Juana I de Castilla (Juana la loca)
Una reina que no firmó nada, no gobernó nada y sin embargo lo cambió todo
La noche del 30 de noviembre de 1502, una joven de veintitrés años permanece en el umbral del castillo de La Mota, en Medina del Campo, vestida de manera inadecuada para el frío que hace. Lleva horas ahí. Los soldados la rodean. Los cortesanos la suplican. Su marido, al otro lado de la muralla, ha enviado mensajeros. Ella no entra. No grita, no negocia, no cede. Simplemente permanece. Es la primera vez que la historia registra a Juana de Castilla como problema, y lo que queda de esa noche en los documentos no es la voz de ella sino la alarma de los demás: el obispo Fonseca informando a la reina Isabel, los consejeros calculando consecuencias diplomáticas, los flamencos del séquito de Felipe escandalizados por el espectáculo. Nadie escribe qué pensaba Juana. Nadie pregunta. Su madre viajó hasta el castillo para hablar con ella, y después de esa conversación Juana obedeció y entró. No sabemos qué le dijo Isabel. Ese silencio es el corazón del personaje.
Juana había nacido en Toledo en noviembre de 1479 como la tercera hija de los Reyes Católicos, lo que significa que nació sin destino de reina. Su hermano Juan era el heredero. Su hermana Isabel, la reserva. Juana era la pieza disponible para el tablero diplomático europeo, y su educación reflejaba esa condición con una honestidad que hoy resulta perturbadora: aprendió latín, música, urbanidad y obediencia. No aprendió a gobernar porque nadie había previsto que tendría que hacerlo. Fue instruida para ser una consorte brillante en alguna corte extranjera, y en 1496, con dieciséis años, fue enviada a los Países Bajos para casarse con Felipe de Habsburgo, archiduque de Austria, heredero de Borgoña y de todo lo que su padre Maximiliano decidiera legarle. El matrimonio era una alianza contra Francia. Juana era la condición del acuerdo, no su protagonista.
Lo que ocurrió en Flandes no estaba en los planes de nadie. Felipe era físicamente extraordinario y políticamente ambicioso, y Juana se enamoró de él con una intensidad que sus contemporáneos describieron con una mezcla de fascinación y alarma. No era el amor lo que los desconcertaba —la pasión conyugal era un fenómeno conocido— sino la desproporción: Juana lo amaba más de lo que él la amaba a ella, y lo sabía, y siguió amándolo. Las infidelidades de Felipe eran públicas y frecuentes. Las reacciones de Juana también: ataques de furia, episodios de llanto que duraban días, negativas a comer o a recibir visita. Los médicos del archiduque empezaron a escribir informes. Los embajadores de su madre los reenviaban a Castilla. Se iba construyendo, lentamente, un expediente.
La muerte cambió el orden sucesorio con una rapidez que nadie había calculado. En 1497 murió su hermano Juan. En 1498 murió su hermana Isabel de sobreparto. En 1500 murió el pequeño Miguel, el hijo de Isabel, último obstáculo entre Juana y el trono. De un golpe, la infanta prescindible se convirtió en heredera de las coronas de Castilla y de Aragón. Felipe, que hasta entonces era simplemente el marido de una infanta española, vio abrirse ante él el gobierno del reino más poderoso del mundo conocido. Lo que siguió fue una lucha de poder de una brutalidad que los documentos registran con la frialdad característica de la burocracia imperial: Fernando el Católico y Felipe el Hermoso compitiendo por el control de Castilla, usando a Juana como argumento o como obstáculo según la ocasión, y los dos, en momentos distintos, llegando a la misma conclusión: que una Juana incapacitada era más útil que una Juana reinante.
El diagnóstico de locura no llegó de un médico ni de un tribunal. Llegó de un informe político. Martín de Moxica, al servicio de Felipe, redactó el primer documento coherente que describía la enfermedad de la reina: alternancia entre postración y furia, celos patológicos, incapacidad para ejercer control sobre sí misma. El informe fue escrito en el momento exacto en que las opiniones de Juana empezaban a interferir con los intereses de su marido. Bethany Aram, la historiadora que ha examinado con mayor rigor los archivos disponibles, lo señala con precisión clínica: el discurso de la locura emergió cuando Juana dejó de ser conveniente. Nunca se abrió un proceso formal para evaluar su estado mental. Las Cortes de Castilla se negaron a declararla incapaz. Felipe gobernó de facto sin ese respaldo jurídico, simplemente porque nadie podía impedírselo.
Luego Felipe murió. Septiembre de 1506, una fiebre, veintiocho años. Juana tenía veintisiete y estaba embarazada de su sexto hijo. Lo que hizo después ha sido interpretado durante siglos como la prueba definitiva de su desequilibrio: se negó a enterrar el cadáver. Lo trasladó de un monasterio a otro, de noche, en procesión, durante meses. Los románticos del siglo siguiente convirtieron ese gesto en la imagen más poderosa del amor demente: la reina arrastrando el féretro de su amado bajo la lluvia, incapaz de aceptar la pérdida. El cuadro de Pradilla, pintado en 1877, fijó esa imagen para las generaciones siguientes con la eficacia de un veredicto. Lo que el cuadro no muestra, porque no interesaba mostrarlo, es la lectura alternativa que la historiografía ha ido recuperando: al mantener el cadáver de Felipe insepulto, Juana preservaba su estatus de rey de Castilla, blindaba la herencia de su hijo Carlos, y neutralizaba cualquier presión para que aceptara un segundo matrimonio. Era, desde esa perspectiva, una maniobra fría. O las dos cosas a la vez, que es la hipótesis más incómoda y probablemente la más exacta.
En febrero de 1509, su padre Fernando ordenó encerrarla en el palacio de Tordesillas. Juana tenía treinta años. No saldría de allí en cincuenta y dos años.
El palacio de Tordesillas no era una mazmorra. Tenía habitaciones, jardines, una capilla, sirvientes. Lo que no tenía era salida. El primer guardián de Juana, mosén Luis Ferrer, fue destituido años después porque admitió haber usado violencia contra ella: la golpeó, la sometió por la fuerza en episodios que él mismo describió en una carta como necesarios para controlar su comportamiento. Su sucesor, el marqués de Denia, fue más sutil y más eficaz. Mantenía a Juana aislada de cualquier noticia del exterior, le impedía recibir visitas de grandes del reino, y cuando ella protestaba —cuando decía, con palabras que los documentos conservan, que la tenían encerrada «como presa» y que quería ver a los grandes— el marqués escribía tranquilizadoramente al emperador Carlos asegurando que controlaba la situación. El aislamiento era total y deliberado: cada reclamo de libertad de Juana era respondido con más privaciones, atribuidas a la enfermedad que su reclusión estaba produciendo o agravando. La circularidad del sistema era perfecta.
El momento más extraño de los años de Tordesillas ocurrió en el verano de 1520, cuando los comuneros de Castilla tomaron el palacio. Era la mayor rebelión interna que el reinado de Carlos I había enfrentado, y su legitimidad dependía en parte de la reina: si Juana apoyaba la causa, Carlos era un usurpador; si no la apoyaba, los comuneros perdían su argumento central. Juan de Padilla se entrevistó con ella y le explicó que la Junta de Ávila quería protegerla y devolverle el poder. Juana, que llevaba catorce años sin saber con certeza qué ocurría en su reino, respondió: «Sí, sí, estad aquí a mi servicio y avisadme de todo y castigad a los malos.» El entusiasmo comunero fue inmenso. Y entonces Juana no firmó nada. No convocó las Cortes. No emitió ningún documento que legitimara la rebelión. Los comuneros esperaron días, luego semanas. Juana no actuó. Cuando el ejército imperial recuperó Tordesillas en diciembre de 1520, la causa comunera se desintegró sin el respaldo de la reina.
Se ha debatido mucho si esa inacción fue locura, prudencia o traición a quienes habían intentado liberarla. La respuesta más honesta es que no sabemos. Lo que sí sabemos es que Juana, en ese momento, tenía cuarenta y un años y llevaba catorce encerrada, y que cada vez que en su vida había intentado actuar —en La Mota, en las negociaciones entre Fernando y Felipe, en las Cortes de Toledo— las consecuencias habían sido el castigo y el encierro más severo. Era posible que hubiera aprendido, con la paciencia aterradora que da el tiempo sin alternativas, que no actuar era la única forma de sobrevivir.
Conviene detenerse un momento en lo que ese encierro significaba en términos materiales y humanos, más allá de la política. Juana entró en Tordesillas con su hija pequeña Catalina, que tenía dos años. La niña creció en el palacio junto a su madre, sin educación formal, sin contacto con la corte, sin preparación para el matrimonio de Estado que su hermano Carlos ya estaba planificando para ella desde fuera de las murallas. En 1525, cuando Catalina tenía dieciocho años, Carlos la sacó de Tordesillas para casarla con el rey de Portugal. Juana la vio marchar. Tenía cuarenta y seis años y había pasado dieciséis sin más compañía constante que esa hija a quien ahora se le arrebataba. No hay documentos que registren cómo vivió esa separación. El silencio de los archivos, en este punto, es su propia forma de testimonio.
Los últimos treinta años de Tordesillas son casi un vacío documental. Juana envejeció en ese palacio mientras el mundo que ella había contribuido a crear —la monarquía hispánica, el Imperio de Carlos V, el primer gran dominio global de la historia moderna— funcionaba y se expandía sin que su nombre apareciera en ningún documento decisivo. Fue reina de Castilla durante cincuenta y un años, el reinado más largo de la historia española, sin haber gobernado un solo día. El nudo genealógico donde se cruzaron los Trastámara y los Habsburgo, la madre sin cuyo matrimonio no existe Carlos V ni existe el Imperio donde el sol no se ponía, vivió ese Imperio desde una ventana de Tordesillas sin saber, probablemente, la magnitud de lo que su cuerpo había puesto en marcha.
El 12 de abril de 1555 era Viernes Santo. Francisco de Borja, que asistió a Juana en sus últimas horas, dejó escrito que sus últimas palabras fueron: «Jesucristo crucificado, ayúdame.»