Aleksandr Ródchenko: Cambió el ángulo. Cambió todo

Aleksander Mikhailovich Rodchenko nació el 5 de diciembre de 1891 en San Petersburgo, en el seno de una familia obrera que se trasladó a Kazán cuando él era niño. Estudió en la Escuela de Arte de Kazán entre 1910 y 1914, donde conoció a Varvara Stepanova, que sería su compañera y colaboradora de por vida. Cuando se instalaron en Moscú, Rodchenko entró de lleno en el mundo de la vanguardia rusa: Malevich, Tatlin, y un clima intelectual convulso en el que el arte debatía su propia necesidad.

Tras la Revolución de 1917 trabajó para el Departamento de Bellas Artes del Comisariado del Pueblo, participó en la reorganización de los museos soviéticos y enseñó en los Vkhutemas, los talleres técnicos superiores que fueron el equivalente ruso de la Bauhaus. En 1921 declaró el fin de la pintura con tres telas monocromas —rojo puro, amarillo puro, azul puro— y giró hacia el diseño gráfico, el cartel, la tipografía y, desde 1924, la fotografía. Su trabajo para la revista LEF y para el poeta Maiakovsky —con quien colaboró estrechamente— definió la estética del constructivismo soviético en sus años más creativos.

re:life 35: Vasili Kandinski con imagen de Aleksandr Ródchenko

Su fotografía de los años veinte y treinta es la más reconocible de su generación: picados sobre figuras que se vuelven siluetas, contrapicados que monumentalizan lo cotidiano, diagonales que atraviesan el encuadre como fuerzas físicas. Rodchenko no fotografiaba lo que veía. Elegía el ángulo que convertía lo que veía en algo que el ojo nunca había visto antes. Cuando el realismo socialista se convirtió en doctrina de Estado bajo Stalin, su obra fue atacada por formalista y su margen de maniobra se redujo drásticamente. Sobrevivió profesionalmente fotografiando deportes y circo, géneros donde el movimiento y el ángulo extremo eran aceptables. Regresó a la pintura abstracta en los años cuarenta, en privado, sin posibilidad de exponer. Murió en Moscú el 3 de diciembre de 1956, dos días antes de cumplir sesenta y cinco años.

IMÁGENES

Vasili Kandinski al estilo fotográfico de Aleksander Rodchencko
Erik el rojo fotografiado al estilo de Frank Hurley
Vasili Kandinski al estilo fotográfico de Aleksander Rodchenko<br />
Vasili Kandinski al estilo fotográfico de Aleksander Rodchenko
las manos de La Malinche al estilo de la fotógrafa Mariana Yampolsky
Vasili Kandinski al estilo fotográfico de Aleksander Rodchenko
re:life 35: Vasili Kandinski con imagen de Aleksandr Ródchenko
Vasili Kandinski al estilo fotográfico de Aleksander Rodchenko
Vasili Kandinski al estilo fotográfico de Aleksander Rodchenko
Vasili Kandinski al estilo fotográfico de Aleksander Rodchenko
Vasili Kandinski al estilo fotográfico de Aleksander Rodchenko
Vasili Kandinski al estilo fotográfico de Aleksander Rodchenko
Vasili Kandinski al estilo fotográfico de Aleksander Rodchenko
Vasili Kandinski al estilo fotográfico de Aleksander Rodchenko
Vasili Kandinski al estilo fotográfico de Aleksander Rodchenko
Vasili Kandinski al estilo fotográfico de Aleksander Rodchenko
Vasili Kandinski al estilo fotográfico de Aleksander Rodchenko
Vasili Kandinski al estilo fotográfico de Aleksander Rodchenko

Aleksandr Ródchenko,
La mirada del adversario

Por qué Aleksandr Ródchenko es el fotógrafo ideal para representar a Vasili Kandinski

Hay una ironía histórica en elegir a Ródchenko para fotografiar a Kandinsky: fueron rivales. No en el sentido cortés en que dos artistas del mismo período pueden tener visiones distintas. Fueron rivales en el sentido literal y documentado: compartieron institución, debatieron en las mismas salas del INKhUK de Moscú y en 1921 Ródchenko encabezó el grupo que votó a Kandinsky fuera del instituto que él mismo había fundado. El argumento de Ródchenko era que el arte espiritual de Kandinsky era un lujo de clase incompatible con las necesidades de la Revolución. Kandinsky cogió sus cosas y se fue a la Bauhaus. Los dos siguieron trabajando. Nunca se reconciliaron públicamente.

Esa tensión es exactamente la razón por la que Ródchenko es el fotógrafo ideal para este número.

Porque fotografiar a alguien con quien se ha tenido un desacuerdo intelectual real no produce condescendencia ni hagiografía. Produce atención. Ródchenko sabía exactamente qué estaba mirando cuando miraba a Kandinsky: un hombre que había dado una respuesta distinta a la misma pregunta que él se había hecho. Eso genera un tipo de mirada que no tiene equivalente en la fotografía de encargo ni en la fotografía de admiración. Es la mirada de quien conoce el territorio desde dentro y ha llegado a conclusiones opuestas.

Formalmente, la afinidad entre los dos es tan profunda como la distancia ideológica. Ródchenko y Kandinsky trabajaron con los mismos elementos: la diagonal como fuerza, el contraste entre formas como generador de tensión, la superficie bidimensional como espacio autónomo que no debe nada al mundo que representa. Kandinsky llegó a ese territorio disolviendo la representación desde dentro, dejando que el color se desprendiera del objeto hasta que el objeto desaparecía. Ródchenko llegó al mismo territorio por el camino inverso: forzando la representación hasta el límite en que el ángulo extremo, el contrapicado radical, la diagonal imposible convertían cualquier objeto reconocible —una escalera, un edificio, un rostro— en una composición abstracta. El resultado visual es a veces indistinguible. La intención era radicalmente distinta. Y esa diferencia, visible en cada imagen, es el comentario más preciso que puede hacerse sobre lo que separaba a los dos hombres.

Hay además una dimensión biográfica que ningún otro fotógrafo de la lista podía ofrecer. Ródchenko estuvo en Moscú en los años en que Kandinsky intentó convencer a la Revolución de que el alma importaba. Lo vio perder. Lo conocía en su momento de mayor vulnerabilidad intelectual, cuando el proyecto del INKhUK se derrumbaba y la partida hacia Alemania se volvía inevitable. Una fotografía de Ródchenko sobre Kandinsky no es una fotografía de un artista famoso tomada por un fotógrafo famoso. Es el registro de una conversación interrumpida que nunca se terminó de tener.

Por todo eso, las imágenes de este número no ilustran a Kandinsky. Lo interrogan. Con el mismo rigor formal con que él interrogó al mundo visible y con la misma distancia crítica con que Ródchenko interrogó a todo aquello en lo que no creía. El resultado es una mirada que ninguno de los dos habría elegido voluntariamente para sí mismo, y que por esa razón es la más honesta de las posibles.

Elementos que definen el lenguaje fotográfico de Aleksandr Ródchenko:
El ángulo lo es todo

Ródchenko no fotografiaba el mundo. Lo reorganizaba. Cuando otros fotógrafos de su época buscaban el encuadre correcto —el que reproducía con fidelidad lo que el ojo humano veía en condiciones normales—, Ródchenko buscaba el encuadre imposible: el que el ojo nunca elegiría por sí solo porque requería ponerse en un lugar donde nadie se pone. En el suelo. En el tejado. En el ángulo de cuarenta y cinco grados que convierte una escalera en una diagonal pura y un rostro en una forma geométrica. Su premisa era simple y radical: el punto de vista no es una elección estética. Es una declaración ideológica. Cambiar el ángulo no es cambiar la perspectiva. Es cambiar el objeto.

Su vocabulario formal es reconocible en cualquiera de sus imágenes y extraordinariamente coherente a lo largo de toda su carrera. La diagonal es su elemento estructural dominante: no como recurso decorativo sino como fuerza física, como tensión entre dos puntos que el encuadre no puede resolver. Donde otros fotógrafos construían composiciones estables —horizonte horizontal, figura centrada, equilibrio visual—, Ródchenko construía composiciones en estado de desequilibrio permanente. Sus imágenes no reposan. Empujan. El ojo entra en ellas y no encuentra dónde detenerse porque la diagonal lo lleva siempre hacia el borde del encuadre, hacia el espacio que está fuera de la imagen.

El contraste es su segundo elemento fundamental. Ródchenko trabajaba en blanco y negro con una radicalidad que iba más allá de la limitación técnica de su época: incluso cuando el color era posible, el blanco y negro le interesaba porque eliminaba la información accesoria y dejaba solo la estructura. Sus blancos son blancos absolutos. Sus negros son negros sin matiz. Entre los dos, una escala de grises usada con la misma economía con que un arquitecto usa el espacio vacío: no como relleno sino como elemento activo que define la forma por contraste. La sombra en Ródchenko no es la ausencia de luz. Es una forma con la misma entidad que el objeto que la proyecta.

El contrapicado y el picado extremos son su firma más reconocible y la más malentendida. No los usaba para hacer las cosas parecer más grandes o más pequeñas, más monumentales o más insignificantes, aunque ese efecto existe. Los usaba porque desde esos ángulos el objeto pierde su contexto habitual y se ve obligado a existir como pura forma en el espacio. Una chimenea fotografiada desde abajo deja de ser una chimenea y se convierte en un cilindro oscuro contra un cielo blanco. Un patio fotografiado desde arriba deja de ser un patio y se convierte en una composición de rectángulos y sombras. Ródchenko no destruía el referente: lo suspendía. Lo ponía entre paréntesis el tiempo suficiente para que el ojo viera la forma antes de volver a ver el objeto.

La geometría subyace a todo su trabajo como principio de orden en un mundo que la Revolución había declarado en construcción permanente. Triángulos, círculos, líneas paralelas, ángulos rectos: Ródchenko los encontraba en todas partes porque los buscaba activamente, porque creía que la estructura geométrica del mundo visible era la verdad más profunda que la fotografía podía revelar. En ese sentido su trabajo es paradójico: un arte que declara la muerte de la subjetividad individual y que sin embargo es completamente inconfundible, completamente personal, completamente suyo. Nadie más veía el mundo desde ese ángulo. Nadie más lo habría pensado.

Vasili Kandinski fotografiado por Aleksandr Ródchenko