El pacto
Un perfil de Simone de Beauvoir
Tres periodistas con métodos incompatibles aceptamos el encargo de perfilar a Simone de Beauvoir. Uno de nosotros cree que el periodismo debe ser bisturí psicológico. Otro cree que debe ser martillo demoledor. El tercero cree que debe ser pincel que captura épocas tanto como personas. Pasamos una semana discutiendo, investigando, peleando sobre cómo retratar a una mujer que pasó su vida retratándose a sí misma.
Al final, descubrimos algo inquietante: Beauvoir es interesante precisamente porque ningún enfoque la captura completamente. No es heroína ni fraude. No es víctima ni victimaria. Es alguien que predicó libertad mientras vivía encadenada, que escribió el manual de liberación femenina mientras reproducía patrones de opresión, que cambió el mundo sin poder cambiarse completamente a sí misma.
Este perfil no resuelve a Beauvoir. No la condena ni la absuelve. La presenta en toda su complejidad contradictoria y deja que el lector decida si las contradicciones la invalidan o la hacen más humana. Decidimos que la honestidad brutal valía más que la coherencia cómoda. Beauvoir, que pasó su vida documentando sus propias contradicciones con franqueza implacable, probablemente lo habría aprobado.
Lo que sigue es un retrato de alguien que vivió públicamente los dilemas que la mayoría esconde. Que escribió brillantemente sobre libertad sin lograr ser completamente libre. Que nos dejó un mapa hacia la liberación trazado desde dentro de la prisión.
Quizás ese es exactamente el tipo de mapa que necesitamos.
I. LOS JARDINES DE LAS TULLERÍAS, 1929
Era octubre de 1929, y dos jóvenes sentados en un banco de los Jardines de las Tullerías estaban a punto de rediseñar el amor. Él tenía veinticuatro años, era feo como un ídolo azteca y ya sabía que sería famoso. Ella tenía veintiuno, había terminado primera en la agrégation de filosofía (él, segundo), y acababa de rechazar una propuesta de matrimonio convencional porque le parecía «una trampa burguesa». Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir no inventaron el término «amor libre» esa tarde, pero lo refinaron hasta convertirlo en un contrato casi legal. Libertad total. Honestidad absoluta. Dos años renovables. Él la llamaría «amor necesario» y todo lo demás serían «amores contingentes». Ella aceptó.
La arrogancia de aquel momento es casi conmovedora en retrospectiva. Pensaban que podían rediseñar las relaciones humanas mediante pura voluntad intelectual, como si los celos, la dependencia y el miedo pudieran superarse con suficiente rigor filosófico. Beauvoir vestía con la sobriedad estudiada de quien rechaza la feminidad tradicional pero no puede evitar cierta elegancia—un abrigo oscuro, probablemente, ninguna joya, el pelo recogido sin artificio. Sartre fumaba en pipa, ya adoptando las poses del café que lo harían célebre. No sabían que aquel pacto los perseguiría durante cincuenta años. No sabían que ella escribiría sobre libertad mientras vivía encadenada a sus términos. No sabían nada, excepto que eran brillantes y que París les pertenecería.
El pacto funcionó, a su manera. Durante la década de 1930, Beauvoir enseñó filosofía en provincias—Marsella, Rouen, lugares que detestaba por su provincianismo—mientras Sartre hacía lo mismo. Se veían periódicamente. Se escribían todos los días. Compartían amantes, o más precisamente: Sartre seducía a mujeres jóvenes y Beauvoir las «compartía» con él, a veces literalmente. Escribían cartas obsesivas donde documentaban cada encuentro, cada pensamiento, cada traición menor. Miles de páginas que Beauvoir guardaría celosamente y que se publicarían décadas después, revelando exactamente cuánto sabía ella sobre las conquistas de Sartre y cuánto participaba activamente en ellas. La honestidad absoluta, descubrieron, no era liberadora. Era agotadora. Y a veces, era cruel.
Pero entonces llegó 1940, y con la Ocupación nazi de París, preguntas más urgentes desplazaron los experimentos amorosos.
II. PARÍS OCUPADO: LOS AÑOS GRISES
Durante cuatro años, de 1940 a 1944, Simone de Beauvoir vivió en un París ocupado y tomó decisiones que la perseguirían el resto de su vida. No se unió a la Resistencia. No huyó. Se quedó, enseñó cuando pudo, escribió, sobrevivió. Y aquí es donde la historia se vuelve incómoda para quienes prefieren sus heroínas sin manchas.
Los hechos son estos: En 1943, Beauvoir publicó artículos en Radio Vichy, la emisora controlada por el régimen colaboracionista. No eran propaganda abierta—ella era demasiado astuta para eso—pero tampoco eran resistencia. Eran textos culturales anodinos que ayudaban a normalizar un gobierno que enviaba judíos franceses a campos de exterminio. Cuando se le quitó su puesto docente a una colega judía, Beauvoir aceptó el trabajo. Necesitaba el dinero. Todos necesitaban dinero. Frecuentaba el Café de Flore donde intelectuales franceses bebían café ersatz y discutían filosofía mientras afuera París hambreaba. Es fácil llamarlo colaboración. También es fácil llamarlo supervivencia.
¿Es esto una condena absoluta? Depende de quién juzgue y desde cuándo. Otros intelectuales franceses hicieron lo mismo o peor. Albert Camus publicó en periódicos censurados. Sartre estrenó «Las moscas» ante audiencias que incluían oficiales nazis (aunque, para ser justos, la obra contenía alegorías antinazis que probablemente pasaron inadvertidas). La alternativa era el silencio total, el exilio, o la clandestinidad armada. Algunos eligieron eso último y murieron fusilados contra muros parisinos. Beauvoir eligió la supervivencia gris.
Lo que resulta revelador no es tanto lo que hizo—la Ocupación sometió a todos a cálculos morales imposibles—sino cómo lo procesó después. En sus exhaustivas memorias, escritas décadas más tarde cuando ya era célebre, Beauvoir menciona estas colaboraciones brevemente, casi de pasada, y luego sigue adelante. Sin excusas elaboradas. Sin justificaciones filosóficas extensas. Simplemente: sucedió. Como si reconociera la vergüenza pero se negara a revolcarse en ella públicamente. O como si, habiendo construido una narrativa de sí misma como resistente moral, no pudiera permitirse examinar demasiado de cerca los años en que no lo fue.
¿Era esto honestidad o evasión? Probablemente ambas. Beauvoir entendía que cualquier explicación sonaría a autoexculpación. Optó por el silencio parcial, que al menos tenía la virtud de no insultar la inteligencia del lector. Pero ese silencio también significaba que nunca enfrentó completamente la brecha entre sus principios declarados y sus elecciones reales. Una brecha que se haría aún más evidente con lo que vino después.
III. 1949: EL SEGUNDO SEXO Y SUS CONTRADICCIONES
En febrero de 1949, Simone de Beauvoir publicó «Le Deuxième Sexe» (El Segundo Sexo) y detonó una bomba intelectual cuya onda expansiva aún se siente. «On ne naît pas femme: on le devient»—no se nace mujer, se llega a serlo. Una frase que redefinió el feminismo, que separó el sexo biológico del género social, que convirtió la feminidad misma en una construcción cultural que podía—y debía—ser cuestionada.
El libro fue monumental: dos volúmenes, casi mil páginas que diseccionaban la condición femenina desde todos los ángulos imaginables. Beauvoir analizó biología, psicoanálisis, historia, literatura. Examinó cómo las mujeres eran «el segundo sexo», definidas siempre en relación al hombre como norma. Documentó cómo la maternidad, el matrimonio, la vida doméstica funcionaban como sistemas de control. Escribió sobre la menstruación, el embarazo, el aborto con una franqueza que era escandalosa en 1949. Describió el cuerpo femenino no como misterio sagrado sino como materia de análisis objetivo. Nadie había hablado así antes. Nadie había tratado la experiencia femenina como materia de análisis filosófico serio.
El escándalo fue inmediato y visceral. François Mauriac, el novelista católico, escribió a un colega: «Ahora sé todo sobre la vagina de su autora». Albert Camus, antiguo amigo, dejó de hablarle—no por desacuerdo filosófico sino por repulsión personal. El Vaticano lo puso en el Índice de Libros Prohibidos. Los comunistas franceses la acusaron de «burguesa individualista» que distraía a las mujeres de la lucha de clases. Los conservadores la llamaron obscena, antinatural, peligrosa para la estabilidad social. Beauvoir recibió cartas amenazantes, algunas explícitamente violentas. Otras cartas, de mujeres que nunca habían articulado su malestar, decían simplemente: «Gracias. Pensé que estaba loca. Ahora sé que el problema es el mundo.»
Las feministas norteamericanas, una década después, adoptaron el libro como biblia del movimiento de liberación femenina. Betty Friedan citó a Beauvoir como inspiración para «La mística de la feminidad». Kate Millett, Shulamith Firestone, toda una generación de teóricas feministas construyó sobre los cimientos que Beauvoir había puesto. Se volvió célebre y odiada, a menudo por las mismas razones. Había escrito el manifiesto de liberación femenina del siglo XX.
Y aquí está la contradicción que convierte su vida en algo más que una simple historia de éxito intelectual: mientras escribía sobre la necesidad de que las mujeres se liberaran de la dependencia emocional hacia los hombres, Beauvoir vivía absolutamente subordinada a Jean-Paul Sartre.
Los hechos son brutales en su claridad. En 1947, dos años antes de publicar «El Segundo Sexo», conoció a Nelson Algren, un novelista estadounidense en Chicago. Algren era todo lo que Sartre no era: alto, guapo a su manera ruda, emocionalmente directo. La amaba sin condiciones, sin pactos filosóficos, sin «amores contingentes». Le ofreció matrimonio, una casa en el lado norte de Chicago, una vida. Beauvoir vaciló. Durante tres años llevó una doble vida entre París y Chicago, entre Sartre y Algren. Finalmente eligió a Sartre. ¿Por qué? Según sus propias palabras, porque Sartre era «más intelectual», porque compartían un proyecto filosófico, porque… porque el pacto de 1929 aún la tenía atrapada. Porque la libertad que predicaba requería abandonar la seguridad de lo conocido, y eso resultó ser más difícil que escribir sobre ello.
Algren nunca la perdonó. Cuando Beauvoir publicó «Los mandarines» en 1954, una novela que incluía su romance apenas disfrazado, él sintió que había convertido su intimidad en material literario sin su permiso. Tenía razón. La honestidad absoluta del pacto con Sartre significaba que nada—ni el amor más vulnerable—estaba fuera de límites para el análisis y la publicación. Beauvoir había convertido su vida en texto. El problema es que también convirtió las vidas de otros en texto sin su consentimiento.
Luego están las alumnas. Durante años, Beauvoir y Sartre desarrollaron un patrón que hoy sería no solo escandaloso sino criminal: ella seducía a estudiantes jóvenes, luego las «presentaba» a Sartre, quien también se acostaba con ellas. Olga Kosakiewicz, Nathalie Sorokine, Bianca Lamblin. Los nombres están documentados porque ellas mismas los hicieron públicos años después, algunas con ira, otras con ambivalencia. Algunas tenían diecisiete años. En 1943, Beauvoir fue oficialmente reprimida por «comportamiento que llevaba a la corrupción de una menor» y perdió su licencia docente permanente—un hecho que menciona brevemente en sus memorias como un problema burocrático menor, sin examinar las implicaciones éticas.
¿Cómo reconciliar esto con la autora de «El Segundo Sexo»? ¿Cómo puede alguien escribir sobre la explotación de las mujeres mientras explota a mujeres más jóvenes y vulnerables? Las defensoras de Beauvoir argumentan contexto: las relaciones entre profesoras y alumnas eran diferentes entonces, la edad de consentimiento era más baja, las estructuras de poder menos examinadas, la sexualidad femenina menos regulada. Los críticos responden: precisamente. Beauvoir entendía el poder. Lo teorizó brillantemente en «El Segundo Sexo». Explicó exactamente cómo el poder masculino se ejercía sobre cuerpos femeninos jóvenes. Y lo usó sin escrúpulos cuando ella ocupaba la posición de poder.
La verdad probablemente está en la tensión entre ambas perspectivas. Beauvoir no era una hipócrita simple que decía una cosa y hacía otra. Era algo más complejo y más común: alguien que entendía intelectualmente los sistemas de opresión pero que, en el momento de sus propias elecciones, reproducía esos mismos sistemas. Como la mayoría de nosotros, en realidad. La diferencia es que ella escribió el manual sobre cómo no hacerlo y luego lo violó sistemáticamente.
Nunca tuvo hijos. En sus memorias, lo presentó como una elección filosófica consciente: la maternidad era una trampa patriarcal que convertía a las mujeres en esclavas de la biología. Pero en conversaciones privadas, documentadas por amigas cercanas, admitió que Sartre no quería hijos y que ella subordinó su deseo—si lo tenía—al de él. ¿Elección libre o renuncia disfrazada de libertad? Imposible saberlo con certeza. Quizás ni ella misma lo supo. Quizás esa incertidumbre era precisamente el problema: había construido toda una filosofía de libertad sobre decisiones que tal vez nunca fueron completamente suyas.
IV. EL FINAL DEL PACTO
Jean-Paul Sartre murió el 15 de abril de 1980. Cincuenta mil personas asistieron a su funeral—multitudes que cerraron bulevares enteros de París, como si un jefe de estado hubiera muerto. Simone de Beauvoir caminó detrás del ataúd, visible, quebrada, llorando sin control. Las fotografías del evento la muestran devastada de una manera que contradice cinco décadas de proclamada independencia emocional. Su cara, normalmente compuesta, estaba deshecha. Había pasado la última semana en el hospital, negándose a dejarlo morir solo, sosteniéndole la mano mientras él se apagaba. Le había prometido que nunca lo abandonaría. Cumplió. El pacto de «amor necesario» resultó ser, al final, simplemente amor—dependiente, desesperado, todo lo que habían jurado trascender.
Después escribió «La ceremonia del adiós», un libro brutalmente honesto sobre los últimos diez años de Sartre: su declive físico acelerado, su ceguera progresiva, su incontinencia, su dependencia casi infantil de ella. Describió escenas que muchos consideraron íntimas hasta el punto de la violación: Sartre babeando, confundido, senil. Algunos lectores lo encontraron conmovedor en su honestidad cruda. Otros lo juzgaron como una violación final de la intimidad de un hombre que ya no podía defenderse. Beauvoir no parecía importarle la crítica. La honestidad absoluta del pacto de 1929 se extendía incluso a la muerte. O quizás—y esto es menos caritativo pero posiblemente más cierto—necesitaba controlar la narrativa de Sartre incluso después de su muerte, asegurarse de que la historia recordara que ella lo había cuidado, que había sido necesaria hasta el final.
Después del funeral, adoptó formalmente a Sylvie Le Bon, una mujer cuarenta años menor, filósofa también, quien se convertiría en su heredera intelectual y compañera de sus últimos años. Le dio su apellido: Sylvie Le Bon de Beauvoir. Le dejó todo: los derechos de autor, los manuscritos inéditos, la autoridad sobre su legado literario. Algunos vieron en esto una relación finalmente libre, sin la sombra competitiva de Sartre. Otros vieron simplemente otro patrón: una mujer más joven, brillante, admiradora, en posición subordinada. El patrón de toda su vida, repetido una vez más.
En esos últimos seis años, Beauvoir se volvió más política de lo que nunca había sido. Participó en marchas feministas, algo que antes había evitado por considerarlo demasiado activista, demasiado poco intelectual. Firmó manifiestos. En 1971 había firmado el «Manifiesto de las 343», donde 343 mujeres francesas admitían públicamente haber abortado—un acto entonces criminal. Beauvoir encabezó la lista con su nombre. A los sesenta y tres años, arriesgó procesamiento para defender el derecho al aborto. Era una causa que la tocaba personalmente: ella misma había abortado en los años treinta, un hecho que mencionó brevemente en sus memorias. Había cosas por las que aún estaba dispuesta a luchar. Quizás sin Sartre, finalmente podía.
Porque para entonces, en los años ochenta, el feminismo había evolucionado más allá de Beauvoir. Las nuevas generaciones agradecían «El Segundo Sexo» pero criticaban sus puntos ciegos con la ferocidad que solo se reserva para las madres intelectuales. Su desprecio hacia las amas de casa—las había llamado «parásitas»—alienó a millones de mujeres que no podían o no querían trabajar fuera del hogar. Su falta de atención a la raza y la clase significaba que hablaba principalmente de mujeres blancas, burguesas, educadas como ella. Su romanticización de la trascendencia masculina, de la capacidad de los hombres para crear y actuar en el mundo mientras las mujeres permanecían inmanentes, reproducía exactamente la jerarquía de género que supuestamente desmantelaba.
Las feministas negras como bell hooks señalaron que Beauvoir escribía como si «mujer» fuera una categoría universal, ignorando que las mujeres negras, las mujeres pobres, las mujeres colonizadas enfrentaban sistemas de opresión múltiples y entrelazados que Beauvoir ni siquiera consideraba. Las feministas materialistas criticaron su individualismo, su fe casi liberal en que las mujeres podían liberarse individualmente mediante elecciones personales, sin transformación estructural de la economía capitalista. Las feministas radicales la acusaron de identificarse demasiado con valores masculinos, de sugerir que las mujeres solo podían ser libres si se volvían como hombres—racionales, desapegadas, orientadas a la acción pública en lugar de la vida privada.
Todas tenían puntos válidos. Y Beauvoir, para su crédito, escuchó algunas de estas críticas. En entrevistas tardías admitió: «Debí haber sido más materialista. Subestimé la importancia de las estructuras económicas.» Reconoció que había sido ingenua al pensar que la igualdad legal sería suficiente. Pero nunca renunció a su tesis central: que la feminidad era una construcción, no un destino biológico inevitable. Que el cuerpo femenino no determinaba el destino de las mujeres. Que otra forma de vivir era posible, aunque ella misma nunca hubiera logrado vivirla completamente.
Beauvoir se había convertido en lo que toda pensadora fundamental eventualmente se convierte: en un texto a debatir, más que en una autoridad a seguir. En un punto de partida, no en una conclusión. Un edificio con grietas visibles pero todavía en pie.
Murió el 14 de abril de 1986, seis años después de Sartre, casi exactamente el mismo día—un hecho que no fue coincidencia sino probablemente intencional. Está enterrada con él en el cementerio de Montparnasse. Los turistas visitan la tumba y dejan mensajes: «Merci, Simone». «Gracias por enseñarnos a ser libres». Incluso en la muerte, juntos. El pacto cumplido hasta el final. O la imposibilidad de romperlo, incluso cuando uno de los firmantes ya no existe.
V. EL VEREDICTO IMPOSIBLE
¿Qué dejó Simone de Beauvoir? Un feminismo imperfecto pero fundacional. Un ejemplo de coraje intelectual mezclado con cobardía moral. Una obra que cambió cómo millones de mujeres se entendían a sí mismas, escrita por alguien que nunca se entendió completamente a sí misma. Contradicciones sobre contradicciones, anidadas como muñecas rusas.
Sus críticos dirán que era un fraude: predicaba libertad mientras vivía esclavizada emocionalmente, escribía sobre autonomía femenina mientras servía de proxeneta a Sartre, teorizaba sobre liberación mientras elegía la comodidad burguesa del París intelectual sobre el amor genuino que Algren ofrecía en Chicago. Que publicó las cartas privadas de Sartre después de su muerte, violando exactamente la intimidad que él había protegido en vida. Que explotó a mujeres jóvenes mientras escribía sobre liberarlas. Y todos estos puntos son verificables. Son ciertos. Están documentados.
Sus defensoras dirán que era una mujer de su tiempo intentando lo imposible: trascender condicionamientos milenarios mediante pura fuerza de voluntad intelectual. Que vivió públicamente contradicciones que otras ocultan. Que su valor estuvo en la lucha misma, no en la victoria. Que «El Segundo Sexo» liberó a millones de mujeres incluso si no pudo liberarla completamente a ella. Que es fácil juzgar desde el futuro que ella ayudó a crear. Y estos puntos también son ciertos. También están documentados.
La tentación es elegir un bando, declarar a Beauvoir heroína o hipócrita y terminar ahí. Pero esa es la elección de quien prefiere la claridad falsa a la verdad incómoda. Beauvoir fue ambas cosas, simultáneamente, sin que una cancele a la otra. Fue la mujer que escribió «no se nace mujer» y la mujer que pasó cincuenta años siendo exactamente la mujer que el pacto con Sartre la hizo ser.
Quizás el regalo real de su vida—más allá de sus libros, más allá de sus ideas—es precisamente esa imposibilidad de resolverla. Nos obliga a enfrentar una pregunta que la mayoría prefiere evitar: ¿Puede alguien enseñar libertad sin haberla alcanzado completamente? ¿O es precisamente la lucha visible, con todos sus fracasos documentados, la lección más honesta que se puede ofrecer? ¿Es Beauvoir menos valiosa porque no vivió perfectamente sus ideales, o más valiosa porque nos mostró exactamente qué tan difícil es vivir de esa manera?
Volvamos a 1929, a esos dos jóvenes en los Jardines de las Tullerías. Están firmando su pacto, convencidos de que han descubierto cómo vivir. En cincuenta años, ella escribirá miles de páginas intentando explicarse a sí misma y al mundo. Él morirá primero, ciego y confundido. Ella lo llorará públicamente, traicionando su propio ideal de autonomía emocional. Y millones de mujeres leerán sus palabras y encontrarán en ellas el coraje para rechazar los pactos que las aprisionan—incluso si ella nunca pudo.
¿Funcionó el pacto? Sí y no. Duró cincuenta años, que es más de lo que duran la mayoría de los matrimonios convencionales que ellos despreciaban. La destruyó lentamente, o quizás la hizo quien era. Produjo una obra monumental que cambió el mundo. Le costó todo lo que nunca admitió que quería. La pregunta misma está mal formulada, porque asume que la vida de Beauvoir tuvo una respuesta simple, un veredicto claro.
No la tuvo. Probablemente ninguna vida lo tiene, pero la de Beauvoir menos que la mayoría. Vivió en la contradicción y murió en la contradicción. Escribió el mapa de la libertad desde dentro de la prisión. Y tal vez—solo tal vez—ese es exactamente el tipo de guía que necesitamos: uno escrito por alguien que conocía el camino teóricamente pero que tropezó en cada paso práctico del viaje.
La última ironía es que Beauvoir probablemente habría aprobado esta evaluación ambigua. Ella, que escribió tanto sobre la ambigüedad de la condición humana, que argumentó que vivimos en tensión constante entre libertad y facticidad, entre elección y limitación. Quizás el punto nunca fue resolver la contradicción. Quizás el punto era vivirla consciente y honestamente.
Y eso, al menos, lo hizo.
Escribir sobre Simone de Beauvoir es como intentar atrapar humo. Cada vez que crees tenerla definida, se escapa hacia otra contradicción. Era la filósofa de la libertad que no pudo liberarse de Sartre. La feminista que explotó a mujeres jóvenes. La intelectual rigurosa que se engañaba a sí misma sobre sus propias motivaciones. La escritora de memorias brutalmente honestas que omitía verdades cruciales.
Los tres llegamos a este proyecto con prejuicios diferentes. Uno quería entenderla. Otro quería desenmascarla. El tercero quería contextualizarla. Terminamos haciendo las tres cosas porque Beauvoir requiere las tres. Requiere empatía intelectual para entender la magnitud de lo que intentó. Requiere honestidad brutal para reconocer qué tan lejos quedó del ideal. Requiere sensibilidad histórica para apreciar que intentarlo en 1949 era revolucionario, incluso si el intento fue imperfecto.
¿Importa que Beauvoir no viviera perfectamente sus ideales? Depende de qué buscas en un pensador. Si buscas un santo, encontrarás un fraude. Si buscas un fraude, encontrarás un santo imperfecto. Si buscas un ser humano complejo intentando lo imposible y documentando honestamente sus fracasos, encontrarás exactamente eso.
«El Segundo Sexo» sigue siendo fundacional setenta y cinco años después de su publicación. Millones de mujeres se vieron reflejadas en sus páginas y encontraron lenguaje para articular opresiones que antes no tenían nombre. Que Beauvoir misma no escapara completamente de esas opresiones no invalida su análisis. Quizás lo hace más verdadero. Quizás nos muestra exactamente qué tan profundas corren las cadenas, que incluso quien escribió el manual para romperlas no pudo liberarse completamente.
Hay algo casi conmovedor en su fracaso. Beauvoir intentó rediseñar el amor, la libertad, la feminidad misma mediante pura voluntad intelectual. Fracasó. Pero sus fracasos están tan bien documentados, tan honestamente examinados en miles de páginas de memorias, que se convierten en una forma de éxito. Nos mostró el precio real de intentar vivir libre en un mundo diseñado para encadenarte.
La enterraron con Sartre en Montparnasse. El pacto cumplido hasta el final. Algunos ven en esto la prueba final de su dependencia. Otros ven el cumplimiento de un compromiso de cincuenta años. Probablemente es ambas cosas. Probablemente siempre fue ambas cosas.
Beauvoir nos deja con preguntas sin respuesta: ¿Puede alguien enseñar lo que no ha logrado? ¿Vale más el mapa imperfecto que ningún mapa? ¿Es la lucha consciente su propia forma de victoria, incluso cuando no ganas?
Pasamos semanas con estas preguntas. No encontramos respuestas definitivas. Tampoco las buscábamos realmente. Beauvoir, que escribió tanto sobre la ambigüedad de la existencia humana, que argumentó que vivimos en tensión permanente entre libertad y limitación, nos habría entendido.
Quizás el punto nunca fue resolver la contradicción. Quizás el punto era nombrarla, vivirla conscientemente, documentarla honestamente, y dejar que otros decidan qué hacer con esa información.
Eso hizo Beauvoir. Eso hicimos nosotros. El resto es cosa tuya.