La practicaste en tu vida o fue solo una categoría filosófica?

Con algunas personas, sí. Con Hume, con Black, con Hutton. Con mis estudiantes de Glasgow en los mejores años. Con mi madre siempre. Con el resto del mundo fui probablemente más teórico que práctico.

El Oyster Club se reunía cada semana con un geólogo, un químico y tú. ¿Por qué necesitabas esa compañía para pensar?

Porque un economista que solo habla con economistas acaba creyendo que la economía lo explica todo. Black me recordaba que la materia tiene leyes propias. Hutton me recordaba que el tiempo humano es una fracción insignificante del tiempo real. Eso da perspectiva. Y la perspectiva es lo primero que pierde quien se encierra en su propio sistema.

Mandaste quemar tus manuscritos. ¿Qué había en ellos?

Ideas incompletas. Contradicciones sin resolver. Preguntas para las que no encontré respuesta satisfactoria. No quise dejar eso en manos de personas que iban a completarlo por mí en direcciones que yo no habría aprobado. Ya habían hecho suficiente con lo que sí publiqué.

¿O es que sabías lo que la gente hace con las ideas incompletas?

También eso. Una idea incompleta en manos de alguien con agenda es más peligrosa que ninguna idea.

Tu madre vivió contigo hasta el final. ¿Qué sabía Margaret Douglas sobre el mundo que tú no supiste poner en ningún libro?

Que las personas se sostienen unas a otras antes de que exista ningún sistema para organizarlo. Que la confianza es anterior al contrato. Que el afecto no es una distorsión del orden natural sino su fundamento. Yo lo escribí de otra manera en La teoría de los sentimientos morales. Ella lo sabía sin necesidad de escribirlo.

Tus contemporáneos te conocían sobre todo como el autor de La teoría de los sentimientos morales. La riqueza de las naciones llegó diecisiete años después. ¿Cuál de los dos libros eres tú?

El primero. El segundo es lo que construí sobre él. Pero si los dos libros se contradicen en algo, el error está en el segundo.

Hume era escéptico, tú creías en el orden natural. ¿Cómo sostuvisteis una amistad tan profunda sobre esa diferencia?

Porque ninguno de los dos confundía tener razón con tener razón sobre todo. Hume dudaba de la causalidad y yo creía en el orden natural, pero los dos desconfiábamos del dogma, de la autoridad sin fundamento y de las instituciones que se sirven a sí mismas. Eso es suficiente para una amistad. Más que suficiente.

«Escribí sobre la muerte de Hume sabiendo lo que iba a costarme. Lo habría vuelto a escribir»

- Adam Smith

IV. Bloque póstumo

Smith ante el mundo
que invocó su nombre sin leerlo

Lo que vino
después

Una sala sin tiempo preciso, ni Oxford ni Glasgow ni Edimburgo. Una mesa, dos sillas, luz fría. Smith escucha las preguntas sobre el mundo posterior a su muerte con la expresión de alguien que reconoce los síntomas de una enfermedad que ya había diagnosticado. No está sorprendido. Está cansado de tener razón en las cosas que habría preferido equivocarse.

Adam Smith, fotografiado al estilo de Lewis Hine

El bloque póstumo no tiene lugar físico porque pertenece a un tiempo que Smith no vivió. La frialdad del escenario subraya el extrañamiento: es él, pero en un mundo que usó su nombre para hacer cosas que él habría combatido. La incomodidad es el punto.

Karl Marx te leyó, te citó y te criticó. Dijo que confundiste las leyes históricas del capitalismo con leyes naturales eternas. ¿Tenía razón?

En parte. Yo fui demasiado confiado en que ciertas regularidades que observaba en mi época eran más permanentes de lo que resultaron ser. Marx tenía razón en señalar que lo que yo describía era un sistema histórico, no la condición permanente del intercambio humano. Donde discrepo es en su conclusión: que ese sistema debía ser sustituido en lugar de reformado. La reforma me parece más honesta con la complejidad humana.

Milton Friedman y la Escuela de Chicago convirtieron tu metáfora de la mano invisible en el axioma central del neoliberalismo. ¿Qué harías con esa herencia?

La devolvería al texto. La expresión aparece tres veces en toda mi obra y nunca como principio general. Es una metáfora sobre consecuencias no intencionadas en contextos muy específicos. Convertirla en el fundamento de una política económica es como construir una catedral sobre una nota al pie.

Margaret Thatcher decía que tú eras la justificación de todo lo que hacía. ¿Qué le dirías?

Que leyera el capítulo sobre los salarios. Y el de la educación pública. Y el de los monopolios. Y que luego me dijera si sigo siendo su justificación.

Amartya Sen pasó décadas argumentando que tu obra es en realidad una teoría de la libertad como capacidad humana. ¿Está más cerca de ti que Friedman?

Considerablemente más cerca. Sen entendió que la libertad que yo defendía no era la libertad negativa de que el Estado se aparte, sino la libertad positiva de poder desarrollar las propias capacidades. Sin educación, sin justicia, sin condiciones mínimas de dignidad, la libertad de mercado es la libertad del lobo en el gallinero.

Las Guerras del Opio. El colonialismo comercial. Todo eso se hizo invocando el libre comercio que tú formulaste. ¿En qué momento dejaste ese flanco abierto?

Cuando no fui suficientemente explícito en que el libre comercio presupone partes que negocian en condiciones de igualdad suficiente. Sin esa condición no hay comercio libre: hay extracción. Denuncié las compañías coloniales de monopolio con claridad. Debí haber sido más explícito en que el comercio impuesto por la fuerza militar no es comercio en ningún sentido que yo reconozca.

Dugald Stewart suavizó tus posiciones más igualitarias para protegerte del clima antirradical post-Revolución Francesa. ¿Qué perdió el mundo con esa operación?

Al Smith que creía que las diferencias de talento entre un filósofo y un mozo de cuerda son el efecto de la educación y las oportunidades, no su causa. Esa idea es más radical que cualquier cosa que Marx escribiera sobre mí, y Stewart la enterró con buenas intenciones. Las buenas intenciones son el método más eficaz de censura.

Internet ha creado mercados globales instantáneos sin fricción y casi sin coste marginal. ¿Es eso el sueño smithiano o su pesadilla?

Las dos cosas simultáneamente. La reducción de los costes de transacción y la democratización del acceso a la información son exactamente lo que yo habría querido. La concentración de ese poder en cuatro o cinco plataformas que operan como monopolios globales es exactamente lo que más temía. El sueño y la pesadilla llegaron juntos, como suele ocurrir.

Las grandes plataformas digitales son monopolios que se presentan como mercados libres. ¿Las habrías reconocido como la versión digital de las compañías de las Indias Orientales?

Con el mismo modelo de negocio, sí. Capturan el mercado, eliminan la competencia, externalizan los costes sobre la sociedad y privatizan los beneficios. El hecho de que lo hagan con algoritmos en lugar de con barcos armados no cambia la estructura esencial.

La inteligencia artificial generativa puede realizar tareas cognitivas que antes requerían años de formación. ¿Qué le ocurre a la teoría del valor trabajo cuando una máquina escribe, diseña y razona?

Que necesita ser reconstruida desde sus fundamentos. Si el trabajo cognitivo puede ser automatizado a coste marginal casi nulo, la pregunta no es ya cómo se distribuye el producto del trabajo sino quién es propietario de las máquinas que trabajan y qué obligaciones tiene hacia los seres humanos que desplaza. Es una pregunta de justicia, no de eficiencia.

Los robots y la automatización están desplazando trabajo a una velocidad sin precedentes. ¿Quién recibe la ganancia de productividad si no hay trabajadores que la negocien?

Quien sea propietario de la automatización. Eso no es una ley natural. Es una elección institucional. Y como toda elección institucional, puede hacerse de otra manera.

Algunos proponen una renta básica universal incondicional para desacoplar la supervivencia del empleo. ¿La habrías defendido?

Habría examinado sus efectos sobre los incentivos con mucho cuidado, como hago con cualquier intervención. Pero el principio de que ningún ser humano debe carecer de lo mínimo para vivir con dignidad me parece anterior a cualquier cálculo económico. Defendí la educación pública porque sin ella el mercado reproducía la desigualdad indefinidamente. Si el mercado laboral del siglo XXI reproduce la desigualdad de otra manera, la respuesta institucional debe ser análoga.

En 2008 el sistema financiero global colapsó porque los bancos habían construido instrumentos que nadie entendía. ¿Reconoces en eso algo que ya advertiste?

Advertí que cuando los que gestionan el dinero de otros tienen intereses distintos de los de sus propietarios, el resultado es la irresponsabilidad sistemática. También advertí que los grandes comerciantes siempre tienen interés en que el Estado los rescate cuando pierden y en que se aparte cuando ganan. En 2008 ambas cosas ocurrieron exactamente como las describí. No es un motivo de satisfacción.

Los gobiernos rescataron a los bancos con dinero público. Las pérdidas fueron socializadas, los beneficios previos fueron privados. ¿Hay un nombre smithiano para eso?

Hay un nombre muy antiguo: privatización de las ganancias y socialización de las pérdidas. Es el modelo de las compañías coloniales de monopolio del siglo XVIII con traje moderno. Lo llaman capitalismo. Yo lo llamaría otra cosa.

China ha construido la segunda economía del mundo combinando mercado y control estatal. ¿Es eso capitalismo?

Es un sistema que demuestra que el mercado siempre necesita un Estado detrás, lo cual yo sostenía. Lo que no sostenía es que el Estado pueda suprimir las libertades individuales en nombre de la eficiencia colectiva. El mercado libre y la libertad política no son la misma cosa, pero tampoco son independientes. Uno sin la otra tiende a corromperse.

Donald Trump ganó dos veces la presidencia prometiendo aranceles y proteccionismo. ¿Qué sientes al ver que el país que más invocó tu nombre eligió la política que más combatiste?

Que el libre comercio es fácil de defender en abstracto y difícil de sostener cuando sus costes se concentran en personas concretas que pierden su trabajo. No porque el proteccionismo sea la solución, que no lo es, sino porque yo no fui suficientemente explícito en que el libre comercio sin redistribución de sus ganancias produce exactamente el resentimiento que lo destruye. Trump es en parte el resultado de no haberme leído completo.

Elon Musk controla plataformas de comunicación global, empresas de cohetes y contratos gubernamentales masivos. ¿Es un emprendedor smithiano o el tipo de poder concentrado que más temías?

Lo segundo. El emprendedor smithiano compite en mercados abiertos y no puede capturar al Estado para proteger su posición. Alguien que simultáneamente recibe contratos gubernamentales masivos, controla infraestructura de comunicación y dicta política pública a través de una plataforma que él posee es exactamente la figura que yo describí como el enemigo del mercado libre. Que se presente como su defensor es la ironía más perfecta de nuestro tiempo.

Jeff Bezos construyó Amazon prometiendo precios bajos para el consumidor mientras destruía competidores y condiciones laborales. ¿El fin justifica los medios en un mercado libre?

No. Y esa pregunta contiene una trampa: un mercado que destruye las condiciones de vida de sus trabajadores no es libre. Es un mercado donde unos tienen poder para imponer condiciones a otros que no tienen alternativa. Eso es exactamente lo que yo llamé poder de los patronos sobre los trabajadores, y lo denuncié con más claridad de lo que suele recordarse.

Peter Thiel ha argumentado que la competencia es para perdedores y que el objetivo de cualquier empresa es alcanzar el monopolio. ¿Qué te parece esa filosofía?

Es al menos honesta. La mayoría de los que piensan lo mismo no lo dicen en voz alta. Lo que Thiel describe es la lógica real del capitalismo sin regulación: la competencia como estado transitorio en el camino hacia el monopolio. Yo describí esa tendencia como el defecto estructural del mercado que el Estado debe corregir. Él la celebra como virtud. Es una posición coherente. Y es mi antítesis exacta.

Mark Zuckerberg construyó una plataforma que conecta a tres mil millones de personas y que ha sido acusada de destruir la deliberación democrática. ¿Puede un mercado libre producir bienes que dañan los fundamentos del mercado libre?

Sí. Y eso es precisamente por qué el mercado no puede regularse solo. La deliberación democrática es la condición de posibilidad de las instituciones justas, y las instituciones justas son la condición de posibilidad del mercado libre. Destruir la primera para monetizar la segunda es serrar la rama sobre la que uno está sentado.

Sam Altman lidera la empresa que más está transformando el trabajo cognitivo humano. Dice que quiere hacer el bien a la humanidad. ¿Le creerías?

Le preguntaría quién controla la empresa, quién se beneficia de sus ganancias y quién paga sus costes. Las intenciones me interesan menos que los incentivos. Es posible querer hacer el bien y tener incentivos que producen otra cosa. Lo he visto antes.

Dario Amodei sostiene que la inteligencia artificial más poderosa debe desarrollarse con seguridad y alineación con los valores humanos antes que con velocidad comercial. ¿Es eso filosofía moral aplicada?

Es al menos la pregunta correcta. Si la tecnología más poderosa de la historia se desarrolla sin preguntarse a qué valores sirve y a quién beneficia, el resultado será otro sistema que privatiza las ganancias y socializa los daños. Que alguien en ese sector se haga esa pregunta en voz alta me parece más significativo que cualquier declaración de intenciones. Aunque también le preguntaría lo mismo que a Altman.

«Lo que hicieron con mi nombre después de mi muerte es el mejor argumento contra dejar las ideas sin contexto»

- Adam Smith

LAS 11 PREGUNTAS UNIVERSALES

Si pudieras volver a vivir un solo día de tu vida, ¿cuál elegirías y por qué?

Una tarde en Glasgow, en mis años de cátedra. Un día cualquiera en que la clase salió bien, en que una pregunta de un estudiante me obligó a pensar algo que no había pensado antes. No recuerdo el día exacto. Quizás eso es lo que lo hace elegible.

¿Qué te habría gustado entender antes de morir?

Por qué los seres humanos son tan capaces de construir sistemas de ideas tan elaborados y tan incapaces de vivir de acuerdo con ellos. Yo incluido.

¿Qué palabra crees que te define mejor?

Curioso. No sabio. No sistemático. Curioso.

¿A quién le darías las gracias y a quién le pedirías perdón?

Las gracias, a mi madre y a Hume, en ese orden y por razones completamente distintas. El perdón, a los trabajadores de los que escribí como categoría abstracta sin conocerlos suficientemente como personas concretas.

¿Qué crees que queda de ti en la memoria del mundo?

Una metáfora mal entendida y dos libros que casi nadie lee completos. Espero que también quede la pregunta de fondo: cómo construir una sociedad que genere riqueza sin destruir justicia. Esa pregunta sigue abierta. Eso me parece más importante que cualquier respuesta que yo haya dado.

Si el tiempo no existiera, ¿a qué momento volverías siempre?

A las cenas del Oyster Club. Black explicando el calor latente. Hutton hablando del tiempo geológico. Yo escuchando y sintiéndome, por una vez, la persona menos interesante de la mesa. Era un alivio extraordinario.

¿Cuál fue tu mayor error y tu mayor verdad?

El mayor error: no haber sido suficientemente explícito en que el libre comercio sin justicia distributiva es una promesa rota. La mayor verdad: que la simpatía, la capacidad de comprender la situación del otro, es el fundamento de todo lo demás. No lo dije bastante alto.

¿Qué le dirías a tu yo de veinte años si pudieras?

Que las instituciones que te decepcionan te están enseñando más de lo que crees. Y que quemes menos borradores. Algunos de los que tirarás son mejores de lo que crees.

¿Qué te sigue sorprendiendo de los seres humanos?

Que sean capaces de actuar por simpatía hacia personas que no conocerán nunca. Que alguien done dinero a alguien al otro lado del mundo sin ningún beneficio directo. Eso no lo explica ningún modelo económico que yo haya construido. Me alegra que no lo explique.

¿Qué palabra te gustaría que se recordara de ti?

Justicia. No libertad, que es la que eligieron otros. Justicia.

¿Qué crees que queda de un ser humano cuando ya no queda nada?

Las preguntas que dejó abiertas. Las respuestas mueren con quien las dio. Las preguntas buenas sobreviven a todo.

LAS PREGUNTAS DE BERNARD PIVOT

¿Cuál es tu palabra favorita?

Simpatía. En el sentido que yo le daba, no en el que le da la gente ahora.

¿Cuál es la palabra que más detestas?

Monopolio.

¿Qué es lo que más te emociona, tu droga creativa, espiritual o sensorial?

Una conversación en que alguien dice algo que me obliga a cambiar de opinión. Ocurre poco. Cuando ocurre es irreemplazable.

¿Qué es lo que más te desagrada?

El privilegio que se presenta como mérito.

¿Cuál es tu insulto favorito?

Rentista improductivo. Aunque reconozco que no es muy breve.

¿Qué sonido amas?

El mar en Kirkcaldy. No el mar tranquilo. El mar con viento.

¿Qué sonido odias?

El de una sala donde todos están de acuerdo.

¿Qué otra profesión te habría gustado ejercer?

Capitán de barco mercante. Para ver el comercio desde dentro, no desde la orilla.

¿Qué profesión no ejercerías nunca?

Lobista de una compañía monopolística. Aunque en mi época no se llamaba así.

Si el Cielo existe, ¿qué te gustaría que Dios te dijera al llegar?

Que Hume ya está aquí y que lleva un rato esperándote para discutir.

Adam Smith, fotografiado al estilo de Lewis Hine, junto al fotógrafo