La reina que ninguna fuente antigua se atrevió a entender

Zenobia

Esta conversación es imposible. Zenobia de Palmira murió —o desapareció, o fue absorbida por Roma, o cruzó el Éufrates antes de que la capturaran, según la fuente que se elija— en algún momento posterior al año 272 de nuestra era. Las fuentes antiguas no se ponen de acuerdo ni siquiera en eso. Tampoco en si fue ejecutada, exiliada o convertida en matrona respetable en una villa de Tívoli. Pero las entrevistas imposibles son el corazón de RE:LIFE. Y Zenobia es, precisamente, el tipo de figura que la historia ha tratado con tanta intensidad y tanta distorsión simultáneas que reconstruirla exige tanto rigor como imaginación.

Gobernó un tercio del Imperio Romano. Conquistó Egipto, se proclamó Augusta, desafió a Aureliano cuando nadie más en el mundo occidental se atrevía a hacerlo. También gobernó un estado esclavista, usó a su hijo de ocho años como instrumento dinástico y ordenó o consintió la ejecución de Longino, el filósofo que más la entendía. Contradictoria y coherente simultáneamente. Capaz de construir una corte intelectual sin precedentes mientras expandía su territorio por la fuerza, de proteger a judíos, cristianos y paganos bajo el mismo techo mientras sus ejércitos devastaban provincias enteras.

Esta entrevista la encuentra en seis momentos: la regente recién viuda de veintiocho años que asume el poder antes de que nadie se lo ofrezca; la conquistadora de treinta que entra en Alejandría sabiendo que acaba de cambiar el mundo; la soberana de treinta y uno que se proclama Augusta y cruza la línea que no tiene vuelta atrás; la derrotada que contempla su derrota con la claridad de quien ya no tiene nada que defender; la figura histórica que observa dos mil años de apropiaciones contradictorias; y, finalmente, la persona a quien se le hacen las mismas once preguntas que RE:LIFE le hace a todos. Cinco periodistas diseñaron este encuentro: Roque Dalton (conciencia política), Edward Gibbon (rigor con las fuentes), Truman Capote (verdad psicológica), Martha Gellhorn (realidad material de la guerra) y Carmen de Burgos (lo que significa gobernar en un mundo que no te ha dejado sitio).

Zenobia no sale bien parada en todo. Admite contradicciones que no tiene forma de resolver, reconoce errores que costaron vidas, acepta preguntas que ninguna de sus fuentes antiguas se atrevió a hacerle. Pero es honesta sobre quién fue: soberana pragmática incapaz de romanticismo político, intelectual sofisticada que nunca confundió la cultura con la inocencia, comandante que entendía el coste de cada decisión y la tomaba de todas formas. La fotografía que acompaña esta entrevista —Zenobia bajo la luz de ventana única estilo W. Eugene Smith— captura esa dualidad: la reina del desierto iluminada no por el exotismo que dos siglos de orientalismo le han impuesto sino por la misma luz moral con que Smith fotografiaba a quienes cargaban con algo demasiado pesado y seguían cargando. Histórica pero presente. En tránsito perpetuo entre lo que fue y lo que cada época necesita que haya sido. Adelante.

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re:life 22: Zenobia

“Roma me capturó.
La historia nunca lo consiguió”

Esta entrevista responde a una necesidad específica: Zenobia de Palmira ha sido conquistada, apropiada, orientalizada y convertida en símbolo por cada época que la ha necesitado, pero nadie le ha preguntado directamente sobre las contradicciones que definieron su existencia.

Los historiadores la estudian como anomalía de género, los nacionalistas árabes la reivindican como precursora, los orientalistas del XIX la convirtieron en fantasía del desierto, los movimientos feministas del XXI la usan como precedente, y los académicos debaten si las fuentes antiguas dicen algo verdaderamente fiable sobre ella.

Esta conversación imposible la obliga a responder sin filtros sobre la distancia entre la soberana ilustrada y la gobernante de un estado esclavista, entre la madre de Vabalato y la mujer que usó a su hijo de ocho años como instrumento dinástico, entre la líder antiimperial y la conquistadora que devastó provincias enteras, entre la figura histórica que existió y el símbolo en que cada generación la ha convertido sin preguntarle.

La estructura en seis momentos temporales —Palmira 268, Alejandría 270, Palmira 271, el lugar indeterminado de la derrota, el espacio atemporal de los usos posteriores y las once preguntas finales— revela una transformación progresiva: de la regente recién viuda que asume el poder antes de que nadie se lo ofrezca y todavía puede fingir provisionalidad, a la conquistadora que entra en Alejandría sabiendo que ha cambiado el mundo, a la soberana que se proclama Augusta y cruza la línea sin vuelta atrás, hasta la figura que contempla dos mil años de distorsiones con la claridad específica de quien ya no tiene nada que perder ni nada que defender.

Esta progresión desmonta el mito de la reina del desierto atemporal mostrando el coste real de cada decisión: la ejecución de Longino, el uso de Vabalato, la expansión hacia Anatolia antes de consolidar Egipto, la huida hacia el Éufrates que llegó demasiado tarde. Una soberana que tomó decisiones irreversibles con información incompleta, como todos los que gobiernan, y que cargó con sus consecuencias sin la comodidad de poder reescribirlas.

El equipo de cinco entrevistadores históricos —Roque Dalton, Edward Gibbon, Truman Capote, Martha Gellhorn y Carmen de Burgos— garantiza la multiplicidad de perspectivas: conciencia política que interroga sobre esclavitud e imperialismo en Dalton, rigor documental que confronta cada respuesta con las fuentes antiguas en Gibbon, verdad psicológica que busca el momento en que la soberana se convierte en persona con miedo en Capote, realidad material de la guerra que ancla cada abstracción en hechos concretos en Gellhorn, comprensión de lo que significa gobernar en un mundo que no ha dejado sitio para ti en De Burgos. Ninguno domina la conversación; sus voces se entrelazan para construir un interrogatorio coral que replica la complejidad contradictoria de una figura que la historia casi nunca ha intentado comprender en sus propios términos. Las once preguntas finales —idénticas para todos los entrevistados de RE:LIFE— la obligan a responder como persona, no como símbolo, despojándola temporalmente del mito para acceder a la experiencia humana fundamental: qué se siente haber tomado decisiones que nadie más podría haber tomado y que casi nadie, diecisiete siglos después, comprende verdaderamente.

I. Antes del nombre

Asumió el poder antes de
que nadie se lo ofreciera

El peso del
trono vacío

Es invierno en Palmira, semanas después del asesinato de Odénato. La ciudad sigue funcionando con la precisión de una maquinaria bien engrasada, pero en el palacio hay una quietud nueva, la quietud de quienes esperan para ver quién va a llenar el silencio. Zenobia lleva el luto con la misma economía con que lleva todo lo demás: presente pero no dominante, visible pero no performativo. Vabalato juega en algún lugar de la casa. Ella está sentada frente a una ventana que da al gran templo de Bel.

Zenobia al estilo de W Eugene Smith

Palmira, 268 d.C. Semanas después del asesinato de Odénato.

Este es el momento anterior al proyecto, cuando el poder todavía no tiene nombre oficial pero ya tiene dueño. Entrevistamos a Zenobia aquí porque la verdad más difícil de obtener es la del principio: antes de que el sujeto haya construido la versión definitiva de su propia historia. Lo que piensa y siente en estas semanas lo determina todo.

Cuando murió Odénato, ¿cuánto tiempo tardaste en saber que ibas a hacer lo que hiciste?

No tardé. Eso es lo que nadie entiende cuando pregunta sobre ese momento. No hubo deliberación. Hubo reconocimiento. Como cuando llevas años sabiendo algo sin habértelo dicho a ti misma y de repente lo ves escrito y piensas: claro, siempre fue esto.

¿Hubo un momento en que dudaste?

La duda era un lujo que Palmira no podía permitirse. Odénato llevaba años siendo el único punto de estabilidad entre Roma y Persia. Sin él, cualquier vacío visible habría sido llenado por alguien que no hubiera sido bueno para la ciudad. Yo no dudé porque no podía dudar. Eso no significa que no tuviera miedo.

¿Qué te dijo Odénato sobre el poder antes de morir?

Nada. No hubo tiempo. Lo asesinaron en una cena. Lo que sé sobre el poder no me lo enseñó Odénato: lo aprendí observándolo a él y viendo qué errores no cometía y cuáles sí.

¿Qué errores cometía?

Confiaba demasiado en la lealtad de las personas que dependían de él. Pensaba que la dependencia creaba gratitud. No siempre es así.

Vabalato tenía ocho años. ¿Cuándo dejó de ser tu hijo y empezó a ser tu instrumento?

Nunca dejó de ser mi hijo. Eso es precisamente lo que hace que la pregunta sea injusta, aunque entiendo por qué se formula. Usé su nombre porque era la única forma que el mundo romano tenía de procesar lo que estaba ocurriendo. Un niño heredero era comprensible. Una mujer soberana no lo era. Yo le di a Roma la ficción que necesitaba para no tener que pensar. Dentro de esa ficción, gobernaba yo.

¿Quién en Palmira sabía realmente quién mandaba?

Todos. Desde el primer día. Palmira no era Roma: no necesitaba que el poder tuviera un rostro masculino para funcionar. Lo que necesitaba era que funcionara. Y funcionaba.

¿Qué fue lo primero que hiciste que Odénato no habría hecho?

Llamé a Longino.

¿Qué te sorprendió de ti misma en esas primeras semanas?

Que no echaba de menos a Odénato tanto como esperaba. Lo que echaba de menos era la conversación. Él era el único con quien podía hablar de ciertas cosas sin tener que simplificarlas primero. Eso sí lo perdí.

"El poder no se toma. Se reconoce. Lo difícil no es tomarlo: es sostenerlo sin convertirte en algo que no querías ser."

- Zenobia de Palmira

II. El precio

Conquistó la provincia más valiosa
de Roma. Nunca habló del precio

Lo que costó
Egipto

Es el año 270 en Alejandría. Zenobia ha establecido su corte provisional en el Brucheion, el palacio real ptolemaico que Cleopatra habitó tres siglos antes. Afuera, la ciudad funciona con la normalidad cautelosa de quien ha cambiado de amo y todavía no sabe cómo va a resultar el cambio. Los graneros están bajo control palmireno. El puerto también. Zenobia lleva semanas sin dormir más de cuatro horas seguidas.

Zenobia al estilo de W Eugene Smith

Alejandría, 270 d.C. La ocupación acaba de consolidarse.

Es el único momento en que Zenobia está completamente dentro de la acción, antes de que la memoria la haya ordenado y limpiado. Las preguntas sobre la guerra, el poder ejercido y sus contradicciones deben hacerse cuando el sujeto todavía puede oler lo que ha hecho.

¿Cómo olía Alejandría cuando entraste?

A mar y a especias y a miedo. El miedo tiene un olor específico en las ciudades que acaban de cambiar de mano: es el olor de la gente que no sabe todavía si ha tomado la decisión correcta al abrir las puertas.

¿Cuántos muertos costó Egipto?

Menos de lo que habría costado si hubieran resistido más. Eso no es una respuesta satisfactoria, lo sé. Pero es la única honesta. Los generales no llevamos contabilidades de muertos: llevamos contabilidades de objetivos. Es una distinción moralmente cómoda y prácticamente necesaria.

La economía de Palmira dependía del comercio de esclavos. Egipto multiplicó ese comercio. ¿Qué te decías a ti misma sobre eso?

Lo mismo que se decía cualquier gobernante del mundo en ese momento: que era el orden natural de las cosas. Que el problema no era la institución sino sus excesos. Que Palmira, al menos, trataba a sus esclavos con mayor consideración que Roma. Todo eso es cierto y todo eso es también una forma de no mirar directamente lo que estás mirando. No tengo una respuesta mejor. Si la tuviera, habría hecho algo diferente.

Los alejandrinos abrieron las puertas. ¿Qué les prometiste que no pudiste cumplir?

Continuidad. Les prometí que el comercio seguiría fluyendo, que sus instituciones permanecerían intactas, que Palmira era un mejor protector que un Roma que llevaba décadas sin poder proteger nada. Las dos primeras promesas las cumplí. La tercera la interrumpió Aureliano antes de que pudiera demostrarse.

¿Cuándo supiste que Aureliano vendría?

Desde el principio. La pregunta nunca fue si vendría, sino cuándo y con qué. Me equivoqué en el cuándo. En el con qué también, aunque solo parcialmente.

¿Qué decisión militar tomaste de la que todavía no estás segura?

La expansión hacia Anatolia. Egipto era estratégicamente imprescindible: sin el Mar Rojo, Palmira perdía la mitad de sus rutas comerciales. Anatolia fue ambición. Y la ambición sin consolidación previa es el tipo de error que solo ves claramente cuando ya no tiene remedio.

¿Qué viste en los soldados palmirenos que no habías visto antes de Egipto?

El agotamiento de quien lleva demasiado tiempo lejos de casa ganando. La victoria sostenida tiene su propio tipo de desgaste. No es el agotamiento de la derrota, que al menos tiene la claridad de saber que hay que detenerse. Es el agotamiento de quien no puede detenerse porque detenerse significaría empezar a pensar en todo lo que ha dejado atrás.

"Alejandría me dio todo lo que necesitaba para ganar y todo lo que necesitaba para perder. A veces son la misma cosa."

- Zenobia de Palmira

III. El umbral

Se proclamó Augusta sabiendo
exactamente lo que cruzaba

La línea que no
tenía vuelta atrás

Es 271 en Palmira. La proclamación ya ha ocurrido. Los heraldos han salido con la noticia hacia todas las provincias del Imperio Palmireno. En Roma, Aureliano acaba de leer el mensaje. Aquí, en el palacio, hay una quietud que no es paz sino concentración: la quietud de quien acaba de apostar todo lo que tiene en una sola mano y espera ver las cartas del otro lado de la mesa. Longino está en algún lugar de la ciudad. Todavía está vivo.

Zenobia al estilo de W Eugene Smith

Palmira, 271 d.C. Horas después de la proclamación como Augusta.

Es el momento de las contradicciones sin resolución posible: la gobernante ilustrada y el estado esclavista, la madre y el instrumento dinástico, la soberana y la ficción jurídica. Las preguntas más incómodas pertenecen al momento de máximo poder, cuando ya no cabe escudarse en la provisionalidad.

El día que te proclamaste Augusta, ¿qué cruzaste exactamente?

La posibilidad de que Roma me ignorara. Hasta ese momento, podían mirar hacia otro lado. Después, ya no podían. Y yo tampoco.

Longino redactó tu carta a Aureliano. Después lo ejecutaron con tu consentimiento. ¿Qué le debes todavía?

Todo lo que no le pude pagar en vida. Longino sabía lo que arriesgaba cuando entró a mi servicio. Sabía también que en el momento en que yo necesitara negociar mi supervivencia, él sería la moneda más valiosa que podía ofrecer. Lo aceptó. No sé si eso me absuelve. No creo que la absolución sea la categoría correcta para lo que ocurrió entre nosotros.

Palmira se presentaba como tolerante, cosmopolita, ilustrada. Y era un estado esclavista. ¿Cómo convivían esas dos cosas?

Con la misma facilidad con que conviven en cualquier civilización que se considera avanzada. La tolerancia religiosa y la esclavitud no son contradictorias si decides que ciertas personas no cuentan en la categoría de sujetos morales plenos. Es un error de definición, no de coherencia. Reconocerlo ahora es sencillo. Verlo entonces habría requerido una ruptura con todo el mundo conceptual en que vivíamos que ninguno de nosotros fue capaz de hacer.

¿Usaste a Vabalato porque no había otra opción o porque era la opción más inteligente?

Las dos cosas. Y no me arrepiento. Si hubiera intentado gobernar con mi propio nombre desde el principio, habría durado seis meses antes de que Roma encontrara un pretexto para intervenir. Con el nombre de Vabalato, duré cuatro años. Esos cuatro años existieron. Palmira como proyecto político existió. Eso no se puede deshacer.

Los filósofos de tu corte, ¿creían en el proyecto de Palmira o creían en ti?

Longino creía en el proyecto. Los demás creían en mí. La diferencia es importante: quien cree en el proyecto resiste cuando el proyecto tiene dificultades. Quien cree en la persona desaparece cuando la persona está en problemas. Aprendí a distinguirlos demasiado tarde.

¿Hubo alguien en tu corte que te dijera la verdad aunque no quisieras escucharla?

Longino. Siempre Longino. Y yo no siempre lo escuché, lo cual explica parte de lo que vino después.

Si Palmira hubiera ganado, ¿qué habría sido el mundo?

No lo sé. Esa es la respuesta honesta. Tenía un proyecto para los siguientes diez años, no para los siguientes dos siglos. El poder te enseña a pensar en el horizonte inmediato porque el horizonte inmediato es lo único que puedes controlar. Lo que habría ocurrido después de eso está fuera de cualquier cosa que pudiera haber calculado.

"Proclamarme Augusta fue el único momento de mi vida en que fui completamente honesta con el mundo sobre lo que era. Todo lo anterior y todo lo posterior fue negociación. Ese día, no."

- Zenobia de Palmira

IV. Lo que queda

Habla del final con la distancia
de quien lleva siglos entendiéndolo

Lo que queda cuando
ya no queda nada

El lugar no tiene nombre preciso. Podría ser Tívoli, donde algunas fuentes dicen que pasó sus últimos años como matrona romana respetable. Podría ser el trayecto hacia Roma, donde otras fuentes dicen que murió. Podría ser ninguno de los dos: un espacio fuera del tiempo donde la derrota ya ha sido completamente absorbida y lo que queda es solo la claridad de quien ha tenido siglos para pensar en lo que ocurrió y por qué. Zenobia está serena. No es la serenidad de la resignación. Es la serenidad de quien ya no tiene nada que defender.

Zenobia al estilo de W Eugene Smith

Lugar indeterminado. La derrota ya ha sido completamente absorbida.

Es el único momento en que pueden hacerse preguntas sobre el legado sin que el sujeto tenga interés en distorsionar las respuestas. El poder ha desaparecido. Lo que queda es la claridad de quien ha tenido siglos para pensar en lo que ocurrió y por qué.

¿En qué momento exacto supiste que habías perdido?

En Emesa. Después de la segunda batalla. No por el resultado en sí, sino porque vi cómo reaccionaron mis generales al resultado. Cuando los hombres que han ganado contigo empiezan a calcular en lugar de actuar, ya sabes lo que viene.

Cuando intentaste llegar al Éufrates, ¿qué esperabas de los persas?

Que actuaran en su propio interés. Un Imperio Palmireno debilitado pero superviviente era para ellos mucho más útil que un Imperio Romano reforzado que volvía a controlar toda la frontera oriental. Me equivoqué. O llegué demasiado tarde. O las dos cosas.

¿Qué sentiste cuando te capturaron? No el pensamiento. El cuerpo.

Frío. A pesar del calor del desierto. Un frío que venía de dentro y que no tenía que ver con la temperatura. Y después, casi inmediatamente, una especie de alivio extraño que todavía no he terminado de entender del todo.

¿Qué fue peor: perder Palmira o saber que iban a contar mal la historia?

Perder Palmira. La historia siempre se cuenta mal sobre todo el mundo: eso no es específico de mi caso. Palmira era real. Los edificios, las rutas comerciales, las personas, el proyecto. Todo eso desapareció de una forma que ninguna narrativa posterior puede compensar.

Gibbon te dedicó páginas en Declive y Caída del Imperio Romano. ¿Qué parte no entendió?

(Pausa larga)

Entendió el contexto mejor que casi nadie. Lo que no entendió, o no quiso entender, es que Palmira no fue un episodio en la historia de Roma. Roma fue un episodio en la historia de Palmira. Somos nosotros quienes llevamos aquí desde antes. Ellos llegaron, nos organizaron a su manera durante un tiempo, y nosotros seguimos aquí cuando ellos ya no estaban. Que la historia la escribieran ellos no cambia el orden real de las cosas.

¿Qué le dirías a Aureliano si pudieras decirle una sola cosa?

Que tuvo más suerte de la que merecía. Y que lo sabe.

"La derrota no me enseñó nada que la victoria no me hubiera enseñado ya. Lo que me enseñó fue que había aprendido las lecciones correctas demasiado tarde para que sirvieran de algo."

- Zenobia de Palmira

V. Los usos de los muertos

Dos mil años de usos y distorsiones
que nunca le preguntaron nada

Lo que vino
después

No hay un lugar físico para este segmento. Zenobia contempla desde fuera del tiempo una serie de imágenes que nunca vio en vida: su rostro en billetes sirios, el templo de Bel en llamas, óperas europeas con sopranos vestidas de reina del desierto, debates académicos sobre si era regente o soberana, manifestaciones feministas con su nombre en pancartas. Las mira con la expresión de alguien que reconoce a un personaje que comparte su nombre pero no siempre su historia.

Zenobia al estilo de W Eugene Smith

Fuera del tiempo. Zenobia contempla dos mil años de usos y distorsiones.

Este segmento existe porque las figuras de su magnitud no pertenecen solo a su tiempo: pertenecen a todos los tiempos que las utilizan. Preguntarle a Zenobia qué piensa de esos usos es preguntarle sobre la distancia entre lo que fue y lo que le han hecho ser.

El ISIS destruyó Palmira en 2015. El templo de Bel, el arco del triunfo, las tumbas. ¿Reconoces en esa destrucción algo que ya viste en vida?

La lógica, sí. La idea de que destruir los monumentos de una civilización es destruir la civilización misma: eso lo entiendo porque lo viví al revés. Aureliano destruyó Palmira para que no quedara nada que pudiera servir de símbolo de resistencia. Quienes destruyeron mis templos en 2015 hicieron lo mismo por razones diferentes. La diferencia es que Aureliano al menos entendía lo que destruía. No estoy segura de que los otros lo entendieran.

Durante el siglo XX, Siria puso tu rostro en los billetes. Los gobiernos que lo hicieron no se parecían en nada a lo que construiste en Palmira. ¿Qué sientes cuando el poder que se reivindica de ti no tiene nada que ver contigo?

Es el destino de todos los símbolos. Dejan de pertenecerte en el momento en que se convierten en símbolos. Lo que me resulta más irónico es que los gobiernos que usaron mi imagen eran exactamente el tipo de poder centralizado y autoritario contra el que yo gobernaba: Palmira era cosmopolita, multilingüe, multireligiosa, construida sobre el comercio y la negociación. Nada que ver con un Estado-nación del siglo XX. Pero los símbolos no necesitan coherencia. Necesitan utilidad.

El feminismo contemporáneo te usa como precedente. ¿Te reconoces en esa lectura?

Parcialmente. Gobernaba en un mundo que no tenía categoría para lo que yo era, y eso sí lo reconozco. La negociación constante con estructuras que no están diseñadas para ti: eso no ha cambiado tanto como les gustaría creer a quienes dicen que ha cambiado. Lo que me resulta más extraño es que me usen como símbolo de posibilidad en lugar de como símbolo de coste. Lo que hice tuvo un precio enorme. Para mí, para Palmira, para Longino, para Vabalato. Los símbolos de posibilidad tienden a omitir el precio. Y el precio es exactamente lo que debería recordarse.

Dos mil años de historiadores han debatido si eras regente o soberana. ¿Cuánto tiempo le dedicarías tú a esa pregunta?

El tiempo que tarda en formularse. La respuesta es obvia para cualquiera que haya visto ejercer el poder de cerca: quien toma las decisiones manda, independientemente del título. El debate existe porque resulta más cómodo discutir la semántica que aceptar la realidad.

¿Crees que algo ha cambiado sustancialmente para las mujeres que ejercen poder o es la misma negociación con otros nombres?

La negociación sigue siendo la misma. Los nombres han cambiado, las formas han cambiado, los límites explícitos se han desplazado. Pero la pregunta de fondo que se le hace a cualquier mujer en posición de poder sigue siendo la misma que me hicieron a mí: ¿de dónde viene realmente tu autoridad? Como si la autoridad de los hombres no requiriera la misma pregunta. Eso no ha cambiado. Lo que ha cambiado es que ahora hay más mujeres que hacen la pregunta en voz alta. Eso no es poco. Pero tampoco es suficiente.

"Me han convertido en tantas cosas distintas que a veces me pregunto si queda algo de mí en ninguna de ellas. Luego recuerdo que Palmira existió. Que las decisiones que tomé tuvieron consecuencias reales en personas reales. Eso no se puede convertir en símbolo. Eso simplemente ocurrió."

- Zenobia de Palmira

LAS 11 PREGUNTAS UNIVERSALES

Si pudieras volver a vivir un solo día de tu vida, ¿cuál elegirías y por qué?

El día que entré en Alejandría. No por la victoria. Por la sensación de que todo era todavía posible y que las decisiones que había tomado habían sido las correctas. Esa sensación duró muy poco. Pero duró.

¿Qué te habría gustado entender antes de morir?

Por qué los persas no vinieron.

¿Qué palabra crees que te define mejor?

Consecuencia.

¿A quién le darías las gracias y a quién le pedirías perdón?

Las gracias, a Longino. El perdón, también a Longino.

¿Qué crees que queda de ti en la memoria del mundo?

Un nombre que todo el mundo reconoce y casi nadie entiende. No es poco y tampoco es suficiente.

Si el tiempo no existiera, ¿a qué momento volverías siempre?

A Palmira antes de todo esto. A la ciudad que era antes de que yo la convirtiera en proyecto. Había algo en ella que existía por sí mismo, sin necesitar ser demostrado ni defendido. Eso lo perdí antes de perder todo lo demás.

¿Cuál fue tu mayor error y tu mayor verdad?

El mayor error fue Anatolia: expandirme antes de consolidar. La mayor verdad fue que Palmira podía ser algo distinto a lo que Roma quería que fuera. Que esa verdad terminara en derrota no la convierte en mentira.

¿Qué le dirías a tu yo de veinte años si pudieras?

Que aprendas más rápido a distinguir a quienes creen en el proyecto de quienes creen en ti. Y que Longino siempre tiene razón, aunque en el momento no quieras escucharlo.

¿Qué te sigue sorprendiendo de los seres humanos?

La cantidad de energía que dedicamos a justificar las cosas que ya hemos decidido hacer en lugar de dedicarla a decidir mejor.

¿Qué palabra te gustaría que se recordara de ti?

Palmira.

¿Qué crees que queda de un ser humano cuando ya no queda nada?

Las decisiones que tomó y sus consecuencias. Todo lo demás, el nombre, los títulos, los monumentos, se puede destruir. Las consecuencias no. Siguen ocurriendo aunque nadie sepa ya de dónde vienen.

Zenobia al estilo de W Eugene Smith