Entre la teoría de la libertad y las cadenas emocionales
Simone de Beauvoir
Entrevistar a Simone de Beauvoir es enfrentarse no solo a una de las mentes más brillantes del siglo XX, sino también al incómodo espejo de nuestras propias contradicciones. Su figura se alza entre las ruinas del existencialismo parisino y las certezas rotas del feminismo contemporáneo, recordándonos que el pensamiento nunca ha sido solo una actividad abstracta, sino una forma de vivir, o de fracasar al intentarlo. Escribió sobre la libertad mientras permanecía atada. Denunció la opresión mientras reproducía dinámicas de poder. Predicó la autonomía femenina mientras necesitaba desesperadamente la aprobación de un hombre. Esa es su paradoja fundamental, la que la convierte en algo más valioso que un ícono: en un ser humano real, con todas sus fisuras.
Sus palabras, recogidas aquí, revelan a una mujer que vivió sin red de seguridad emocional: dedicada a pensar lo impensable, a desafiar lo establecido, a construir una filosofía sobre arena movediza. No fue heroína por elección, sino por terquedad intelectual. Y en ese tránsito entre la teoría luminosa y la práctica oscura, su voz adquiere un peso inesperado: la advertencia de que la liberación no es un destino alcanzable, sino un proceso perpetuo lleno de errores, retrocesos y zonas grises. Esta entrevista es un intento de escuchar más allá del mito, de preguntarle lo que sus contemporáneos no se atrevieron, de enfrentarla consigo misma con la honestidad radical que ella misma exigía a los demás. Lo que encontramos no es la filósofa perfecta, sino algo mucho más importante: la pensadora imperfecta cuyas preguntas siguen vivas porque nunca pretendió tener todas las respuestas.
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“Pasé mi vida construyendo argumentos brillantes para justificar decisiones cobardes”
Esta entrevista es el resultado del trabajo conjunto de cinco de los más grandes entrevistadores del siglo XX: Françoise Giroud, James Baldwin, Bernard Pivot, Oriana Fallaci y Studs Terkel. Durante semanas debatieron, discutieron y consensuaron cada pregunta, cada enfoque, cada matiz. Nosotros somos simplemente el médium, la voz que ejecuta su diseño colectivo.
Simone de Beauvoir nos recibe en su apartamento de Rue Schoelcher, París. Tiene 75 años en esta conversación atemporal. Lleva su característico turbante, fuma constantemente, y nos observa con esa mezcla de curiosidad intelectual y cautela que caracterizó toda su vida. La luz de la tarde entra por las ventanas que dan al cementerio de Montparnasse. Hay libros por todas partes. Olor a tabaco y café.
No queremos hacer hagiografía ni demolición. Queremos comprender a Beauvoir en toda su complejidad: sus brillos y sus sombras, su grandeza y sus límites. Queremos verdad humana.
Esto es lo que encontramos.
I. Construirse mujer
Infancia, Sartre y las decisiones fundacionales
El pacto
imposible
Beauvoir se acomoda en su sillón, enciende un Gitanes, y nos mira con curiosidad. El tono es cálido, aún no hay tensión. Hablamos de Zaza, la amiga muerta. Del encuentro con Sartre. Del «pacto» que fue liberación y prisión. De la maternidad rechazada. Del privilegio de clase que hizo posible su libertad.
Es primera hora de la mañana, alrededor de las diez. La luz entra suave y dorada por las ventanas que dan al cementerio de Montparnasse, creando franjas luminosas sobre las estanterías repletas de libros. Beauvoir está sentada en su sillón de terciopelo verde gastado, junto a la ventana. Lleva un turbante azul marino, un jersey de cuello alto negro, y sostiene un cigarrillo entre los dedos de su mano derecha. Sobre la mesita auxiliar: un cenicero de cristal lleno, una taza de café a medio terminar, ejemplares de Les Temps Modernes apilados. Detrás de ella, la biblioteca personal: lomos en francés, alemán, inglés. El apartamento huele a tabaco francés, café recién hecho y papel viejo. Hay un silencio denso, casi reverencial, roto solo por el sonido distante del tráfico parisino. Beauvoir nos observa con ojos penetrantes, evaluándonos. Aún no ha decidido si confiar.
Simone, volvamos al principio. Naciste en una familia burguesa católica donde todo estaba decidido para ti: un buen matrimonio, hijos, una vida decorosa. ¿En qué momento exacto decidiste que no serías esa mujer?
No hubo un momento exacto, como un rayo que cae. Fue más bien una acumulación. Recuerdo que a los catorce años decidí que sería famosa. No sabía en qué, pero famosa. Mi padre decía que yo tenía «cerebro de hombre», lo que entonces era un cumplido. Esa frase me dio permiso para pensar.
Pero el verdadero punto de quiebre fue cuando mi familia perdió dinero. De repente, el matrimonio burgués no era una opción cómoda sino una necesidad económica. Mis padres esperaban que me casara para salvarnos. Y yo pensé: si tengo que trabajar de todas formas, que sea en mis propios términos. Estudiaría, sería profesora, ganaría mi propio dinero. La pobreza relativa fue mi liberación.
Aunque nunca fui realmente pobre, lo sé. Siempre hubo una red familiar, un colchón. Esa es una diferencia importante que no siempre reconocí en mis escritos.
Tu mejor amiga de la infancia, Zaza Lacoin, murió joven, aplastada por la moral burguesa que tú lograste escapar. En tus memorias escribiste que su muerte te marcó para siempre. ¿Cómo?
[Silencio largo. Beauvoir apaga el cigarrillo con más fuerza de la necesaria.]
Zaza era más brillante que yo. Más pura. Cuando murió… tenía veintiún años. Su familia no le permitió casarse con el hombre que amaba porque no era lo suficientemente burgués. La enfermó la obediencia, literalmente. Encefalitis, dijeron los médicos. Yo sé que fue la moral católica.
Durante mucho tiempo sentí que yo había sobrevivido y ella no por pura casualidad. O peor: que mi libertad estaba construida sobre su muerte. Escribí El segundo sexo también por ella, por todas las Zazas del mundo que no tuvieron la suerte o la terquedad de escapar.
[Pausa. Voz más baja.]
Hay días en que todavía sueño con ella.
En 1929, a los veintiún años, conociste a Jean-Paul Sartre. Quedaste segunda y él primero en el examen de agregación de filosofía. ¿Te dolió ser segunda?
[Ríe.]
Me habría dolido más haber sido primera por lástima. Sartre era brillante, objetivamente. Que yo quedara segunda con veintiún años, siendo mujer, en filosofía… ya era extraordinario. Las mujeres ni siquiera habían podido presentarse al examen hasta hacía poco.
Pero sí, claro que dolió un poco. Yo era competitiva, lo sigo siendo. Sartre decía que yo tenía la mente más rigurosa que había conocido. Eso compensaba haber quedado segunda en un examen.
El encuentro con Sartre cambió tu vida. Fue amor, fue alianza intelectual, fue compañerismo… pero ¿qué fue primero? ¿Te enamoraste de su mente o de su persona?
De las dos cosas simultáneamente, pero si soy honesta, de su mente primero. Sartre me hablaba como nadie me había hablado nunca: como a un igual. No me explicaba cosas con condescendencia, discutía conmigo. Me contradecía. Me exigía.
Pasábamos doce, catorce horas al día conversando. De filosofía, de literatura, de política, de todo. Eso era embriagador. Y sí, también había atracción física, por supuesto. Sartre no era guapo en el sentido convencional, pero tenía un magnetismo intelectual que era profundamente erótico.
Lo que me enamoró fue sentir que finalmente había encontrado a alguien con quien podía ser completamente yo misma. Sin tener que esconder mi inteligencia, sin tener que hacerme pequeña.
Hablemos del «pacto». Decidisteis no casaros, no tener hijos, y permitiros libertad sexual mutua. Fue revolucionario para 1929. Pero ahora, con distancia, ¿fue realmente libre ese acuerdo o fue miedo al abandono?
[Se toma su tiempo antes de responder. Enciende otro cigarrillo.]
Ambas cosas. Era libre en el sentido de que lo elegí conscientemente. Nadie me obligó. Sartre fue muy claro: él no creía en la monogamia, no quería matrimonio, no quería hijos. Yo podía aceptarlo o rechazarlo.
Pero ¿por qué lo acepté? Ahí está la pregunta más difícil. En parte porque filosóficamente estaba de acuerdo. La monogamia me parecía una construcción burguesa. La libertad sexual me parecía coherente con el existencialismo.
Pero en parte, sí, por miedo. Miedo a perderlo. Miedo a que si decía «no, yo quiero exclusividad», él eligiera a otra. Así que construí toda una filosofía alrededor de una decisión que también era emocional.
¿Fue libre? Sí. ¿Fue completamente libre? Nada lo es. Elegimos siempre dentro de limitaciones. Mi limitación era: Sartre o nada. Elegí Sartre con sus condiciones.
Durante más de cincuenta años vivisteis en hoteles separados, os veíais en cafés, nunca compartisteis un hogar. ¿Alguna vez, en todos esos años, quisiste despertar junto a él todas las mañanas?
[Sonríe con algo parecido a la melancolía.]
Yo sí. No sé si él.
Hubo momentos, sobre todo al principio, en que fantaseaba con la domesticidad. Con cocinar juntos, con leer en silencio compartido en un sillón, con todas esas banalidades que despreciaba en teoría pero que en secreto me atraían.
Pero Sartre necesitaba espacio, aire, autonomía absoluta. Y yo me adapté. Aprendí a vivir en hoteles, a trabajar en cafés, a hacer de la separación física una filosofía de vida.
Ahora me pregunto: ¿me adapté o me resigné? La línea es difusa.
Los cafés parisinos se convirtieron en vuestra oficina, vuestro salón, vuestro escenario. El Café de Flore, Deux Magots, La Coupole… ¿Era trabajo genuino o era también performance? ¿Necesitabais la mirada de los demás?
[Ríe abiertamente.]
Un poco de ambas cosas, por supuesto. Trabajábamos genuinamente, eso es cierto. Yo escribí partes enteras de El segundo sexo en el Flore. Pero también éramos conscientes de que nos miraban, de que estábamos construyendo una imagen: los intelectuales existencialistas en su hábitat natural.
Había algo de vanidad en ello, no voy a negarlo. Nos gustaba ser reconocidos, admirados, temidos incluso. Éramos jóvenes, brillantes, rebeldes. París era nuestro escenario.
Pero también era práctico. Los hoteles eran pequeños, fríos. Los cafés eran cálidos, tenían luz, café infinito. Y la energía de París, del bullicio, nos estimulaba. El silencio absoluto me deprimía.
El pacto incluía libertad sexual mutua. Sartre tuvo muchas amantes. Tú también. Pero hay algo específico que queremos preguntarte: varias de esas relaciones fueron con tus propias alumnas, menores de edad, a quienes además presentabas a Sartre. ¿Cómo entiendes ahora esas relaciones?
[El ambiente cambia. Beauvoir se pone tensa. Apaga el cigarrillo con fuerza.]
Eran otros tiempos. Las relaciones entre profesores y alumnos no se veían como ahora. Nadie hablaba de «abuso de poder» en ese sentido.
Pero sí, entiendo que había una asimetría. Yo era la profesora, ellas las estudiantes. Yo tenía experiencia, ellas no. Yo tenía poder sobre sus calificaciones, sobre sus futuros académicos.
¿Era amor? En algunos casos, sí, genuinamente creí que amaba a esas mujeres. ¿Era también algo más problemático? Probablemente.
Lo de presentarlas a Sartre… ahí es donde me siento más incómoda retrospectivamente. ¿Por qué lo hice? ¿Para compartir mi vida con él? ¿Para consolidar nuestro pacto? ¿Para tener cierto control sobre sus infidelidades eligiendo yo a las mujeres?
No tengo una respuesta que me satisfaga completamente.
Fuiste más lejos que rechazar el matrimonio: rechazaste la maternidad de forma absoluta. En una época donde ser mujer significaba ser madre, tú dijiste no. ¿Fue liberación o fue pérdida?
Liberación. Sin ambigüedades.
Nunca sentí el menor deseo de tener hijos. Me parecía aterrador, alienante. Ver el cuerpo deformarse, la mente reducirse al cuidado de un ser dependiente, la identidad diluirse en «la madre de…». No. Mil veces no.
Y tenía razón. Miren a las mujeres de mi generación que tuvieron hijos. Muchas brillantes, educadas. Después de los niños, desaparecieron. Sus ambiciones, su trabajo, su ser… todo sacrificado.
La maternidad es una trampa patriarcal. Puede ser una trampa elegida, puede ser una trampa amada, pero es una trampa.
¿Alguna vez dudé? No. Ni un segundo. Ni siquiera cuando envejecí y vi a otras mujeres rodeadas de nietos. No sentí envidia. Sentí alivio de haber escapado.
Pero siempre tuviste dinero familiar de respaldo, ¿verdad? Cuando hablabas de libertad femenina, de autonomía económica, tú tenías una red de seguridad que la mayoría de mujeres no tenía. ¿Cómo crees que eso afectó tu capacidad de ser libre?
[Silencio incómodo. Es la primera pregunta que claramente le molesta.]
Es cierto. Siempre hubo algo. No era rica, pero nunca estuve verdaderamente desesperada. Cuando empecé a trabajar como profesora, ganaba poco, pero mi familia podía ayudarme si era necesario.
Esa seguridad me permitió rechazar matrimonios convenientes, me permitió tomar riesgos. Una mujer sin esa red no puede darse esos lujos.
¿Debería haberlo reconocido más explícitamente en mis escritos? Probablemente. Hablé de «la mujer» como categoría universal, pero mi experiencia era la de una mujer burguesa educada. Esa es una limitación real de El segundo sexo.
No invalida las ideas, pero las sitúa. Mi libertad fue posible también por mi clase. Eso es innegable.
“Elegí a Sartre sobre mí misma mil veces. Eso me liberó de algunas cosas y me encadenó a otras. La libertad siempre tiene ese precio: sabes lo que ganas, nunca sabes completamente lo que pierdes.”
- Simone de Beauvoir
II. Pensar la libertad
La obra, el pensamiento y las grandes ausencias
Las mujeres
invisibles
El tono cambia. Beauvoir se pone más intelectual. Entramos en terreno minado. El segundo sexo y sus grandes ausencias: las obreras, las campesinas, las mujeres no blancas. Las mujeres argelinas violadas mientras ella escribía sobre liberación. La pregunta incómoda: ¿puede haber feminismo sin anticolonialismo?
Mediodía. Nos hemos trasladado al escritorio de Beauvoir, situado en la esquina opuesta del salón, cerca de otra ventana más pequeña. Ella está sentada en su silla de trabajo, de espaldas a la ventana, con la luz del mediodía creando un contraluz que difumina ligeramente su silueta. Sobre el escritorio: su vieja máquina de escribir Hermès, pilas de manuscritos con anotaciones a mano, un ejemplar desgastado de El segundo sexo en francés con las páginas marcadas, diccionarios filosóficos abiertos, bolígrafos y lápices en un vaso de vidrio. Lleva ahora gafas de lectura que se quita y pone constantemente mientras habla. Ha cambiado el turbante por uno color burdeos. La postura es más formal, más profesoral. De vez en cuando toca la máquina de escribir con afecto casi inconsciente, como quien acaricia a un animal familiar. El sol del mediodía hace brillar las motas de polvo en el aire. Hay una intensidad intelectual en su mirada que no estaba antes. Esta es Beauvoir la pensadora, no solo la mujer.
El segundo sexo se publicó en 1949 y cambió la historia del feminismo. Pero hay una anécdota reveladora: Sartre te sugirió el tema. Has dicho: «Me convenció de que el tema tenía interés». ¿Necesitabas realmente que un hombre te convenciera de que la condición de las mujeres era importante?
[Se remueve incómoda en el sillón.]
Esa frase me ha perseguido. Suena terrible, lo sé. Pero hay que entender el contexto.
Yo no me pensaba a mí misma como mujer oprimida. Me había construido como «una igual» entre los hombres. Pensaba que el problema era la estupidez burguesa, no el género. Cuando Sartre me dijo «deberías escribir sobre qué significa para ti ser mujer», fue como un despertar.
Empecé a investigar y me di cuenta: yo había tenido suerte, privilegios, talento. Pero la mayoría de las mujeres estaban atrapadas. Y estaban atrapadas por ser mujeres, no solo por ser burguesas o proletarias.
¿Necesité que Sartre me lo dijera? Aparentemente sí. Eso dice algo sobre mi propia ceguera. Estaba tan orgullosa de ser «la excepción» que no veía el sistema que oprimía a las demás.
La frase más famosa del libro es: «No se nace mujer: se llega a serlo». ¿Qué quisiste decir exactamente?
Que la feminidad no es biología, es construcción social. Nadie nace con tacones y deseo de complacer a los hombres. Nos enseñan a ser mujeres. Nos moldean, nos limitan, nos encierran en un rol.
El útero no determina el destino. La sociedad sí.
Eso era revolucionario en 1949. Ahora parece obvio, pero entonces la gente creía genuinamente que las mujeres eran «naturalmente» sumisas, emocionales, maternales. Yo demostré que no. Que todo eso es aprendido.
Esa frase resuena fuertemente hoy en los debates sobre identidad de género. Las mujeres trans dicen: «Nosotras también llegamos a ser mujeres». ¿Tu filosofía las incluye?
[Pausa larga. Claramente no esperaba esta pregunta.]
No pensé en eso cuando escribí el libro. En mi época, esa pregunta no existía en el discurso público.
Pero filosóficamente… sí, creo que mi argumento las incluye. Si se llega a ser mujer, si la feminidad es construcción social y no destino biológico, entonces una persona que ha sido asignada hombre al nacer puede llegar a ser mujer. La lógica es consistente.
El problema es que muchas feministas de mi generación, y posteriores, han usado mi trabajo para argumentar lo contrario. Dicen: «El segundo sexo demuestra que las mujeres son oprimidas por sus cuerpos femeninos, por tanto solo las que tienen útero son mujeres».
Esa lectura me parece limitada. Yo no dije que la biología no importa. Dije que no determina. Hay una diferencia.
Durante décadas te resististe a ser llamada «filósofa». Decías que eras escritora, que Sartre era el filósofo. ¿Por qué esa resistencia?
Porque filosofía era cosa de hombres. Los grandes sistemas, las grandes ideas, eran masculinos. Yo me veía como alguien que aplicaba filosofía a casos concretos, a experiencias vividas. Eso me parecía menos ambicioso, más modesto.
Ahora creo que fue un error. El segundo sexo es filosofía, filosofía original y rigurosa. Pero yo misma me minimicé. Interioricé la idea de que las mujeres no pueden hacer filosofía «de verdad».
Sartre nunca me dijo eso. Fui yo misma quien me puse en segundo lugar.
Hablemos de literatura. Los mandarines ganó el Premio Goncourt en 1954. Sartre nunca ganó un premio literario comparable. Como novelista, ¿quién era mejor: tú o él?
[Sonríe con orgullo apenas disimulado.]
Yo.
Sartre era mejor filósofo, mejor ensayista. Pero como novelista, yo tenía más sensibilidad, más capacidad para los personajes complejos, para las emociones ambiguas. Los mandarines es mejor novela que La náusea o Los caminos de la libertad.
Él lo sabía. Una vez me lo dijo en privado. Pero en público siempre me presentaba como «la novelista» y él como «el filósofo», como si la novela fuera género menor.
Me tomó décadas aceptar que yo era mejor que él en algo importante. Y aún más tiempo decirlo en voz alta.
Pero nunca escribiste la gran novela feminista que pudiste escribir. Los mandarines es sobre intelectuales de izquierda, no sobre mujeres oprimidas. ¿Por qué?
Porque tenía miedo de ser reducida a «escritora de mujeres para mujeres». Quería ser tomada en serio en el mundo masculino de las letras. Escribir explícitamente sobre feminismo me parecía un gueto.
Fue cobardía, ahora lo veo. Pude haber escrito una gran novela feminista y además Los mandarines. No tenía que elegir.
Pasemos a lo más difícil. El segundo sexo analiza exhaustivamente la condición de «la mujer». Pero hay mujeres que casi no aparecen: las obreras de fábrica, las campesinas, las empleadas domésticas. Y sobre todo, las mujeres no blancas. ¿Por qué esas ausencias?
[Se pone seria. Enciende otro cigarrillo.]
Escribí desde mi experiencia y mi conocimiento. Yo era profesora, intelectual, burguesa, blanca. Conocía la literatura, la filosofía, la historia europea. No conocía íntimamente la vida de una obrera textil en Lyon o una campesina en Bretaña.
Hice el esfuerzo de investigar, de leer estudios sociológicos, de incorporar datos. Pero es cierto que mi análisis está centrado en mujeres de mi clase y mi raza.
Las mujeres negras, las mujeres colonizadas… aparecen tangencialmente, como ejemplos de «exotismo» o «primitivismo». Eso es imperdonable. Reproduje estereotipos racistas mientras denunciaba estereotipos sexistas.
Hablemos específicamente de raza y colonialismo. Cuando escribiste El segundo sexo en 1949, Francia estaba masacrando en Indochina. Pronto vendría Argelia. Analizaste la opresión de las mujeres pero ¿pensaste en las mujeres argelinas violadas por soldados franceses?
[Silencio largo. Beauvoir mira por la ventana.]
No lo suficiente. No de forma central.
Firmé manifiestos contra la guerra de Argelia. Protesté contra la tortura. Pero no hice de la opresión colonial un tema central de mi trabajo como hice con la opresión de género.
¿Por qué? Porque no me sentía oprimida como francesa. Me sentía oprimida como mujer, no como colonizadora. Pero era ambas cosas. Y solo vi una mitad.
Las feministas decoloniales tienen razón cuando me critican. No se puede hablar de liberación de las mujeres mientras tu país oprime a otras mujeres y tú no lo pones en el centro.
¿Puede haber feminismo sin anticolonialismo?
[Responde con firmeza.]
No. No puede. O es un feminismo incompleto, un feminismo de privilegio.
Pero yo no lo entendí así en mi tiempo. Pensaba que eran luchas separadas: feminismo aquí, anticolonialismo allá. Podías apoyar ambas, pero no estaban intrínsecamente conectadas.
Estaba equivocada. La opresión tiene múltiples caras y se sostiene mutuamente. Una mujer blanca francesa tiene privilegios sobre una mujer negra argelina incluso si ambas son oprimidas por el patriarcado. Esas intersecciones… no las vi claramente.
Si pudieras reescribir El segundo sexo hoy, ¿qué cambiarías?
[Sin dudar.]
Añadiría capítulos enteros sobre raza, sobre clase de forma más profunda, sobre colonialismo. Incluiría voces de mujeres no europeas, no blancas, no burguesas.
Y cambiaría el tono en algunos lugares. Hay pasajes donde hablo de «las mujeres africanas» o «las mujeres orientales» con una superioridad eurocéntrica que me avergüenza.
El esqueleto del libro sigue siendo sólido: el análisis de cómo se construye el género, cómo se oprime a las mujeres, cómo se puede liberar. Pero la carne necesita más diversidad, más complejidad, más humildad.
“Escribí un libro que liberó a millones de mujeres. Pero solo a cierto tipo de mujeres. Esa es mi gloria y mi vergüenza. Las ideas eran correctas, pero la mirada era demasiado estrecha. Si pudiera volver, miraría más lejos”
- Simone de Beauvoir
III. Las preguntas difíciles
Ocupación, poder y
las contradicciones morales
Colaboraciones
y abusos
El ambiente se tensa. Beauvoir ya no sonríe. Su trabajo para Radio Vichy. Las relaciones con alumnas menores. La petición de 1977 defendiendo la pedofilia. Su defensa de Stalin y Mao. La contradicción más profunda: predicar libertad mientras vivía encadenada a Sartre. Solo queda la honestidad brutal.
Media tarde, alrededor de las cuatro. Hemos vuelto a la zona del sillón, pero ahora las cortinas están parcialmente corridas, creando una penumbra deliberada. Beauvoir ha pedido atenuar la luz. Está sentada en el borde del sillón, más rígida que antes, con la espalda muy recta. Ya no hay café, solo un vaso de agua en la mesita. El cenicero está desbordado. Ha encendido una pequeña lámpara de pie a su lado que crea un círculo de luz cálida en contraste con las sombras del resto de la habitación. Su expresión es seria, casi severa. Las manos, que antes gesticulaban mientras hablaba, ahora están quietas sobre su regazo, excepto cuando llevan el cigarrillo a los labios. Hay una tensión corporal visible. El turbante está ligeramente torcido, como si se lo hubiera ajustado nerviosamente. Detrás de ella, las sombras de los libros en las estanterías parecen más oscuras, más amenazantes. Esta es Beauvoir acorralada, Beauvoir sin escapatoria. El aire de la habitación parece más denso, más difícil de respirar.
Hablemos de la Ocupación nazi. Entre 1943 y 1944 trabajaste para Radio Vichy, la radio del gobierno colaboracionista. ¿Cómo justificas eso?
[Voz dura, defensiva.]
¿Justificar? No lo justifico. Lo explico.
Era un trabajo de oficina, de transcripciones de programas. No era propaganda directa. Necesitaba el dinero. Necesitaba los papeles de trabajo para no ser enviada a Alemania como mano de obra forzada.
¿Fue colaboración? Técnicamente sí. ¿Fue supervivencia? También. Todos hicimos compromisos durante la Ocupación. Todos sobrevivimos en la zona gris.
Los que juzgan son los que no vivieron bajo bota nazi. Es muy fácil ser héroe en retrospectiva.
Pero escribiste después sobre moral, sobre compromiso político, sobre responsabilidad. ¿No hay hipocresía en predicar compromiso cuando tú misma colaboraste?
[Se enfada visiblemente.]
Yo no dije que fuera pura. No dije que fuera valiente. Dije que era necesario elegir, comprometerse, actuar.
Y sí, actuar implica ensuciarse las manos. Sartre y yo no fuimos resistentes. Tampoco fuimos colaboracionistas convencidos. Fuimos como millones de franceses: grises, ambiguos, supervivientes.
La hipocresía sería negar que hice esos compromisos. No los niego. Pero tampoco acepto que me reduzcan a ellos. La vida es más complicada que el maniqueísmo moral.
Pasemos a otro tema doloroso. Ya hablamos brevemente de tus relaciones con alumnas. Pero hay que ser más específicos. Nathalie Sorokine tenía diecisiete años cuando iniciaste una relación con ella siendo su profesora. La presentaste a Sartre. Luego hubo Bianca Lamblin, también menor, también estudiante, también compartida con Sartre. ¿Entiendes ahora que había abuso de poder?
[Largo silencio. Beauvoir apaga el cigarrillo. No enciende otro inmediatamente, señal de verdadera incomodidad.]
Sí.
No lo pensaba entonces. Pensaba: son relaciones entre adultos, hay consentimiento, hay afecto mutuo. Pero ellas no eran adultas. Yo tenía treinta años, ellas diecisiete o dieciocho. Yo era su profesora. Controlaba sus calificaciones, sus referencias, su acceso a la universidad.
Cuando Bianca Lamblin escribió sus memorias años después, describiendo cómo se sintió usada, manipulada… me dolió leerlo. Pero no pude refutarlo. Tenía razón en mucho de lo que decía.
¿Por qué lo hice? Porque podía. Porque nadie me lo impedía. Porque confundí libertad sexual con libertad para hacer lo que quisiera con quien quisiera.
Y lo de presentarlas a Sartre… eso es lo más turbio. ¿Qué estaba haciendo? ¿Ofreciéndolas como tributo para mantener mi lugar central en su vida? ¿Demostrando que yo también podía ser «libre» y desprendida?
No tengo una respuesta que me redima.
En 1977, tú, Sartre, Foucault, Derrida, y otros intelectuales firmasteis peticiones al gobierno francés pidiendo la despenalización de las relaciones sexuales con menores de quince años. Defendíais a adultos acusados de abuso sexual de niños. ¿En qué estabais pensando?
[Beauvoir se tapa la cara con las manos brevemente.]
Fue un error colectivo monstruoso.
Pensábamos que éramos progresistas, que estábamos liberando la sexualidad de la represión burguesa, que los niños tenían derecho a su propia sexualidad. Hay documentos donde se habla de «niños que desean a adultos» como si fuera liberación.
Era una locura. Una locura peligrosa.
¿Cómo llegamos ahí? Porque estábamos tan obsesionados con romper tabúes que no vimos que algunos tabúes existen por razones válidas. Porque confundimos revolución sexual con eliminación de todos los límites. Porque en el ambiente intelectual parisino de los setenta, cuestionar esas ideas te hacía parecer reaccionario.
No hay justificación. Fue complicidad con el abuso infantil. Y manchó todo lo que defendimos sobre liberación.
¿Firmarías hoy esas peticiones?
No. Jamás.
Hablemos de tus cegueras políticas. Defendiste a Stalin, luego a Mao. Millones murieron en gulags y en la Revolución Cultural. ¿Cómo se puede ser existencialista —libertad radical— y estalinista —control total— simultáneamente?
Nosotros no veíamos esa contradicción entonces. Pensábamos que la Unión Soviética y China estaban construyendo un mundo nuevo, un mundo sin opresión de clase. Pensábamos que los relatos de crímenes eran propaganda capitalista.
¿Éramos ingenuos? Sí. ¿Éramos ciegos voluntarios? También.
Cuando la evidencia se volvió innegable, tuvimos que admitir: el comunismo realmente existente había traicionado sus ideales. Pero para entonces, cuántos millones habían muerto.
Nunca encontré forma de reconciliar esa contradicción filosófica. Defendíamos la libertad individual absoluta y al mismo tiempo regímenes que aplastaban toda libertad. Fue incoherencia moral e intelectual.
Predicaste que las mujeres debían ser libres, autónomas, independientes. Pero viviste cincuenta años dependiendo emocionalmente de Sartre, necesitando su aprobación para todo, devastada cuando él te rechazaba. ¿No es esa la contradicción más profunda de tu vida?
[Voz muy baja. Casi un susurro.]
Sí.
Dije que no se nace mujer, que hay que liberarse. Pero yo nunca me liberé completamente de Sartre.
Cuando él me rechazaba, cuando elegía a otra mujer sobre mí, me destrozaba. Leía sus cartas con otras en mis memorias con distancia filosófica, pero en el momento me enfermaba de celos, de dolor, de miedo al abandono.
Toda mi vida intelectual fue intentar justificar filosóficamente lo que emocionalmente no podía cambiar: mi dependencia de él.
¿Eso invalida El segundo sexo? No. El libro es verdadero aunque yo no pudiera vivir completamente su verdad. Pero sí, es profundamente irónico que la filósofa de la libertad femenina viviera encadenada emocionalmente a un hombre.
Si tuvieras que elegir entre Sartre y tu propia libertad absoluta, ¿qué habrías elegido?
[Sin dudar.]
A Sartre.
Y esa es mi respuesta más honesta y más triste.
¿De qué te arrepientes más en tu vida?
[Silencio muy largo. Beauvoir mira por la ventana hacia el cementerio de Montparnasse.]
De no haber sido más valiente emocionalmente. Fui valiente intelectualmente, desafié convenciones, escribí lo que nadie se atrevía. Pero emocionalmente fui cobarde.
No me atreví a dejar a Sartre cuando debí. No me atreví a exigir lo que necesitaba. No me atreví a vivir según mis propias ideas.
Y me arrepiento de haber herido a personas más jóvenes, más vulnerables que yo. Alumnas que confiaron en mí y yo las usé. Eso no tiene perdón.
“He pasado mi vida construyendo argumentos brillantes para justificar decisiones cobardes. Esa es quizás la mayor hipocresía: no la brecha entre lo que predicas y lo que haces, sino la brecha entre lo que sabes que deberías hacer y lo que te permites hacer de todas formas”
- Simone de Beauvoir
IV. Crisis
El futuro impensado y
las preguntas últimas
Lo que
queda
El tono cambia dramáticamente. Ya no hay defensas. Hablamos del futuro: internet, #MeToo, feminismo interseccional, mujeres trans. Las once preguntas universales. Beauvoir frente a la ventana, mirando el cementerio donde descansa Sartre. Sin armadura, simplemente humana, aceptando sus contradicciones.
Atardecer, cerca de las siete. Hemos abierto las cortinas completamente. La luz dorada del crepúsculo parisino entra a raudales, tiñendo todo de naranja y rosa. Beauvoir está de pie junto a la ventana más grande, la que da al cementerio, mirando hacia fuera. Está de perfil para nosotros, su silueta recortada contra la luz exterior. Ha dejado de fumar. El turbante está intacto pero su postura es más relajada, menos defensiva. Una mano apoyada en el marco de la ventana, la otra colgando a su costado. Las sombras del cementerio se alargan. Se ven las tumbas, las lápidas, los árboles. Hay una paz extraña en la escena, una resignación que no es derrota sino aceptación. Su rostro, visto de perfil contra el atardecer, muestra todas las arrugas, toda la edad, toda la experiencia vivida. No es la Beauvoir intelectual ni la combativa. Es simplemente una mujer de setenta y cinco años mirando el lugar donde pronto descansará, donde ya descansa Sartre. Hay melancolía pero también una especie de serenidad. Por primera vez en toda la entrevista, parece completamente presente, completamente ella misma, sin máscaras. La luz del atardecer la hace parecer casi translúcida, como si ya estuviera a medio camino entre este mundo y otro.
Moriste en 1986. Desde entonces el mundo ha cambiado de formas que no podrías haber imaginado. Empecemos por internet. Hoy millones de mujeres están conectadas globalmente, compartiendo experiencias de opresión, organizándose. Pero también hay vigilancia digital, cosificación en redes sociales, algoritmos que refuerzan estereotipos. ¿Es internet liberación o nueva jaula para las mujeres?
Ambas cosas, como todo.
La posibilidad de que una mujer en Arabia Saudita lea El segundo sexo en su teléfono, conecte con feministas en Argentina, en India, en todas partes… eso es extraordinario. Rompe el aislamiento que siempre fue el arma del patriarcado.
Pero veo también que internet crea nuevas formas de control. Las mujeres son constantemente juzgadas, medidas, comparadas en esas redes. Hay una exhibición permanente del cuerpo, una presión por ser perfecta visualmente que es opresión nueva.
Y los algoritmos… programados por hombres, reflejan sus sesgos. Hay liberación potencial pero también nuevas cadenas digitales.
En 2017 surgió el movimiento #MeToo. Millones de mujeres denunciaron públicamente abusos sexuales. Fue un terremoto global. Pero en ese proceso, se han reabierto acusaciones sobre ti: tus relaciones con alumnas menores, tu complicidad con Sartre en esas relaciones. Si vivieras hoy, ¿qué dirías en tu defensa?
[Pausa muy larga. Beauvoir no esquiva la pregunta.]
No puedo defenderme de hechos que ocurrieron. Tuve relaciones con estudiantes que eran menores de edad. Abusé de mi posición de poder como profesora. Si eso saliera hoy con los estándares de #MeToo, sería cancelada, despedida, condenada.
¿Y sabes qué? Tendría razón el mundo en condenarme en ese aspecto.
Lo único que puedo decir, no como defensa sino como contexto, es que fui producto de mi tiempo y también víctima de mi tiempo. Reproduje hacia otras mujeres dinámicas de poder que yo misma sufría de los hombres.
Pero eso no me exime. #MeToo tiene razón en decir: el abuso de poder es abuso aunque haya afecto, aunque haya consentimiento aparente, aunque sea «otra época».
Si pudiera hablar con Bianca, con Nathalie, hoy, les diría: tenían razón. Lo siento.
El feminismo contemporáneo es interseccional. Las feministas negras, decoloniales, queer, dicen: «Tu feminismo nos excluyó. Hablaste de ‘la mujer’ pero era la mujer blanca burguesa heterosexual». ¿Qué respondes?
Tienen razón.
Yo hablé de «la mujer» como universal pero era particular. Mi mujer era europea, blanca, educada, de clase media-alta. Las opresiones específicas de mujeres negras, de mujeres pobres, de mujeres lesbianas… las vi superficialmente o no las vi.
El feminismo interseccional corrige esa ceguera. Dice: no basta con decir «soy mujer y estoy oprimida». Hay que preguntar: ¿qué tipo de mujer soy? ¿Qué privilegios tengo además de mi opresión?
Si viviera hoy, tendría que reaprender, reeducarme, escuchar a voces que no escuché. Sería incómodo, sería humillante a veces. Pero sería necesario.
La crisis climática amenaza la habitabilidad del planeta. Algunos ecofeministas dicen que es una crisis profundamente feminista: la explotación de la naturaleza y de las mujeres tienen la misma lógica patriarcal. ¿Estás de acuerdo?
No lo había pensado así, pero tiene sentido filosófico.
El patriarcado trata a las mujeres y a la naturaleza como recursos a explotar, como Otros sin voz propia, como objetos pasivos para uso masculino activo. Hay un paralelismo.
Yo fui hija de mi tiempo: antropocéntrica, incluso un poco tecnócrata. Pensaba que el progreso humano era dominar la naturaleza. No veía límites planetarios.
Si viviera hoy con la evidencia de la crisis climática, tendría que integrar eso en mi feminismo. La liberación de las mujeres no puede significar nada si el planeta se vuelve inhabitable.
Tu frase «no se nace mujer, se llega a serlo» resuena poderosamente en los debates sobre identidad trans. Pero también ha sido usada por feministas que excluyen a mujeres trans. ¿Qué piensas de todo esto?
Ya lo dije antes pero lo repito: filosóficamente, mi argumento incluye a mujeres trans.
Si el género es construcción social, si se llega a ser mujer a través de procesos sociales y no por determinismo biológico, entonces las mujeres trans llegan a ser mujeres. La lógica es consistente con mi filosofía.
Las feministas que usan mi trabajo para excluir a mujeres trans están traicionando el espíritu de El segundo sexo. El libro es sobre rechazar el esencialismo, sobre negar que la biología sea destino.
Dicho eso, entiendo que hay debates legítimos sobre cómo integrar las experiencias de mujeres trans en el feminismo, sobre espacios específicos, sobre materialidad del cuerpo. Pero esos debates deben ser desde el respeto, no desde la exclusión.
Las mujeres trans son mis hermanas en la lucha contra el patriarcado. Eso debería ser obvio.
Ahora las once preguntas que hacemos a todos nuestros entrevistados. Primera: Si pudieras volver a vivir un solo día de tu vida, ¿cuál elegirías y por qué?
Un día en 1929. Sartre y yo en un parque en París, hablando durante horas. Antes de las complicaciones, antes de las heridas. Cuando todo parecía posible y la felicidad era pura filosofía compartida.
¿Qué te habría gustado entender antes de morir?
Que se puede amar profundamente sin perderse. Que dependencia emocional no es destino. Me habría ahorrado cincuenta años de dolor innecesario.
¿Qué palabra crees que te define mejor?
Contradictoria.
¿A quién le darías las gracias y a quién le pedirías perdón?
Gracias a Zaza, por mostrarme el costo de la obediencia.
Perdón a todas las mujeres jóvenes que herí con mi poder. Ustedes confiaron en mí y yo las traicioné.
¿Qué crees que queda de ti en la memoria del mundo?
Una frase: «No se nace mujer, se llega a serlo».
Es irónico. Escribí miles de páginas, novelas, memorias, ensayos. Pero quedaré por once palabras. Aunque supongo que si tienes que quedarte por algo, esas once palabras no están mal.
Si el tiempo no existiera, ¿a qué momento volverías siempre?
[Se emociona visiblemente.]
A la muerte de Sartre. Para estar con él de forma diferente. Para decirle lo que no dije. Para no estar tan destrozada que ni siquiera pude despedirme bien.
Él murió y yo sentí que moría con él. Me quedé seis años más, pero como zombi. Si pudiera volver, le diría: gracias por todo, por la conversación infinita, por la libertad imperfecta que construimos. Y me despediría sabiendo que yo seguiría viva de forma plena después de él.
Pero no supe hacerlo así.
¿Cuál fue tu mayor error y tu mayor verdad?
Mi mayor error: creer que la libertad teórica me haría libre emocionalmente.
Mi mayor verdad: el género es construcción, no destino. Las mujeres pueden hacerse a sí mismas.
¿Qué le dirías a tu yo de veinte años si pudieras?
No aceptes el pacto con Sartre. O acéptalo con límites claros. No regales tu vida entera por miedo al abandono. Eres más valiosa de lo que crees. Mereces que te elijan completamente, no solo contingentemente.
Y otra cosa: mira más allá de tu clase, de tu raza, de tu mundo. Hay millones de mujeres que no se parecen a ti. Escúchalas.
¿Qué te sigue sorprendiendo de los seres humanos?
La capacidad de sostener contradicciones absolutas sin desintegrarse.
Yo lo hice toda mi vida: predicar libertad y vivir dependencia, denunciar opresión y oprimir a otras, defender la razón y actuar desde la pasión. Y seguí adelante. Los humanos somos así: coherentes en teoría, caóticos en práctica.
Eso nos hace tanto capaces de transformación como de hipocresía.
¿Qué palabra te gustaría que se recordara de ti?
Libertad.
Aunque no la logré completamente, aunque fallé mil veces, aunque fue más aspiración que realidad… libertad. Pasé mi vida pensándola, escribiéndola, buscándola.
Si alguien lee mi obra y siente que la libertad es posible, que se puede elegir, que no estamos condenados a repetir lo que nos enseñaron… entonces no habré vivido en vano.
Última pregunta: ¿Qué crees que queda de un ser humano cuando ya no queda nada?
[Silencio muy largo. Beauvoir mira sus manos, viejas, manchadas por la edad.]
Las preguntas que dejó sin responder.
Yo no resolví nada. No logré la libertad perfecta, no viví sin contradicciones, no fui santa ni heroína. Pero hice preguntas que nadie había hecho: ¿Por qué las mujeres son el Otro? ¿Por qué aceptamos la opresión como natural? ¿Cómo se llega a ser libre?
Las respuestas están incompletas. Pero las preguntas permanecen. Cada generación tendrá que responderlas de nuevo, en su contexto, con sus limitaciones.
Eso es lo que queda: las preguntas. Y la esperanza de que alguien, en algún lugar, encuentre mejores respuestas que las mías.
“Al final, todo lo que tenemos son las preguntas que dejamos atrás. Las respuestas mueren con nosotros, pero las preguntas... las preguntas permanecen, esperando a que alguien más valiente, más sabio, más libre que nosotros, las responda mejor. Esa es mi única inmortalidad: haber preguntado”
- Simone de Beauvoir
Beauvoir se levanta con dificultad. La entrevista ha durado casi cinco horas. Está exhausta pero también aliviada. Nos mira con algo parecido al afecto.
BEAUVOIR: Gracias por no tratarme con condescendencia. Ni con adoración ni con desprecio. Solo con honestidad.
Eso es todo lo que una puede pedir.
Nos despide en la puerta. Volvemos a ver el apartamento lleno de libros, el turbante impecable, el cigarrillo eterno. Una mujer brillante y contradictoria. Una mujer que cambió el mundo y falló en cambiarse completamente a sí misma.
Como todos.
Ahora las once preguntas que hacemos a todos nuestros entrevistados. Primera: Si pudieras volver a vivir un solo día de tu vida, ¿cuál elegirías y por qué?
Un día en 1929. Sartre y yo en un parque en París, hablando durante horas. Antes de las complicaciones, antes de las heridas. Cuando todo parecía posible y la felicidad era pura filosofía compartida.
¿Qué te habría gustado entender antes de morir?
Que se puede amar profundamente sin perderse. Que dependencia emocional no es destino. Me habría ahorrado cincuenta años de dolor innecesario.
¿Qué palabra crees que te define mejor?
Contradictoria.
¿A quién le darías las gracias y a quién le pedirías perdón?
Gracias a Zaza, por mostrarme el costo de la obediencia.
Perdón a todas las mujeres jóvenes que herí con mi poder. Ustedes confiaron en mí y yo las traicioné.
¿Qué crees que queda de ti en la memoria del mundo?
Una frase: «No se nace mujer, se llega a serlo».
Es irónico. Escribí miles de páginas, novelas, memorias, ensayos. Pero quedaré por once palabras. Aunque supongo que si tienes que quedarte por algo, esas once palabras no están mal.
Si el tiempo no existiera, ¿a qué momento volverías siempre?
[Se emociona visiblemente.]
A la muerte de Sartre. Para estar con él de forma diferente. Para decirle lo que no dije. Para no estar tan destrozada que ni siquiera pude despedirme bien.
Él murió y yo sentí que moría con él. Me quedé seis años más, pero como zombi. Si pudiera volver, le diría: gracias por todo, por la conversación infinita, por la libertad imperfecta que construimos. Y me despediría sabiendo que yo seguiría viva de forma plena después de él.
Pero no supe hacerlo así.
¿Cuál fue tu mayor error y tu mayor verdad?
Mi mayor error: creer que la libertad teórica me haría libre emocionalmente.
Mi mayor verdad: el género es construcción, no destino. Las mujeres pueden hacerse a sí mismas.
¿Qué le dirías a tu yo de veinte años si pudieras?
No aceptes el pacto con Sartre. O acéptalo con límites claros. No regales tu vida entera por miedo al abandono. Eres más valiosa de lo que crees. Mereces que te elijan completamente, no solo contingentemente.
Y otra cosa: mira más allá de tu clase, de tu raza, de tu mundo. Hay millones de mujeres que no se parecen a ti. Escúchalas.
¿Qué te sigue sorprendiendo de los seres humanos?
La capacidad de sostener contradicciones absolutas sin desintegrarse.
Yo lo hice toda mi vida: predicar libertad y vivir dependencia, denunciar opresión y oprimir a otras, defender la razón y actuar desde la pasión. Y seguí adelante. Los humanos somos así: coherentes en teoría, caóticos en práctica.
Eso nos hace tanto capaces de transformación como de hipocresía.
¿Qué palabra te gustaría que se recordara de ti?
Libertad.
Aunque no la logré completamente, aunque fallé mil veces, aunque fue más aspiración que realidad… libertad. Pasé mi vida pensándola, escribiéndola, buscándola.
Si alguien lee mi obra y siente que la libertad es posible, que se puede elegir, que no estamos condenados a repetir lo que nos enseñaron… entonces no habré vivido en vano.
Última pregunta: ¿Qué crees que queda de un ser humano cuando ya no queda nada?
[Silencio muy largo. Beauvoir mira sus manos, viejas, manchadas por la edad.]
Las preguntas que dejó sin responder.
Yo no resolví nada. No logré la libertad perfecta, no viví sin contradicciones, no fui santa ni heroína. Pero hice preguntas que nadie había hecho: ¿Por qué las mujeres son el Otro? ¿Por qué aceptamos la opresión como natural? ¿Cómo se llega a ser libre?
Las respuestas están incompletas. Pero las preguntas permanecen. Cada generación tendrá que responderlas de nuevo, en su contexto, con sus limitaciones.
Eso es lo que queda: las preguntas. Y la esperanza de que alguien, en algún lugar, encuentre mejores respuestas que las mías.
