La reina que gobernó cincuenta años desde una celda sin gobernar un solo día

Juana I de Castilla "la loca"

Juana I de Castilla murió el 12 de abril de 1555 en el palacio de Tordesillas, a los setenta y seis años, tras pasar cuarenta y seis encerrada por orden de su padre, administrada por su hijo y olvidada por la historia. Había sido reina de Castilla durante cincuenta y un años, el reinado más largo de la historia española, sin haber gobernado un solo día. Nunca se abrió un proceso formal para evaluar su estado mental. Las Cortes de Castilla se negaron a declararla incapaz. La llamaron loca porque era más conveniente que llamarlo traición.

Esta entrevista ocurre en el único lugar donde Juana tuvo algo parecido a una elección: el jardín del palacio de Tordesillas, donde podía mirar hacia el río o hacia la piedra. Ocurre también en el interior de una sala pequeña con luz de vela, al amanecer con niebla sobre el Duero, y en la última tarde antes de que todo termine. Son los espacios donde Juana aprendió a habitar el tiempo cuando el tiempo era lo único que nadie podía quitarle del todo.

Juana no necesita rehabilitación. Necesita que alguien le haga por fin las preguntas correctas. Esta entrevista es un intento de hacérselas: de devolver la voz a una reina que nunca la perdió del todo pero a quien durante demasiado tiempo se le negó el eco.

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Portada de re:life número 31 dedicada a Juana I de Castilla, Juana la loca en una fotografía al estilo de Guy Bourdin

“Me encerraron.
Seguí siendo reina”

Juana I de Castilla no fue una víctima. Fue una reina a quien tres hombres de su propia familia decidieron que era más útil encerrada que reinando, y que pasó cincuenta años demostrando que tenían razón en temerla. En 1504 era la monarca más poderosa del mundo conocido. En 1509 estaba en Tordesillas. En 1520 los comuneros de Castilla llegaron a pedirle que firmara y ella no firmó, y nadie ha sabido nunca con certeza si fue porque no podía o porque entendía perfectamente lo que estaba en juego. Esa pregunta sin respuesta es el centro de todo lo que sigue.

Esta entrevista la hacen cinco periodistas e intelectuales fallecidos que debatieron durante días sobre una sola cuestión: cómo se entrevista a alguien que aprendió que hablar tenía consecuencias. Hannah Arendt, Sor Juana Inés de la Cruz, Victoria Prego, Bernard Pivot y Joaquín Soler Serrano construyeron juntos un método que rechaza el diagnóstico, exige sostener la ambigüedad y no resuelve lo que no tiene resolución. Las preguntas las hace el escriba. Las respuestas son suyas. Lo que queda entre las dos es el espacio donde Juana sigue siendo incómoda, que es el único lugar donde siempre fue completamente ella misma.

La entrevista ocurre en ocho momentos distintos, cada uno con su lugar y su luz, porque Juana no fue la misma persona en la puerta del castillo de La Mota en 1502 que en el jardín de Tordesillas en 1540. Termina más allá de su muerte: con preguntas sobre el mundo que no llegó a ver pero que en cierta manera fundó, sobre la psiquiatría que la habría diagnosticado, sobre las monarquías que sobrevivieron aceptando límites y sobre el feminismo que la reclama cinco siglos después. Al final, las once preguntas universales que re:life hace a todos sus entrevistados sin excepción: las mismas para ella que para cualquier otro ser humano que haya vivido con suficiente intensidad como para merecer que alguien le pregunte cómo lo hizo.

I. La puerta

La primera rebeldía de una reina
que nadie había preparado para serlo

La noche de
La Mota

Es una tarde de primavera de 1540. Juana tiene sesenta años y lleva treinta y uno en Tordesillas. La hemos encontrado en el jardín, sentada junto a un naranjo. Tiene las manos quietas sobre el regazo, algo que parece costumbre más que reposo. Cuando empieza a hablar, lo hace despacio, como quien recupera un idioma que lleva mucho tiempo sin usar.

Juana I de Castilla, Juana la loca en una fotografía al estilo de Guy Bourdin

Este primer encuentro se sitúa en el jardín porque es el único espacio del palacio donde Juana tiene algo parecido a una elección: puede mirar hacia el río o hacia la piedra. Empezamos con La Mota porque es el primer momento documentado en que Juana eligió no obedecer, y porque todo lo que vino después cabe en esa noche.

¿Qué recuerdas de aquella noche en La Mota? No los hechos, los hechos los conocemos. ¿Qué recuerdas con el cuerpo?

El frío. Recuerdo el frío antes que nada. Y la certeza extraña de que mientras siguiera ahí, en aquella puerta, el tiempo se había detenido. Dentro del castillo, todo tenía consecuencias. Fuera, en el umbral, era como si las consecuencias aún no hubieran empezado. Creo que por eso no entré.

¿Qué te dijo tu madre esa noche que te hizo entrar?

Silencio largo.

No voy a repetirlo. Pero no fue una amenaza. Fue peor que una amenaza. Fue una verdad.

Pasaste la noche en la puerta del castillo, bajo el frío, rodeada de soldados. ¿Tenías miedo o era el miedo exactamente lo que estabas desafiando?

Las dos cosas, y eso no es contradicción. El miedo era el suelo sobre el que estaba de pie. Desafiarlo no significa que no estuviera. Significa que esa noche decidí que había algo más importante que él. Lo que no supe entonces es que iba a ser la última vez que tomara esa decisión.

No fuiste educada para reinar. ¿Hubo algún momento en que lo agradeciste?

Al principio, sí. Cuando vi lo que le costó a mi madre. Lo que le exigía cada día, la soledad específica de quien manda. Yo miraba eso desde fuera y pensaba que había algo de alivio en no tener que cargar con ello. Luego la historia decidió otra cosa y el alivio se convirtió en otra cosa muy distinta.

Tu educación se basó en la obediencia, no en el gobierno. ¿Qué te faltó? ¿Qué te habría servido saber y nadie te enseñó?

Que el poder no se pide. Que se ocupa o se pierde. Nadie me enseñó eso porque nadie pensó que fuera a necesitarlo. Me enseñaron a ser esposa perfecta de un rey poderoso. Cuando me convertí en la reina, no había nadie que supiera cómo enseñarme a serlo porque mi madre lo había aprendido sola y a un precio que yo no estaba dispuesta a ver de cerca.

Cuando supiste que tus hermanos habían muerto y que el trono era tuyo, ¿sentiste que la historia te hacía un regalo o que te tendía una trampa?

Una carga. No un regalo ni una trampa — una carga. El peso de algo que no había pedido y que además llegaba empapado de muerte. Mi hermano Juan, mi hermana Isabel, el pequeño Miguel. Cada muerte era un peldaño que me subía un escalón más. Subir así no tiene nada de glorioso.

¿Recuerdas el momento exacto en que comprendiste que ibas a ser reina? ¿Dónde estabas? ¿Con quién?

Estaba en Flandes. Con Felipe. Me llegó la noticia de la muerte de Miguel y Felipe me miró de una manera que no le había visto antes. No era ternura. Era cálculo. En ese momento supe dos cosas al mismo tiempo: que iba a ser reina y que mi marido acababa de convertirse en otra persona.

Tu madre Isabel gobernó sola, con autoridad propia, sin que nadie cuestionara su cordura. ¿Qué tenía ella que tú no tuviste?

Un reino que había construido ella misma desde la guerra. Una legitimidad ganada con sangre propia, no heredada por accidente. Y algo que es difícil de nombrar: la convicción absoluta de que tenía derecho a estar donde estaba. Yo nunca tuve esa convicción. Me la arrancaron antes de que pudiera arraigar.

¿Amaste a Felipe o aprendiste a no poder vivir sin él? ¿Es lo mismo?

No es lo mismo. El amor elige. La dependencia no elige, simplemente ocupa el espacio donde debería haber otras cosas. Lo que sentí por Felipe empezó siendo lo primero y se fue convirtiendo en lo segundo. Para cuando murió, ya no sabría decirte cuál de las dos cosas lloraba.

Felipe te engañó repetidamente y de manera pública. ¿Cuándo dejó de sorprenderte y cuándo dejó de dolerte? ¿O nunca dejó?

Dejó de sorprenderme pronto. El dolor es más terco. Lo que sí cambió con el tiempo fue la naturaleza del dolor: dejó de ser herida y se convirtió en paisaje. Algo que simplemente estaba ahí, como el frío de La Mota, y con lo que había aprendido a existir.

«Mi madre vino a buscarme ella misma. Eso me dijo todo lo que necesitaba saber sobre lo que había en juego.»

- Juana I de Castilla "Juana la loca"

II. El expediente

Cómo tres hombres construyeron
la locura de una reina

Diagnóstico:
locura

Ha pasado una hora. El sol ha bajado y Juana se ha desplazado hacia la sombra del muro norte, como si supiera exactamente dónde está la línea entre la luz y la penumbra. Ha pedido agua. Cuando le traen la jarra, la sostiene con las dos manos antes de beber, un gesto que parece antiguo y propio.

Juana I de Castilla, Juana la loca en una fotografía al estilo de Guy Bourdin

La sombra no es un detalle casual. Es el territorio de Juana: el espacio que le dejaron. Esta parte de la entrevista es la más política y la más dura, y ocurre cuando la luz ya no es generosa porque la conversación tampoco puede serlo.

¿En qué momento exacto supiste que la palabra «loca» iba a ser tu jaula y no tu diagnóstico?

Cuando vi que la usaban los mismos hombres que necesitaban que yo no reinara. Si hubiera sido un diagnóstico, lo habrían dicho los médicos. Lo dijeron los políticos. Esa diferencia lo explica todo.

El primer informe que describía tu enfermedad lo redactó un hombre al servicio de tu marido, en el momento preciso en que tus opiniones empezaban a molestar. ¿Lo supiste entonces?

No lo supe entonces. Lo fui entendiendo después, con el tiempo y la distancia que da el encierro. Cuando tienes poco que hacer salvo pensar, los patrones se vuelven muy claros. Cada informe, cada carta, cada restricción nueva coincidía con un momento en que yo había dicho algo inconveniente o me había negado a hacer algo que alguien necesitaba que hiciera. La secuencia era demasiado regular para ser casual.

Tu padre, tu marido y tu hijo usaron el mismo argumento para apartarte del poder. ¿Cuándo comprendiste que no era una coincidencia?

Tardé en comprenderlo porque me resistía a la conclusión. Que tu padre, tu marido y tu hijo conspiren de manera independiente hacia el mismo fin requiere aceptar que ninguno de los tres te quería lo suficiente como para renunciar al poder. Eso es muy difícil de aceptar. Supongo que lo acepté del todo cuando Carlos siguió con el encierro después de que Fernando muriera. Ya no había excusa de herencia ni de regencia. Era una elección propia. Y la hizo.

¿Hubo algún momento en que tú misma dudaste de tu propia cordura? ¿En que pensaste que quizás ellos tenían razón?

Sí. No voy a mentir sobre eso. Cuando llevas años encerrada y todos los que te rodean coinciden en que estás enferma, hay momentos en que el muro entre su versión y la tuya se vuelve poroso. No porque tengan razón, sino porque el aislamiento hace eso: te priva de los espejos con los que te verificas. Sin nadie que te devuelva una imagen propia, empiezas a ver la imagen que proyectan los demás.

Las Cortes de Castilla se negaron a declararte incapaz. ¿Lo supiste? ¿Qué sentiste al saberlo?

Lo supe mucho después, cuando los comuneros me contaron cosas que habían ocurrido mientras yo estaba aquí sin noticias. Sentí algo extraño: no alivio, sino rabia tardía. Las Cortes me habían protegido y nadie me lo había dicho. Me lo habían ocultado porque si yo hubiera sabido que tenía ese respaldo, quizás hubiera actuado de otra manera. El silencio también era una herramienta de control.

Nunca se abrió un proceso formal para evaluar tu estado mental. Nunca. ¿Qué dice eso del sistema que te encerró?

Que el encierro no necesitaba ser legal para ser efectivo. Un proceso formal habría requerido evidencias, defensores, testigos favorables. Habría creado un registro. El sistema prefirió no dejar ese registro. Me encerraron administrativamente, no judicialmente. Eso es más sofisticado y más cobarde al mismo tiempo.

¿Intentaste alguna vez defenderte públicamente? ¿Pedir audiencia, escribir cartas, apelar a alguien?

Intenté muchas cosas al principio. Pedí ver a los grandes del reino. Pedí que me informaran de lo que ocurría. Me negué a firmar documentos que no entendía. Todo eso se interpretaba como síntoma. Cada acto de resistencia se convertía en prueba de la enfermedad. Aprendí que defenderme empeoraba las condiciones. Ese aprendizaje fue el más oscuro de todos los que hice aquí.

Mosén Luis Ferrer admitió haberte golpeado. ¿Quieres hablar de eso?

Una pausa larga. Mira el río.

Hay cosas que no se narran. No porque no ocurrieran sino porque narrarlas las convierte en espectáculo y ya hubo demasiado espectáculo a mi costa. Diré solo esto: que un hombre al servicio de mi padre consideró que golpearme era parte de sus funciones, y que cuando lo destituyeron no fue por haberme golpeado sino por haber sido descuidado al hacerlo.

¿Qué es lo peor que te hicieron en Tordesillas que los documentos no recogen?

La incertidumbre deliberada. No saber si mis hijos estaban vivos o muertos, si había guerra o paz, si España existía todavía como la había conocido. Eso no deja marcas físicas. No se puede documentar. Pero es el instrumento más eficaz que encontraron porque actúa desde dentro: no necesitas guardianes si la propia mente se convierte en tu carcelera.

Tú decías que te tenían encerrada «como presa». Esas palabras llegaron al emperador. ¿Qué sentiste al saber que tus palabras llegaban a Carlos y que Carlos no hacía nada?

La primera vez, esperanza. Pensé que si sabía, actuaría. La segunda vez, confusión. La tercera, comprensión definitiva. No era que no supiera. Era que sabía y elegía no hacer nada. Ese momento en que entiendes que tu hijo conoce tu sufrimiento y lo administra en lugar de remediarlo es un momento del que no se vuelve completamente.

«Lo llamaron locura porque llamarlo traición habría sido nombrarlo crimen.»

- Juana I de Castilla "Juana la loca"

III. La firma

Por qué no firmó quien podría
haber cambiado la historia

La firma que
no existió

Es otra tarde, días después. Hemos pasado al interior del palacio, a una sala pequeña con una ventana alta y estrecha. La luz entra en un solo rayo oblicuo que cruza la mesa entre Juana y sus interlocutores. Hay una vela encendida aunque todavía no hace falta. Juana la mira de vez en cuando mientras habla.

Juana I de Castilla, Juana la loca en una fotografía al estilo de Guy Bourdin

El interior recogido, la vela innecesaria, la ventana que no da al jardín sino al muro: es el espacio de las decisiones que nadie vio tomar. La pregunta central de este momento —por qué no firmó— es la pregunta política más importante de la entrevista, y requiere este encierro simbólico para hacerse.

Cuando los comuneros llegaron a Tordesillas en 1520 y te pidieron que firmaras, ¿qué pasó realmente en tu cabeza?

Pasaron muchas cosas a la vez. Por primera vez en catorce años alguien me hablaba del mundo exterior sin querer controlarme. Me contaron que mi padre había muerto, que Carlos gobernaba con consejeros flamencos, que Castilla ardía. Procesé todo eso mientras ellos esperaban una respuesta. Y lo que pensé, antes de cualquier consideración política, es que llevaba catorce años sin que nadie me hablara así: como a una reina.

Llevabas catorce años sin saber que tu padre había muerto. ¿Cómo se recibe una noticia así?

Con una mezcla que no tiene nombre limpio. Fernando me encerró. Fernando me mantuvo aquí. Y sin embargo era mi padre, y su muerte cerraba una puerta que parte de mí había mantenido abierta sin saberlo: la puerta de que quizás algún día cambiara de idea.

¿Qué sentiste cuando supiste que Fernando había muerto? ¿Dolor, alivio, las dos cosas, ninguna?

Las dos. Y no en momentos separados sino al mismo tiempo, mezcladas de una manera que todavía me resulta difícil de sostener.

Los comuneros te necesitaban viva y reinante. Tu hijo te necesitaba encerrada y quieta. ¿Alguna vez tuviste la sensación de que tu única función era ser necesaria para otros?

Toda mi vida. Fui necesaria para la alianza con los Habsburgo. Fui necesaria para la legitimidad de Felipe. Fui necesaria para la regencia de Fernando. Fui necesaria para el Imperio de Carlos. Y cuando dejé de ser necesaria de una manera conveniente, me encerraron para que siguiera siendo necesaria de otra manera: como título jurídico sin voz.

¿Entendiste la causa comunera? ¿La compartías?

La entendí perfectamente. Los comuneros no eran locos ni traidores: eran castellanos que no querían ser gobernados por extranjeros que no hablaban su lengua ni conocían sus costumbres. Eso lo había pensado yo misma. Pero compartir una causa y firmar un documento que desencadena una guerra civil son cosas distintas.

Si hubieras firmado aquellos documentos, ¿qué crees que habría ocurrido?

Una guerra. Larga, probablemente. Quizás ganada por los comuneros, quizás no. En cualquier caso, mi nombre en ese papel habría convertido a mi hijo en usurpador y a mí en su enemiga. No sé si Castilla habría salido mejor de esa guerra. Sé que yo no habría salido de ella.

¿Por qué no firmaste?

Porque no me fío de los papeles. Toda mi vida, los papeles sirvieron para quitarme cosas. Y porque sabía que si el ejército de Carlos recuperaba Tordesillas — y lo haría, tarde o temprano — mi firma sería la prueba definitiva de que era peligrosa además de loca. No podía darles eso.

Hay quien dice que no firmaste porque estabas demasiado deteriorada para actuar. Hay quien dice que fue un cálculo político consciente. Hay quien dice que simplemente habías aprendido que actuar traía consecuencias. ¿Cuál de esas explicaciones se acerca más a la verdad?

La tercera. Aunque las tres tienen algo verdadero.

¿Pensaste en tu hijo Carlos cuando los comuneros te pedían que actuaras contra él?

Sí. No con ternura, en ese momento. Con algo más frío. Pensé que Carlos había elegido su posición y yo tendría que elegir la mía. Y luego pensé que de mis seis hijos, él era el único al que el mundo había dado todo lo que yo no tuve. Y que sin embargo seguía necesitando que yo permaneciera aquí, en esta sala, para que su corona fuera legítima. Eso me pareció, y me sigue pareciendo, la ironía más perfecta de mi vida.

Después de que el ejército imperial recuperara Tordesillas en diciembre de 1520, ¿cómo cambió tu vida aquí? ¿Te castigaron de alguna manera por haber recibido a los comuneros?

No hubo castigo explícito. No hacía falta. El aislamiento simplemente se hizo más denso, las restricciones más minuciosas, las visitas más escasas. No dijeron que era un castigo. Lo llamaron precaución. Como siempre.

«Los comuneros querían que fuera su reina. Carlos quería que fuera su madre enferma. Ninguno de los dos me preguntó qué quería yo.»

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IV. El río

Cincuenta años sola con una mente
que nadie quiso escuchar

La habitación
propia

Hemos madrugado. Juana ha pedido que continuemos en el jardín antes de que llegue el calor. Hay niebla baja sobre el Duero y los naranjos están mojados. Juana sale al jardín con una capa sobre los hombros que no se ha molestado en abrochar. Camina despacio hasta el banco de piedra junto a la tapia norte y espera a que nos sentemos.

Juana I de Castilla, Juana la loca en una fotografía al estilo de Guy Bourdin

El amanecer y la niebla crean la atmósfera adecuada para la pregunta más íntima: qué hizo Juana con el tiempo. No la Juana política ni la Juana dinástica, sino la persona que pasó cincuenta años con su propia mente como único territorio libre.

Cuéntanos cómo era un día ordinario aquí. No los días de crisis — un día cualquiera.

Largos. Los días ordinarios eran sobre todo eso: largos. Me levantaba antes del amanecer porque el sueño se me fue retirando con los años. Rezaba, o algo que en aquella época yo llamaba rezar y que ahora no sé bien cómo nombrar. Desayunaba. Miraba el jardín. Esperaba que ocurriera algo que casi nunca ocurría. Volvía a mirar el jardín.

¿Qué hiciste con el tiempo? Cincuenta años es mucho tiempo para estar sola con una mente.

Al principio, luché contra él. Luego intenté llenarlo. Luego aprendí a habitarlo. Hay una diferencia enorme entre esas tres relaciones con el tiempo, y tardan años en sucederse. Lo que nadie cuenta de las prisiones largas es que al final dejan de parecerse a prisiones porque te transforman por dentro hasta que encajan contigo.

¿Hubo días en que el tiempo fue un enemigo y días en que fue un aliado?

Los días de alianza eran los que tenían música, o los que el jardín estaba de una cierta manera con la luz, o los que Catalina era pequeña y jugaba cerca y yo podía escucharla. Los días de enemigo eran los que llegaban noticias del exterior, porque entonces el tiempo de fuera y el tiempo de dentro colisionaban y yo recordaba todo lo que me estaba perdiendo.

¿Seguiste tocando música en Tordesillas?

En los primeros años, sí. Había un instrumento. Luego las restricciones aumentaron y el instrumento desapareció. Pero la música no desapareció porque la música que uno lleva dentro no necesita instrumento. Hay melodías que he cantado mentalmente miles de veces en esta sala. Nadie puede quitarte eso.

¿Qué música escuchabas? ¿Qué música te aliviaba y qué música no podías soportar?

Me aliviaba la música de una sola voz, sin acompañamiento. La desnudez de eso. No podía soportar la música festiva, la música que suena en las bodas y los banquetes, porque me recordaba un mundo del que me habían expulsado y al que ya no pertenecía.

¿Qué libros tuviste? ¿Qué leías?

Los libros fueron entrando y saliendo según la voluntad de mis guardianes. Hubo períodos sin ninguno. Hubo períodos con pocos. Tuve siempre textos religiosos, que eran los que nadie podía justificar quitarme sin reconocer abiertamente que el encierro era un castigo. Conseguí también, en distintos momentos, libros de historia. Me interesaba la historia porque en ella encontraba otras vidas que habían tenido que sostener cosas grandes.

¿Hubo un libro que te acompañó de manera especial? ¿Un texto al que volvieras siempre?

Los Salmos. No por devoción en el sentido estricto sino porque están escritos por alguien que también estuvo solo frente a algo demasiado grande para él y encontró el lenguaje para decirlo. Hay salmos que son pura queja, puro no entiendo por qué me ha pasado esto. Eso lo entendí muy bien.

¿Rezabas? ¿Cómo era tu relación con Dios después de todo lo que te ocurrió?

Complicada. Hubo períodos de silencio completo, no el silencio de quien no cree sino el silencio de quien está demasiado enfadado para hablar. Hubo períodos de conversación intensa, casi de negociación. Al final, lo que quedó fue algo más parecido a la compañía que a la fe: la sensación de que no estaba del todo sola en esta sala, sin poder demostrar ni negar que eso era verdad.

Se usó tu supuesta falta de fervor religioso como uno de los argumentos para cuestionar tu cordura. ¿Qué respondes a eso?

Que los que lo decían confundían el fervor con la sumisión. Yo me negaba a confesarme con los sacerdotes que me enviaban mis guardianes porque esos sacerdotes reportaban a mis guardianes. Eso no es falta de fe. Es negativa a convertir la confesión en un instrumento de vigilancia. Cualquier persona razonable habría hecho lo mismo.

¿Hubo momentos de paz real en Tordesillas? ¿Momentos en que el encierro no pesaba?

Sí. No voy a negarlo porque negarlos sería falsificar la experiencia. Los momentos con Catalina cuando era niña. Algunas madrugadas en el jardín, en verano, cuando el calor todavía no había llegado y el mundo olía a tierra mojada. Algunos días con música. La paz no desaparece del todo ni en los lugares más difíciles. Eso también es verdad, aunque cueste admitirlo.

El día que se llevaron a Catalina, ¿cómo fue?

Breve y sin despedida real. Eso es lo que recuerdo: que no hubo tiempo para que fuera lo que debería haber sido. Se la llevaron con la eficiencia de quien sabe que si da tiempo a que ocurra algo, ese algo complicará los planes. Tenía dieciocho años. Yo la había criado aquí, en este jardín, en estas piedras. Se fue a Portugal a casarse con un rey al que no conocía.

¿Volviste a verla?

No.

¿Qué le habrías dicho a Catalina si hubieras podido despedirte?

Que lo que le había pasado a ella no era culpa mía, aunque yo fuera parte de la razón por la que había ocurrido. Que espero que haya encontrado algo parecido a la felicidad. Que la quise con la intensidad que solo se tiene cuando alguien es lo único que queda.

¿Pensaste alguna vez en lo que Catalina diría de ti cuando fuera mayor y entendiera lo que había ocurrido?

Pensé en eso muchas veces. Y llegué a la conclusión de que quizás era mejor que no entendiera del todo. Que comprender plenamente lo que le habían hecho a su madre, y lo que eso le había hecho a ella, era una carga que no deseaba para ninguna de mis hijas.

«La música fue lo único que no pudieron quitarme porque estaba dentro.»

- Juana I de Castilla "Juana la loca"

V. La corona vacía

Reina cincuenta y un años
sin gobernar un solo día

El reinado
vacío

La niebla se ha levantado. El jardín está ahora lleno de luz blanca y el río brilla a lo lejos. Juana se ha quedado en el mismo banco pero ha dejado caer la capa. Está más erguida. Hay algo en su postura en este momento que sugiere que estas preguntas la alcanzan de una manera diferente a las anteriores.

Juana I de Castilla, Juana la loca en una fotografía al estilo de Guy Bourdin

La luz plena, la postura más erguida: es el momento de la paradoja central de Juana. No la víctima, no la enamorada — la reina que lo fue durante medio siglo sin serlo nunca. Este es el territorio donde Juana tiene que sostener la contradicción más grande de su vida.

Tu hijo Carlos gobernó un imperio en el que, se decía, nunca se ponía el sol. Tú eres su madre. ¿Cómo se lleva eso?

Con una distancia que ya no duele. Carlos construyó ese imperio usando mi nombre como fundamento jurídico y mi encierro como garantía de estabilidad. Que lo haya hecho bien o mal, que ese imperio haya sido grande o terrible, no me pertenece. Soy su madre. No soy su cómplice ni su víctima. Soy simplemente la persona sin cuyo cuerpo él no existiría, y eso es lo más y lo menos que puede decirse.

¿Sientes que Carlos te traicionó o que simplemente hizo lo que el poder exige?

Lo que el poder exige a quienes no tienen otra cosa que el poder. Carlos no tenía las raíces que yo tenía en Castilla. Era extranjero, llegó sin hablar bien el idioma, con consejeros que los castellanos odiaban. Necesitaba mi legitimidad y necesitaba que yo no pudiera reclamarla. Eso es traición, sí, pero es una traición que entiendo. Entenderla no significa perdonarla.

¿Hubo algún momento en que Carlos te pidió perdón, aunque fuera en privado?

No.

Fuiste reina de Castilla durante cincuenta y un años. El reinado más largo de la historia española. ¿Qué significa reinar sin reinar?

Significa ser el fundamento invisible de algo que otros construyen. Como los cimientos de un edificio: nadie los ve, todos los necesitan, y si se mueven, el edificio tiembla. Esa fue mi función. No elegida, no deseada, pero real.

Técnicamente, todos los actos de gobierno de Carlos I se hicieron en tu nombre. Cada documento llevaba implícita tu autoridad. ¿Lo sabías? ¿Te importaba?

Lo supe después, no en el momento. Y cuando lo supe, lo que sentí no fue orgullo sino algo parecido a la ironía: que mi nombre viajara por el mundo en documentos que yo nunca vi, tomando decisiones que yo nunca tomé, construyendo un imperio del que yo nunca supe nada.

¿Hubo algún momento en que quisieras abdicar formalmente, poner fin al reinado nominal?

Pensé en ello. Pero abdicar habría requerido que alguien me lo permitiera, y nadie me lo habría permitido porque mi abdicación formal habría obligado a nombrar un sucesor de manera explícita, con un proceso legal que podría haber sido cuestionado. Era más sencillo mantenerme aquí, viva y nominal, que gestionar mi renuncia.

Si te hubieran ofrecido reinar con límites, con un consejo que tomara las decisiones, ¿habrías aceptado?

Sí. Sin duda. No porque fuera lo que quería sino porque habría sido infinitamente mejor que esto. Reinar con límites es reinar. Lo que hice yo no tiene nombre que se pueda pronunciar con dignidad.

¿Qué habrías hecho si hubieras podido reinar? No como sueño abstracto — concretamente: ¿qué habrías cambiado?

Habría mantenido a los consejeros castellanos. Habría resistido la presión flamenca sobre los cargos del reino. Habría tenido más cuidado con América — con lo que estaba ocurriendo allí en nombre de Castilla. Llegaban noticias, fragmentarias, de cosas que se hacían en aquellas tierras que me parecían difíciles de justificar ante cualquier dios.

Hay historiadores que sostienen que eras perfectamente capaz de gobernar y que simplemente no te lo permitieron. Hay otros que sostienen que tus facultades estaban genuinamente alteradas. Tú que lo viviste: ¿qué dices?

Que ambas cosas pueden ser verdad. Que tuve períodos de gran dificultad, que el encierro me dañó, que hay cosas que hice y dije que no tienen otra explicación que el deterioro. Y que todo eso coexistía con una inteligencia que funcionaba, con una comprensión política que nunca perdí del todo, con una voluntad que seguía siendo mía aunque casi no me quedaran medios para ejercerla. Las dos cosas. Siempre las dos cosas.

¿Cómo querías ser recordada?

Como alguien que aguantó. No como heroína, no como mártir. Como alguien que recibió todo eso y siguió aquí, en este jardín, en esta piedra, hasta el final. Eso me parece suficiente. Más que suficiente.

«Fui reina de todo y no pude decidir nada. Eso tiene un nombre, pero no es el que me pusieron.»

- Juana I de Castilla "Juana la loca"

VI. El mundo que no vio

Una reina del siglo XVI
ante el mundo que vino después

El tiempo que
no vivió

Interior del palacio. Una sala diferente, más grande, con dos ventanas que dan al jardín. La tarde cae. Juana escucha las preguntas con los ojos entornados, a veces cerrados. Cuando responde, lo hace sin prisa, como quien ha tenido cincuenta años para pensar en las preguntas que nadie le hizo.

Juana I de Castilla, Juana la loca en una fotografía al estilo de Guy Bourdin

El interior más amplio, las dos ventanas: es el espacio de la apertura al mundo exterior, al tiempo que no vivió. Juana mira hacia fuera a través de ventanas que en vida nunca la llevaron a ninguna parte. Ahora, por primera vez, el mundo que hay al otro lado viene a buscarla.

Tras tu muerte, los médicos comenzaron a diagnosticarte de manera retrospectiva: melancolía, psicosis, esquizofrenia. Hoy existe la psiquiatría, una disciplina que reconoce que el aislamiento prolongado produce daño cerebral documentable. Si hubieras vivido hoy, ¿crees que te habrían encerrado igualmente?

Con otra justificación, quizás. Los instrumentos cambian. La necesidad de que las mujeres incómodas desaparezcan no ha cambiado tanto como los siglos harían desear.

Dos siglos después de tu muerte, un pintor llamado Pradilla te inmortalizó arrastrando el féretro de Felipe bajo la lluvia. Ese cuadro definió tu imagen para generaciones. ¿Qué sientes al saber que la posteridad te recordó así?

Que siguieron haciéndolo. Que cuando ya no podían encerrarme en Tordesillas, me encerraron en un cuadro. Me convirtieron en el símbolo del amor loco femenino para que nadie tuviera que pensar en lo demás. Es más cómodo llorar ante una reina demente que enfadarse ante un sistema que la destruyó.

Las monarquías que sobrevivieron en Europa lo hicieron aceptando límites constitucionales: reyes que reinan pero no gobiernan. Hay reinas hoy en España, en el Reino Unido, en los países nórdicos. ¿Habría sido esa una vida posible para ti?

Sí. Y habría sido, comparada con lo que tuve, una vida extraordinariamente libre.

En el siglo XX, España abolió la monarquía en dos ocasiones y se constituyó en república. ¿Qué te parece la idea de que la corona que representaste dejara de existir y fuera sustituida por un sistema donde el poder lo elige el pueblo?

Me parece que el pueblo de Castilla mereció siempre elegir. Lo que me resulta irónico es que el argumento principal para apartarme del trono fue mi supuesta incapacidad, y sin embargo nadie preguntó al pueblo si prefería a alguien distinto. La república al menos tiene la honestidad de hacer esa pregunta.

Tu hijo Carlos V es hoy una de las figuras más estudiadas del mundo. Hay estatuas, documentales, calles con su nombre. Tú apareces en esa historia como su madre. ¿Qué te parece?

Que es coherente con lo que fue mi vida. Fui el instrumento de su existencia y luego el fundamento de su legitimidad. Que también sea el marco de mi recuerdo no me sorprende. Me cansa, pero no me sorprende.

En el siglo XX hubo dos guerras mundiales y un exterminio organizado burocráticamente de millones de personas: informes, firmas, funcionarios, cadenas de mando. ¿Reconoces algo en ese dispositivo?

Pausa larga.

El dispositivo de Tordesillas era pequeño. Un palacio, unos guardianes, unas cartas. Pero la lógica era la misma: convertir a una persona en un problema administrativo. Nombrarla de una manera que la saque de la categoría de lo humano. Rodearla de funcionarios que cumplen órdenes sin preguntarse qué le ocurre a quien está dentro. Sí. Lo reconozco.

Hoy existe la inteligencia artificial generativa: sistemas que procesan toda la información disponible sobre una persona y pueden construir su imagen, escribir en su nombre, simular su voz. Esta entrevista es posible gracias a esa tecnología. Tu historia llegó hasta aquí principalmente a través de los documentos de tus guardianes. ¿Qué te parece que ahora una máquina pueda darte voz?

Que es la primera vez que alguien intenta darme una. Que sea una máquina no me parece lo más importante. Lo más importante es la pregunta que hay detrás: ¿qué habría dicho Juana si alguien le hubiera preguntado? Que esa pregunta se haga ahora, cinco siglos tarde, es mejor que no hacerse nunca.

¿Qué te parece que tu imagen haya sido construida principalmente por los hombres que tenían interés en que parecieras loca?

Que es exactamente lo que hicieron en vida y que la muerte no los detuvo. Los muertos no pueden corregir el registro. Por eso esta conversación tiene valor: no porque sea definitiva sino porque añade otra voz al expediente. La mía. Por fin.

En el siglo XXI, cuando una mujer en posición de poder actúa con determinación, todavía se la llama con frecuencia «histérica», «inestable» o «difícil». ¿Te resulta familiar ese mecanismo?

Profundamente. Cambia el vocabulario, no la función. En mi época era «loca». Hoy son otras palabras. El objetivo es el mismo: desacreditar antes de que haya que responder al argumento.

Ha habido reinas con poder real en el siglo XX: Isabel II del Reino Unido reinó setenta años sin que nadie cuestionara su cordura. ¿Qué diferencia ves entre su situación y la tuya?

Que ella llegó a un sistema que ya había aceptado que una mujer podía reinar. Yo llegué a un sistema que nunca lo había aceptado del todo, aunque lo hubiera visto hacerse con mi madre. Y que Isabel II no tenía a su lado a un Felipe el Hermoso que necesitara su poder para ser alguien.

En el siglo XXI, un político llamado Donald Trump llegó a la presidencia del país más poderoso del mundo cuestionando sistemáticamente las instituciones, manipulando la información y construyendo un relato alternativo de la realidad. ¿Reconoces ese mecanismo?

Mis guardianes hacían exactamente eso. Construían un relato sobre mí que contradecía lo que yo decía sobre mí misma, y ese relato tenía más audiencia porque quienes lo difundían tenían más poder. El control del relato es el control del poder. Eso no ha cambiado.

El movimiento feminista contemporáneo te ha convertido en una figura central de la revisión histórica de mujeres silenciadas. ¿Cómo te sientes siendo reivindicada cinco siglos después?

Con gratitud y con tristeza en partes iguales. Gratitud porque alguien finalmente hace las preguntas correctas. Tristeza porque siguen siendo necesarias.

«Me alegra que haya habido mujeres después de mí que no tuvieron que aprender lo que yo aprendí.»

- Juana I de Castilla "Juana la loca"

LAS 11 PREGUNTAS UNIVERSALES

Si pudieras volver a vivir un solo día de tu vida, ¿cuál elegirías y por qué?

El día antes de que me llevaran a Flandes. Tenía dieciséis años y todavía no sabía nada de lo que vendría. Me gustaría pasar ese día sabiendo lo que sé ahora, no para cambiarlo sino para vivirlo de otra manera. Con más atención. Con más gratitud por lo que todavía estaba intacto.

¿Qué te habría gustado entender antes de morir?

Por qué el amor y el poder son tan incompatibles. Lo viví, lo padecí, lo observé en todos los que me rodearon. Pero nunca lo entendí del todo. Sigo sin entenderlo.

¿Qué palabra crees que te define mejor?

Resistencia. No heroica. La resistencia pequeña y cotidiana de quien sigue aquí cuando todas las condiciones están diseñadas para que no siga.

¿A quién le darías las gracias y a quién le pedirías perdón?

Le daría las gracias a Catalina, por haber sido durante dieciocho años la razón más concreta que tuve para levantarme por las mañanas. Le pediría perdón a Catalina, por lo mismo.

¿Qué crees que queda de ti en la memoria del mundo?

El cuadro de Pradilla. Una mujer bajo la lluvia con un féretro. Eso queda, y es casi lo opuesto de lo que fui.

Si el tiempo no existiera, ¿a qué momento volverías siempre?

Al jardín de La Mota, antes de que llegara mi madre. Cuando todavía no había entrado y el tiempo estaba suspendido y todo era todavía posible.

¿Cuál fue tu mayor error y tu mayor verdad?

El mayor error fue creer que si aguantaba suficiente, algo cambiaría. La mayor verdad es que aguantar fue lo único que estuvo en mi mano, y lo hice.

¿Qué le dirías a tu yo de veinte años si pudieras?

Que Felipe va a morir antes que tú. Y que eso no te va a liberar.

¿Qué te sigue sorprendiendo de los seres humanos?

Que necesiten tanto que los demás sufran para sentirse seguros. No lo entiendo. Después de todo lo que he visto, sigo sin entenderlo.

¿Qué palabra te gustaría que se recordara de ti?

Juana. Solo eso. Mi nombre, sin adjetivos.

¿Qué crees que queda de un ser humano cuando ya no queda nada?

La pregunta que dejó sin responder. La que sus interlocutores siguen haciéndose porque él o ella ya no están para contestarla. En ese sentido, algo de mí queda aquí ahora mismo, en esta conversación. Eso tendrá que ser suficiente.

LAS PREGUNTAS DE BERNARD PIVOT

¿Cuál es tu palabra favorita?

Mañana. Porque durante cincuenta años fue la única puerta que nadie podía cerrar del todo.

¿Cuál es la palabra que más detestas?

Loca.

¿Qué es lo que más te emociona — tu droga creativa, espiritual o sensorial?

La música de una sola voz. Una voz sin acompañamiento que llena una sala entera. Eso me hacía sentir que el mundo era más grande que las paredes que lo contenían.

¿Qué es lo que más te desagrada?

La cobardía administrada como prudencia.

¿Cuál es tu insulto favorito?

Sonríe por primera vez en toda la entrevista.

Conveniente.

¿Qué sonido amas?

El río. El Duero de madrugada, cuando todo lo demás calla y solo queda el agua.

¿Qué sonido odias?

El de una llave girando en una cerradura desde fuera.

¿Qué otra profesión te habría gustado ejercer?

Música. No intérprete de corte — compositora. Alguien que crea el orden dentro del sonido. Eso me habría parecido una forma de poder que nadie podría haberme quitado.

¿Qué profesión no ejercerías nunca?

Guardiana de alguien.

Si el Cielo existe, ¿qué te gustaría que Dios te dijera al llegar?

Que lo sabe. Que lo sabía todo el tiempo. Y que le parece suficiente con que yo haya llegado hasta aquí.

Juana I de Castilla, Juana la loca en una fotografía al estilo de Guy Bourdin