Sissi: La emperatriz que huyó hacia la muerte
Elisabeth de Austria fue la mujer más bella de Europa y una de las más miserables. Esto no es coincidencia.
LA EMPERATRIZ QUE HUÍA
El 24 de abril de 1854, una adolescente bávara de dieciséis años llamada Elisabeth —Sissi para su familia— se casó con su primo, el emperador Francisco José de Austria, en la Iglesia de los Agustinos de Viena. Había acompañado a su hermana mayor Helene, quien era la prometida oficial, pero el emperador de veintitrés años la eligió a ella en su lugar. Las crónicas describen el momento como romántico. No lo fue. Fue el inicio de una trampa de la que Elisabeth nunca escaparía completamente.
La joven Sissi había crecido en Baviera con relativa informalidad: montaba a caballo sin supervisión, escribía poesía, vagabundeaba por el campo. El protocolo Habsburgo la ahogó desde el primer día. Su suegra, la archiduquesa Sofía, controló cada aspecto de su vida: qué vestía, con quién hablaba, cómo se comportaba. Cuando Elisabeth dio a luz a su primera hija —otra Sofía— en 1855, la archiduquesa le quitó a la bebé para criarla «correctamente». Lo mismo sucedió con la segunda hija, Gisela, en 1856. Cuando finalmente nació el heredero varón Rudolf en 1858, Elisabeth ni siquiera tuvo voz en su crianza.
Su respuesta fue huir. Primero psicológicamente, desarrollando lo que ahora reconoceríamos como depresión clínica. Luego físicamente. A partir de la década de 1860, Elisabeth pasó más tiempo fuera de Viena que dentro: Grecia, Inglaterra, Irlanda, Suiza, las islas mediterráneas. Viajaba durante meses, a veces años, dejando atrás a Francisco José y a sus hijos. Según la condesa Marie Festetics, su dama de compañía más cercana, Elisabeth decía: «No puedo respirar en Viena. El protocolo me asfixia.»
El único lugar donde encontró algo parecido a la felicidad fue Hungría. Los húngaros la adoraban de una manera que los austriacos nunca lo hicieron. Ella correspondió aprendiendo húngaro perfectamente, vistiendo trajes tradicionales magiares, y usando su considerable influencia sobre Francisco José para lograr el Compromiso Austrohúngaro de 1867, que transformó el imperio en una monarquía dual. Fue su único logro político real. También fue, probablemente, motivado tanto por el deseo de ser amada como por convicción política genuina.
La contradicción central de Elisabeth emerge aquí con claridad: odiaba su jaula Habsburgo pero nunca renunció a las llaves. Despreciaba el protocolo pero exigía que se mantuviera para otros. Quería libertad pero solo dentro de los límites de su título imperial. Como escribió Brigitte Hamann en su biografía definitiva, Elisabeth «rechazaba las responsabilidades de su posición pero insistía en todos sus privilegios.» Era una rebelde aristocrática, lo cual es decir que no era muy rebelde en absoluto.
EL CUERPO COMO CAMPO DE BATALLA
Si Elisabeth no podía controlar su vida, controlaría su cuerpo. Y lo hizo con una ferocidad que hoy reconoceríamos inmediatamente como trastorno alimenticio.
Cada mañana, dos horas completas dedicadas exclusivamente a su cabello. Su melena castaña llegaba hasta la cintura —no rubia como en las películas de Romy Schneider— y era peinada, trenzada, enrollada por su peluquera personal Fanny Angerer con una meticulosidad ritual. Cuando caían mechones durante el proceso, Elisabeth los contaba obsesivamente. Demasiados mechones significaban envejecimiento, y envejecer era morir.
Su cintura medía cincuenta centímetros. Cincuenta. Logrado mediante corsés extremos, ejercicio brutal —instaló barras de gimnasia y argollas en sus habitaciones privadas—, y una dieta restrictiva que consistía principalmente en caldo de carne, jugo de naranja exprimido, y ocasionalmente un huevo crudo. Pesaba 50 kilos y medía 172 centímetros. Según Joan Haslip en The Lonely Empress, Elisabeth se pesaba varias veces al día y entraba en pánico si aumentaba medio kilo.
Las mascarillas faciales de carne cruda de ternera. Los baños en aceite de oliva. El rechazo absoluto a ser fotografiada después de los treinta y dos años, porque la cámara podría capturar su envejecimiento. Coleccionaba fotografías de otras mujeres hermosas en álbumes que llamaba sus «álbumes de belleza», pidiendo a embajadores de todo el mundo que le enviaran imágenes de las mujeres más hermosas de sus países. Era una obsesión casi erótica con la belleza femenina, aunque si era sexual o simplemente narcisista proyectada, nadie lo sabe.
Escribió un poema titulado «An die Gaffer» («A los mirones») donde expresaba su odio por ser constantemente observada, analizada, juzgada por su apariencia. El público exigía verla. Ella se negaba. Pero también dedicaba dos horas diarias a mantener precisamente la belleza que la hacía digna de ser vista. La contradicción era insostenible y la consumía.
La belleza era el único poder real que se permitía a las mujeres Habsburgo. No podían gobernar, no podían tener opiniones políticas públicas, no podían controlar ni siquiera a sus propios hijos. Pero podían ser hermosas. Elisabeth convirtió esa única forma de poder permitido en su religión. Y como todas las religiones basadas en lo efímero, la condenó a un terror constante ante lo inevitable: el tiempo.
No era vanidad encantadora. Era enfermedad. Era una mujer brillante —hablaba seis idiomas fluidamente, leía filosofía griega en el original, escribía poesía en alemán y húngaro— canalizando toda su inteligencia hacia la tarea imposible de detener su propio envejecimiento. Era patético y trágico, y las dos cosas pueden ser ciertas simultáneamente.
LA MADRE AUSENTE
Rudolf, nacido en 1858, era el único hijo varón de Elisabeth y Francisco José. Era inteligente, liberal, inclinado a la melancolía, y adoraba a su madre. Ella viajaba.
Durante gran parte de la infancia y adolescencia de Rudolf, Elisabeth estuvo físicamente ausente. Grecia, Inglaterra, Madeira, Corfú. Enviaba cartas cariñosas pero distantes. Rudolf enviaba cartas desesperadas pidiéndole que regresara. Festetics anotó en su diario: «El archiduque espera cada carta de su madre como un hombre en el desierto espera agua.»
La archiduquesa Sofía crió a Rudolf como un Habsburgo: rígido, conservador, preparado para el trono. Francisco José era un padre distante y tradicional. Elisabeth criticaba desde la distancia pero no estaba presente para ofrecer una alternativa. Cuando regresaba, Rudolf tenía doce, quince, diecinueve años. Los años formativos habían pasado.
En la década de 1880, Rudolf estaba casado sin amor con la princesa Estefanía de Bélgica, probablemente padecía sífilis, era adicto a la morfina, y albergaba ideas suicidas cada vez más frecuentes. Elisabeth lo sabía. Todos lo sabían. Nadie hizo nada efectivo.
El 30 de enero de 1889, en el pabellón de caza de Mayerling, Rudolf —de treinta años— le disparó a su amante de diecisiete años, la baronesa Mary Vetsera, y luego se disparó a sí mismo. Los hechos básicos están establecidos. Todo lo demás es especulación: si fue pacto suicida o asesinato-suicidio, si Rudolf estaba loco o simplemente desesperado, si la sífilis había afectado su cerebro, si era un acto político o puramente personal.
Lo que sabemos es que Elisabeth, al recibir la noticia, dijo según Festetics: «Ahora sé por qué fui dada a luz. Para sufrir esto.» Se vistió de negro y nunca volvió a quitarse el luto. Se culpó a sí misma. Culpó a la archiduquesa Sofía. Culpó a Francisco José. Culpó a la corte Habsburgo. La culpa era fundada: había estado ausente. Pero la culpa también era conveniente: le permitía evitar una pregunta más difícil sobre qué podría haber hecho diferente si hubiera elegido estar presente.
Joan Haslip argumenta que Mayerling destruyó lo que quedaba del alma de Elisabeth porque Rudolf había sido su esperanza vicaria. Ella no podía escapar de su vida, pero quizás él podría haber escapado de la suya. Su suicidio demostró que no había escape para nadie. La prisión Habsburgo era absoluta.
LA MUERTE ANHELADA
Después de Mayerling, Elisabeth pasó nueve años esperando morir. No pasivamente —activamente deseándolo, casi invitándolo.
Viajaba sin protección adecuada, contra las súplicas de Francisco José. Caminaba sola por ciudades extranjeras. Cuando los guardias de seguridad insistían en acompañarla, los despachaba. Festetics le preguntó una vez si no tenía miedo. Elisabeth respondió: «¿Miedo de qué? ¿De la muerte? Es lo único que espero.»
Su poesía de este período está obsesionada con la muerte y la liberación. Escribió sobre «la gaveta que vuela libre sobre el océano» mientras ella permanecía «enjaulada en tierra.» Escribió sobre reunirse con Rudolf «donde no hay emperadores ni protocolo, solo almas libres.» No era particularmente buena poesía —tenía sentimiento pero poca técnica— pero revelaba su estado mental con claridad brutal.
El 10 de septiembre de 1898, Elisabeth caminaba por el paseo del lago Lemán en Ginebra con su dama de compañía, la condesa Irma Sztáray. Un anarquista italiano de veinticinco años llamado Luigi Lucheni se acercó y le clavó una lima afilada de cuatro pulgadas directamente en el corazón. Elisabeth inicialmente no se dio cuenta de que había sido herida —el arma era tan delgada que apenas sintió la penetración. Caminó varios pasos más, incluso subió la pasarela del vapor que la llevaría al otro lado del lago. Luego colapsó.
Sus últimas palabras, según Sztáray, fueron: «¿Qué ha pasado?» Como si no pudiera creer que finalmente había llegado lo que había estado esperando durante nueve años.
Lucheni, interrogado posteriormente, dijo que había planeado asesinar al príncipe Felipe de Orleans pero que no estaba en Ginebra ese día. Elisabeth era un objetivo de conveniencia, elegida porque un periódico mencionó su presencia. Fue asesinada al azar, por un hombre que apenas sabía quién era, en un lugar donde estaba de paso. Había pasado toda su vida huyendo del protocolo Habsburgo. Al final, murió por nada más significativo que estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.
La ironía es casi insoportable: Elisabeth finalmente obtuvo lo que quería —liberación— pero solo mediante la violencia aleatoria de un extraño con una ideología que ella probablemente no entendía ni le importaba.
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Elisabeth de Austria permanece irresuelta. Fue brillante pero desperdició su inteligencia en la autocompasión. Fue víctima genuina del sistema Habsburgo pero también cómplice privilegiada de ese mismo sistema. Amaba a sus hijos pero los abandonó emocional y físicamente. Quería libertad pero nunca renunció a su título. Odiaba ser observada pero dedicaba horas diarias a mantener su apariencia. Era profundamente infeliz en un palacio dorado.
Las preguntas persisten: ¿Qué habría sido Elisabeth en una época diferente? ¿Era su infelicidad inevitable dada su psicología, o fue producto de las restricciones imposibles impuestas a las mujeres Habsburgo? ¿Podría haber usado su influencia para ayudar a otras mujeres en lugar de solo a sí misma? ¿Era su belleza una prisión o la convirtió ella misma en una?
No hay respuestas fáciles. Solo contradicciones que no se resuelven. Lo que queda es una mujer que fue la más hermosa de Europa y una de las más miserables, y cuya vida demuestra que estas dos cosas no solo pueden coexistir, sino que a menudo se refuerzan mutuamente hasta la destrucción.
Elisabeth pasó sesenta años huyendo: de Viena, de Francisco José, de la archiduquesa Sofía, del protocolo, del envejecimiento, de sí misma. Al final, no había ningún lugar adonde huir excepto la muerte. Y cuando llegó, sus últimas palabras fueron de sorpresa, como si después de tanto esperar, aún no pudiera creer que finalmente había encontrado la única salida verdadera de la jaula en la que nació.