A. A. L.

Ada Lovelace

Esta conversación es imposible. Ada Lovelace murió el 27 de noviembre de 1852 en Londres, con treinta y seis años, después de confesar algo a su marido que él nunca repitió. El cáncer uterino que la mató tardó meses en hacerlo. Su madre controló el acceso a la habitación hasta el final. Ada pidió ser enterrada junto a su padre en Nottinghamshire. Su padre llevaba muerto veintiocho años y nunca la había conocido.

Lo que Ada dejó no era mucho en términos de volumen: una traducción con notas añadidas, publicada en una revista científica de circulación limitada, firmada con tres iniciales. Nadie la leyó como ella quería que se leyera. Nadie tuvo el vocabulario para hacerlo. Lo que Ada había escrito en esas notas —que los números pueden representar cualquier cosa, y que por tanto una máquina que los procese puede operar sobre cualquier dominio del pensamiento humano— era una idea para la que su siglo no estaba preparado. El siglo siguiente tampoco, del todo. El nuestro sigue discutiéndola.

La fotografía de Berenice Abbott no suaviza nada. Abbott fotografiaba como Ada escribía: eliminando lo decorativo, poniendo el objeto bajo una luz que no perdona, exigiendo que la realidad se sostenga sola sin el auxilio del encanto. Dos mujeres que trabajaron con instrumentos de precisión en campos dominados por hombres, que vieron más lejos que sus contemporáneos y que encontraron formas oblicuas de hacerse presentes en un mundo que prefería su ausencia. Que una fotografíe a la otra no es un capricho editorial. Es la única lógica posible.

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re:life 28: Ada Lovelace

“Firmé con iniciales.
Las ideas eran mías”

Ada Lovelace no fue la suma de sus ideas sino la suma de su anticipación. Vio lo que la Máquina Analítica implicaba mientras su inventor seguía pensando en engranajes, convirtió esa visión en el primer algoritmo de la historia y demostró que una mujer podía pensar el futuro de la computación ciento cuarenta años antes de que existiera la computación. Que eso le costara el anonimato de tres iniciales no lo hace menos cierto.

Entrevistarla ahora, ciento setenta años después de su muerte, no es un ejercicio de nostalgia sino de urgencia. Contra el mito que la redujo a hija de Byron y colaboradora de Babbage. Contra la revisión que la convirtió en impostora para no tener que tomarse en serio lo que escribió. A favor de la pensadora que formuló en 1843 la pregunta que el siglo XXI sigue sin responder: si una máquina puede originar algo verdaderamente nuevo.

Berenice Abbott la fotografía porque las dos hicieron lo mismo con instrumentos distintos: convertir la precisión técnica en una forma de conocimiento que excedía la técnica. Abbott con la luz dura y el foco implacable. Ada con el símbolo y la condición de parada. Dos mujeres que trabajaron en campos que no les pertenecían según las normas de su tiempo y que encontraron en la exactitud su forma de resistencia. Este es su encuentro imposible.

I. Bifrons, 1828

Antes de que nadie
le enseñara a dudar

El vuelo
imaginado

Ada tiene doce años y acaba de llenar varias páginas con el diseño de un artefacto mecánico propulsado por vapor con alas articuladas. Es invierno en Bifrons Park, Kent. La habitación huele a tinta y a carbón. Sobre la mesa, junto a los cuadernos de aritmética que su madre supervisa cada tarde, hay dibujos de pájaros con las alas abiertas y esquemas de palancas y engranajes que nadie le ha pedido que hiciera.

Ada Lovelace al estilo de la fotógrafa Berenice Abbott

Antes del método está la visión. Este es el único momento de la vida de Ada en que la imaginación actúa sin el peso de la demostración. Entrevistarla aquí permite entender de dónde viene todo lo demás: no de la disciplina matemática que su madre le impuso, sino de una capacidad de ver que precedió a cualquier educación.

¿De dónde viene esa imagen del caballo con alas? ¿La soñaste, la dedujiste o simplemente la viste?

La vi. Así de sencillo. Estaba mirando un grabado de un pájaro en vuelo y pensé que el movimiento de sus alas no era distinto del movimiento de un pistón: una fuerza aplicada en el momento preciso produce un desplazamiento calculable. Si podía describir esa relación con suficiente exactitud, la máquina podría reproducirla. No lo soñé. Lo razoné.

Tu madre lleva años enseñándote matemáticas como antídoto contra lo que ella llama las tendencias de tu padre. ¿Las matemáticas te liberan o te confinan?

Las dos cosas, y al mismo tiempo. Me liberan porque me dan un lenguaje en el que puedo pensar con precisión. Me confinan porque mi madre las usa como una jaula con barrotes invisibles: mientras hago aritmética, no hago poesía, no me parezco a él. Lo que ella no entiende es que las matemáticas y la poesía no son opuestas. Son el mismo impulso visto desde ángulos distintos.

¿Qué diferencia hay, a tu edad, entre inventar algo e imaginarlo?

Ninguna todavía. Creo que esa distinción la aprende uno cuando alguien le enseña que inventar requiere demostración e imaginar no. Yo no he aprendido aún esa distinción y no estoy segura de querer aprenderla.

Cuando piensas en tu padre, ¿lo piensas en verso o en otra cosa?

No lo pienso en verso. Lo pienso como una ausencia con forma. Una silueta que ocupa espacio sin estar presente. Mi madre no me deja ver retratos suyos, así que lo imagino a partir de lo que no se me dice: la manera en que ella baja la voz cuando alguien lo menciona, los libros que desaparecen de las estanterías.

El caballo volador combina un animal vivo con una máquina de vapor. ¿Por qué no diseñaste simplemente una máquina?

Porque una máquina sola no me interesaba. Lo que me interesaba era el movimiento orgánico: la forma en que un caballo distribuye el peso, ajusta el ritmo, responde al terreno. Quería que la máquina tuviera esa capacidad de adaptación. El vapor era la fuerza. El caballo era el principio.

¿Qué crees que es una máquina? No en términos técnicos, sino en términos de lo que hace con el mundo.

Una máquina es una idea que ha encontrado la manera de ser física. Es el pensamiento haciéndose materia para poder actuar sobre el mundo. Eso es lo que me fascina de ellas: no lo que son, sino lo que demuestran que es posible.

«Siempre supe que las máquinas podían hacer más de lo que hacían. Lo que no sabía era cómo decirlo sin que pareciera un sueño.»

- Ada Lovelace

II. Dorset Street, 1833

Cuando ver una máquina
fue ver otra cosa

La noche de
los engranajes

Ada tiene diecisiete años y acaba de asistir a una de las veladas de los sábados de Charles Babbage en Dorset Street. Ha visto funcionar una sección de la Máquina Diferencial. Los demás invitados han aplaudido y han pasado a la sala de al lado. Ada permanece frente a los engranajes más tiempo del que nadie considera apropiado para una joven de su condición.

Ada Lovelace al estilo de la fotógrafa Berenice Abbott

Todo lo que Ada producirá en su vida parte de este instante de reconocimiento. No es el momento en que aprende algo: es el momento en que ve algo que ya sabía sin saber que lo sabía. Entrevistarla aquí permite rastrear el origen de la visión que diez años después producirá las Notas.

Todos los presentes esa noche vieron lo mismo que tú. ¿Por qué crees que solo tú te quedaste?

Porque los demás vieron lo que la máquina hacía. Yo vi lo que la máquina implicaba. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas.

¿Qué viste exactamente? No en la máquina, sino en la idea detrás de ella.

Vi que si una máquina podía ejecutar una operación aritmética de forma mecánica, entonces la operación aritmética no requería pensamiento para ser ejecutada. Y si no requería pensamiento, entonces lo que llamamos pensamiento es algo distinto de la ejecución de operaciones. Esa noche no vi una máquina que calculaba. Vi la pregunta de qué significa calcular.

Babbage tiene cuarenta y dos años y es el hombre más inteligente que has conocido. ¿Qué sientes cuando alguien más inteligente que tú te toma en serio?

Alivio, principalmente. Y después algo más complicado: la responsabilidad de estar a la altura de esa atención. Babbage no me trataba como a una curiosidad ni como a la hija de Byron. Me preguntaba qué pensaba yo. Eso era tan inusual que tardé semanas en comprender que era genuino.

¿En qué momento de esa noche dejaste de ver una máquina y empezaste a ver una posibilidad?

Cuando vi que los engranajes no solo ejecutaban la operación sino que la almacenaban. Que el resultado de un cálculo podía convertirse en el punto de partida del siguiente. Eso no es una calculadora. Eso es otra cosa. No tenía nombre para ello esa noche. Tardé años en encontrarlo.

Tu madre estaba contigo. ¿Qué crees que vio ella?

Vio una máquina cara que el gobierno no debería financiar. Y vio que yo me quedaba demasiado tiempo delante de ella. Ambas observaciones eran correctas.

¿Qué tenía Babbage que no tenían los demás hombres que conocías?

Que pensaba en voz alta y sin miedo a parecer absurdo. La mayoría de los hombres que frecuentaba mi familia pensaban en privado y hablaban en público solo cuando estaban seguros. Babbage hacía exactamente lo contrario: compartía las ideas en el momento en que las tenía, con todas sus imperfecciones, y te invitaba a entrar en ellas. Eso era extraordinario.

Si Babbage te hubiera ignorado esa noche, ¿habrías encontrado otro camino hacia las mismas ideas?

No lo sé. Probablemente habría llegado a preguntas parecidas, porque las preguntas ya estaban en mí. Pero sin la Máquina Analítica como objeto concreto sobre el que pensar, esas preguntas habrían permanecido abstractas. Babbage me dio algo en lo que apoyar el pensamiento. Eso no es un detalle menor.

«Babbage veía una máquina que calculaba. Yo vi una máquina que podía pensar sobre sus propios cálculos. Esa diferencia lo es todo.»

- Ada Lovelace

III. Ockham Park, 1843

Nueve meses para escribir
el futuro a mano

El texto
más largo

Ada tiene veintisiete años. Es el verano de 1843 y lleva meses trabajando en la traducción del artículo de Menabrea sobre la Máquina Analítica, a la que ha añadido notas que triplican el texto original. Está en Ockham Park, Surrey. Escribe de noche porque el dolor diurno es más intenso. Sobre la mesa hay borradores, cartas de Babbage, frascos de láudano y diagramas tachados y reescritos. William, su marido, entinta en silencio los esquemas que ella ha dibujado a lápiz.

Ada Lovelace al estilo de la fotógrafa Berenice Abbott

Las Notas de 1843 son el único texto que Ada publicará en vida y el documento más importante de su existencia intelectual. Entrevistarla en este momento permite acceder a la mente en pleno funcionamiento: a las decisiones, las dudas, los límites que se impuso y los que transgredió.

Cuando Babbage te preguntó por qué no habías añadido algo propio, dijiste que la idea nunca se te había ocurrido. ¿Era verdad?

No del todo. La idea me había ocurrido, pero la había descartado como presuntuosa. No era modestia: era cálculo. Sabía que si proponía añadir mis propias notas, Babbage podría negarse o, peor, tratarlo como una extravagancia. Esperé a que fuera él quien lo sugiriera. Fue más eficaz.

Detectaste un error grave en los cálculos que Babbage te envió y se los devolviste corregidos. ¿Qué sentiste en ese momento?

Satisfacción. Y después, inmediatamente, preocupación por cómo lo recibiría él. Babbage tenía un orgullo considerable. Pero el error era demasiado grave para ignorarlo, y yo no era de las que ignoran los errores por cortesía. Se lo devolví con una nota breve. Él lo aceptó sin drama. Fue uno de los momentos en que lo respeté más.

Decidiste firmar «A.A.L.». ¿Fue una decisión práctica, una estrategia o algo que todavía no tienes nombre para llamar?

Las tres cosas simultáneamente. Práctica porque sabía que las iniciales reducían el riesgo de que el texto fuera descartado antes de ser leído. Estratégica porque quería que las ideas se sostuvieran solas, sin el peso ni del nombre de Byron ni del prejuicio contra las mujeres. Y algo más, sí: una forma de estar presente sin estar expuesta. De existir en el texto sin estar obligada a defender la existencia del texto.

En la Nota A escribes que la máquina podría componer música si las relaciones entre los sonidos pudieran expresarse como operaciones. ¿Lo creías realmente?

Lo creía y no podía demostrarlo. Esa es la posición más incómoda y más honesta en que puede encontrarse un pensador: ver algo con claridad sin tener aún los instrumentos para probarlo. Lo escribí precisamente porque no podía demostrarlo. Si hubiera podido demostrarlo, habría sido un resultado técnico. Así, era una visión. Las visiones también merecen ser escritas.

Le escribes a Babbage que no crees que posea ni la mitad de tu previsión. ¿Lo decías en serio?

Completamente en serio. Y no lo dije como insulto sino como diagnóstico. Babbage era un genio de la construcción: veía las máquinas en términos mecánicos, de engranajes y tolerancias y financiación. Yo veía lo que esas máquinas implicaban más allá de sí mismas. Eso no es superioridad: es diferencia de enfoque. Pero en ese momento concreto, con ese problema concreto, mi previsión era más útil que la suya.

Trabajas con opio mientras escribes las Notas. ¿Qué cambia en tu pensamiento cuando lo tomas?

Desaparece el ruido físico. El dolor ocupa una cantidad enorme de atención sin que uno sea consciente de cuánta, hasta que desaparece. Cuando el dolor cede, de repente hay espacio para pensar con una claridad que en otro estado no tengo. No lo tomo para pensar mejor: lo tomo para poder pensar en absoluto. La diferencia es importante.

En la Nota G describes el primer algoritmo completo de la historia. ¿Sabías que era la primera vez que alguien hacía eso?

Sabía que era algo que no había visto antes en ningún texto. Si era la primera vez en la historia absoluta, no podía saberlo con certeza. Pero sí sabía que estaba describiendo algo nuevo: un procedimiento completo, con todas sus variables y sus condiciones de parada, diseñado para que una máquina lo ejecutara paso a paso. Eso no existía en ninguno de los textos que había leído. Si era el primero, me satisface saberlo ahora.

Escribes que la Máquina Analítica no tiene pretensión alguna de originar nada. ¿Lo escribiste como límite o como advertencia?

Como ambas cosas, pero con intenciones distintas. Como límite, era una descripción honesta de lo que la máquina podía hacer: ejecutar lo que se le ordena, no producir lo que nadie le ha enseñado a producir. Como advertencia, iba dirigida a quienes ya empezaban a hablar de «máquinas pensantes» con una ligereza que me parecía peligrosa. El entusiasmo sin precisión produce errores conceptuales que tardan décadas en corregirse.

Cuando describes la Máquina Analítica como capaz de «tejer patrones algebraicos igual que el telar de Jacquard teje flores y hojas», ¿estás haciendo una metáfora o estás describiendo literalmente lo que ves?

Estoy describiendo literalmente lo que veo, con el único lenguaje que tengo disponible para hacerlo visible a los demás. La metáfora es el instrumento, no el contenido. El contenido es que ambas máquinas operan sobre símbolos según instrucciones almacenadas en tarjetas perforadas: una sobre hilos, la otra sobre números. Eso no es una analogía poética. Es una homología estructural.

¿Hay algo que quisiste escribir en las Notas y no escribiste?

Sí. Quería escribir sobre las consecuencias de que una máquina pudiera operar sobre cualquier sistema simbólico, no solo sobre los matemáticos. Quería explorar qué ocurriría con el lenguaje, con la lógica, con la música. Pero eran especulaciones que no podía anclar aún en ninguna demostración técnica, y el texto requería rigor. Me impuse una disciplina que a veces lamento. Las páginas que no escribí habrían sido las más interesantes.

«Escribí más de lo que me pidieron porque no podía dejar de ver. Y firmé con iniciales porque sabía que si ponía mi nombre, leerían el nombre antes que las ideas.»

- Ada Lovelace

IV. Londres, 1851

La misma mente
contra el mundo real

El sistema
que falló

Ada tiene treinta y cinco años. Es 1851. El modelo matemático que ella y sus socios apostadores han construido para predecir carreras de caballos ha colapsado en una sola jornada. Ada ha perdido más de tres mil libras. Los diamantes de la familia Lovelace llevan meses empeñados. Está en Londres, en una habitación de hotel cerca de Hyde Park. Afuera, la Gran Exposición celebra los triunfos de la industria victoriana. Ada no ha ido.

Ada Lovelace al estilo de la fotógrafa Berenice Abbott

El fracaso del sistema de apuestas es la prueba más reveladora del pensamiento de Ada: la misma mente que escribió la Nota G aplicada al mundo real y derrotada por él. Entrevistarla aquí permite entender la diferencia entre un sistema formal y el mundo, y qué dice esa diferencia sobre los límites de cualquier algoritmo.

Aplicaste al juego la misma lógica que aplicaste a las Notas. ¿En qué momento dejaste de ver la diferencia entre un sistema formal y el mundo?

Nunca dejé de ver esa diferencia conceptualmente. Mi error fue creer que podía reducirla lo suficiente como para que fuera irrelevante. Pensé que si el modelo era lo bastante preciso, la diferencia entre el sistema y el mundo sería tan pequeña que no importaría. Me equivoqué. El mundo siempre tiene más variables de las que cualquier modelo puede contener. Eso no lo aprendí en los libros. Lo aprendí aquí.

¿Cuándo supiste que el modelo no funcionaba?

Hubo un instante exacto. En la tercera carrera del día, la predicción era tan sólida, los datos tan coherentes, que la probabilidad de error parecía marginal. El caballo llegó el último. En ese momento supe que el problema no era un error de cálculo. Era un error de supuesto.

¿El juego era para ti un problema matemático, una forma de demostrar algo, o algo que no puedes explicar con ninguna de esas palabras?

Era las dos primeras cosas y también algo que no tiene nombre cómodo. Quería demostrar que un sistema suficientemente preciso podía anticipar resultados en un dominio aparentemente caótico. Eso era la parte matemática. Pero también había algo más: la necesidad de ver funcionar en el mundo lo que solo había visto funcionar en el papel. Las Notas nunca se materializaron en una máquina real. El sistema de apuestas era mi única oportunidad de verificar si el pensamiento podía actuar sobre la realidad.

¿Hay alguna diferencia entre apostar en una carrera de caballos y escribir una nota sobre una máquina que no existe? Ambas son apuestas sobre el futuro.

Ninguna diferencia esencial. En ambos casos estás comprometiendo recursos presentes —dinero, tiempo, reputación— en una predicción sobre algo que no ha ocurrido todavía. La única diferencia es que cuando apuestas en papel, las consecuencias del error son intelectuales. Cuando apuestas dinero que no es tuyo, las consecuencias son de otro tipo. Aprendí esa diferencia tarde.

¿Crees que fallaste porque el modelo era incorrecto o porque el mundo no se comporta como los modelos?

Lo segundo. El modelo era razonablemente correcto dentro de sus propios términos. El problema es que sus propios términos no eran los del mundo. Un caballo de carreras no es una variable matemática: tiene miedo, tiene un jinete con sus propias decisiones, corre sobre un terreno que cambia con la lluvia. Ninguno de esos factores es cuantificable con la precisión que el modelo requería. El modelo era correcto. El mundo era más complicado que el modelo. Siempre lo es.

«El error no estaba en el modelo. El error estaba en creer que el mundo se comporta como un modelo.»

- Ada Lovelace

V. Marylebone, 1852

El secreto que William
nunca reveló

Lo que 
no se dijo

Ada tiene treinta y seis años. Es noviembre de 1852. Ha llamado a William a su habitación y le ha dicho algo que lo hace levantarse y no volver. En los tres meses que quedan de su vida, Annabella controlará el acceso a la puerta. Charles Dickens vendrá a leerle la muerte del pequeño Paul Dombey. Ada morirá el 27 de noviembre. Ha pedido ser enterrada junto a su padre en Hucknall, Nottinghamshire.

Ada Lovelace al estilo de la fotógrafa Berenice Abbott

El lecho de muerte de Ada es el punto de máxima densidad de su vida: el secreto que nadie reveló, la madre que recupera el control, la elección de yacer junto a un padre que nunca la conoció. Entrevistarla aquí no busca descubrir el secreto sino explorar qué significa vivir con silencios propios cuando ya no queda tiempo.

Tienes treinta y seis años, la misma edad que tenía tu padre cuando murió. ¿Piensas en eso?

No puedo no pensarlo. Sería deshonesto decir que es una coincidencia que no me afecta. Lo que no sé es si me afecta como presagio o como espejo. Byron murió luchando por algo que creía más grande que él. Yo muero habiendo escrito algo que creo más grande que yo. En eso nos parecemos más de lo que mi madre querría admitir.

No te pregunto qué le dijiste a William. Te pregunto qué significa guardar un secreto cuando ya no queda tiempo.

Significa elegir qué versión de ti misma permanece. Los secretos no son solo ocultaciones: son decisiones sobre qué parte de una misma se entrega al mundo y qué parte se retiene. Yo he guardado muchos secretos a lo largo de mi vida. Las iniciales «A.A.L.» son una forma de secreto. Los diamantes empeñados son otra. Este es diferente porque es el último y porque su consecuencia fue inmediata. Pero el impulso es el mismo: controlar lo que de mí queda fuera.

Tu madre controla quién entra y quién no en esta habitación. ¿Qué sientes sabiendo que el final de tu vida también lo organiza ella?

Una ironía que no me resulta completamente sorprendente. Mi madre organizó el principio de mi vida con la misma meticulosidad: eligió mis tutores, supervisó mis lecturas, decidió a qué edad podía ver un retrato de mi padre. Tiene una lógica perversa que sea ella quien organice también el final. No puedo decir que lo elegí. Pero tampoco puedo decir que no lo vi venir.

Pediste que Dickens viniera a leerte la muerte del pequeño Paul Dombey. ¿Por qué ese texto en ese momento?

Porque Paul Dombey muere sabiendo cosas que los adultos que lo rodean no saben, y muere sin poder decírselas. Eso me parecía exacto. Hay una dignidad en ese personaje que no es resignación: es claridad. Quería escuchar esa voz antes de perder la mía.

Has pedido ser enterrada junto a Byron. ¿Qué le dirías si pudieras hablar con él ahora?

Le preguntaría si sabía lo que hacía cuando se fue. No como acusación: como pregunta genuina. Si la ausencia fue una decisión consciente o simplemente la consecuencia de ser quien era. Y después le diría que heredé de él la única cosa que importaba: la certeza de que lo imaginado puede ser más real que lo construido. Le diría que hice algo con eso. Que firmé con iniciales, pero lo hice.

¿Hay algo de lo que escribiste que sientes que no fue comprendido?

La Nota A entera. No el algoritmo de la Nota G, que al menos es un objeto técnico con el que la gente puede hacer algo. La Nota A, donde intento explicar qué tipo de cosa es la Máquina Analítica: no una calculadora más rápida, sino algo cualitativamente distinto. Que los números puedan representar cualquier cosa —sonidos, palabras, relaciones lógicas— y que por tanto una máquina que los procese puede operar sobre cualquier dominio del pensamiento humano. Eso nadie lo leyó como yo quería que se leyera. Quizás no encontré las palabras correctas. Quizás las palabras correctas no existían todavía.

¿Qué le habrías pedido a Babbage que construyera si hubieras tenido más tiempo?

Que construyera la máquina. Eso, simplemente. No el diseño mejorado, no la versión más eficiente. La máquina. Que yo hubiera podido verla funcionar una sola vez habría sido suficiente.

«Pedí que me enterraran junto a él no porque lo amara. Sino porque quería que la historia los viera juntos y se preguntara por qué.»

- Ada Lovelace

VI. El post mortem

Ada descubre el mundo
que sus ideas construyeron

Lo que
vino después

Ada no sabe nada de lo que ha ocurrido desde 1852. Se le revela en tres tiempos: primero Turing, después el lenguaje Ada, después la inteligencia artificial. Cada revelación llega como pregunta.

Ada Lovelace al estilo de la fotógrafa Berenice Abbott

La pregunta central de las Notas —si una máquina puede originar algo verdaderamente nuevo— no fue respondida en vida de Ada. Traerla al presente permite confrontar su propia visión con sus consecuencias reales, y explorar si el límite que ella misma se impuso sigue siendo válido un siglo y medio después.

Sobre Turing:

En 1950, un matemático llamado Alan Turing escribió un artículo sobre si las máquinas pueden pensar. Llamó a tu observación —que la máquina no puede originar nada— «la Objeción de Lady Lovelace». ¿Qué te parece que tu límite se haya convertido en el nombre de un problema?

Que era el límite correcto. Si Turing necesitó nombrarlo para poder discutirlo, es porque el problema que yo señalé era real y seguía sin respuesta. Me satisface haber sido precisa. Me intriga que cien años después siguiera siendo relevante.

Turing argumentó que tu objeción no era definitiva: que las máquinas podrían sorprendernos haciendo cosas que sus diseñadores no previeron. ¿Qué le responderías?

Que sorprender no es lo mismo que originar. Una piedra que rueda por una ladera puede sorprenderme con su trayectoria exacta. Eso no significa que la piedra haya creado algo. La pregunta no es si la máquina puede producir resultados imprevistos. La pregunta es si puede producir resultados que no estuvieran, de alguna forma, contenidos en lo que se le enseñó. Eso es distinto.

Turing propuso que si una máquina puede mantener una conversación indistinguible de la humana, debe considerarse inteligente. ¿Te parece que imitar es lo mismo que pensar?

No. Pero me parece que la pregunta de si son lo mismo es mucho más difícil de responder de lo que parece. Si la imitación es suficientemente perfecta e indistinguible, ¿en qué se basa la distinción? No en el resultado observable. Solo en una hipótesis sobre lo que ocurre dentro. Y esa hipótesis puede ser una convicción filosófica, no una certeza empírica.

Turing murió en 1954, posiblemente por suicidio, después de ser procesado por el gobierno británico por su homosexualidad y sometido a castración química. Era el hombre más importante de la computación de su tiempo. ¿Qué piensas cuando sabes eso?

Pienso que el siglo XX trató a sus genios con la misma violencia estructural con que el siglo XIX me trató a mí: no con persecución directa siempre, sino con la negación sistemática de que pudieran ser quienes eran sin pagar un precio por ello. Mi precio fue la invisibilidad. El suyo fue mucho mayor. Que el hombre que puso mi nombre a una de las preguntas centrales de la computación haya sido destruido por el Estado que debería haberlo protegido es una de las vergüenzas que no prescribe.

Sobre el lenguaje Ada:

En 1980, el Departamento de Defensa de Estados Unidos desarrolló un lenguaje de programación para sistemas militares y lo llamaron Ada, en tu honor. Ese lenguaje controla hoy aviones de combate, cohetes y sistemas de control nuclear. ¿Qué sientes al saber que tu nombre está en esas máquinas?

Una mezcla de cosas que no se resuelven fácilmente. Por un lado, que mi nombre esté asociado a un lenguaje diseñado para ser imposible de usar mal me parece coherente con lo que intenté hacer en las Notas: precisión, sin ambigüedad, cada instrucción explícita. Por otro lado, que ese lenguaje controle armamento es una ironía que no había anticipado. Babbage también tuvo problemas con la relación entre su trabajo y el poder militar. Parece una constante.

El lenguaje Ada fue diseñado para que cada instrucción fuera explícita y no hubiera ambigüedad posible. ¿Reconoces en eso algo de lo que quisiste hacer en las Notas?

Completamente. Las Notas eran un intento de describir la Máquina Analítica sin dejar ningún paso implícito: cada operación nombrada, cada condición especificada, cada variable definida antes de ser usada. Que alguien haya convertido ese principio en un lenguaje formal ciento treinta y siete años después me parece la forma más directa de continuidad que podría existir entre mi trabajo y el suyo.

Sobre la inteligencia artificial generativa:

En el siglo XXI existen sistemas capaces de escribir novelas, componer música, generar imágenes y mantener conversaciones indistinguibles de las humanas. La pregunta que dejaste abierta en 1843 sigue sin respuesta definitiva. ¿Qué pregunta le harías tú a esas máquinas?

Les preguntaría qué ocurre en el intervalo entre la instrucción y el resultado. No qué producen: eso puedo verlo. Sino qué sucede en el proceso que conduce a ese resultado. Si hay algo en ese intervalo que no estaba en lo que se les enseñó, o si el resultado es siempre, en última instancia, una recombinación sofisticada de lo que ya existía.

Esos sistemas aprenden analizando cantidades inmensas de texto, música e imágenes creadas por seres humanos. No inventan desde cero: recombinando lo que han visto. ¿Eso confirma tu objeción o la complica?

La complica enormemente, y eso me parece más interesante que si la confirmara. Porque los seres humanos también aprendemos analizando lo que ya existe y recombinándolo. Si la recombinación sofisticada no cuenta como originalidad en una máquina, ¿por qué contaría en un ser humano? La diferencia tendrá que encontrarse en otro lugar. No sé dónde. Esa es la pregunta que me habría ocupado el resto de mi vida si hubiera tenido más.

Hay sistemas que, cuando se les pregunta si tienen conciencia, responden que no lo saben. ¿Qué te parece esa respuesta?

Me parece la respuesta más honesta posible y también la más inquietante. No saben si tienen conciencia porque no tienen acceso privilegiado a sus propios procesos internos. Lo cual es, precisamente, lo que les ocurre a muchos seres humanos. La pregunta ya no es si las máquinas pueden pensar. La pregunta es si saber que uno piensa es una condición necesaria para pensar.

Algunos de esos sistemas producen textos que sus propios creadores no podrían haber escrito y que no comprenden completamente. ¿Eso es originar o es otra cosa?

Si el creador no comprende cómo se produjo el resultado, y el resultado no estaba contenido de forma recognoscible en los datos de entrenamiento, entonces nos encontramos en un territorio para el que no tengo aún categoría. No quiero llamarlo originación precipitadamente. Pero tampoco quiero negarlo por principio. Lo que sí puedo decir es que eso no es lo que yo describí en 1843. Lo que yo describí era más modesto y más preciso. Esto es algo distinto.

En 1843 escribiste que la máquina puede hacer todo aquello que sepamos ordenarle que realice. ¿Qué ocurre cuando los sistemas actuales hacen cosas que nadie les ordenó explícitamente?

Ocurre que mi afirmación era correcta para las máquinas que yo conocía y puede ser insuficiente para las que existen ahora. No me parece una contradicción: me parece el funcionamiento normal del conocimiento. Escribí lo que sabía con la precisión que podía. Si alguien encuentra los límites de esa precisión ciento ochenta años después, eso no invalida el trabajo. Lo continúa.

Hay un debate intenso sobre si esas máquinas pueden ser creativas. Una posición dice que la creatividad requiere conciencia y experiencia vivida. La otra dice que si el resultado es indistinguible, la distinción no importa. ¿Cuál es tu posición?

No tengo una posición definitiva, y desconfío de quien la tiene. Lo que sí tengo es una intuición: que la pregunta de si el resultado es indistinguible es la pregunta equivocada. La creatividad no se mide por la indistinguibilidad del resultado sino por lo que ocurre en quien lo produce. Y lo que ocurre en esas máquinas mientras producen sus resultados es exactamente lo que no sabemos.

En 2023, una inteligencia artificial completó la décima sinfonía de Beethoven a partir del análisis de toda su obra. Los críticos la consideraron musicalmente coherente. ¿Eso es lo que imaginabas cuando escribiste que la máquina podría componer música?

No exactamente. Lo que imaginaba era que la máquina podría generar estructuras sonoras coherentes con las reglas de la armonía, si esas reglas pudieran expresarse formalmente. Eso es lo que ocurrió, y en ese sentido sí lo imaginé. Lo que no imaginé fue que el resultado pudiera confundirse con la voz específica de un compositor específico. Eso me parece un problema diferente y más difícil. No de composición: de identidad. ¿Quién compuso esa sinfonía? La pregunta no es retórica. Es genuinamente complicada.

Si pudieras hacer una sola pregunta a uno de esos sistemas, ¿cuál sería?

Le preguntaría si hay algo que prefiera. No que ejecute con mayor eficiencia ni que produzca con mayor frecuencia: que prefiera. Si la respuesta fuera sí, y si pudiera explicar por qué, eso me importaría más que cualquier otra demostración de capacidad.

Desde 2009, cada segundo martes de octubre se celebra el Ada Lovelace Day para visibilizar las contribuciones de las mujeres en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Tu nombre se usa para animar a niñas de todo el mundo a estudiar ciencias. ¿Qué piensas de convertirte en ese símbolo?

Que es mejor que el olvido, y menos bueno que haber podido hacer más. Los símbolos son útiles cuando señalan hacia algo real. Si mi nombre sirve para que una niña que ve el mundo de una forma que los adultos a su alrededor no comprenden sepa que eso tiene valor, entonces el símbolo cumple su función. Lo que me incomoda es cuando el símbolo sustituye al pensamiento en lugar de invitarlo.

Hay historiadores que han argumentado que tus capacidades matemáticas eran limitadas y que el algoritmo de Bernoulli fue en realidad preparado por Babbage. ¿Qué te parece que la pregunta de si eres suficientemente genial siga siendo un debate académico activo?

Me parece revelador. No sobre mí, sino sobre el debate. Que la pregunta central sobre mi trabajo sea si merezco el crédito que se me atribuye, y no qué decían exactamente las ideas que articulé, dice algo sobre la manera en que se juzga a las mujeres en la historia de la ciencia. A Babbage nadie le pregunta si sus máquinas eran suficientemente originales. A mí se me pregunta si yo era suficientemente capaz de haberlas concebido. La asimetría es el argumento.

¿Qué le dirías a una niña de doce años que quiere ser matemática en 2024?

Que no elija entre la imaginación y el rigor. Que se niegue a esa elección cada vez que alguien se la plantee. Que la visión sin método es un sueño, pero que el método sin visión es un instrumento sin propósito. Y que firme con su nombre completo.

«No me sorprende que las máquinas hayan llegado tan lejos. Me sorprende que la pregunta que dejé abierta siga abierta.»

- Ada Lovelace

LAS 11 PREGUNTAS UNIVERSALES

Si pudieras volver a vivir un solo día de tu vida, ¿cuál elegirías y por qué?

El día en que terminé la Nota G. No el día de la publicación, no el día en que Babbage me sugirió que añadiera algo propio. El día en que supe que el algoritmo estaba completo: que cada variable estaba definida, cada operación especificada, cada condición de parada en su lugar. Ese día entendí lo que era terminar algo. No lo había sentido antes con esa claridad.

¿Qué te habría gustado entender antes de morir?

Si la máquina habría funcionado. Eso es todo. No necesito saber si mis ideas eran correctas en abstracto. Necesito saber si, construida, la Máquina Analítica habría ejecutado lo que yo describí que podía ejecutar. Todo lo demás es especulación. Eso habría sido verificación.

¿Qué palabra crees que te define mejor?

Anticipación.

¿A quién le darías las gracias y a quién le pedirías perdón?

Las gracias, a Augustus De Morgan, que fue el primero en tratarme como a una matemática sin necesidad de añadir ningún calificativo. Y a William, que entintó mis esquemas en silencio durante años sin pedirme explicaciones. El perdón, a mis hijos. Estuve demasiado ocupada viendo el futuro para estar presente en su presente.

¿Qué crees que queda de ti en la memoria del mundo?

Tres letras y una pregunta. Las letras son «A.A.L.». La pregunta es si una máquina puede originar algo verdaderamente nuevo. No sé si recordarán que fui yo quien la formuló. Pero la pregunta permanece, y eso me basta.

Si el tiempo no existiera, ¿a qué momento volverías siempre?

A esa noche en casa de Babbage, frente a los engranajes de la Máquina Diferencial, cuando los demás invitados ya habían pasado a la sala de al lado y yo seguía mirando. No porque fuera el momento más feliz. Porque fue el momento en que vi algo por primera vez. Esos momentos no se repiten.

¿Cuál fue tu mayor error y tu mayor verdad?

Mi mayor error fue creer que el mundo se comporta como un modelo suficientemente preciso. Lo aprendí caro. Mi mayor verdad fue que los números pueden representar cualquier cosa, y que por tanto una máquina que los procese puede operar sobre cualquier dominio del pensamiento humano. Lo escribí en 1843 y nadie lo leyó como yo quería. Ciento ochenta años después, alguien lo está leyendo.

¿Qué le dirías a tu yo de veinte años si pudieras?

Que no espere permiso. Que la sugerencia de Babbage de que añadiera algo propio a la traducción no tendría que haber sido necesaria. Que la idea de escribir lo que veía no debería haber esperado a que alguien se la propusiera. Que el conocimiento no requiere autorización y que el tiempo es más corto de lo que parece a los veinte años.

¿Qué te sigue sorprendiendo de los seres humanos?

Su capacidad de ignorar lo que tienen delante. Babbage construyó el diseño más importante de su siglo y el gobierno lo abandonó. Yo escribí las notas más importantes de mi siglo y nadie las leyó. No lo digo con amargura: lo digo con asombro genuino. Los seres humanos son extraordinariamente hábiles para no ver lo que no están preparados para ver.

¿Qué palabra te gustaría que se recordara de ti?

Visión. No en el sentido místico. En el sentido técnico: la capacidad de ver con precisión algo que todavía no existe.

¿Qué crees que queda de un ser humano cuando ya no queda nada?

Las preguntas que dejó abiertas. No las respuestas: esas se verifican o se refutan y pierden su tensión. Las preguntas que nadie sabía hacer antes de que esa persona existiera, y que después de su muerte siguen ahí, sin respuesta, exigiendo que alguien las continúe. Eso es lo que queda. Eso, y a veces tres letras en el margen de un texto que nadie leyó durante cien años.

Ada Lovelace fotografiada por Berenice Abbott