Grigori Yefímovich Rasputín

Entrevistar a Grigori Yefímovich Rasputín más de un siglo después de su muerte es entrar en el territorio donde la fe, el deseo y el poder se cruzan sin pedir permiso. Campesino, místico y confidente de zares, su figura sigue siendo una herida abierta entre la devoción y el escándalo, entre el milagro y la manipulación. Detrás del mito del “monje loco” hay un hombre que encarnó la contradicción más humana: buscar a Dios mientras se pierde en la tierra.

Esta entrevista —nunca realizada, pero concebida como una conversación entre el pasado y el presente— busca escuchar esa voz sin filtros, como si aún pudiera responder. Por eso se divide en cuatro actos: el hombre que fue antes del mito, el poder que lo envolvió, la sombra que lo devoró y el tiempo que ahora lo observa.

Más que un interrogatorio, es una invocación. Una forma de preguntar a Rasputín lo que quizás no queríamos saber de nosotros mismos: qué queda del alma cuando el poder la toca, y qué significa creer en un mundo que ya no cree en nada.

Formato pdf

En breve podrás descargar una versión en pdf de esta entrevista

Portada Re:life 2: Grigori Rasputín

“No fui un santo ni un demonio. Fui la grieta”

Origen y la Contradicción Etimológica del Profeta Siberiano

Grigori Efimovich Novykh, posteriormente conocido por el infame apellido Rasputín, nació en 1869 en Pokróvskoye, Siberia, en el seno de una familia campesina que se sostenía principalmente gracias al trabajo de su padre como conductor. La figura de Rasputín se define desde sus orígenes por una ambigüedad fundamental: su propio apellido. Historiadores debaten si el nombre deriva de la palabra rusa rasputstvo, que significa disolución o libertinaje, o de rasput’e, que se traduce como encrucijada. Esta dualidad etimológica se convirtió en el lema involuntario de su vida, simbolizando la lucha interna de Rusia entre su misticismo tradicional y la decadencia moral de su élite. El campesino que emergió de la pobreza fue, en efecto, una encrucijada para el destino del imperio. 

Su juventud estuvo marcada por un comportamiento díscolo, con episodios que podrían haber incluido el robo de caballos, lo que probablemente motivó su partida de la aldea. Alrededor de los 28 años, Rasputín experimentó una transformación, iniciando un largo peregrinaje como strannik (vagabundo místico). Este período de penitencia y búsqueda le confirió una «seguridad interior» y un carisma penetrante, que se convertirían en las herramientas clave para su ascenso social y espiritual.  

La Peligrosa Teología del Pecado y el Vínculo con los Khlysty

Aunque nunca fue ordenado monje , Rasputín adoptó y, según muchos, pervirtió las creencias de la secta Khlysty (Flagelantes), un grupo escindido de la Iglesia Ortodoxa Rusa. La doctrina que adoptó postulaba que para alcanzar la gracia divina, el alma debía someterse al extremo del pecado para ser absuelta. La máxima era: «para ser absuelto de un pecado, había que pecar primero».  

Rasputín llevó esto al extremo, argumentando que uno estaba más cerca de Dios al experimentar la «pasión santa» y la «impasibilidad» que venía después del agotamiento sexual prolongado (prolonged debauchery).

Esta justificación teológica permitió que sus actos de libertinaje se presentaran como ritos de purificación. Para muchas damas de la nobleza, unirse a él en «cuerpo y alma» era un medio para recibir una parte de su santidad.

De esta manera, la transgresión se elevó de simple hedonismo a un acto de fe, proporcionándole una estrategia poderosa de seducción y control sobre sus devotas.

El Acceso a la Dinastía Romanov: El Rehén Emocional

El factor singular que impulsó a este campesino siberiano a los más altos salones del poder imperial fue la desesperación de la Zarina Alexandra Feodorovna ante la enfermedad de su único hijo y heredero, el Zarévich Alexéi. Alexéi padecía hemofilia, un trastorno hereditario grave. En su misticismo y búsqueda de ayuda más allá de la medicina convencional, Alexandra recurrió a Rasputín.  

El místico demostró una habilidad misteriosa para aliviar los episodios hemorrágicos del niño. Historiadores contemporáneos sugieren una ironía crucial: el éxito de Rasputín pudo deberse a que ordenó la interrupción de la medicación prescrita en la corte, que a menudo incluía aspirina, un potente anticoagulante. Donde la ciencia falló, el misticismo funcionó por un accidente terapéutico.

Este «milagro» convirtió a la familia imperial en rehenes emocionales. La influencia de Rasputín no se basaba en inteligencia política, sino en el miedo a la muerte del heredero. Así, la Zarina defendió ferozmente a Rasputín, viendo cualquier amenaza contra él como un riesgo directo para la vida de Alexéi, asegurando su protección hasta el final.

 I. El hombre antes del mito

Donde el silencio tiene voz y el frío

enseña a creer.

Dios no habla en

las iglesias. Habla en

la nieve

📍 Pokróvskoye, Siberia. El aire huele a leña y pan. La nieve se pega a las botas. Rasputín mira el fuego como si aún pudiera hablarle.

Rasputín

En una choza de madera de Pokróvskoye, con el fuego ardiendo y la nieve cayendo sobre el río Tura, Rasputín recuerda el principio de todo. Habla despacio, como si las palabras se formaran al calor de las brasas. Antes del mito, del poder y de la condena, solo queda un hombre que aprendió a escuchar a Dios en el silencio de la tierra helada.

¿Qué recuerdos se te quedaron grabados del invierno en tu aldea?

El recuerdo de la madera quemándose y el pan recién hecho son los únicos perfumes de la verdad. El invierno siberiano no es una estación, es una prueba de Dios. Es el frío que te congela la nariz, pero te agudiza el alma. Recuerdo el silencio, ese silencio pesado, donde el único ruido era el crack de la madera en la estufa, y el pensamiento de que, si no trabajas, mueres de hambre. Ahí es donde aprendí a ver las almas: los hombres solo tienen tiempo para la hipocresía cuando están calientes y alimentados. En Pokróvskoye, solo tienes tiempo para la supervivencia y para Dios. El barro y la nieve son mis maestros.  

¿Cómo era tu relación con tus padres? ¿Te enseñaron a creer o a resistir?

Me enseñaron la fe que es resistencia. Mi padre, Efim , era fuerte como el roble, trabajando como conductor. Me enseñó que la vida es dura, pero que la dureza es necesaria. Mi madre, Anna, me enseñó que la Iglesia dice una cosa, pero la voz en tu corazón dice otra. No se trata de aceptar mansamente el sufrimiento, se trata de utilizar el sufrimiento. Resistir al mal, sí, pero creer que el mal es solo el camino más rápido para el bien mayor.

¿Qué significa para ti la palabra “fe” cuando se nace entre el barro y el hambre?

La fe no es ir a la iglesia. Eso es para los débiles. La fe es la certeza visceral de que mi alma vale más que este cuerpo sucio que come cebollas y pan. Cuando naces en la tierra, la fe es la única promesa de que esa tierra no te tragará sin dejar un rastro. Es la conexión directa, sin necesidad de iconos de oro o sacerdotes gordos. Es la voz del Señor que te grita que el barro en tu cara es menos sucio que las mentiras de los ricos. 

¿Cuándo sentiste por primera vez que habías sido tocado por lo divino?

Después de un error, un pecado real que me avergonzó hasta los huesos. No puedo dar el nombre exacto del momento, pero fue después de mi juventud tonta, un evento que me dejó marcado y me hizo buscar la expiación. Sentí una fuerza. No una voz angelical, sino una certeza de acero que me penetraba. Una fuerza que podía consolar al enfermo o doblegar al fuerte. Dejé el pueblo, me convertí en strannik , porque supe que mi vida ya no me pertenecía.  

¿Fue un don o una carga escuchar la voz de Dios?

Un don. Pero es una carga pesada llevar el fuego divino a un mundo lleno de agua helada.

¿Qué buscabas en tus peregrinaciones?

Buscaba la penitencia que me purificara de la culpa. Pero pronto entendí que la verdadera búsqueda no era hacia afuera, sino hacia adentro. Buscaba la experiencia total, el punto donde el pecador y el santo son indistinguibles, tal como enseña la Santa Gente de Dios. 

¿Crees que naciste con fe o con culpa?

Con culpa, ¿quién no? La culpa es la semilla que Dios planta para que florezca la fe.

¿Cómo te cambió el amor?

El amor de Praskovya me enraizó. Me enseñó la paciencia del cuerpo. Pero la pasión del alma exige libertad, exige movimiento. Me dio hijos, que son la única prueba de que el cielo no es suficiente. 

¿Y los demás? ¿Qué pensaban de ti?

Pensaban que estaba loco o que era demasiado honesto. Me veían como alguien que rompía las reglas, alguien que podía ver sus secretos más oscuros con una mirada. Me expulsaron de Pokróvskoye porque los hacía sentir incómodos. Me llamaron «disoluto» (rasputstvo), lo cual es irónico, pues yo solo vivía la verdad que ellos escondían.   

En tus peregrinaciones, ¿qué buscabas realmente: redención, comprensión o poder?

Buscaba la redención, pero no a través de la sumisión. Buscaba la redención por la comprensión de que todo pecado es parte del camino. El poder llegó después, como un perro fiel que sigue a quien no le teme a la noche.

¿Cómo cambió tu vida al casarte y formar una familia?

Me dio una base terrenal. Una cama cálida y una estufa. El matrimonio es el compromiso con lo pequeño.

¿Cómo te veían tus vecinos antes de que tu nombre cruzara Rusia?

Como un problema. Un campesino demasiado inteligente y con una mirada de oráculo. 

Si pudieras regresar hoy a tu casa en Pokróvskoye, ¿te reconocerías?

El corazón, sí. La piel, quizás no.

¿Te pesa más lo que hiciste o lo que dijeron de ti?

(Señalando la diferencia) Los chismes pesan sobre Rusia. Mis pecados, sobre mí.

“La fe no nació en mí como un milagro, sino como una herida que aprendí a cuidar con las manos sucias.”

- Grigori Rasputín

II. El poder y la tentación

Entre el incienso del palacio
y el olor del establo.

“El poder no me corrompió: solo amplificó mis sombras”

La sala es amplia, dorada, helada. Rasputín se sienta con el cuerpo algo torcido, la barba revuelta, los ojos vivos. Fuera cae la nieve. Dentro, el aire huele a miedo y a perfume caro.

Marie Curie París

San Petersburgo, invierno de 1913. Los candelabros del Palacio de Invierno siguen encendidos mientras el imperio se resquebraja. Rasputín entra descalzo, con las manos manchadas de polvo y el alma ardiendo. La corte lo observa con desprecio y fascinación, la zarina lo escucha como a un oráculo. En esta segunda parte, el místico se convierte en consejero, el campesino en símbolo, y el hombre que decía hablar con Dios se enfrenta al espejo más peligroso: el poder.

¿Cómo llegó un campesino sin apellido noble a los salones del poder imperial?

El Zar y su corte estaban arrodillados ante el ídolo de la Razón y la burocracia. Cuando el milagro de la descendencia imperial, el pequeño Alexéi, comenzó a sangrar sin parar, la Razón calló. La Zarina buscó a Dios donde creyó que se podía encontrar: en la pureza simple del pueblo. Yo llegué porque ellos me necesitaban, no porque yo les necesitara. Mi suciedad, mi olor a paja, era una prueba de que yo venía de la tierra, de la que ellos se habían desconectado. El poder imperial es frágil, solo se sostiene con fe, y yo era la única fe que podía salvar al heredero. 

¿Qué viste en la zarina Alexandra que nadie más veía?

Su debilidad esencial y su profunda alma rusa, a pesar de su sangre alemana. Vi a una madre desesperada que estaba dispuesta a incendiar el mundo si eso significaba salvar a su hijo. Nadie más en la corte la amaba. Solo yo. Mi misión era proteger su fe, que era la única fuerza que protegía a Rusia. Ella me veneraba después de que la hemorragia de Alexéi se detuvo, convencida de mi santidad.  

¿Qué significó para ti entrar en ese mundo?

Que los reyes son más solitarios que los mendigos.

¿Y el poder? ¿Te sedujo?

El poder es el eslabón débil de la cadena. Lo que me sedujo fue la influencia. La posibilidad de susurrarle la verdad al oído de la Emperatriz y evitar la locura de los generales y los ministros. Yo no quería el trono, solo quería detener la carnicería de la guerra. 

¿Crees que la fe y el poder pueden convivir sin destruirse mutuamente?

No pueden convivir si el poder intenta someter a la fe, como hacen la Iglesia y los burócratas. El Zar debe ser un pastor, y el pastor debe escuchar a Dios, no a los documentos. El Zar Nicolás II era un hombre bueno, pero estaba ciego ante el veneno de la intelligentsia. Mi fe era la voz de Dios en el palacio, y si el poder me usó, fue solo porque Dios lo permitió. 

Hablemos claro: ¿abusaste de tu influencia? ¿Sentiste que tu influencia era un servicio o una condena?

Fue un servicio. ¿Abuso? ¿Llaman abuso a recomendar a un hombre honesto sobre un corrupto? La corte odiaba mi influencia porque les quitaba su derecho a robar y mentir, especialmente durante la guerra. Mi mayor pecado político fue, quizás, haber facilitado el nombramiento de Alexandr Protopópov como Ministro del Interior. Este acto, visto como una clara injerencia, exacerbó la percepción pública de la corrupción. ¿Condena? Sí, era una condena que tenía que llevar para proteger la dinastía.  

¿Qué pensabas cuando te llamaban “monje loco”?

Que al menos usaban la palabra «monje». La locura es lo que parece la visión para un alma pequeña.

¿Qué te mantenía en pie frente a las intrigas de la corte?

El conocimiento de que mis enemigos no eran más valientes que Yusúpov. Eran cobardes. Tramaban en la oscuridad, bebían demasiado y temían a sus esposas. El hombre que vive la verdad no teme a las sombras.

¿Hubo un momento en que tú mismo creíste en tu leyenda?

Solo en la leyenda que decía que la Gracia de Dios me hacía útil para la dinastía.

¿Qué te hacía más fuerte: la devoción de la zarina o el miedo de tus enemigos?

La devoción de la Zarina me garantizaba la vida del Tsarevich; el miedo de mis enemigos me garantizaba su parálisis. Ambos fueron necesarios. Un santo sin enemigos es inútil; un Zar sin fe está condenado. 

¿Usaste alguna vez la fe como un arma? ¿Usaste la religión como máscara?

La fe no es una máscara. Es una piel que se arranca. ¿Un arma? Sí. Contra la hipocresía. La gente viene a mí buscando la absolución. Yo les enseño la verdad: tienes que tocar tu pecado, conocer su hedor, antes de que Dios te lo perdone. Si eso significa llevarlos al límite de la lujuria o el vino, para que la liberación sea total, entonces es un servicio divino. Es una teología difícil, no una máscara fácil.  

¿Qué aprendiste sobre el alma humana conviviendo con el poder?

Que el oro y el rango no lavan la inmundicia. La nobleza está tan enferma como el campesino, pero su enfermedad es más cara. Su lujuria es más fría, su envidia más calculada.

Se decía que tus noches eran una orgía de vino y deseo. ¿Cuánto hay de verdad en eso?

(Risa grave) El vino de la vida siempre fluye. Había verdad en la experiencia profunda y en el rechazo a la moral puritana. Mis encuentros no eran el libertinaje sin sentido que pintaban ; eran una forma de oración física, de llevar a las almas nobles a la penitencia a través de la pasión santa, tal como lo concebía la Santa Gente de Dios. Pero los príncipes, celosos de que yo pudiera acostarme con sus mujeres bajo la excusa de la santidad, exageraron la leyenda hasta hacerla grotesca. Yo rompí sus reglas, por eso me pintaron como un demonio lascivo.  

Pero hubo excesos, ¿verdad?

Donde hay espíritu ruso, hay exceso. Es nuestra forma de tocar lo sublime.

¿Cómo explicas la contradicción entre tu religiosidad y tu desenfreno?

No hay contradicción para un hijo de la Santa Gente de Dios. La Gracia no es un permiso para la abstinencia; es el coraje para enfrentarse a la tentación más fuerte. Debes pecar profundamente para obtener la absolución total. El alma está más cerca de Dios justo después de haber caído en el pozo.  

¿Y esas historias sobre tus orgías con damas de la nobleza?

Eran la prueba de que el campesino puede guiar a la nobleza a la salvación. Y esa es la verdad que más les ofendió.

¿Qué aprendiste del poder?

Que es solo la ilusión de que puedes controlar el destino.

“Los milagros no se dan en los templos ni en los palacios, sino en los ojos de quienes ya no esperan nada.”

- Grigori Rasputín

III. La sombra y el mito

Entre la muerte y la leyenda,
el río no distingue cuerpos
de recuerdos.

“Morí muchas veces,

pero solo una vez

me creyeron.”

El lugar es indefinido. Una luz pálida. La voz de Rasputín parece venir del agua. Habla con calma, sin tiempo. La muerte, para él, no fue un final sino un cambio de habitación

Rasputín

Petrogrado, diciembre de 1916. La ciudad huele a miedo y a hielo. Los salones del poder se apagan, y en las sombras, el nombre de Rasputín ya es una amenaza. Lo matan antes de matarlo: en los rumores, en los periódicos, en las oraciones.

Aquí, el entrevistado no es ya el hombre ni el profeta, sino el espectro que observa cómo su cuerpo se hunde en el río Nevá y su nombre flota para siempre. En esta fase, Rasputín habla desde el umbral entre la vida y el mito, donde los hombres dejan de pertenecer a sí mismos.

¿Cuándo empezaste a sentirte perseguido?

El día en que los generales en el frente empezaron a sentir que sus planes de guerra se veían obstaculizados por un campesino que les decía al Zar que volvieran a casa. Cuando el odio dejó de ser un murmullo de mujeres y se convirtió en una amenaza geopolítica, ahí empecé a sentir la soga en el cuello. Ya había un intento de asesinato en 1914, pero en 1916 el aire estaba lleno de plomo. El nombramiento de Protopópov, que me fue atribuido, fue «la gota que colmó el vaso» para muchos.  

¿Por qué crees que el odio hacia ti sobrevivió a tu muerte?

Porque yo era un chivo expiatorio conveniente. Para los bolcheviques, yo era el símbolo del libertinaje del zarismo, una justificación para su masacre. Para los monárquicos, yo era la causa de la ruina, lo que les permitía evitar la verdad de su propia incompetencia. El odio es mucho más útil que la verdad.  

¿Te reconoces en las historias que se cuentan sobre ti?

Solo en la parte que dice que mi vida fue intensa y necesaria. Lo demás (el tamaño de mis demonios, mi manipulación sin fe) , es imaginación. Un campesino no es interesante, por lo que tuvieron que convertirlo en un monstruo.  

¿Qué parte de tu leyenda inventaron otros y qué parte alimentaste tú mismo?

Ellos inventaron el espía alemán, el mago oscuro. Ellos necesitaban una excusa para la desastrosa guerra y para el nombramiento de Protopopov. Yo, en cambio, alimenté el misterio. Dejé que pensaran que era inmune al veneno. Dejé que temieran a mis profecías sobre la sangre. Un profeta debe parecer aterrador si quiere que los hombres escuchen. La invulnerabilidad es una herramienta más fuerte que cualquier decreto.  

¿Cuál fue el precio más alto que pagaste por ser escuchado?

El destino de la Emperatriz. Ella pagó mi deuda.

¿Cuándo empezó el miedo a tu alrededor?

Cuando entendieron que yo no tenía miedo a ellos.

¿Te reconoces en lo que se decía de ti?

Solo si las palabras vienen del alma, no de la boca.

¿Fuiste víctima de tu propia intensidad?

Fui víctima de mi propia necesidad de proteger a Rusia de una guerra estúpida. Mi intensidad era la única forma de luchar contra la locura militarista. Si eso me hizo parecer un loco, que así sea.

¿Temiste alguna vez morir o solo temías ser olvidado?

Solo temí que mi mensaje sobre la guerra fuera olvidado.

¿Qué recuerdas de la noche de tu asesinato?

Recuerdo el engaño, la casa de Yusúpov , la espera por la Princesa Irina. Recuerdo los pasteles azucarados con cianuro, y el sabor amargo de la almendra, que para mí era como beber agua. Recuerdo la frustración en el rostro de Yusúpov cuando me vio seguir hablando, pues se afirma que el cianuro no tuvo el efecto esperado. Y luego, el primer disparo, no dolor, sino una sorpresa helada. El esfuerzo de levantarme, a pesar del plomo. Y la agonía final, la oscuridad del Neva, el agua que no era lo suficientemente fría para ahogar mi espíritu de inmediato. Pero, sobre todo, recuerdo la promesa: si muero a manos de la nobleza, toda la dinastía caerá.  

Si pudieras hablar con tus asesinos, ¿qué les dirías hoy?

Les diría: ¿Valió la pena? Quisieron salvar a la monarquía, y tres meses después de mi muerte, cayó la Autocracia. En un año, su Zar y toda su familia fueron masacrados. Su «acto patriótico» no fue más que un paso de baile hacia el abismo ruso. ¡Fueron marionetas de fuerzas más grandes! Existen teorías que sugieren que no solo fueron Yusupov y Purishkevich, sino agentes de potencias extranjeras, como el Servicio Secreto Británico (MI6), quienes deseaban eliminar mi influencia pacifista para mantener a Rusia en la Primera Guerra Mundial. Oswald Rayner, compañero de Yusupov en Oxford y agente del MI6, es señalado por algunos historiadores de haber efectuado el tiro de gracia.  

Dicen que sobreviviste al veneno, a las balas y al agua. ¿Es cierto?

La carne es débil, pero el espíritu no. Me dispararon, me envenenaron, me golpearon. La autopsia demostró que el agua me encontró vivo. La leyenda de mi resistencia es la única forma en que la gente puede entender el milagro de haber sido tocado por Dios. No importa cómo morí, sino que fui tan difícil de matar que se necesitaron varios cobardes, la intervención de un agente extranjero y el río Neva. 

Dicen que tu cuerpo flotó tres días en el río.

El río escupe la verdad.

¿Qué parte de tu leyenda inventaron los demás?

La parte que me quitó mi devoción por el Tsarevich.

¿Fuiste un santo o un impostor?

Yo era una respuesta. El mundo puede decidir la pregunta.

¿Qué sientes al saber que tu nombre se convirtió en sinónimo de manipulación, deseo y misterio?

Es un buen epitafio. Resume la esencia del alma humana en una sola palabra: la manipulación para sobrevivir, el deseo para crear, y el misterio para no volverse loco. El mundo está hecho de eso.

¿Qué piensas del mito que dejaste?

Es la verdad que la historia se negó a escribir.

¿Temes tu legado?

Temo el uso que se le da.

“El alma no muere: solo cambia de rumor.”

- Grigori Rasputín

IV. El tiempo y el futuro


El hombre que vio a Dios observa ahora un mundo que ya no lo busca.

El alma
no ha muerto. Solo cambió de dueño

El escenario es un no-lugar. Rasputín observa el mundo contemporáneo como si fuera un sueño luminoso. A veces sonríe, a veces frunce el ceño. Su voz suena igual que siempre: antigua, inquietante, viva.

El entrevistador y Rasputín ya no están en ninguna parte. No hay choza, ni palacio, ni río. Solo un espacio blanco, suspendido, con pantallas encendidas que proyectan un mundo frenético. Desde allí, el viejo místico contempla el presente: un planeta sin fe, pero lleno de dioses nuevos; un tiempo en el que la velocidad sustituyó al silencio.
Habla despacio, con cierta ironía. Mira las luces artificiales como si fueran velas mal encendidas. En esta última fase, Rasputín conversa con el futuro y nos recuerda que, por más que cambie el mundo, la búsqueda del alma sigue siendo la misma.

Si pudieras observar el mundo actual, ¿qué te sorprendería más?

Me sorprendería que, con tantos aparatos para hablar con el mundo, los hombres estén más solos que nunca. Han conquistado la distancia, pero han perdido el tacto. Los llamasteis “teléfonos” y “pantallas”, pero yo veo pequeñas celdas de aislamiento. Y me sorprendería la falta de hambre real; el hambre de pan se ha reemplazado por un hambre de imágenes. El pueblo de hoy está lleno de todo, pero vacío de alma.

¿Y qué te parecería más milagroso: la ciencia o la ignorancia?

La ciencia es admirable, pero la ignorancia es el verdadero milagro. Persiste a pesar de toda la luz.

¿Qué sentirías al saber que hoy la gente confía más en las máquinas que en los hombres?

Es el Zar Nicolás confiando en el Ministro Protopópov, pero a escala masiva. Buscan la certeza en lo que no siente, porque le tienen miedo al alma humana, que es caótica y libre. Las máquinas no pueden traicionar; la fe de la gente moderna es una fe en la ausencia de dolor y de traición. Es una fe fría.

¿Qué te parecen las máquinas que piensan, los hombres que no duermen, las vidas que se exhiben?

Las máquinas que piensan son la nueva idolatría. El hombre siempre quiere crear un dios a su imagen. Los hombres que no duermen están huyendo de sus sueños, donde el Espíritu Santo podría encontrarlos. En cuanto a las vidas que se exhiben: antes pecábamos en secreto para obtener la redención personal. Ahora, el pecado es un espectáculo, y la absolución se busca en el aplauso de la multitud. La humildad ha muerto.

¿Dónde crees que se refugia Dios en un mundo que ya no lo busca?

En las fronteras de los mapas digitales. En lo que no se puede medir.

¿Piensas que la humanidad ha cambiado o solo ha cambiado su manera de pecar?

Solo ha cambiado su manera de pecar. El hombre es un animal eterno en su necesidad de caer y levantarse. Antes el pecado era lujuria y avaricia. Hoy es exhibición y cálculo. Pero el resultado, el vacío, es idéntico.

¿Qué opinas de los hombres que intentan dominar la vida y la muerte con tecnología?

El orgullo es el primer pecado. Quieren ser inmortales sin pasar por el arrepentimiento. Quieren ser dioses sin conocer el sufrimiento del parto. Eso solo conduce a una ruina aún mayor, una ruina de la que no se podrá escapar con barcos de guerra, sino con el veneno lento de la desesperación.

¿Qué te inspira más temor: la velocidad del progreso o la lentitud del alma?

La lentitud del alma rusa. No tiene tiempo de arrepentirse de todos los crímenes que el progreso le permite cometer.

¿Qué pensarías de las redes sociales, donde la fe se convierte en espectáculo y la intimidad en mercancía?

Es mi mito, pero al revés. Yo convertí el deseo en una búsqueda de santidad. Ellos convierten la santidad en un producto. Es la feria de las vanidades donde la gente se auto-proclama profeta. Yo fui un profeta sucio ; estos son profetas limpios, y por lo tanto, vacíos. 

¿Crees que el mal se ha vuelto más civilizado o solo más elegante?

Más elegante. El filo del cuchillo sigue cortando la misma carne.

Si pudieras hablar con un líder actual, ¿qué le advertirías?

Lo que advertí al Zar Nicolás antes de la Primera Guerra Mundial: «Sé que todos quieren la guerra… esto significa la ruina… no permitas que los locos triunfen y se destruyan a sí mismos y al pueblo». Les advertiría contra el orgullo de las fronteras y el olvido del campesino. 

¿Qué consejo darías a quienes siguen buscando sentido en un mundo sin certezas?

Dejen de buscar respuestas en los libros. Busquen el barro, el trabajo duro, el silencio. Allí está Dios.

Si pudieras volver a vivir un solo día de tu vida, ¿cuál elegirías y por qué?

Elegiría el día en que conocí a la Zarina. Antes de que el miedo a perder al hijo se apoderara de ella. Ese primer día de fe pura , cuando ella pensó que había encontrado la salvación, y yo aún creía que podía salvarlos a todos.  

¿Qué te habría gustado entender antes de morir?

Que el odio de los hombres mezquinos no me mataría a mí, sino a la idea de la autocracia que yo intentaba defender. Subestimé el poder de la calumnia.  

¿Qué palabra crees que te define mejor?

Encrucijada (Rasput’e). El punto donde el camino de Dios se encuentra con el camino de la lujuria.  

¿A quién le darías las gracias y a quién le pedirías perdón?

Darías las gracias al Zarévich Alexéi. Su dolor fue mi propósito. Y pediría perdón a Praskovya, mi esposa campesina , por haber cambiado la paz del hogar por la tempestad del palacio.  

¿Qué crees que queda de ti en la memoria del mundo?

El terror a la fuerza bruta del espíritu que no puede ser domada por el oro ni por la moral burguesa. El mito de la manipulación , la prueba de que un hombre del pueblo puede tocar la mano de Dios y la garganta de un imperio.  

Si el tiempo no existiera, ¿a qué momento volverías siempre?

Al momento de la revelación en el camino, cuando el pecado se convirtió en poder. El despertar.  

¿Cuál fue tu mayor error y tu mayor verdad?

Mi mayor error fue nombrar a un solo ministro por mis propios consejos. Mi mayor verdad fue que la fe debe ser vivida, incluso en la inmundicia.

¿Qué aprendiste sobre el amor?

Que es la única fuerza capaz de hacer que una emperatriz pierda su imperio para salvar a su hijo. Es terrible y puro.

¿Qué significa “Dios” después de haberlo sentido tan cerca?

El silencio terrible que precede a la profecía. La certeza de que el sufrimiento no es aleatorio.

¿Qué le dirías hoy a los que todavía te buscan?

Dejen de buscar al hombre. Busquen la contradicción en ustedes mismos. Si me encuentran allí, me habrán entendido.

“Los hombres ya no creen en Dios, pero creen en el algoritmo.”

- Grigori Rasputín